UNA nueva agresión sexual a una mujer en Bilbao ha provocado la puesta en marcha de los rodillos sensacionalistas de las rotativas de algunos medios de comunicación. Según las informaciones periodísticas, lagunas en su memoria impedían a la víctima recordar con exactitud lo ocurrido durante aquella trágica noche, una amnesia que inmediatamente fue atribuida a que los criminales habían añadido burundanga a su bebida. Los perturbadores titulares eran la prueba fehaciente de que la mítica leyenda urbana adolescente que sostiene que se puede someter la voluntad de las personas con pócimas añadidas a la bebida era realidad.

En el caso de la burundanga se trata de una fábula que tiene sus raíces en la prehistoria mágica de la humanidad y que quedó reflejada en las crónicas que relataban las andanzas de los primeros conquistadores españoles en América. El cacao sabanero o borrachero, una de las plantas de las que se extrae la burundanga, era utilizado por los indios para obnubilar y dejar indefensos a los colonizadores. Así les sucedió a “cuarenta soldados que perdieron temporalmente la razón cuando llegaron a un lugar donde les atendieron algunas mujeres indias que les mezclaban a los alimentos semillas de una planta conocida con el nombre de borrachero. Aunque cobraron juicio luego, quedaron más locos que antes, pues andaban entendiendo en hacer tan grande locura como era arrebatar las haciendas que no les pertenecían y despojando gentes que vivían a 2.000 leguas de España…”.

La parte final del relato revela otro de los efectos atribuidos a la escopolamina, el principio activo mayoritario de la burundanga: la incapacidad para mentir mientras se está bajo sus efectos. Debido a esta supuesta acción, en los años 20 del siglo pasado fue utilizada en Estados Unidos, mezclada con otros fármacos, como suero de la verdad, para arrancar confesiones durante los interrogatorios. Las desagradables reacciones adversas que ocasionaba, que iban desde cefalea hasta alucinaciones, determinaron que dejara de ser empleada para este propósito. De hecho, una de las consecuencias que provoca, por la que fue utilizada en la anestesia, es reducir las secreciones, lo que dejaba la boca tan seca a las víctimas de este tormento que les impedía hablar.

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Son esas desagradables secuelas las que han limitado la presencia de la escopolamina en el mercado terapéutico y la han excluido del recreativo, manteniéndose su uso con fines delictivos. La sustancia se administra a la persona sin su conocimiento, buscando su hipotética capacidad de controlar la voluntad, con el fin de convertirla, sin el uso de violencia física, en víctima de robos o delitos sexuales. El procedimiento se denomina sumisión química y está confinado geográficamente -en lo que se refiere a la burundanga- a Colombia y regiones limítrofes, donde, por tradición y ubicuidad de la planta, es una de las principales causa de intoxicación.

La escopolamina suele administrarse mezclada con comida o bebida. Aunque es capaz de absorberse por cualquier vía, incluida la piel, es falso que el simple contacto con las mucosas produzca los mismos efectos que cuando se administra por boca o en inyección. Tampoco es cierto el bulo de que su efecto es inmediato; como todas las sustancias, una vez administrada oralmente precisa un tiempo para comenzar a mostrar sus efectos. Su presencia en el organismo es muy corta, transcurridas seis horas no hay vestigio de ella en la sangre aunque podrá descubrirse en la orina hasta dos días después de la toma si la cantidad ingerida es elevada. Sin embargo, las dosis empleadas suelen ser bajas, por lo que los periodos de detección se acortan y otros métodos, como el rastro en el cabello, resultan de poca utilidad en la investigación de los delitos cometidos bajo sumisión química.

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La escopolamina actúa en el sistema nervioso. Transcurridos quince minutos desde el consumo comienzan los síntomas: la boca se seca, las pupilas se dilatan haciendo que la visión sea borrosa y la luz resulte molesta y el corazón se acelera. Unos efectos que irán acompañados de una dificultad para coordinar los movimientos, una desorientación que provocará una comportamiento extraño y un adormecimiento progresivo.

