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hombre usando heroína

Cuando se trata de drogas, es muy común observar cómo el foco de atención principal de la mayoría de los discursos se centra en el fenómeno de la adicción. Esto no sólo es frecuente en los medios de comunicación. Tanto en contextos académicos como clínicos y experimentales, se ha convertido a la adicción en la protagonista principal de la historia de las drogas.

Buena parte del discurso actual sobre adicciones gira en torno a dos aspectos. El primero de ellos, la droga. Es obvio, sin drogas no es posible desarrollar una adicción a las drogas. El segundo, la acción de estas drogas en el cerebro. Sí, parece que el cerebro — y el enfoque biologicista sobre el que se sustenta su explicación– es necesario y suficiente para explicar el desarrollo de la adicción.

Pero, ¿hasta qué punto ambas afirmaciones son correctas? ¿La adicción es un viaje de ida sin vuelta en la que una sustancia psicoactiva altera el cerebro de tal forma que no hay regreso? Pese a los intentos de algunos teóricos por crear representaciones ciertamente novelescas, como aquella metáfora que cuenta cómo las sustancias psicoactivas secuestran el circuito de recompensa del cerebro (Flores y Fernández, 2011; Becoña y Cortés, 2011), nosotros proponemos realizar una mirada integral al fenómeno de la adicción basada en el modelo biopsicosocial o bioconductual (Secades-Villa, García-Rodríguez, Fernández-Hermida y Carballo, 2007), aun a sabiendas de que para establecer el peso de cada uno de los factores propuestos, la generalidad no sirve. La única forma de poder explicar el mantenimiento de una conducta adictiva es atendiendo al caso del sujeto particular y las circunstancias históricas, contextuales y culturales que rodean su consumo de drogas. De otra forma, caeríamos en un reduccionismo poco útil para explicar un fenómeno complejo.

1. La droga.

Es cierto, sin consumo de drogas es imposible desarrollar una adicción a las drogas. En este sentido disponemos de algunas evidencias que nos sugieren que dada la farmacocinética y la farmacodinámica de cada una de las sustancias, existirían preparaciones y vías de administración con mayor potencial para desarrollar dependencia y, por lo tanto, síndrome de abstinencia. Recordemos que el síndrome de abstinencia es uno de los factores de riesgo más importantes para explicar el mantenimiento de una adicción, ya que la autoadministración de droga, en este caso, tendría funciones de escape del malestar que genera el síndrome, y por lo tanto quedaría reforzada negativamente manteniendo así dicha conducta.

Formas de administración que generan sensaciones intensas de placer – flash en el argot heroinómano (Hidalgo, 2007) – pero que duran poco, tendrían mayor potencial de generar consumos compulsivos y más frecuentes. Estas vías de administración, generalmente, son la intravenosa y la fumada.

Sin embargo, ni la vía de administración ni la droga son suficientes para explicar el desarrollo de una conducta adictiva. Por ejemplo, existen estimaciones que señalan que, de todas las personas que se inician en el consumo de diferentes drogas, solo una pequeña parte de ellas termina desarrollando una adicción (Frenk, 2002). ¿Por qué, si se trata de la misma sustancia y la misma vía de administración?

Esto nos sugiere que podemos sacar perfiles generales acerca del potencial adictivo de una sustancia, pero que esta información no nos servirá para predecir el desarrollo de los acontecimientos en casos particulares de personas que se inician en un consumo de drogas determinado.

2. El sujeto.

Hablar del sujeto o persona que realiza la acción de consumir una sustancia psicoactiva supone aceptar la complejidad a la que nos enfrentamos a la hora de conceptualizar la adicción. No solo porque el sujeto es un organismo biológico complejo sino porque, además, posee unos patrones de comportamiento que es necesario estudiar.

En esta categoría podrían incluirse un conjunto de elementos que no sólo interaccionarán entre sí sino, para mayor complicación, también con los elementos de las otras categorías. Comprendemos que las explicaciones causales son mucho más seductoras, fáciles de entender y parecen corresponderse con mayor afinidad a un modelo típico de ciencia. Sin embargo, no toda explicación dentro de la ciencia de la conducta es de tipo causal, siendo necesario añadir aproximaciones de tipo relacional. En este sentido, además de la sustancia psicoactiva, para explicar el origen y mantenimiento de la adicción habría que atender una serie de factores que interactúan de forma dinámica y cuyo peso será variable en función del sujeto concreto y las circunstancias que lo rodean:

a) Las disposicionales biológicas:

En los últimos años, se ha aglutinado una notable evidencia y conocimiento respecto a la acción de las distintas sustancias psicoactivas en los sistemas biológicos del organismo. Gracias a los hallazgos de la neurociencia, la psicofarmacología y la farmacología de la conducta, se han podido describir efectos psicoactivos, efectos secundarios y distintos tipos de tolerancia, entre otras cuestiones relacionadas con drogas. Respecto a la adicción, está bastante claro que la mayoría de los consumos de drogas implican de forma directa o indirecta al neurotransmisor dopamina en diferentes áreas y vías del cerebro, sobre todo, mesolímbicas y mesocorticales (Coromina, Roncero, Brugera y Casas, 2007). Desde un punto de vista biológico, la dopamina desempeñaría un papel importante en las conductas de búsqueda de la sustancia (aspecto motivacional) y, al principio del consumo, en el refuerzo del mismo.

