Desde que el hombre primitivo dejó de ser nómada y se convirtió en sedentario tuvo claro que debía cambiar de hábitos para poder “echar raíces” donde mejor le fuera para sus necesidades biológicas. Adaptar sus nuevas condiciones de habitabilidad con viviendas que mitiguen las condiciones climáticas adversas y la utilización de técnicas agronómicas y ganaderas que le permitan disponer de alimento sin tener que desplazarse a grandes distancias, iban a suponer los retos más importantes que la raza humana jamás se ha planteado.

Por Víctor Bataller Gómez

            El primer científico que acuño el térmico “ecología” fue el biólogo alemán Ernst Haeckel en el año 1869 y para ello utilizó los términos del griego “oikos” que significa casa y “logos” que se refiere a estudio o ciencia. Haeckel se refería a la ecología como la ciencia que se encargaba del estudio de las especies en lo referente a las relaciones biológicas que establecía con el medio ambiente, es decir, el estudio del medio físico en que vive cada especie y de sus relaciones con su entorno y con otras especies.

            Posteriormente August Thienemann y Charles Elton promovieron a principios del siglo XX lo que se conoce como “la ecología de las comunidades”, en donde establecieron conceptos como la cadena de alimentos o la pirámide alimenticia. En las décadas posteriores aparecieron otros investigadores como el químico británico Albert Howard que desarrolla el método de compostaje de residuos orgánicos y lleva a cabo una labor de divulgación completa de las ventajas del uso de fertilizantes orgánicos frente a los abonos minerales. El investigador austriaco Rudolf Steiner comienza a hablar de la Agricultura Biodinámica.

            Lord Northbourne y el Doctor Müller, tomando como referencia los principios de Howard establecen las bases para la Agricultura Biológica o Ecológica, basada en:

–          la utilización de fertilizantes orgánicos para disponer de humus en el suelo básico para favorecer una estructura y unas condiciones químicas idóneas para los cultivos.

–          la utilización en exclusiva de labores culturales excluyendo el uso de productos químicos de síntesis y apostando por los recursos que en este sentido nos facilita la naturaleza

–          considerar la explotación agrícola-ganadera como un ente vivo en sí mismo.

          Todo esto fue ratificado posteriormente por H. P. Rush desde el punto de vista científico y económico.

Masanobu Fukuoka

            Ya en la década de los setenta el japonés Masanobu Fukuoka difunde su concepto de Agricultura Natural, a través del libro La revolución de una brizna de paja basada en la filosofía de intervenir lo menos posible en el entorno productivo, o lo que es lo mismo, no labrar, no eliminar malas hierbas, no abonar…, lo que es hoy conocido como Permacultura, ya establecida posteriormente en trabajos de campo de los australianos Bill Mollison y David Holmgrem.

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            Pero sin duda la verdadera revolución ecológica vino cuando Rachel Carson publicó el libro Primavera silenciosa en 1962 (tan sólo unos meses antes de su muerte). La sociedad conservadora americana de aquella época que imponía numerosas trabas profesionales a las mujeres de entonces evitó que esta bióloga completara una mayor carrera científica internacional. En él se advertía de los efectos perjudiciales de los insecticidas en el medio ambiente y culpaba a la industria química del aumento de la contaminación en el planeta. [Muchos científicos tildaron muchas de sus afirmaciones como falsas pero con el tiempo esta publicación consiguió que el DDT fuera prohibido por la legislación de los Estados Unidos y que fuera considerado como uno de los libros de divulgación científica más influyentes de todos los tiempos.

            Por ésta época también aparecen intelectuales como Miguel Altieri que empiezan a desarrollar la literatura ecológica y más concretamente la agroecología, apoyándose en numerosos estudios sobre desarrollo rural realizados en países como Estados Unidos o Francia y defendiendo como principios básicos de la producción ecológica la sustentabilidad, la seguridad alimentaria, la estabilidad biológica, la conservación de los recursos naturales y la equidad, junto al objetivo de búsqueda de mayor producción.

