Creencias populares, investigaciones chapuceras, conflicto de intereses, piratas, cocodrilos, noches locas, sueños húmedos, extraños despertares… Es… el caso del queso.

Por Eduardo Hidalgo

 

Riiiing…

Riiiing…

          ¿Qué passa yonkarra?

          Hola, Raúl, ¿qué tal estás?

          Bien, bien… Y tú, ¿qué me cuentas?

          Pues, hasta tres.

          ¿Cómo?

          Uno, dos y tres.

          ¡Que te den! Venga, Edu, ¿qué quieres? Que estoy liao…

          Nada, perdona, era una coña. Te llamaba para contarte que ha venido una de mis hermanas, la que vive en Inglaterra, y nos ha traído medio kilo de Stilton.

          ¿De queeeeé?

          De queso, tío, de queso Stilton. Medio kilo.

          Y, ¿qué pasa? ¿Que no os lo podéis comer todo y me lo quieres colocar o qué?

          No, hombre, no es eso, aunque, vamos, si te gusta te paso un poco.

          Entonces… ¿Qué cojones me estás contando, tío? ¡A mí qué me importa que tu hermana haya venido de no sé dónde y te haya traído medio kilo de lo que sea!

          Disculpa, pero “de lo que sea” no. ¡De Stilton!

          ¿Me estás vacilando o te acabas de fumar unas telarañas y no sabes ni con quién hablas? Tronko, soy el Raúl del Cannabis Magazine, la revista de los amantes del cáñamo, no del queso. A ver si es que te estás equivocando de revista y de persona.

          Que no, tío, que no he fumado telarañas, que sé perfectamente con quién hablo y lo que digo. Te estoy comentando que tengo Blue Stilton en casa, que si quieres te puedo hacer un informe.

          ¿Un informe? ¿De un queso? ¡Tú estás flipao!

          No, Raúl, noooo… ¡mira que eres cabezota! De un queso no, del Stilton.

          ¡Por Dios, Eduardo… haz lo que te de la gana, pero, por favor, no me marees! Y perdona, pero te tengo que dejar, que ya te he dicho que estoy muy liado. Si quieres, cuando se te pase la moña, hablamos. Ciao.

          OK, OK. Gracias… y no te ralles. Ciao, ciao.

          Clic. ¡Joder! Lo de la sección de este menda ya se está saliendo de madre… De verdad que si no fuese un colega se la cerraba ipso facto… En fin, ¿qué es lo que estaba yo haciendo? Ah, sí, lo de las vacaciones con mi churri… Venga, pues.

          Clic. Je, je, je, ya verás como luego me pide un cacho…

Bueno, ya que mi jefe no me quiere escuchar, se lo cuento a ustedes. Verán, resulta que, como ya he comentado, en estos días vino una de mis hermanas, que vive en Birmingham, y trajo medio kilo del Rey de los Quesos Ingleses, en su versión azul, para ser más exactos. Y nada; en esto, que estábamos platicando en familia, y mi madre, guirifláutica perdida y de pura cepa (de donde los Beatles, para más señas) va y dice que, cuando llegó a España, le sorprendió mucho que aquí comiéramos queso para cenar o para rematar algunas cenas. Que en su tierra eso no se hacía. ¿Por qué? Pues no sabía, costumbres culturales… aunque, de pequeña, le sonaba haber escuchado que tomar queso antes de dormir daba pesadillas.

«¡Osti, tú!», me dije, «qué interesanting… un alimento común con propiedades onirógenas… ¡esto hay que investigarlo!». Así que fui y, a bocajarro, me metí en Erowid. Busqué “Stilton” y, ¡cágate en las bragas!, resulta que había dos trip-reports sobre experiencias con el queso de marras. ¡Como lo oyen! Acongojante. Uno era de un yanki que escribía en un tono tan irónico que al final no había forma de aclararse sobre lo que quería decir. El otro no dejaba lugar a dudas (no tanto por el contenido del sueño en sí, sino más bien por el modo en que fue vivenciado por el autor). A continuación les transcribo un extracto, porque si lo copiara y pegara entero se me comería todo el artículo:

Fluxatorium. Viaje con queso Stilton. 25 gramos. Vía oral.

«Unos veinte minutos antes de irme a dormir, me tomé todo el queso con unas crackers». […] Por lo que puedo recordar, estos fueron mis sueños.

