Desde hace unas semanas, la red se ha plagado de información contradictoria sobre una supuesta nueva droga que esta emergiendo en Rusia y que es capaz de deteriorar, progresivamente, la piel, produciendo gangrena y apuntación en el usuario habitual.

Con las drogas suele pasar que primero se habla y, sólo después, se comprueba que lo que se dice es cierto.

El dichoso Krokodil no ha sido una excepción. A estas alturas, la red ya sufre una invasión total de información poco fundamentada debido, principalmente, a lo impactante de sus efectos secundarios (no tenéis más que introducir el nombre en google y horrorizaros por las imágenes mostradas).

Pero la pregunta inevitable que nace de todo este sensacionalismo es: ¿realmente el Krokodil es una droga nueva?. Evidentemente NO.

El Krokodil es, fundamentalmente, desomorfina o dihidrodesoximorfina, un análogo de opiáceo inventado en 1932 en los Estados Unidos. Para ser más claros, estamos ante un derivado de la morfina que posee efectos sedantes y analgésicos y es (ojo al dato) entre 8 y10 veces más potente que la morfina.

Hasta aquí bien. Ahora nace la pregunta: ¿produce los indeseables efectos arriba descritos? Pues, de nuevo, la respuesta es NO.

El problema de la desomorfina es que puede ser fácilmente obtenida partiendo de medicamentos que contengan codeína. Entre este tipo de medicamentos se encuentra los jarabes y las tabletas para la tos. A través de un proceso muy similar a la síntesis de metanfetamina a partir de la pseudoefedrina se consigue una desomorfina altamente impura,contaminada por subproductos muy tóxicos y corrosivos. Son estos productos, precisamente, los que producen el deterioro de los tejidos, arrojando gravísimos casos de flebitis y gangrena y la consecuente amputación de los órganos dañados.

La ecuación es fácil. Adictos a la heroína que por algo menos de 10€ pueden conseguir dosis semanales de desomorfina impura y letal para saciar sus adicciones.

Aunque el problema se presenta en muchas noticias como algo nuevo, en realidad se trata de una circunstancia con la que se lleva lidiando desde el año 2002. A pesar de que las autoridades rusas advierten a los usuarios de los horribles efectos secundarios y de que los adictos a esta letal combinación no viven más de 3 años de media, el consumo sigue en aumento y los casos son cada vez más numerosos.

Ahora que hemos arrojado un poco de luz sobre el asunto, cabe preguntarse qué hace el gobierno para ofrecer soluciones alternativas a estos adictos.