            Con éste fin comienzan a aparecer numerosas empresas destinadas al desarrollo de insumos ecológicos que permitieran a los agricultores y ganaderos, concienciados con la defensa del medio ambiente, disponer de las herramientas necesarias para que sus explotaciones pudieran ser viables económicamente, ecológicas y justas socialmente.

            La empresa de insumos ecológicos decana en España es Tratamientos Bioecológicos, S.A., fue fundada en Murcia a principios de la década de los ’90 con el objetivo de facilitar a los agricultores y ganaderos ecológicos productos que les permitan mejorar sus rendimientos.

            Gracias a los conocimientos que Francisco Ibáñez adquirió como instructor de Medicina Reiki, en donde también fue un pionero en nuestro país, tuvo acceso a numerosos conocimientos de medicinas alternativas, descubriendo que muchos de esos productos también podían tener su aplicación en el terreno de la agricultura y de la medicina. De esta manera nace el OLEATBIO, un jabón potásico muy denso y de gran eficacia como insecticida de contacto frente a insectos fitoparásitos como moscas blancas, pulgones, ácaros, cochinillas, etc… El OLEATBIO es técnicamente un oleato potásico que se obtiene de la saponificación de un aceite de origen vegetal con una sal caustica. La eficacia de este producto se basa en la degradación de la quitina que forma parte de la piel y de los caparazones de muchos insectos. También favorece la degeneración de las vías respiratorias y del aparato de ingestión. La historia de éste formulado es tan larga como la de la misma empresa pero al final se ha convertido en el primer oleato potásico con registro fitosanitario en Europa, un hito en la historia de los productos destinados a los cultivos agrícolas.

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            Otro de los productos más importante de TRABE es el aceite de Neem. El Neem es un árbol de cuyos frutos se obtiene un aceite vegetal con numerosos componentes beneficiosos como la Azadirachtina. Se conocen sus propiedades en la India desde hace siglos y es muy común su uso en la medicina ayurverica, de hecho, se emplea en la fabricación de dentífricos, jabones, champús, leches hidratantes, etc… Es en la década de los ’90 cuando empieza a plantearse su uso como fitosanitario y se empieza a comercializar su aceite: tras una recolección de los frutos en su punto justo de maduración, éstos se someten a un proceso de prensado inmediatamente pues tienen una vida útil muy corta. Este producto tiene una concentración relativamente baja de azadirachtina (siempre inferior a los 1800 ppm) pero la cantidad de resinas le favorecen una mayor persistencia sobre la planta puesto que es un producto muy biodegradable por acción del sol. Pero quizás el mayor inconveniente que posee es su falta de sistemia, solo es eficaz por contacto o ingestión, pero al no ser transportado por la savia de la planta su acción ingestiva desaparece. TRABE desarrollo un sistema de extracción consistente en utilizar un gas inerte como el dióxido de carbono para realizar una extracción por arrastre, similar a la se realiza en los cromatógrafos de gases. Con ello se consigue obtener un producto rico en materias activas pero alterando muy poco las cualidades naturales del producto inicial. Gran parte de las resinas naturales son eliminadas y la extracción se realiza únicamente desde la semilla triturada por lo que se obtienen un producto con 10.000 ppm de Azadirachtina y con gran sistemia, incluso radicular, lo que permite una acción nemáticida y realizar aplicaciones del producto por el riego para controlar chupadores y masticadores en hojas y tallos. El resultado es el formulado AIN, un extracto de Neem que con dosis muy bajas permite controlar más de 250 especies de insectos distintos. Para que su eficacia sea total se debe conocer como actúa el producto para la plaga en concreto: si es larvicida, adulticida u ovicida, si es repelente o estirilizante, etc… Con mucha probabilidad se deba repetir el tratamiento a los siete días y emplear un mojante que corrija el pH (generalmente alcalino) del caldo y favorezca su persistencia.