Al principio era una aventura en un mundo desconocido. Tenía un macuto, una manta, comida y otras cosas, y me dedicaba a vagar por ahí. El mundo era vasto y podía recorrer cualquier distancia sin cansarme. Había montañas y algunos asentamientos humanos, pero era como si la mayoría de la gente hubiese muerto hacía mil años, de modo que sólo quedaban pequeños pedacitos de nuestra civilización […] Simplemente, todo era precioso […] Llegó la noche […] Después de tumbarme y mirar un rato a las estrellas me sentí extremadamente en paz durante lo que parecieron horas. Se hizo de día, y un grupo de personas apareció entre los árboles. Eran amigos míos […] Nos sentamos y empezamos a jugar en la arena. Todo el mundo estaba hablando y pasando un buen rato hasta que un árbol cercano explotó […] Miramos al océano y vimos que un barco pirata estaba disparando sus cañones contra nosotros […] Me fue revelado que se trataba de la primera fase de una gran invasión planetaria […] La invasión empezó casi inmediatamente […] En este punto, la cosa se puso fea. Ya no estaba contento, estaba asustado».

A continuación, el autor sigue con su cuento de piratas, para finalmente recapitular y concluir lo siguiente:

«La percepción del tiempo en el sueño, frente a la percepción del tiempo en la realidad, fue la diferencia más drástica entre el sueño y la vigilia que jamás haya experimentado en toda mi vida. Ahora noto esa sensación de cansancio mental típica de después de los viajes […] Una vez calmado, creo que la experiencia en su conjunto fue asombrosa. Lo vívido del sueño se extendió a todos mis sentidos de una manera que nunca antes había experimentado».

¿Ah, sí?, pues ahora voy yo. Bola de 25 gramos de Blue Stilton, sin crackers ni nada. ¡Para adentro y a dormir! Sueño que encuentro entre mis cosas una bolsita de filtros para tabaco de liar que no recordaba que tenía. Sueño que voy en el coche con mi hermano y una gitana vestida de negro le da a mi bro un billete de mil pesetas y le dice: «Toma, que ayer decías que no tenías cambio». Mi hermano se lo guarda y me suelta: «¿Sabes quién es esa? La dueña del bar». Sueño que chapoteo en el mar y aparece Jesucristo, con el aspecto y el tamaño de un mosquito. Le salpico sin querer y cae sobre la superficie de una embarcación a pedales que pasaba por ahí. Se queda bocarriba, con las alas mojadas pegadas al plástico blanco. Me acerco para preguntarle algo trascendental, pero uno de los tripulantes del “pedal” le espachurra con el dedo y lo tira al agua de un manotazo. Sueño este tipo de cosas, aparentemente intranscendentes, pero, en el fondo, cargadas de un simbolismo que inequívocamente refleja algún problema que debí tener con la lactancia materna –o cualquier otro trauma infantil- que me ha llevado a ser lo que soy hoy en día: un pobre inadaptado que malvive colaborando con publicaciones como esta. Sigo soñando, hasta que oigo que mi madre me llama con un grito contundente y rotundo: «¡Eduardo!» Me levanto de la cama de un salto, abro la puerta y, ya despierto, respondo: «¿Qué?». Nadie contesta. Todo está oscuro. Las habitaciones cerradas. No se ha levantado ni Dios. Todo el mundo está durmiendo. Perplejo… me vuelvo a la cama. ¿Me habrá jugado una mala pasada el Stilton? ¿Será eso posible? ¿Tendrá algún fundamento la prevención británica al respecto de tomar queso antes de dormir? ¿Quién sabe? Sigamos investigando…

Empecemos por la etimología de la palabra “pesadilla”, en guiri “nightmare”. “Mare” significa “mula”. De modo que, ni siquiera para mí es difícil concluir que “nightmare” significará “mula nocturna”… Y, sin embargo, resulta que no lo es, que en inglés antiguo, “mare” venía a designar a un ser demoníaco y mitológico que se dedicaba a atormentar a los humanos en sus sueños. Hay referencias al mismo que datan del siglo XIII, pero se estima que la creencia en su existencia es considerablemente más antigua. El posterior añadido de “night” vendría, precisamente, a cumplir la función de desambiguarlo de “mare” (mula). En fin, el caso es que se trata de un ser mitológico. Ahora rastreemos su existencia en otras culturas, por ejemplo, la española. Acudamos prestos a Wikipedia:

«Hasta cerca del siglo XVIII, las pesadillas eran a menudo consideradas obras de monstruos, los cuales se creía que se sentaban sobre el pecho de los durmientes, oprimiéndolo con su peso, lo que originó el nombre de pesadilla (nombre derivado de peso). En la Europa del siglo XIX, y hasta bien entrado el siglo XX, se creía que las pesadillas eran causadas por problemas digestivos».

