La marihuana es verde, pero no tanto como podría parecer. Su impacto medioambiental ha hecho saltar las alarmas en muchos de los estados de EEUU en los que ya es legal producirla y comercializarla: en algunos casos sólo para uso médico, y en otros, como en Colorado, para disfrutar de esta droga blanda como mejor le parezca al consumidor.

El problema deriva del rápido aumento de la demanda en los últimos años, con 23 estados sumados a la causa de ingresar nuevos dólares con este cultivo. En total, se calcula que esa industria ya mueve 3.500 millones de dólares al año en Estados Unidos. Todo a costa de poner una enorme presión sobre la red eléctrica de muchas partes del país.

De acuerdo con Evan Mills, científico del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, la producción de cannabis en instalaciones cerradas supone un gasto de 6.000 millones anuales en consumo de energía, seis veces más que toda la industria farmacéutica. Además, indica que el uso de electricidad es el equivalente al consumo medio de 1,7 millones de hogares estadounidenses, con un impacto significativo en términos de emisión de gases de efecto invernadero.

«Puede que los consumidores en busca de un estilo de vida verde no se estén dando cuenta de que su uso de cannabis puede arruinar lo que en circunstancias normales sería una huella medioambiental limitada», asegura Mills, responsable de uno de los estudios más exhaustivos que se han hecho sobre un tema aún relativamente nuevo en torno a una industria emergente.

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En parte por eso aún no existe una regulación específica para hacer frente a estos excesos de consumo de la electricidad. Otros estudios indican que la contaminación que está generando la producción de marihuana equivale a las emisiones de CO2 de cada coche, casa y negocio en el estado de New Hampshire.

En Pennsylvania, por ejemplo, las autoridades están tratando de llegar a un acuerdo con los principales agentes de la industria, mientras analizan las mejores prácticas en otras partes del país para poder implementarlas.

Y en Denver, la ciudad más importante de Colorado, quieren crecer económicamente, pero no a costa del incremento del 1,2% en el uso de electricidad. De acuerdo a sus cálculos, el 45% de esa subida se debe al boom de la marihuana desde su legalización en 2014.

«Es obvio que queremos crecer en el aspecto financiero, pero también nos gustaría tratar de ahorrar energía», indica Sonrisa Lucero, una consejera medioambiental y cabeza visible de un comité que está estudiando el problema para llevarlo hasta los pasillos del Congreso en Washington.

Lucero se reunió recientemente con el subsecretario de energía, Franklin Orr, en un momento de presión para Estados Unidos tras el acuerdo alcanzado en el Cumbre de París hace unas semanas. «Es un asunto muy importante para nosotros», expresó Lucero ante el subsecretario. «Realmente necesitamos asistencia para tratar de encontrar buena tecnología» aplicable a esta situación.

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En California, uno de los estados que podría sumarse a la lista donde es legal el uso de la marihuana para uso recreacional, esa industria es responsable del 3% de todo el consumo de electricidad a nivel estatal. En su estudio, Mills va más allá con un ejemplo concreto, al asegurar que un solo porro de maría representa 4,5 kilos de emisiones de CO2, o, lo que es lo mismo, «una cantidad de electricidad equivalente a una bombilla de 100 vatios encendida durante 75 horas de forma ininterrumpida».

ESTIMULAR EL CRECIMIENTO

El problema es sencillo de entender. Las plantas de donde se extrae la marihuana crecen en complejos cerrados con un tipo de luz que ayuda a estimular el crecimiento de la vegetación, lo que a su vez emite calor y aumenta la necesidad del uso de aire acondicionado en las instalaciones, con el consiguiente incremento en la factura de la luz.

Las bombillas que se usan en la mayoría de las instalaciones, que están proliferando de costa a costa, tienen un brillo 500 veces superior al de una bombilla convencional, poniendo cada vez más presión sobre las redes eléctricas. Eso, sumado al deshumificador para prevenir la formación de hongos y a un sistema de inyección de dióxido de carbono, explica que en muchos casos el gasto de luz supere los 5.000 dólares al mes.

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Evan Mills asegura, sin embargo, que existe una solución para evitar la contaminación que está generando esta nueva industria. «La escasa información y consideración por parte del productor en el uso de energía, sumado con asuntos de seguridad y privacidad, desembocaron en configuraciones poco eficientes y un excesivo consumo energético», analiza el científico. «Si las mejoras en las prácticas aplicables a los invernaderos comerciales se usan como referencia, el uso de energía del cannabis bajo techo puede reducirse de forma exponencial».

Pero de momento, el poder del dinero es muy superior a la conciencia ecológica. De acuerdo a un informe elaborado por la consultora Arc View en California -el primer estado en nivel de producción de la droga-, la venta de la sustancia alcanzará los 4.400 millones de dólares durante este año.

En Arcata, un pequeño pueblo del condado de Humboldt, parecen haber encontrado una solución temporal para poner freno a la situación en forma de impuesto. La tasa entró en vigor en octubre de 2013 para penalizar el uso excesivo de energía y alcanzar su meta de sostenibilidad ambiental.

Cada año, los ingresos por este impuesto alcanzan los 300.000 dólares, lo que se ha traducido en un descenso en el número de empresas dedicadas al cultivo a gran escala, y el final de los subsidios a familias que estaban usando sus casas para cultivar las plantas de marihuana. Es el comienzo de una batalla medioambiental que aún promete escribir muchos capítulos a medida que los estados se van a incorporando a la tendencia.

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En la actualidad, el 47% de los estadounidenses residen en un estado donde es legal el uso de la droga en alguna de sus vertientes. Son 27 estados, la mayoría de corte conservador, que observan la lluvia de millones derivada de la legalización de un producto verde por fuera, pero no tanto por dentro.

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