Es posible que detrás de este genial autor se escondieran aficiones no muy bien consideradas para un clérigo de la Iglesia de Inglaterra del siglo XIX, como eran: el teatro, la literatura, la fotografía, las niñas…y ¿por qué no? También el cannabis.

Por Íñigo Montoya de Guzmán

El nombre verdadero de Lewis Carroll era Charles Lutwidge Dodgson, y nació en Daresbury (Cheshire), Inglaterra, en 1832. Fue el hijo de una familia numerosa de once hermanos con problemas en el habla (eran tartamudos). El joven Dodgson era considerado un “tipo raro”. Y se refugiaba en la lectura, hasta que empezó a escribir para distintas revistas. Una de sus obsesiones era el tiempo, y además padecía de insomnio. A los 18 años entró en la Universidad de Oxford, donde pasó 47 años (no es que repitiera mucho, sino que una vez acabada la carrera de matemáticas acabó siendo profesor). Fue ordenado diácono -como su padre- de la Iglesia Anglicana. Pero no llegó nunca a ordenarse sacerdote por su tartamudez, sus dudas doctrinales, y por no someterse a ciertas reglas impuestas por la costumbre a los que se ordenaban sacerdotes, como por ejemplo el no acudir a los teatros. Fue profesor de Matemáticas en Oxford hasta 1881 y publicó tratados matemáticos como “Euclides y sus rivales modernos” (1879). En 1865 publicó “Alicia en el país de las maravillas”; en 1872, “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”, “La caza del Snark” (1876), y la novela, “Silvia y Bruno” (en dos volúmenes, 1889-1893). Murió en Guilford (Surrey), en 1898.

Sus aficiones

Dodgson no se sentía muy bien con personas de su misma edad, pero con los niños (especialmente con las niñas) era espontáneo y afectuoso. Las invitaba a reuniones, jugaba incansablemente con ellas, se disfrazaban, las invitaba a merendar, realizaban pequeñas excursiones e inventaba historias y rompecabezas para distraerlas. Sus dos libros principales son alegorías en las que están fundidos dos temas: su inexpresado amor por Alicia Liddell y la atracción que sentía por los misterios matemáticos relacionados con el tiempo.

A medida que Carroll se fue haciendo mayor, se hizo más susceptible, más intolerante y difícil de tratar. Fue evadiéndose cada vez más del mundo real a otro imaginario de juegos, rompecabezas y paradojas lógicas. Como padecía de insomnio crónico y su salud era excelente, tenía tiempo sobrado para llevar hasta sus últimas y absurdas consecuencias cualquier inofensiva fantasía.

Apasionado de la fotografía, que conoce en 1856 (año del primer encuentro entre Alicia y Carroll), descubrimos en él una fijación por la fotografía de posados, incluso de posados eróticos, con la salvedad de que sus modelos son niñas. En 1880 abandona la fotografía, irritado por ciertos comentarios mal intencionados respecto a su gusto por los desnudos infantiles, y empieza a dibujar desnudos de niños en compañía de la artista Gertrude Thomson.

 44Beatrice Henley

Alicia en el país de las maravillas

Su gran musa, principal protagonista de la obra que lo encumbró, fue Alicia Liddell, una de las hijas del decano de su Universidad (la Christ Church College de Oxford). La historia comienza en 1856 cuando él era un joven de 23 años y ella una niña de 4 años. En los días buenos solía ir a remar con Alicia y sus hermanas por el río. Los padres dejaban que sus hijas visitaran a Carroll, y ellas disfrutaban dejándose fotografiar y comiendo. Sin embargo, en 1865 se rompe la relación con los padres de la niña, por lo que no volverá a verla hasta 1891. Una de las teorías para saber qué fue lo que paso procede de David R. Slavitt, en su obra Alicia a los ochenta (1984), donde se nos dibuja un Carroll como un monstruo en el arte de la pederastia; a Alicia como una anciana cuya triste y octogenaria vida ha consistido en guardar silencio sobre remotos acontecimientos que su hermana Edith -siendo ambas niñas- relató a la madre.

“Alicia en el país de las maravillas” se publicó en 1865; “A través del espejo” siete años más tarde. Ambos tuvieron un gran éxito; dieron fama a Carroll, a quien no le gustaba ser el objeto de las miradas del público, cosa que le aterraba. Gracias a su éxito consiguió una pequeña fortuna que gastaba regalando relojes de oro a jóvenes “sobrinos y sobrinas”, y atendiendo a la diversión, e incluso a la educación, de los numerosos niños a los que adoraba.             