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Ah, ha, ha… nos vamos acercando. Veamos ahora qué es lo que se piensa al respecto en el siglo XXI. De nuevo, Wikipedia:

«Las pesadillas pueden tener su origen en causas físicas, tales como dormir en una postura incómoda o tener fiebre. También por causas psicológicas, como stress, ansiedad o ingestión de drogas opioides usadas como analgésicos; por ejemplo, oxycodona e hydrocodona (aysss, quien las pillara, doctorsito). Comer antes de acostarse, al producir una aceleración o aumento del metabolismo y de la actividad cerebral, es un potencial estímulo para las pesadillas».

¡Bingo! Ya casi lo tenemos. Confirmado en la web: no es bueno comer justo antes de irse a la cama. La sabiduría popular no andaba, pues, desencaminada. De hecho, aquí en España también lo sabíamos todos. De ahí el dicho: «De grandes cenas están las sepulturas llenas». De tal manera que, probablemente, no sea más que una cuestión de grados: los guiris se habrían dado cuenta de que ingerir alimentos antes de dormir hacía pasar malos ratos; nosotros, algo más bestias y opíparos, nos habríamos coscado de que, si nos pasábamos, la cascábamos. Lo dicho: dos gradientes del mismo fenómeno. Ahora bien, y el queso, ¿por qué? ¿Por qué han sido los ingleses los únicos en relacionar las pesadillas con el consumo concreto de este producto? Pues, a ver: si tenemos distintas comunidades y distintos quesos, y sólo una de esas comunidades hace alguna atribución específica sobre sus quesos y los sueños, la cosa está meridianamente clara: el quid de la cuestión ha de residir, por narices, en los ingleses o en sus quesos. De modo que, científicamente hablando, la premisa vendría a ser la siguiente: los ingleses tienen pesadillas nocturnas cuando comen sus quesos patrios.

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Partiendo de esto, pasemos ahora a ver si hay algún estudio científico que confirme o rebata el asunto… Sí lo hay: uno de la British Cheese Board en el que, durante una semana, se analizaron los sueños de 200 voluntarios que, antes de irse a dormir, ingirieron quesos guirifláuticos. Estos son los resultados:

Red Leicester: Más del 60% de los sujetos experimentales que lo tomaron revisitaron sus días de escuela, amigos perdidos de la infancia o antiguas casas o barrios familiares.

Stilton: Un 75% de los hombres experimentaron sueños extraños y vívidos. Un masivo 85% de mujeres que tomaron Stilton tuvieron algunos de los sueños más bizarros de todo el estudio, aunque ninguna fue descrita como una mala experiencia. A destacar cosas como: un cocodrilo vegetariano disgustado porque no podía comer niños; invitados a una comida que son vendidos a cambio de camellos; soldados luchando con peluches en lugar de con pistolas; y un lunático fiestón en un psiquiátrico.

British Brie: Las mujeres, por regla general, tuvieron muy buenos sueños, tales como tener a Jamie Olivier haciéndoles la comida en sus cocinas o, simplemente, estar relajadamente en una playa soleada. Por el contrario, los hombres tuvieron sueños algo extraños y oscuros, como verse conduciendo contra un barco de guerra o teniendo una conversación con un perro estando completamente borrachos.

Cheddar: Los sujetos soñaron principalmente con famosos. Los sueños iban desde la familia de los participantes sentados en un pub con Michael Jordan hasta la formación de una pirámide humana bajo la supervisión de Johnny Depp.

Cheshire: Más de la mitad de los participantes no soñó nada, a la vez que el 76% de los sueños inducidos por este queso fueron calificados por los sujetos experimentales como “buenos” o “muy buenos”.

La ciencia ha dictado, por tanto, su inapelable veredicto: los quesos ingleses no producen pesadillas por sí mismos, aunque sí que ayudan a dormir y a soñar (la explicación, al parecer, es que son ricos en triptófano), e influyen en el contenido argumental de los sueños (para explicar esto serán necesarios más experimentos). Así que ya saben: ni Calea zacatechichi, ni Entada rheedii, ni pollas en vinagre: si quieres un buen onirógeno, toma Stilton. Cojonudo si lo mezclas con sidra u oporto, hazme caso.