Múltiples grupos de tipo literario, filosófico o religioso han utilizado el cannabis con fines variados. En este artículo descubriremos sus usos religiosos y para la creación en la teosofía y en literatos como Bram Stoker y Conan Doyle. Así, los últimos coletazos del siglo XIX no preveían cambios drásticos para los consumidores de cannabis y por ende, del resto de drogas.

 La sociedad teosófica

En el último cuarto del siglo XIX, concretamente el 7 de septiembre de 1875, se creó la Sociedad Teosófica. La teosofía agrupaba a una serie de teóricos que pretendían conducir a los hombres a la sabiduría, buscando a Dios en la vida interior y la verdad eterna en la enseñanza común a todas las religiones. Estas dos vías desembocaban, una en una experiencia mística y la otra en la acción mágica. Sus fundadores fueron el coronel Henry Steel Olcott y una empedernida consumidora de hachís que se llamaba Helena Petrova Blavatsky (1831-1891). Era una formidable viajera por tierras rusas, europeas, asiáticas y americanas. Se dice que se relacionó con cabalistas egipcios, agentes secretos en Asia Central, magos de vudú en Nueva Orleáns y bandidos en México. Soñaba con un sincretismo de creencias en una sola religión de sabiduría universal.

Albert Rawson, doctor en teología y doctor en derecho en Oxford, fue un amigo muy cercano a Blavatsky durante más de 40 años y escribió sobre el consumo de cannabis de su amiga. Afirmaba que se había aficionado al hachís en El Cairo. Se la había proporcionado el doctor Edward Sutton-Smith que había tratado a sus pacientes con esta sustancia en el Líbano. Ella escribió: “El hachís multiplica la vida de uno por mil. Mis experiencias son tan reales como si fueran hechos comunes de mi vida real. No sé la explicación. Se trata de un recuerdo de mis existencias anteriores, mis reencarnaciones anteriores. Se trata de una droga maravillosa y se aclara el misterio profundo” (En Frank Leslie’s Popular Monthly, febrero de 1892:202).

Al consumir hachís afirmó tener sus primeras experiencias místicas, en la que se sentía como una reencarnación de la diosa Isis, esposa del dios egipcio Osiris. Fue en El Cairo donde comenzó sus sesiones de espiritismo. La Sociedad Teosófica actual niega que el hachís hubiera tenido gran influencia en la vida de Blavatsky. Pero sí admite que experimentó con hachís en su juventud. Sin embargo, una serie de autores bien conocidos, tales como Benjamin Walker y Colin Wilson, pensaban que su consumo de cannabis era lo suficientemente relevante como para comentarlo.

En un texto de Hanna Wolf, Blavatsky le comentó que también había fumado opio. Gracias al jugo de la adormidera había tenido visiones y sueños pero que disfrutaba mucho más con el hachís. En sus escritos se observa una gran familiaridad con el budismo tántrico, donde el cannabis juega un papel destacado en los rituales de meditación y de expansión de la conciencia.

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Los guías espirituales le proporcionaron a Helena la capacidad de entrar en contacto con el deva de la marihuana. El deva se basa en la visión del mundo panteísta y animista. El panteísmo es la creencia de que Dios es todo y todo es Dios. El animismo es la creencia de que todo tiene alma y está vivo. Los devas son espíritus de la naturaleza en la disciplina ocultista de la Teosofía. Puede ser útil pensar en ellos como santos patronos de diversas plantas, incluida la marihuana.

Hanna Wolf, Blavatsky
Hanna Wolf, Blavatsky

Los objetivos de la Sociedad Teosófica eran la formación de una hermandad humana universal sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color y el impulso del estudio de la religión comparada, la filosofía y la ciencia; reunir y difundir el conocimiento de las leyes que gobiernan el universo. Se asumió la existencia de una doctrina secreta universal que pretendía estudiar las leyes inexplicables de la naturaleza y de los poderes latentes del hombre.

La Sociedad Teosófica en 1878 estaba de capa caída y se trasladaron a la India. La dirección de la organización en los EE.UU. en Nueva York se la dejaron al general Abner Doubleday, inventor del béisbol. A partir de 1882 la Sociedad Teosófica instaló su sede central en un barrio a las afueras de la ciudad india de Madrás (Adyar). Blavatsky estaba convencida de la existencia de razas superiores e inferiores: “la aria está destinada a dominar el mundo y poner fin a esta funesta época presente marcada negativamente por la presencia de cristianos y judíos”. Ella quería desvincular a Jesús de sus orígenes judíos. Para ella el Dios de la Biblia era perverso y los judíos eran un pueblo despreciable; para ella el Nuevo Testamento era un libro profundamente desagradable, auténtica bestia negra para el ocultismo. Blavatsky murió víctima de sus malos hábitos de vida, del alcohol, el tabaco, increíblemente gorda y abandonada por casi todos en 1891. Los nuevos líderes de la Sociedad Teosófica fueron Anie Besant que quiso hacer de la teosofía un movimiento ecuménico religioso y social del mundo. Ella fue la que descubrió a Krishnamurti. Pero éste rompió con la teosofía. Krishna instaba a que cada individuo buscara su propio camino sin recurrir a una autoridad superior. Él consideraba el uso de drogas peligroso, decadente y equivocado.

