Por Eduardo Hidalgo

Antropófago se puede ser por uno de dos motivos: por necesidad o por vicio, y cuando se juntan el hambre con las ganas de joder, pues por los dos al mismo tiempo; como es el caso de los ngarrindjeri australianos, que practicaban el canibalismo ritual y que se cuidaban muy mucho de mantener a sus víctimas con vida mientras las abrían en canal para extraer y engullir sus glándulas suprarrenales fresquitas, palpitantes y rebosantes de adrenalina.

La cuestión es que este neurotransmisor es producido en enormes cantidades en los momentos de terror, de tal manera que, con el simple proceso de dar caza a la pieza o de prepararla para su ejecución, el superávit adrenalínico está más que asegurado. Sin embargo, para los aficionados a estas prácticas parece no ser suficiente, de modo que, de nuevo, se cuidan muy mucho de que el organismo libere hasta el último átomo de esta apreciada molécula. La ecuación es sencilla: más dosis de terror… mayores dosis de adrenalina. Es por ello que, en el canibalismo ritual, la tortura es y ha sido siempre una constante universal. Da igual si nos remitimos a las culturas ágrafas del paleolítico, a las sectas satánicas del Camino de la Mano Izquierda o a las comilonas de los Illuminati… Los comensales siempre buscan lo mismo: adrenalina a chorros.

Winona Ryder, ¡ay, no, perdón!, Arizona Wilder nos aclara el motivo en su célebre y esquizoide testimonio de Ex – Diosa-Madre iluminada:

«En estos rituales, por supuesto, hubo quien fue sacrificado. Fueron asesinadas personas.» […] «Es cierto. Esos que son serviciales no saben que serán sacrificados. Ellos creen y les dicen que lo que hacen es un honor. Y son honorados para obtener el adrenocromo al salir de su sangre, que es lo que los reptilianos necesitan. Aquellos que tienen forma humana necesitan el adrenocromo para mantenerla y para desarrollar más aún sus habilidades psíquicas. La única manera en que el adrenocromo puede venir por la sangre, en la forma en que ellos lo necesitan, es por medio de alguien que ha sido torturado y traumatizado de forma larga y dolorosa. Cuando eso sucede hay, aproximadamente, 10 cc de adrenocromo que saldrán al torrente sanguíneo».

Aquí queríamos llegar: el adrenocromo. Se trata de un metabolito de la adrenalina que fue catapultado al Olimpo de la mitología drogófila de la mano y la pluma de Hunter S. Thompson. En su libro Miedo y asco en Las Vegas, el mencionado compuesto venía a protagonizar el episodio más desquiciado de toda la obra, lo cual es mucho, pero que mucho decir.

Supuestamente, Hunter consiguió la sustancia gracias a su abogado y amigo Oscar Zeta Acosta que, a su vez, la había conseguido de un cliente dado al satanismo que la había obtenido de las glándulas suprarrenales de un ser humano vivo, puesto que, como bien sabían los ngarrindjeri y cualquier otro gourmet que se precie, el adrenocromo de calidad y con altas concentraciones solo podía obtenerse así.

No obstante, en este punto, el creador del periodismo gonzo se equivocaba de cabo a rabo, ya que, hacía tiempo que los avances de la ciencia química habían hecho posible sintetizar adrenocromo en laboratorio tan válido como el que se pueda obtener de las glándulas suprarrenales más frescas y suculentas. En realidad, idéntico. Tan idéntico como, por poner un ejemplo, idéntica es la psilocibina presente en las setas psilocibes a la obtenida en probetas de cristal. Un principio activo es un principio activo y punto pelota. No hay más.

De hecho, en los años 50, algunos profesionales de la salud mental hipotetizaron que la esquizofrenia tenía su origen en una alteración en la metabolización del adrenocromo. Uno de ellos fue Humphry Osmond, nada menos que el psiquiatra británico que acuñó el término «psiquedélico», el mismo que dedicara su vida a la investigación médica de las sustancias psicoactivas, aquel que le pasara a Aldous Huxley las dosis de mescalina que llevarían al escritor inglés a redactar Las puertas de la percepción. Al parecer, Osmond probó el adrenocromo sintético y tuvo una experiencia absolutamente alucinada, delirante y psicótica. Y, como él, otros tantos estudiosos y sujetos experimentales más que vieron trastocados sus procesos perceptivos y de pensamiento durante horas, días, semanas e incluso meses sin tan siquiera ser conscientes de que estaban más allá que pá cá.

Y, claro, como ustedes perfectamente podrán comprender, en el preciso momento en que tuve conocimiento de estas cuestiones y de estos antecedentes, las cartas estuvieron echadas y mi cabeza no cejó de martillearme con esta lógica e irreprimible obsesión: «¡Yo también quiero de eso!».Así que, eso es lo que le di.

Me encargué de conseguir adrenocromo del proveedor de productos químicos más fiable del mundo y, de paso, también adquirí unos comprimidos vintage de adrenocromo patrio, calculo que, más o menos, de la época del Plan Marshall. Eran ocho pastillas y habían sido sintetizadas en Porriño, Pontevedra. Empecé por comerme éstas últimas. Se trataba, a todas luces, de adrenocromo semicarbazona, una presentación –diferente a la caníbal– empleada en ámbitos médicos para reducir el sangrado en procesos quirúrgicos. Adam Gottlieb en su libro Legal Highs afirma que produce sensación de bienestar, estimulación y ligera alteración de los procesos mentales.

