“Si te metes, no te mates”, reza un cartel a la entrada de una “narcosala”, unos establecimientos tanto municipales como de la Cruz Roja, cuyo objetivo es que los toxicómanos pueden tener su dosis, evitando al mismo tiempo las muertes por infecciones de jeringas o sobredosis.

Gracias a la apertura de estas discutidas salas, entre 2003 y 2005, que los profesionales prefieren llamar “salas de consumo” o “de venopunción”, han disminuído mucho las muertes en Barcelona en los últimos años.

Entre eneroy septiembre, 37 personas murieron de sobredosis frente a las 53 muertes registradas en idéntico período de 2004, según cifras de la Agencia de Sanidad Pública de Barcelona (ASPB).

Y lo más importante es que no se produjo ninguna muerte por sobredosis dentro de ninguno de los cuatro centros especializados de la ciudad, que en breve pretenden llegar a la decena, y que suelen enfrentarse a la oposición de los vecinos.

En el momento de la apertura de la “narcosala” en el hospital del Vall d’Hebron, los vecinos protestaron intensamente, sin dudar a la hora de cortar las vías de acceso y, aunque estas reacciones se han superado, los que critican su ubicación aún siguen siendo numerosos, pese a las ventajas que estas salas pueden suponer.

“Todos sabemos que las narcosalas tienen un impacto negativo en el entorno. Solo pensamos que esas narcosalas han de estar alejadas de los núcleos urbanos donde hay una densidad de población”, advierte en su despacho Angels Esteller, portavoz del opositor Partido Popular de Cataluña (PPC, derecha) en el ayuntamiento.

En estas salas se usan jeringas nuevas, lo que contribuye a la lucha contra el sida y se evita que las jeringas terminen en las calles.

“Se gastaron casi 100.000 jeringas en las salas de consumo, si hubieran estado en la calle esas jeringas, nos morimos todos, no lo podría soportar la ciudad”, destaca la psiquiatra Carmen Vecino, que coordina el “programa de reducción de daños” de la ASPB.

Los usuarios saben que los demás hablan mucho y a veces mal de ellos: “La gente ‘normal’ no lo ve con buenos ojos”, confía Tina, una consumidora italiana nacida en Cerdeña.

“Y hay la parte política… Si pudieran, nos meterían en un avión y, venga, a echarnos en el Atlántico”, lamentó en un perfecto castellano.

El lema “si te metes, no te mates” está colgado a lo largo del pasillo de entrada al SAPS de la Cruz Roja, la más antigua de las salas de consumo de Barcelona.

Nada de toxicómanos sobre colchones o en sillones: los espacios reservados para inyectarse la heroína o la cocaína por intravenosa se reducen a una silla y una mesita de metal con todo el material necesario, desde jeringas, elásticos y pequeños recipientes para licuar la droga.

En la sala Baluard, la más grande, que diariamente recibe entre 150 y 180 personas, también hay espacios para fumar droga.

Evidentemente en estas salas no se suministra el “pico”. El consumidor lleva su dosis. Una “bola”, que contiene una pequeña cantidad de heroína, cuesta entre 10 y 30 euros, según su calidad.

Tras “picarse”, siempre bajo la supervisión de un enfermero o un educador dispuesto a intervenir en caso de sobredosis, al usuario se le ofrece una bebida caliente, generalmente chocolate, y galletitas.

A menudo es la ocasión para los profesionales para intentar hablar sobre la reinserción social. La mayoría de los consumidores -sobre todo los hombres, de 20 a 35 años- se encuentran en situación de extrema precariedad. Hay también muchos extranjeros (57%), cada vez más frecuentes, de Italia y los países del Este.

“Por supuesto que intentamos que dejen de consumir…”, afirma Olga Díaz Grau, activa coordinadora del SAPS de la Cruz Roja, antes de recordar que sólo el “7% de los casos terminan en rehabilitación”.

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