Su amor por Alicia aparece reflejado en la obra, cuando en boca de la Duquesa afirma:

“Así es -dijo la Duquesa-, y la moraleja de eso es: ‘¡Ah, el amor, el amor pone en marcha el mundo!’

-Alguien dijo -susurró Alicia- ‘¡que marcharía mejor si cada cual se ocupara de sus propios asuntos’.

Esto vendría a corroborar su amor por Alicia, no entendido por la sociedad adulta. También aparecen unos versos recitados por el Conejo Blanco que dicen:

“Pues esto siempre es o debe ser

un secreto, cual pacto se sella

entre tú y yo, los dos. Guárdalo bien”

Su fijación por Alicia Liddell, a la que jamás olvidó, le llevó incluso a cartearse con ella cuando era ya una mujer casada.

 

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¿Consumidor de hachís?

El mundo de Lewis Carroll es absurdo y disparatado. Cabe formularse una pregunta malintencionada: “¿era así o además tomaba algo para estar así?”. Y esta persona singular, profesor y diácono, introvertido, soñador de países maravillosos, de mundos de espejo, y al mismo tiempo destacado matemático, mente lógica donde las hubiere, amante del teatro y aparente misógino, era miembro de la Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Order of Golden Dawn).

Lewis Carroll escribe textos en los que la experiencia del hachís se encuentra encriptada; en apariencia su escritura resulta convencional, pero una serie de índices, de marcas genéricas y de claves socioculturales permiten descubrir la presencia del fármaco cannábico. En su obra hay una lógica onírica; una matemática demente parece gobernar sus textos. Todos los acontecimientos parecen regidos por reglas a las que solo el lector no puede acceder. Carroll incorporó una oruga que fumaba una cachimba con hachís, sentada en un champiñón mágico, en su Alicia en el país de las Maravillas, que es la historia de un sueño en el que se trata el tema del deseo y del temor a crecer, desde la perspectiva de la mente infantil de la protagonista, ajena a cualquier prejuicio, libre, transgresora de tradiciones y convenciones sociales, que es transportada a un mundo fantástico donde todo se deforma a través de la ironía, y los animales y objetos se humanizan.

Pocos años después de la aparición de “Alicia en el país de las maravillas” (1865), Lewis Carroll publicaría, como segunda parte, “A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado” (1872), superior a la primera en la utilización de la técnica narrativa y el dominio de las formas expresivas. Los juegos de palabras, las parodias ocultas y las paradojas lingüísticas son llevados hasta sus últimas posibilidades, de tal manera que la fórmula literaria del absurdo llega al agotamiento con este último viaje de Alicia. Un cuento pensado para los niños, pero leído por los adultos.

La otra tiene momentos memorables, como los del Gato de Cheshire o la loca tertulia del té, y extiende y complica en los capítulos finales el relato del proceso judicial. Al mismo tiempo, parece como si el progresivo alejamiento físico de Alicia Liddell dejara espacio libre a una mayor afluencia de juegos lingüísticos y lógicos, y a la entrada de temas más «universales».

Alicia en el país de las maravillas es un juego de palabras; mejor dicho, una gigantesca (y a veces pesada) broma que Carroll le juega a la lengua inglesa. «Una lengua no es más que un juego social, con unas reglas arbitrarias que se establecen por convenio social». Pues bien, lo que Carroll hizo fue cambiar estas reglas, cambiar el sentido convencional de las palabras y darles un nuevo sentido, para que todo el mundo pudiera reírse y disfrutar de este «nuevo juego» que había inventado Carroll; para que los ingleses, en definitiva, se rieran de sí mismos.

44ORUGA

El cannabis en Alicia en el país de las maravillas

Leyendo entre líneas podemos encontrar información para los consumidores de cannabis, como por ejemplo no perder la paciencia, en la historia del cangrejo:

“¡Cierra la boca, mamá!- le cortó la joven-. ¡Tú eres capaz de hacer perder la paciencia a una ostra!”