El adrenocromo de Porriño, Pontevedra.

Hice dos tomas, en días diferentes, con este tipo de adrenocromo (el de Pontevedra y otro semicarbazona que adquirí en Estados Unidos). Los efectos, en ambos casos, fueron los mismos (estado general de moderado bienestar, cierto grado de embotamiento mental y ligera estimulación) y tuvieron el mismo resultado: me dediqué a recoger papelitos del suelo, a ordenar mi habitación y a hacer la colada. Inaudito. Fascinante. ¡Acababa de descubrir el doping de los chachos, la droga ideal para realizar las labores del hogar!

A continuación procedí a administrarme el mismo adrenocromo que en su día se administrara Osmond, tan solo que, si él se administró 5 mg yo me administré 25. A diferencia de él, no tuve alteraciones perceptivas, pero me sentí eufórico, estimulado y colocado. Recuerdo que me dio un claro subidón y que me dije: «¡Jooooder, esto si que coloca!» No tanto como otros estimulantes, pero claramente ponía.

El adrenocromo yanqui.

En cualquier caso, como era de noche y a tenor de lo que comentaban los psiquiatras de los años 50, los efectos duraban horas y días, decidí irme a dormir para, por la mañana, ir a casa de un amigo que haría las funciones de babysitter por si se me iba la pinza seriamente.

Al día siguiente me desperté muy jocoso. Al ir a vestirme, cogí unos calzoncillos y me llamó la atención su color rojo-holocausto-canibal. «¡Uy, qué putón!», pensé, «como si fueras a ligar o algo», y me descojoné vivo. Me los habría puesto antes cien mil veces y jamás había pensado nada de nada sobre ellos. La verdad es que jamás había pensado nada sobre mis calzoncillos. Bueno, sí, recordé que, hacía años, en la adolescencia, cuando compartía habitación y ropa íntima con mi hermano mellizo, solía pensar: «¿pero qué cojones hará este tío con su piba?». Porque había algún que otro gayumbo con un agujero en el centro de la parte frontal. Años después, me enteré de que mi hermano se hacía exactamente la misma pregunta respecto a mí y a mi novia. Me acordaba de ello y se me caían las lágrimas de la risa (lo curioso, por lo demás, es que nunca descubrimos el origen ni la razón de ser de esos misteriosos agujeros).

En fin, el caso es que, camino a casa de mi amigo, cogí el tren y me sentí raro, veía a la gente rara, sus gestos y sus movimientos me resultaban extraños, en un par de ocasiones amenazantes. Tanto que, en la medida de lo posible, me abstuve de mirar a la banda. Todo el mundo me parecía superfreaky. Si les miraba más de una décima de segundo no podía contener la risa. Tenía intensas sensaciones de desrealización y algún deje paranoide (la impresión de que algún que otro capullo que me miraba mal y cosas así).

Y en esto que llegué a casa de mi colega (Chema), que estaba con su hijo (Miguel) y con otro amigo (Alexis). Me recosté en el sofá y me dediqué a escucharles y a observarles… ¡Putos esquizos! Parecía que los que iban de adrenocromo eran ellos. Chema trataba de comunicar a Alexis el concepto de uno de sus innumerables proyectos. Hilaba, sin cesar, ideas e imágenes, cada cual más onírica, poética, bella, surrealista, incomprensible, desternillante o todas las cosas a la vez: «podría haber agua, una cascada, una chica que aparece por ahí, sin venir a cuento —le puede faltar un brazo, por ejemplo—». Alexis, noqueado a partes iguales por el torrente de desvaríos y por la tremenda resaca con la que cargaba a cuestas, └bebía pausadamente una gran taza de café, intentando, sin conseguirlo, hacerse una composición de lugar de lo que le estaban contando. Mientras tanto, Miguel hablaba solo –literal–, soltando frases que derivaban por senderos inescrutables y que solían acabar en una gran risotada que le hacía toser como si tuviera un blandi-blub en la garganta a punto de salir expulsado e invadir todo el salón: «Tengo dos mil tipos de problemas distintos y he pasado por 14.428 procesos diferentes, ¡¡¡ja, ja, a, ja, cof, cof, cof, cof, bruahhhhhhhhhh…!!!».

Comprendí que era el momento de tomarme al antídoto: Vitamina B-3.

Al día siguiente, cuando me desperté, me di cuenta de que estaba normal y de que el día anterior no lo había estado del todo. Era algo sutil, pero no había estado normal. Como bien dijo Osmond, ahora, «volvía a ser yo mismo», aunque, luego, me eché una partida a Pokemon Cristal y las imágenes me resultaron algo extrañas en su color y tamaño —y miren que le he echado horas a este juego sin que me pasara nada parecido—. Sea como fuere, si algo he de decir como conclusión es que… la verdad: un simple porro me afecta infinitamente más.

Eduardo Hidalgo es drogófilo y superviviente del apocalipsis químico.

Fuente VICE