A media tarde, tras la jornada laboral, Fernando, de 40 años, entra por la puerta de la asociación, un antiguo restaurante de carretera de Paracuellos del Jarama. Se pide un café con leche. Y un gramo de marihuana. Fernando, diseñador industrial, sufre la enfermedad de Kron, una dolencia crónica autoinmune que ataca el intestino.

“Con los corticoides tenía unos efectos secundarios tremendos; el cannabis no cura la enfermedad pero alivia los síntomas, te quita las diarreas y los vómitos”, dice Fernando mientras se prepara un porro de cannabis, que lleva consumiendo desde que le diagnosticaron la enfermedad hace 20 años.

“En hospitales de Israel se lo dan a los enfermos de Kron”, advierte el diseñador, uno de los 80 socios del primer club en Madrid donde se fuma marihuana de forma legal, ‘Private Cannabis Club’, siguiendo la estela de otras asociaciones en el País Vasco y Cataluña.

Los socios, de entre 20 y 65 años, algunos de los cuales padecen cáncer o enfermedades graves, pagan una cuota de 130 euros al año. Dentro del local pueden consumir su propia marihuana o la que se dispensa en el local a seis euros el gramo. “No es lo mismo fumar solo en tu casa que aquí”, precisa Fernando en la barra del club, un local de unos 400 metros cuadrados.

“Hemos ido de cara siempre. Es una asociación privada y estamos inscritos en la Comunidad de Madrid, esto es como nuestra casa”, subraya Carlos Yerbes, uno de los fundadores del club, que se ampara en la ley, que tolera el consumo en el ámbito privado pero sí castiga con sanciones y multas el cultivo, la venta y el consumo en espacios públicos. ¿Y de dónde lo sacáis vosotros? “Aquí, por ahora, no podemos cultivar, así que nos están obligando a acudir a mercados ilegales”, responden.

Desde el colectivo dicen que propugnan el consumo “responsable y controlado”, por eso no se permite consumir más de 50 gramos a la semana. “Aquí no se vende, tenemos una caja común y se dispensa”, matiza Pedro Alvaro Zamora, otro de los impulsores. “La gente más adulta puede así dejar de buscarse la vida acudiendo al mercado negro, donde no saben qué te están dando”, incide.

Entre 20 y 30 personas acuden todos los días a la asociación. La mayoría va por el “uso lúdico” de la droga. “Está claro que te coloca, pero si se permite ir a un bar y tomar alcohol, que se sabe que es perjudicial, ¿por qué no un porro?”, se preguntan.

Dentro del club, al que sólo pueden ingresar mayores de edad y personas avaladas por un socio, organizan foros y charlas sobre cultivo. Quieren normalizar la situación de los consumidores de marihuana y lanzar el debate para cambiar la ley: No deberían multar a nadie por llevar cannabis de un sitio privado a otro”.

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