• Un joven licenciado lleva dos años organizando en la capital un ‘tour’ fuera de lo común

  • Por 35 euros hay porros, pasteles de cannabis y un paseo que empieza en el templo de Debod y finaliza en El Prado

Hacer turismo bajo los efectos de la marihuana. Esa es la premisa con la que trabaja David G. Porque este madrileño de 27 años, licenciado en Publicidad, lleva dos organizando visitas turísticas por la capital. Pero él es un guía fuera de lo común; alguien que, en plena crisis, se las ha ingeniado para buscarse la vida al margen de la ley: el reclamo es una droga y, evidentemente, no paga impuestos.

Antes de salir a explorar la cultura, el paisaje y los monumentos de la ciudad, David ofrece un aperitivo especial para sus clientes: pasteles y porros de cannabis. A las 11.00 horas, un grupo formado por seis italianos, una pareja de franceses y dos españoles se juntan en la estación Príncipe Pío de Madrid. A todos ellos les ha reunido David, que aparece con un abrigo largo y bufanda.

El grupo se dirige hacia un apartamento próximo a la estación, donde les están esperando Marta y Alfredo, dos psicólogos amigos de David que le ayudan en su particular aventura. Tras dejar los abrigos en el ropero a la entrada del piso, el grupo multicultural entra en un gran salón muy luminoso. En una mesa de madera empotrada a la pared se vislumbran platos con muffins de marihuana.

David entrega a cada persona lo que llama el «pack del buen fumador». Una bolsa de plástico con dos gramos de cannabis, papel de liar, y un pequeño grinder negro para espolvorear la hierba. Empieza el viaje. Los italianos se acomodan en dos sofás y comen los pasteles de chocolate aliñados. Los franceses en una esquina se lían el primer porro usando tres papeles. Y los españoles, antes de coger una muffin, se sirven un refresco que hay en una pequeña nevera junto a la mesa.

Al cabo de 20 minutos el efecto psicoactivo de la planta empieza a notarse. Porque el Tetrahidrocannabinol (THC) que contiene el cannabis tiene un efecto casi inmediato. Por ello, la embriaguez que produce la marihuana ha convertido a la planta en la droga ilegal más consumida a nivel mundial.

Según datos del Ministerio del Interior, en España -el tercer país europeo en número de consumidores- la producción de cannabis se ha disparado con la crisis. Ha crecido un 532% entre 2009 y 2013. Las asociaciones cannábicas aseguran que los españoles gastan más de 1.000 millones de euros al año en esta sustancia. «Dependiendo de la calidad de la planta, el ir colocado puede ser más o menos intenso, esto se debe a que un 50% o 60% del THC, es absorbido vía pulmonar, mientras sus resultados por ingestión resultan mucho más potentes», afirma el doctor Santiago Romero.

Eso se aprecia visiblemente en el enrojecimiento de los ojos de los italianos (debido a su acción vasodilatadora). Aumenta el ritmo cardíaco y la boca se seca. De ahí el continuo tránsito en la sala hacia la nevera de refrescos.

Mientras el efecto de la marihuana va entrando copiosamente en cada individuo, David explica su particular forma de hacer turismo. «Cada vez que venían amigos de fuera a verme les tenía que hacer siempre la típica visita aburrida por la ciudad. Un día fumamos antes de salir, fue muy divertido y la gente se lo pasó genial. Me di cuenta de que muchísimos turistas que vienen a Madrid fuman marihuana y que había negocio en esto», cuenta David.

Contactar con él para realizar esta ruta no es fácil. No se anuncia por internet, tampoco en las redes sociales. David utiliza el viejo truco del boca a boca para llegar a sus clientes. Cobra 35 euros por persona y día, en el que incluye toda la cantidad de marihuana que el cliente necesite, comida, bebida y visita guiada por la ciudad terminando en el Museo del Prado. «Bajo los efectos del cannabis ves la ciudad de otra forma. Se te disparan los sentidos y te fijas en cosas que estando sobrio nunca te darías cuenta», afirma.

Después de tres horas de éxtasis cósmico el grupo sale a hacer turismo por Madrid. La primera parada es en el Templo de Debod, donde el grupo contempla desde el mirador la espectacular panorámica del entorno de la ciudad que abarca desde la Casa de Campo hasta las cumbres del Guadarrama. Son las tres de la tarde, y los efectos del cannabis hacen que el hambre aumente de forma evidente. El grupo se asienta en el césped del parque para picar algo antes de continuar la ruta. Esta vez con comida sin aliñar.

Los tres organizadores sacan de sus mochilas paquetes de jamón, chorizo, queso manchego y pan. Pero al terminar los bocadillos todavía queda el postre. Un pequeño pastel de marihuana para que el efecto psicoactivo continúe en la cabeza de los 10 visitantes.

El paseo continúa a pie por el Palacio Real, Plaza de España y subiendo la Gran Vía, esquivando a la multitud y con la rara sensación de que toda la gente te observa. Al llegar a la Calle Montera el grupo hace una parada en el McDonalds, porque los efectos del cannabis ahora piden al cuerpo la necesidad de ingerir un helado.

Después de pasar por la Puerta del Sol y la Plaza Mayor, el grupo baja andando hasta la Plaza de Cibeles y continúa por el Paseo del Prado hasta llegar al fin de la visita a las siete de la tarde: el Museo del Prado. Ver las colecciones de Velázquez, el Greco, Goya, Tiziano, Rubens, El Bosco… te da una visión sensible acerca del mundo.

Y esta sensibilidad se dispara si estás bajo los efectos de la marihuana, haciendo perder la concepción del tiempo y del espacio. Como cuando el grupo de italianos permanece 30 minutos in situ delante del cuadro de Goya de Saturno devorando a su hijo.

A las ocho termina el viaje. El grupo se despide con las piernas cargadas y el alma fatigada. Pero con la sensación de conocer un Madrid muy diferente.

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