No obstante, presenta dos características que la hacen idónea para su uso delictivo: su capacidad de generar amnesia de todo lo ocurrido desde que comienzan los efectos hasta que es eliminada y su supuesto potencial para anular la voluntad. Esta teórica conducta de sometimiento y de incapacidad para oponerse a las agresiones es la parte de la leyenda de la burundanga que más se ha popularizado y que más temor ha suscitado. Según ella, la víctima se convierte en un instrumento del victimario aceptando automáticamente cualquier orden sin presentar ninguna resistencia.

Así como la alteración de la memoria ha sido comprobada en las intoxicaciones por escopolamina, en lo relativo a la anulación de la voluntad no ha sido posible llegar a esa conclusión. Puede reducir el miedo, disminuir la atención, modificar la percepción de los estímulos y alterar la actividad motora, pero pasar de esos datos a afirmar que elimina el libre albedrío no es verosímil. Nunca se han realizado estudios específicos sobre los efectos en esta área que, además, resultarían arduos debido a la complejidad de definir el concepto de anulación de la voluntad. Por el contrario, dos hechos hacen sospechar que no provoca este tipo de hipnotismo: las descripciones científicas que hacen referencia a la existencia de este efecto son anecdóticas e incompletas y, en el caso de que fuera cierto, no hubiera sido abandonado hace un siglo por los servicios de inteligencia, por muy al margen de la ley que estuviera.

Hasta aquí las dudas que plantea el imperfecto escenario farmacológico que rodea a la escopolamina, un producto sintetizado en laboratorio del que incluso disponemos de prospecto, ya que aún conserva alguna utilidad en la terapéutica médica. Sin embargo, la burundanga no está compuesta exclusivamente de escopolamina. Aunque solo fuera el extracto de la planta, la pócima contendría otros principios activos. Además, cuando es utilizada con fines criminales, suelen añadírsele otras sustancias psicoactivas que alteran aún más la condición neurológica de la víctima. Debido a estas circunstancias, resulta imposible categorizar los efectos de la multitud de tóxicos que se encuadran en el cajón de sastre que es la burundanga.

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Aunque lo que realmente desmonta esta leyenda no son las dudas acerca de su más que dudosa capacidad de subyugar. La principal cuestión en relación con la sumisión que ocasiona este extracto del cacao sabanero es la frecuencia con la que es utilizado. En la literatura médica solo se ha recogido en el Estado español un caso confirmado de delito relacionado con burundanga. Es posible que existan más que no hayan sido detectados, pero lo más probable es que su presencia en nuestro entorno sea insignificante, ya que existen varios fármacos, mucho más accesibles, capaces de inducir somnolencia y provocar la incapacidad de recordar -por ejemplo, los hipnóticos-, que son los que se emplean comúnmente con propósito delictivo, como ocurrió en el caso de la niña gallega por cuyo asesinato fueron condenados sus padres.

Es innegable que se cometen delitos mediante la sumisión química, pero son mucho más frecuentes los que aprovechan lo que se denomina vulnerabilidad química, un término que describe las situaciones en las que el acto delictivo recae sobre una víctima cuyas capacidades se hallan disminuidas por el consumo voluntario de alcohol, drogas o medicamentos. En la mayoría de los casos, en algunas series llegan hasta el 70%, el agente principal involucrado en los delitos que aprovechan esta vulnerabilidad química es el alcohol. Una constatación que nos obliga a jerarquizar y separar lo irrelevante (burundanga) de lo importante (alcohol). Este es el verdadero problema, la fragilidad provocada por el omnipresente alcohol, sobre todo cuando se trata de delitos contra la libertad sexual.

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De nada sirve escandalizarse por la -mediática y prácticamente inexistente- burundanga cuando promovemos que nuestras ciudades se conviertan en parques temáticos del consumo de alcohol y aceptamos que, desde la infancia, se banalice su presencia fomentando que todo lo que respetan y admiran a esa edad -incluido el deporte- esté combinado con alcohol y que el ocio tenga lugar, mayoritariamente, en las proximidades de una taberna.

En pocas palabras, no tema porque le puedan echar droga en su copa, ya la lleva.

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