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            Otra de las apuestas de TRABE para el control de plagas fue el Bacillus Thuringiensis, un bacilo gram-positivo, aerobio, que se encuentra en grandes concentraciones de forma natural en el suelo y en la vegetación. Se descubrió en Japón en 1902 por el biólogo Shigetane Ishiwata aunque no fue aislado e identificado totalmente hasta 1911 por el alemán Ernst Berliner que lo identificó como el causante de una enfermedad que contraían las orugas de la polilla gris. Fue él quien le dio el nombre en recuerdo de la región donde trabajaba: Thuringia (Alemania). Su acción larvicida varía según la cepa y la raza de las orugas que queramos controlar. Para el formulado se eligió la variedad kurstaki, serotipo 3a3b que es más activo contra Lepidópteros y con 32 Millones de U.I./g, medidas frente a Trichoplusia ni. Cuando el Bacillus thuringiensis entra en el insecto esporula, sintetizando unos cristales proteicos llamados “delta-endotoxinas”. Estas toxinas necesitan ser ingeridas por las larvas para poder actuar, pues la toxicidad selectiva del Bacillus thuringiensis depende de los siguientes factores:

–          Las toxinas necesitan para su activación un medio alcalino, característica que se da sólo en el intestino de la mayoría de los insectos.

–          Las toxinas sólo pueden actuar si están unidas a receptores específicos, y dicha especificidad depende del insecto.

            Así, cuando ambos factores se conjugan, las toxinas se fijan rápidamente sobre sus receptores y producen la parálisis del intestino impidiendo los movimientos peristálticos, por lo que el insecto deja de alimentarse. Además se produce rotura del epitelio intestinal, permitiendo el paso de fluidos intestinales al resto de órganos y tejidos vitales del insecto. Tan solo unas pocas horas después de haber ingerido a la espora con la toxina, las mandíbulas del insecto se paralizan y cesa la alimentación. Posteriormente la parálisis se generaliza, desaparecen los movimientos reflejos y la larva muere. Por lo tanto para mejorar su eficacia es mejor aplicar el producto al principio, cuando las orugas son más pequeñas, porque su voracidad es mayor y pueden ingerir una mayor cantidad de esporas. Hay que tener cuidado de aplicar el BIOTHUR combinándolo con bactericidas o con restos de éste tipo de productos sobre el cultivo.

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            Otra de las ramas de trabajo fueron los fertilizantes y en este campo destacó el BACHUMUS ECO, sin duda la primera enmienda orgánica líquida de origen vegetal. Hasta finales del siglo pasado las aportaciones minerales al terreno eran exclusivamente con sales ricas en nitrógeno, fósforo y potasio, y formulados con una elevada acidez que favorecían la saturación de nutrientes y su lavado a capas más profundas del suelo, favoreciendo la contaminación de acuíferos.

            Los aportes de materias orgánicas eran principalmente a base de deyecciones de animales y leonarditas américas, éstas últimas obtenidas tras un proceso químico que hacía inviable su uso en la producción ecológica. Tras años de pruebas consiguió desarrollar un abono orgánico obtenido únicamente de residuos vegetales fermentados sin intervención química de ningún tipo, el BACHUMUS ECO. Fue la primera enmienda orgánica líquida utilizable en agricultura ecológica. Es un alimento indispensable para la microfauna y microflora del suelo, permitiendo la descomposición y mineralización de la materia orgánica y evitar de manera descontrolada la proliferación de hongos parásitos en los cultivos. Por su origen vegetal es un compuesto rico en aminoácidos que permite un plus de fortaleza a la planta y la ausencia casi total de metales pesados y bacterias garantiza su inocuidad para el medio ambiente. Los resultados son prácticamente similares a la fertilización mineral porque pese a que su riqueza en nutrientes es más baja, están a total disposición de los cultivos. Se estima, por ejemplo, que el fósforo que se aplica en un fertilizante mineral solo es aprovechado en un 5%, pero si este fósforo es aplicado combinado con materia orgánica su disponibilidad se multiplica por 10.