Descubrimos también los efectos ópticos que produce el cannabis (enmascarado en los botes de bebida que hacen a uno crecer y los pastelitos que hacen a uno empequeñecer):

“Si como uno de estos pastelitos, seguro que se produce en mi algún cambio de tamaño; y como no puedo crecer más, me hará decrecer, supongo”.

El momento de la obra donde se descubre el consumo de hachís es el encuentro de Alicia con la oruga azul que va fumando un gran narguile. Uno de los efectos del cannabis es la falta de concentración:

“No puedo recordar las cosas como antes… ¡y no conservo el mismo tamaño ni diez minutos seguidos!”

Otro efecto del cannabis es el sueño: “Alicia aguardó pacientemente a que la Oruga decidiera hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos, se quitó el narguile de la boca, bostezó una o dos veces y se desperezó. Luego descendió de la seta y se internó en la hierba”.

Otros efectos del cannabis son las visiones extrañas; en este caso es la transformación de un bebé en un cerdo:

“El niño volvió a gruñir, y Alicia lo observó con ansiedad por ver qué le ocurría. No cabía la menor duda: su nariz era muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una auténtica nariz, y sus ojos se le volvían extremadamente pequeños, impropios de un bebé…De haber crecido así-se dijo así misma-se habría vuelto un niño feísimo; como cerdo, en cambio, creo que es bastante guapo”.

Otro sentimiento muy común entre los consumidores es la de sentirse loco. En una conversación entre el Gato y Alicia:

“-Pero yo no quiero andar entre locos-observó Alicia.

-Ah, no podrás evitarlo-dijo el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco, tú estás loca.

-¿Cómo sabes que estoy loca?- dijo Alicia.

-Tienes que estarlo-dijo el Gato- o no habrías acudido aquí”

Otro rasgo característico de los consumidores de cannabis es la risa:

“-Muy bien-dijo el Gato; y esta vez se esfumó muy lentamente, empezando por la punta de la cola y concluyendo por la sonrisa, que se demoró por un rato cuando ya había desaparecido el resto”

Pero no sólo hay referencias al cannabis, sino también al consumo de setas alucinógenas:

“…mordisqueó un poco del que tenía en la mano derecha para probar su efecto. Al instante sintió un fuerte golpe bajo la barbilla ¡había chocado con los pies!”

Otro efecto del cannabis son los diálogos de besugos que se crean, a veces muy chistosos. En la obra, Alicia mantiene una conversación absurda con el Sombrerero y con la Liebre de Marzo (en España existe una editorial llamada Los Libros de la Liebre de Marzo. Una de sus colecciones se llama Cogniciones, y reúne textos que se pueden incluir bajo el tema de los estudios de sustancias psicoactivas):

“-Si conocieras el tiempo como yo -dijo el Sombrerero-, no hablarías de emplearlo o perderlo. Él es muy suyo.”

Otro diálogo de besugos es el mantenido por Alicia con el Grifo y la Falsa Tortuga:

“-¿Qué más les hacían aprender?

– Bueno había mucha Escoria- contestó la Falsa Tortuga, llevando la cuenta con las puntas de las aletas-, Escoria antigua y moderna, con Mareografía; luego había clases de Bellas Tardes…El profesor de Bellas Tardes era un viejo congrio que solía venir después de comer una vez por semana: él nos enseñaba toda clase de tapujos, y también a escupir y a pitar al estilo eolio”.

El sentido del tiempo se altera, tal como leemos en la conversación de Alicia con el Sombrerero: “El Tiempo no soporta que lo marquen ni que lo clasifiquen. En cambio, si estuvieras con él en buenos tratos, haría casi todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, imagínate que fueran las ocho de la mañana, justo antes de empezar la clase: bastaría una simple insinuación tuya, ¡y el reloj giraría en un santiamén!”

Por último, otra característica del cannabis es la somnolencia:

“¡Despierta, Alicia, cariño!-dijo su hermana-¡Vaya si has llegado a dormir!

-¡Oh, si vieras qué sueño más curioso tuve!-dijo Alicia”

Recordad que detrás de las grandes fantasías y los sueños oníricos se encuentra nuestra verde y vieja amiga.

BIBLIOGRAFÍA

  • James R. Newman. (1994) “Lewis Carroll” en SIGMA. El mundo de las matemáticas. Ed Grijalbo. 1994. pp. 333-337
  • Carroll, L. (1999). Alicia en el país de las maravillas. Bibliotex, Barcelona