Ramón Servia

¡Hola a todo el mundo! Me llamo Ramón y os voy a contar una historia la mar de curiosa (al menos para mí).

Os pongo en antecedentes: en el año 2012 vivía en una aldea perdida en medio del monte (pero con internet, tampoco nos pasemos) y me acababan de echar del curro, como le sucede a tantísima gente a diario desde hace unos años ya. Un curro que me daba un sueldo a final de mes a cambio de dejarme los cuernos y la salud cada día para que los jefes de mis jefes fuesen un poquito más ricos.

La cosa es que cuando a uno lo echan al paro, si tiene derecho a la prestación por desempleo al principio se lo toma con calma, hasta lo disfruta, sobre todo cuando el trabajo del que sale le provoca pesadillas y ansiedad por la responsabilidad que conlleva y la presión a la que está sometido. Por eso el paro al principio hasta se agradece, y uno piensa que ya tiene un currículum decentillo, varios idiomas, experiencia trabajando en el extranjero, etc. y que “malo será” que no aparezca otro currrele para ganarse las lentejas.

Así, después de unas semanas de relax total y un viajecillo en furgo, uno ya empieza a meterse un poco en faena. Hablas con tus amigos para que sepan de tu situación, con los familiares, vecinos… Actualizas el currículum y preparas varias versiones para según a qué puesto se opte, actualizas los perfiles de las webs esas de empleos, te pasas horas buscando cualquier oferta que pueda encajar con tu perfil, aunque sea con calzador (al principio) y luego ya a todo lo que salga, a cañón.

Pero nada, el teléfono no suena, los colegas están la mayoría igual o peor que tú, las ofertas que salen son cada vez más escasas y te das cuenta de que por una mierda de oferta con un sueldo ridículo y unas condiciones de semi-esclavitud compites con gente con ingenierías de nombres impronunciables, másteres de la repera y más.

Estoy seguro de que muchos de los que estáis leyendo estas líneas habéis pasado en algún momento por situaciones parecidas y que para algunos el cultivo de nuestra planta amiga ha servido para sobrellevarlo un poco mejor.

Por circunstancias de la vida (la responsabilidad en el trabajo y el viajar de aquí para allá) hacía ya tiempo que había abandonado el sano ejercicio de cultivar cannabis, arte en el que me inicié ya en el siglo pasado y el consumo lo hago de forma muy esporádica y cuidada porque me conozco. Pero el que es cultivador no deja de serlo tan fácilmente y la situación en la que me encontraba me iba despertando poco a poco las ganas de volver a cultivar. Pero si apenas consumo y no me planteo vender nada, ¿para qué me voy a exponer a correr los riesgos que conlleva la absurda legislación que tenemos en este país? Multas desproporcionadas e intervenciones a lo bestia para que el capitán de turno o lo que sea salga en el periódico local diciendo aquello de “desmantelado un laboratorio de droga”… puffff… que pereza… paso.

A veces sólo hay que pararse un momento y mirar lo que uno tiene alrededor para ver las oportunidades que ofrece el entorno en el que estás. En mi caso vivo en una aldea de la provincia de Lugo, una población de unas 30 casas, con una edad media de jubilación como la de la mayoría de países de Europa donde los terrenos agrícolas se están abandonando progresivamente. No recuerdo en qué momento preciso se me vino a la cabeza la palabra mágica: ¡Cáñamo!

Ahí estaba la respuesta perfecta a todo lo que me estaba rondando por la cabeza. En un momento dado empecé a buscar por la red para averiguar qué tipo de permiso o licencia era necesaria para cultivar cáñamo industrial, y resulta que no existe tal cosa, simplemente te obligan a usar semilla certificada por la UE de ciertas variedades autorizadas que no generan apenas THC (menos del 0.2%).

Como mi búsqueda de empleo seguía siendo de lo más desesperante, mi mente se iba centrando en la idea de conseguir que me dejasen una pequeña finca y probar a cultivar cáñamo industrial. Así me pasé unos meses realizando búsquedas y leyendo un montón de información sobre el cultivo del cáñamo. Cuando lo tuve más o menos claro tomé la decisión y me fui a casa de unos vecinos que tenían una finca enfrente de mi casa sin cultivar desde hacía años, les expliqué lo que me proponía y me la dejaron de buen grado sin pedirme nada a cambio. En muchas zonas rurales creo que es más fácil de lo que parece encontrar fincas disponibles por muy poco o nada de alquiler, pues a los propietarios les suele interesar que alguien las trabaje y se evitan el tener que mantenerlas libres de maleza.

Así que estaba decidido, ahora tenía que encontrar las semillas certificadas y alguien con un tractor para las tareas de laborear la tierra. Para el tractor contaba ya con mi vecino de 90 años y su tractor Ebro 50, todo un clásico por estos lares. Este señor es un prodigio de la naturaleza, pues a su edad sigue con su actividad de toda la vida, mantiene varias vacas y con su tractor se hacen las labores de varias casas, ayudándonos unos a otros cuando hay que traer leña o realizar alguna labor en particular.

Precisamente este señor ( “O Blanco”) fue un ejemplo de cómo la palabra cáñamo puede ser entendida de una manera o de otra en según qué personas o estratos sociales. Cuando le comenté que iba a sembrar cáñamo en la finca que estábamos preparando, su primera reacción fue: “¿Eso es como el lino, no? ¿Para hacer cuerdas y alpargatas?”, o sea, el cáñamo como cultivo para textil de toda la vida, con la naturalidad de un agricultor que habla de un cultivo como cualquier. En cambio, unos meses después, comentando la misma situación con una licenciada en farmacia de un entorno urbano, la reacción de esta chica fue “!Huy! ¿¡Pero eso es legal!?” He aquí un ejemplo de cómo se ha demonizado una palabra y cómo una chica joven con estudios universitarios puede estar bajo esa influencia y cómo el señor de la aldea con 90 añazos no se escandaliza lo más mínimo.

