Una revolución verde atraviesa los Estados Unidos. ¿Puede el negocio de la marihuana ayudar a revertir la crisis del país más poderoso del mundo?

Si uno pasa tiempo suficiente en el Triángulo Esmeralda -una zona del norte de California que comprende los vecinos condados de Mendocino, Humboldt y Trinity-, probablemente note algunas cosas. Hay un pescador que vende cangrejos frescos directamente de su barco, con un porrito encendido que le cuelga de la boca. Hay un jingle de la radio local cuyo estribillo dice: “¡Caer preso es una mierda!” (es el aviso de un estudio jurídico que se especializa en sacar gente de la cárcel y lo pasan justo después del de un negocio que vende artículos para hacer cultivos hidropónicos). Si uno está en el Triángulo en octubre, cuando empieza la temporada de cosecha en el hemisferio norte, quizá vea gente al lado de la banquina con letreros pintados en cartón que dicen busco trabajo, o con apenas un dibujo hecho a mano de unas tijeras. Uno quizás escuche que la gente de la zona les dice a los billetes de cien “veinte Humboldts” y que se queja de lo caro que está todo, o que usan el verbo “volar” para indicar que un helicóptero de la DEA sobrevoló su propiedad (“nos volaron varias veces este verano, así que sabíamos que se nos venía una redada”). En algún momento tal vez el celular deje de funcionar, y uno verá cómo la ruta de dos carriles se cubre de oscuridad al ingresar en un bosque de secuoyas, y cómo el auto pareciera hacerse más pequeño al pasar junto a los enormes árboles de ese bosque antiquísimo, y cómo ese negocio que vende souvenirs del Abominable Hombre de las Nieves empieza a parecer el último bastión de la civilización. Si uno sigue avanzando, internándose en el corazón de las montañas, en algún momento llegará a la casa de Vic Tobias.

Tobias se dedica al cultivo de marihuana, y hoy está teniendo un día muy difícil. No sabe a ciencia cierta si el agua se le congeló en las cañerías o si éstas se rompieron, pero la cosa es que hace un par de días que no tiene agua en la casa. La suerte quiso que esto coincidiera con la presencia de visitantes, compradores de otra parte que querían conocer a productores locales que estuvieran buscando vender parte de su producción. Tobias se ha estado esforzando mucho para concretar las reuniones, un proceso muy delicado en una parte del país donde las caras nuevas no suelen ser recibidas con la proverbial hospitalidad pueblerina, y donde se considera una torpeza (como me dijo uno de los productores) darle tu verdadero nombre al repartidor de pizza. Sin embargo, lo que es más urgente, Tobias tiene 45 plantas de marihuana florecidas que debe cosechar antes de mañana a la mañana, si es que quiere cumplir con los pedidos que le hicieron. Son casi las doce de la noche, y está levantado desde el amanecer.

Hace unos años, trabajar en esta parte del país significaba dedicarse a la actividad forestal o a la pesca, aunque con el agotamiento de los recursos naturales, ninguna de esas dos industrias ha tenido últimamente un gran impacto en la vida de la zona. Gente con aspiraciones contraculturales empezó a llegar desde el Area de la Bahía a fines de los años 60, atraída no sólo por el espectacular paisaje, sino también por su lejanía. Dicho desplazamiento, como era de esperarse, se prestó a la creación de una nueva fuente de trabajo: la producción de marihuana. En el breve pero preciso relato histórico que hace Tobias, “los hippies se fueron a la India, trajeron semillas de contrabando metidas en el culo y vinieron para acá”. En realidad, por lo general, las traían de Afganistán, pero la idea es la misma. Con un origen tan humilde como el de Hollywood (Cecil B. DeMille filmó su primera película en una caballeriza) o el de Silicon Valley (Steve Jobs inventó la computadora personal en su garaje), nació una industria enorme y típicamente californiana.

Gracias a la ambigua redacción de la Propuesta 215, el plebiscito de 1996 que permitió la posesión y el cultivo (pero no la distribución ni la venta) de marihuana con fines médicos en California, el negocio de la marihuana ha crecido exponencialmente a lo largo de la última década. La mayor parte de la marihuana con fines médicos de California se vende a través de dispensarios: algunos, en ciudades como Oakland, son lugares enormes que reciben a cientos e incluso miles de pacientes por día, mientras que en Los Angeles los negocios dedicados a la venta de productos asociados a la marihuana -hay más de mil, según estimaciones- se han colado en pequeños shopping centers y en las áreas comerciales de toda la ciudad. Esto ha avergonzado tanto a la municipalidad de Los Angeles que, en enero, aprobó una ordenanza que podría reducir el número de estos establecimientos a 70.

Dicho esto, según algunos cálculos, el cultivo anual de marihuana en todo el estado produce beneficios por aproximadamente 14.000 millones de dólares, “dejando chiquito”, según una nota que sacó hace poco la Associated Press, “a cualquier otro sector agrícola del país”.

