Pregunta: Os escribo desde la sierra de Madrid. Mi pregunta es que si existe alguna forma de no tener que trasplantar las madres, ya que conservo algunas desde hace tiempo y las macetas cada vez son más grandes y al cabo de poco se llenan otra vez de raíces con lo que las plantas empiezan a mostrar carencias. Un amigo me dijo algo sobre poda, pero no entendí bien a que se refería, pues podando las hojas al final la planta crece mas. Gracias de antemano por la respuesta.

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Respuesta: Creo que tu amigo se refería a la poda de raíces. En principio, el lector habrá percibido que a bote pronto aparecen dos soluciones claras: La primera y más obvia, realizar un trasplante a una maceta mayor, añadiendo así sustrato nuevo con nuevos nutrientes disponibles. Gran error. Al disponer de más espacio, las raíces crecerán y al cabo de poco tiempo nos encontraremos otra vez en la misma situación, o peor si cabe pues las hojas también habrán crecido aumentando la capacidad de procesamiento de alimentos entrando así en un circulo vicioso del que es imposible salir.

La segunda posible solución sería la poda selectiva de ramas y brotes según van apareciendo, pensando que de esta forma, al limitar la capacidad de procesamiento las raíces no crecerán al creer que necesitará menos alimentación. De nuevo, esto también es un error, pues normalmente sucede que, efectivamente, la planta necesita menos agua para crecer pero las raíces se encuentran físicamente ahí y necesitan estar oxigenadas. Al más mínimo desequilibrio las raíces empiezan a morir, a secarse o a pudrirse, lo que unido al estrés provocado por las podas intensivas y constantes acaba produciendo un encallecimiento de tallos y ramas y por último, el colapso al no disponer de suficiente presión osmótica que permita subir la savia de la boca al estómago. Así pues, sólo existe una solución óptima y es la poda de raíces.

La primera condición indispensable es que el sustrato de la madre a tratar se encuentre seco y compacto. Si está húmedo o hace poco que hemos regado se desmoronará todo a la mínima presión ocasionando un desbarajuste importante. Si la tierra era de mala calidad, cabe la posibilidad de que se haga polvo al iniciar el proceso de corte del cepellón. Esto se soluciona humedeciendo el bloque ligeramente con un nebulizador una vez se encuentra fuera de la maceta y en la mesa de trabajo. De cualquier manera, debemos considerar que si estamos hablando de una madre de, pongamos, dieciocho meses, en una maceta de cuatro litros, lo normal es que el volumen de la masa de raíces ocupe el 90% del espacio o más, compactándolo y sujetándolo.

Una vez hemos extraído la planta de la maceta, la tumbamos sobre la mesa de trabajo y procedemos a cortar primero la base del cepellón unos 3 ó 4 centímetros. Para ello utilizamos una sierra fina de tungsteno o un buen cuchillo con sierra en su defecto. Con una mano sujetamos firmemente el cepellón mientras que con la otra procuramos dar un solo corte largo y limpio. A continuación la ponemos de pie y cortamos una “loncha” de cada cara del cepellón de unos 2 ó 3 centímetros. Con esta sencilla operación hemos saneado las raíces más viejas y hemos reducido el volumen total de masa radicular.

 

A continuación podemos, o bien usar la misma maceta tras haberla lavado y desinfectado bien, rellenando con tierra nueva el espacio sobrante, o bien pasar a una maceta menor con lo que limitaremos aún más el tamaño de la planta a base de hacerlo con su sistema radicular. En cualquier caso es conveniente añadir sustrato nuevo, sobre todo por la base, y rellenar con cuidado los huecos que quedan entre el cepellón, ahora más estrecho, y los bordes de la maceta.

Una técnica sencilla pero muy útil, y que impresiona la primera vez que se realiza el corte del cepellón. Pero tranquilos, la planta no sólo no sufre, sino que además, su boca y su estómago os lo agradecerán en forma de nuevos, vigorosos y brillantes esquejes. Hasta la próxima.