Un artículo sobre los “colaboradores” de las fuerzas de seguridad que denuncian la existencia de pequeñas plantaciones de cannabis.

Leo en la edición del domingo que fueron detenidos varios ciudadanos de algunos pueblos de la zona, gracias a la colaboración de sus vecinos.

El crimen, probablemente observado por los respectivos guardianes del orden local tras las cortinillas de la bajera en un exceso de celo y sobreprotección, era el cultivo de macetas de marihuana.

Actualmente, esas plantas están, día sí día no, en todas las portadas, puesto que su legalización con vistas a paliar los síntomas de ciertas enfermedades se discute oficialmente.

Sin tener en cuenta la defensa del consumo propio ni lo feo que siempre se ha considerado al chivato, les recuerdo a las almas caritativas que llaman a las autoridades que las palabras colaboración y ciudadanía representan dos conceptos muy distintos también.

A saber: ya que vigilas a los de la casa de al lado, darte cuenta de que lleva años en paro, que su fachada y tejado necesitan reparaciones, que sus hijos heredan ropas y zapatos remendados los unos de los otros y de que las sobras de tu huerta, que dejas pudriéndose en la cesta, le vendrían bien a su mujer para un buen potaje.

Dicho esto, ni fumo, ni compro, ni vendo, y, en algunos casos que claman al cielo, como éste, me reafirmo en el prohibido prohibir, recordando a los delatores que sus propios familiares -¡oh sorpresa!- a veces consumen públicamente con total impunidad y que más grave les debería parecer que los de la vivienda frente a la suya se insulten y peguen (pero eso es de no te metas, allá ellos, ¿verdad?). Y en lo mal que me parecen los censores de lo ajeno que no consiguen quitarse la viga del ojo.

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