En su momento, el hecho de que el electorado de California aprobara la Propuesta 215 pareció algo coherente, sobre todo viniendo de la misma gente que había creado la Cientología. Pero ahora que la economía se encuentra inmersa en una grave crisis, y que millones de estadounidenses se han visto forzados a repensar su forma de vida, está cobrando cada vez más fuerza la idea de que el país ya no puede permitirse sostener la prohibición de larga data que pesa sobre la marihuana, la idea -por primera vez desde los años 70- de que la marihuana podría despenalizarse en varios estados, e incluso legalizarse por completo. Catorce estados ya han aprobado la marihuana con fines médicos y otros catorce tienen alguna ley relativa a la marihuana esperando ser aprobada. Y eso no incluye a Massachusetts, que el año pasado despenalizó efectivamente el consumo de marihuana con fines recreativos, penando la tenencia de hasta 30 gramos con una multa de 100 dólares. En el ámbito nacional, un economista de Harvard calculó que legalizar la marihuana le ahorraría al gobierno 13.000 millones de dólares anuales en gastos derivados de la prohibición (incluyendo salarios policiales y cárceles), y podría generar 7.000 millones anuales si se la gravara, un argumento de peso en un momento en que las municipalidades se están viendo obligadas a recortar gastos y puestos de trabajo. “En los últimos años, la gente había interpretado la legalización de la marihuana como una forma de libertinaje: para ellos, significaba darle un espaldarazo, y permitir que se saliera de control”, señala Ethan Nadelmann, el fundador de la Drug Policy Alliance Network, un grupo sin fines de lucro dedicado a terminar con la “guerra contra las drogas”. “Ahora, cada vez más gente la interpreta en términos de impuestos y regulaciones.”

A esto vine al Triángulo Esmeralda: a vivir, de primera mano, este momento único y transformador en la historia de lo que ha sido hasta ahora una cultura subterránea, refugio y a la vez lugar de pertenencia para una extraña mezcla de delincuentes principistas y dealers de los de siempre, marginales voluntarios y tipos muy pesados que andan de caño, cada uno de los cuales está teniendo que adaptar sus propias habilidades a un panorama jurídico y económico cambiante. El grueso del cultivo de marihuana en California lo realizan productores como Vic Tobias y sus vecinos; un estudio reciente, encargado por el condado de Mendocino, afirma que el porro equivale a dos tercios de la economía local. De hecho, el año pasado, la llamada “fiebre verde” dio lugar a tal incremento del número de productores en California que hubo consecuencias negativas: una sobreabundancia del producto. Un artículo aparecido recientemente en el Anderson Valley Advertiser, un diario de la zona, señala: “La oferta creció enormemente, los precios -en el caso de que uno sea capaz de conseguir un comprador- bajaron muchísimo, y una suerte de desesperación está asolando las colinas del norte del condado de Mendocino a medida que los dueños de la tierra y los productores se vuelven los unos contra los otros, mientras bandas despiadadas de usurpadores atraviesan las lodosas rutas de ripio, de Branscomb a Spy Rock, y de allí a Alderpoint, pasando por todos los lugares intermedios”.

Me encuentro con Tobias en el pueblo más cercano al lugar donde vive -que, sin embargo, queda a 45 minutos de su casa- luego de atravesar un camino muy escarpado. (Para proteger su identidad, Vic Tobias no es su nombre verdadero.) “Lo que tenés que entender acá es que todo el mundo está metido en esto de alguna manera. todo el mundo, ¿eh?”, me cuenta Tobias mientras caminamos por la calle principal de ese pueblito. “¿Ves ese pibe?”, dice, y saluda con la cabeza a un tipo de veintipico con gorrita de béisbol. “Te puedo asegurar que ese pibe planta. ¿Y ves a esa abuelita?” Señala con los ojos a una mujer canosa de aspecto amable y suéter navideño rojo, que tiene un bebé en brazos. “Para mí, ella se dedica a limpiar cogollos, o si no, tiene gente que le trabaja la tierra. Acá todo el mundo se rige por la ley de los promedios: el 90 por ciento cultiva; al uno por ciento lo agarran.” Tobias cultiva marihuana desde mediados de los 90. Tiene treinta y largos, y hoy lleva puestas unas botas completamente embarradas y un overol. Al principio, cuando vivía en otra parte de la costa oeste, el porro que cultivaba era casi todo para él. Un hobby, como fabricar cerveza casera. Trabajaba en una oficina y vendía lo que le quedaba. Pero descubrió que tenía talento para eso, y un día se mudó al Triángulo Esmeralda para dedicarse profesionalmente a su hobby.

Gana bien, aunque tampoco tan bien, con lo que se ubica en la parte media de la pirámide de ingresos del Triángulo: gana más que la madre soltera que tiene diez o veinte plantas en el patio para hacerse unos manguitos extra, pero no está ni cerca de los peces gordos, que por lo general tienen vínculos con alguna forma de crimen organizado, y producen en escala masiva. (La plantación más grande de la que se tenga memoria en los últimos tiempos fue descubierta en 2007, cuando las autoridades del condado de Humboldt descubrieron la friolera de 135 mil plantas en un área recóndita de un bosque que era propiedad de una empresa forestal. No hubo detenciones, pero las autoridades declararon que la evidencia hallada en la escena del crimen apuntaba a los carteles mexicanos.)

Sin embargo, un productor muy trabajador con ambiciones modestas puede ocuparse él solito de una plantación que funcione todo el año: al aire libre en verano, y a puertas cerradas durante las otras estaciones, gracias al cultivo hidropónico. La plantación que tiene Tobias en este momento en interiores, unas doscientas plantas, está en un largo cobertizo sin ventanas que dividió en dos sectores, uno con y uno sin luz, que va alternando cada doce horas. Las 45 plantas que va a cosechar esta noche deberían rendir unos dos kilos y cuarto de porro, lo cual equivaldría a unos 20 mil dólares.

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