Sin embargo, no caigamos en la falacia mereológica (Pérez, 2011): si bien el cerebro es una parte del organismo muy implicada en las conductas adictivas, no es el cerebro quien interactúa con la sustancia y las circunstancias que rodean al consumo. Es todo el organismo quien lo hace.

b) Las disposicionales psicológicas.

Si hay algo que caracteriza a la conducta de los organismos, es que esta es histórica (Kantor, 1975). Esto quiere decir que los objetos y situaciones con los que el organismo vaya interaccionando a lo largo de su vida irán adquiriendo significados o funciones determinadas que condicionarán sus interacciones futuras.

La forma en la que una persona entre en contacto con una sustancia o mantenga una relación con ella, vendrá en parte determinada por un estilo conductual que ha ido configurándose a lo largo de su vida como resultado de otras interacciones entre dicho organismo y el ambiente o contexto. Este estilo conductual es lo que generalmente denominamos personalidad.

Pero además, podríamos incluir aquí un conjunto de disposiciones psicológicas cuya presencia o ausencia pueden favorecer que se produzca o no el consumo de drogas o que éste se convierta en un consumo de bajo o alto riesgo: las expectativas respecto a las consecuencias del consumo (Christiansen, Smith, Roehling, y Goldman, 1989) , los valores (Megías et al., 2000), y las habilidades sociales (Rhodes y Jason, 1990), serían solo unos ejemplos de ellas.

3. El contexto.

En este punto es importante tener en cuenta no sólo las características del entorno en el que se da el consumo sino las distintas leyes que operan en la adquisición y mantenimiento de las conductas. Y el consumo de drogas es una de ellas.En el primer caso, debemos decir que la investigación básica históricamente ha descuidado la importancia del entorno a la hora de explicar el desarrollo de conductas adictivas. Los experimentos clásicos en materias de drogas a nivel básico han consistido en aislar a distintos organismos (ratas, gatos, monos…) en cajas de experimentación utilizando procedimientos de autoadministración (Kamenetzky y Mustaca, 2004) en los que se da a elegir al animal entre agua y la droga. En la mayoría de los casos los organismos prefieren, evidentemente, la droga.

Estos resultados, que son muchos e incuestionables, han servido tanto para dar explicación del fenómeno de las adicciones, como para generar discursos políticos y sociales muchas veces sesgados y exagerados, en opinión del autor, en los que se llega a afirmar, por ejemplo, que la persona que tenga tan sólo unos pocos contactos con diacetilmorfina (heroína), estará abocado a entrar en una irremediable escalada de consumo. Sin embargo, el profesor emérito de la Universidad de Vancouver Bruce Alexander, fue el primero en señalar que el ambiente o entorno en el que se realizaban estos experimentos con drogas y animales, importaban y mucho (1978, 1981, 1982). Por cuestiones de espacio no profundizaremos en la serie de los experimentos que realizó entre 1978 y 1982 y que se han conocido como el Rats Park, pero en ellos Alexander y sus colabodores proporcionaban a las ratas un ambiente sumamente enriquecido de estimulación (ruedas para jugar, camadas de crías, otras ratas, un amplio espacio en el que moverse, etc.) a la vez que, a modo de resumen, les daban a elegir entre la autoadministración de morfina y agua.

En comparación con las ratas alojadas en cajas de experimentación típicas, las ratas del ambiente enriquecido preferían en mayor medida agua que morfina. Alexander (1978) hipotetizó que la disponibilidad de estimulación apetitiva y reforzante reducía el interés de las ratas por la morfina. ¿Podríamos extrapolar esta explicación al caso humano y a la relación entre determinados contextos empobrecidos y consumo problemático de drogas? Posiblemente sí.

Y es aquí donde llegamos al segundo punto y a la importancia de los procesos de refuerzo que posibilita el consumo de drogas. Si algo ha demostrado la investigación procedente, en primer lugar, del análisis experimental de conducta y después de las neurociencias, es que la mayoría de las drogas, como decíamos, tienen potencial para reforzar la conducta de consumo. Sin embargo, llevamos toda la entrada tratando de postular que la adicción no es explicada por un proceso en que la droga es el agente causal de la adicción. En este sentido, no podemos decir que el consumo de drogas sea siempre reforzante porque ello depende de las relaciones complejas que se establecen entre las muy diversas e idiosincrásicas variables disposicionales del organismo y del contexto que comentábamos al principio y del poder reforzante que tenga el consumo de drogas. Pero este poder reforzante es variable y dependiente de las distintas relaciones que se establezcan entre los distintos factores que hemos venido comentando.

Por tanto, y vamos concluyendo, no es un sujeto vicioso, moralmente desviado o un enfermo; no es la droga, llámese tabaco, vino o heroína; no es siquiera el contexto empobrecido, rico, demandante o estimularmente deficiente. Nos atrevemos a sugerir que es la relación que se establece entre todos los elementos de forma, resaltemos, única para cada sujeto o persona con su historia conductual, la que va configurar las posibilidades de que se genere o no el desarrollo de las conductas adictivas.

No es la droga, es el contexto.

Fuente Rasgo Latente