El tema de encontrar las semillas certificadas ya fue un poco más complicado. Debo agradecer a D. Juan Zurita y su cooperativa Alsativa Sociedad Cooperativa Andaluza su ayuda y orientación en estos primeros pasos. La primera dificultad a la hora de hacer un pequeño cultivo es que no se encuentran semillas certificadas en cantidades menores de 20 o 25 Kg, y como para el terreno que tenía disponible me sobraban 5 Kg de semillas tenía que encontrar una solución. Mediante Juan Zurita entré en contacto con otra persona en Galicia interesada en experimentar con el cultivo de cáñamo, así podríamos compartir un saco de semilla certificada a medias entre los dos.

El primer intento fue buscar la semilla certificada en España, pero resulta que la única empresa productora de semilla certificada en España no estaba comercializando la semilla debido a que no tenían la demanda suficiente para cubrir los costes de producción. El siguiente paso fue contactar empresas en el resto de Europa, aunque las primeras que respondieron no aceptaban encargos menores de 100 Kilos. Tras mucho incordiar a unos y otros por fin conseguí que una cooperativa productora de semillas certificadas me enviase un presupuesto para un único saco de 25 Kilos de semilla certificada. De acuerdo con mi socio aceptamos el presupuesto de inmediato y realizamos el pago correspondiente; por supuesto que las ganas de tener la semilla en nuestras manos me hizo darle la tabarra al productor como si fuese un niño pequeño: “¿Cuándo llega? ¿Cuándo llega? ¿ Cuándo llega?”, y al fin llegó.

La tierra estaba trabajada y la semilla en casa, previamente me había asegurado en el ministerio de agricultura el hecho de que no era necesario solicitar ninguna licencia o permiso especial, me habían asegurado ( por escrito) que el único requisito era emplear semilla certificada por la UE. Pese a eso, el sentido común me hizo pensar: “Voy a plantar 2.000m2 de Cannabis Sativa… será mejor avisar a las autoridades por lo que pueda pasar“. Así que preparé un escrito muy formal donde comunicaba “A quien pueda interesar” de lo que iba a plantar, en qué finca y con qué fines; adjuntando con este comunicado el certificado de la semilla y la localización de la finca. Este escrito lo metí por registro en el cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo y en la oficina comarcal agraria. De esta forma, si decidían venir a montarme un espectáculo, por lo menos tendría un documento firmado y sellado por ellos donde les estaba dejando constancia de lo que pretendía hacer. Harían un poco (más) el ridículo montándome un pollo por algo que les estaba avisando con antelación y además era completamente legal.

Pese a que en los últimos tiempos no es que los cuerpos de seguridad del estado se estén cubriendo de gloria precisamente (desahucios, brutalidad extrema en las manifestaciones, agresiones totalmente injustificadas para quitarle a alguien un porro…), debo decir que en este caso concreto no tengo ningún motivo de queja. Unos meses más tarde, con las plantas ya crecidas, los oficiales se acercaron por la finca, donde les pude explicar tranquilamente todos los aprovechamientos y posibilidades que tenía aquel cultivo.

Harina de otro costal fue la historia de mi socio, a pesar de que yo le había enviado el escrito para que hiciese la misma operación que yo, el ajetreo diario (él no estaba en el paro como era mi caso) hizo que lo fuese retrasando y finalmente no llegó a dejar aviso por escrito, dando por supuesto que a nadie se le ocurriría pensar que aquella finca de casi una hectárea al lado de una carretera en medio de una aldea pudiese estar sembrada con miles de plantas de Cannabis psicoactivo… craso error.

Un buen día se presentó en casa de mi socio una pareja de la Guardia Civil y un policía de paisano, dispuestos a llevárselo al calabozo de cabeza. Mi socio les explicó que aquello que tenía sembrado en la finca era cáñamo industrial certificado y que tenía el certificado del saco original para demostrarlo. Yo le había dicho que podía darle mi teléfono a las autoridades si tenía algún problema, dado que la factura de la semilla estaba a mi nombre. 15 minutos después de hablar con él recibí una llamada de alguien que se identificó como el capitán de no-sé-qué-cosa, diciéndome que tenían una situación delicada y que no sabía donde conseguir la información necesaria sobre el asunto. Como ya estaba sobre aviso le informé de todos los detalles sobre el cultivo de cáñamo industrial, las variedades autorizadas, los certificados, etc. Pese a todo eso, mi socio fue llamado unos meses más tarde a declarar como imputado de un delito contra la salud pública delante de un juez.

Todo este despliegue de medios: varias patrullas, la secreta, el capitán, el sistema judicial en marcha, etc. debido a que alguien decidió que un cultivo tradicional, que necesita pocos cuidados, con múltiples aplicaciones y que puede ser altamente beneficioso para el medio ambiente, puede ser un peligro para la salud pública.

A finales de abril hice la siembra de la finca con medios manuales (azada y paciencia), a los 4 o 5 días empezaron a asomar los primeros cotiledones, y al cabo de una semana y pico ya se distinguían claramente los surcos que había sembrado. ¡Por fin! Estaba cultivando cannabis de nuevo, ¡y miles de plantas!

El desarrollo de los cultivos, la cosecha y los aprovechamientos los dejaremos (espero) para siguientes capítulos. Espero que os haya gustado y los que tengáis posibilidad os animéis a probar este maravilloso cultivo que puede ayudar enormemente a recuperar el medio ambiente que tanto estamos dañando.