La sociedad Teosófica alcanzó gran popularidad en el mundo de habla inglesa, así como en Alemania y España. La Sociedad teosófica publicó en su boletín oficial el artículo “hashish” donde repasaba las cualidades desligadoras de las ataduras terrestres. Esta asociación fue muy cuestionada desde su nacimiento pero fue muy popular entre la sociedad norteamericana e inglesa. La Teosofía conoció a partir de 1888 una importante operación mediática de calumnia centrada en la afición al hachís y el espiritismo por parte de su fundadora. Miembros de esta asociación fueron William Buttler Yeats, D.H. Lawrence o George Bernard Shaw que utilizaron el cannabis con el objetivo de saciar sus impulsos místicos y estimular su creatividad.

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La generación trágica inglesa

Es a finales de este siglo cuando apareció la llamada generación trágica inglesa (de la que pertenecen Arthur Symons, Abel Dowson, Oscar Wilde, Havelock Ellis o William Butler Yeats). Oscar Wilde (1854-1900) decía que los ‘vicios’ no se extinguen, sino que se sustituyen. Escribió sobre el hachís: “Es bastante exquisito; tres bollos esponjados de humo y entonces paz y amor”. Wilde fue detenido en abril de 1895 acusado de sodomía, y condenado a dos años de trabajos forzados. Curiosamente llevaba en su detención el famoso Yellow Book ilustrado por Beardsley. Aubrey Beardlsey era entonces director artístico e ilustrador de su obra “Salomé”. Aubrey Beardsley era también consumidor de cannabis; llamaba al extracto de cannabis indica “Warden” y que se podía comprar en farmacias inglesas “su alimento espiritual”.

Aparecieron círculos de poetas, escritores y de magos alrededor del Rhymers Club y de la Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Order of Golden Dawn). Era una red de poetas, videntes, escritores y aspirantes a magos. Esta generación buscó nuevas ideas para escribir. Escudriñaron las mismas inspiraciones que los simbolistas franceses, con estilos melancólicos y dramáticos, además de la experimentación con drogas (como ya hiciera el Club del Hachís francés) en sus estudios ocultos, en sus hipnosis, en sus nuevos estilos en diferentes artes. La Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Order of Golden Dawn) se estableció en 1888 por algunos francmasones ocultistas como una sociedad de magia experta cristiana. Entre los miembros de este grupo se encontraba el célebre mago Aleister Crowley (del que ya estuvimos hablando en artículos anteriores); el poeta irlandés W.B. Yeats y la viuda del infeliz Oscar, Constante Wilde. Estos artistas eran pintorescos y dramáticos y su estilo creó ideas preconcebidas en la sociedad inglesa de la figura de los “drogados” (consumidores compulsivos con las caras pálidas víctimas de su vicio).

El creador de un mito: Bram Stoker

Bram Stoker, fue un empresario teatral, pero fue más conocido por su novela Drácula. Era consumidor de cannabis y pertenecía a La Orden Hermética del Alba Dorada. De su obra más conocida (Drácula) extraigo el siguiente texto en el cual Lucy había sido atacada por el vampiro y apenas tiene sangre (para todos aquellos que vimos la película de Oliver Stone olvidó un “pequeño detalle”):

“Ahí sobre la cama, en un aparente desmayo, yacía la pobre Lucy, más terriblemente blanca y pálida que nunca. Hasta los labios estaban blancos, y las encías parecían haberse encogido detrás de los dientes, como algunas veces vemos en los cuerpos después de una prolongada enfermedad…. Van Helsing levantó un dedo en advertencia:

—No se mueva —me dijo—, pues temo que al recobrar las fuerzas ella despierte; y eso sería muy, muy peligroso. Pero tendré precaución. Le aplicaré una inyección hipodérmica de morfina.

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Lucy Westenra de Bram_Stoker

Entonces procedió, veloz y seguramente, a efectuar su proyecto. El efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pareció transformarse sutilmente en un sueño narcótico. Fue con un sentimiento de orgullo personal como pude ver un débil matiz de color regresar lentamente a sus pálidas mejillas y labios. Ningún hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es sentir que su propia sangre se transfiere a las venas de la mujer que ama.”

El creador del investigador más famoso de todo el mundo

Conan Doyle fue una persona conocidísima en su época. Escribía en la revista The Strand Magazine. Conan Doyle (1859-1930) fue el escritor que inmortalizó las aventuras de Sherlock Holmes. Este personaje junto a su inseparable amigo Watson han sido llevados a la pequeña pantalla y al cine. Todos recordamos aquellos dibujos animados en el que los personajes eran “perrunos” en donde a lo máximo que llegaban a consumir era tabaco en pipa. Pues bien, Sherlock Holmes consumía morfina y heroína por vía intravenosa, o por vía subcutánea, (en términos coloquiales, “se pinchaba”) y frecuentaba un fumadero de opio en East End. Allí observa a una joven inglesa retozando con un hombre chino. Prueba el opio que le deja un “dolor de cabeza de muerte” y “un sabor en mi boca que puede ser comparado con el sabor de cebollas crudas y tabaco rancio solamente”. Pues bien, Conan Doyle se asemejaba a su personaje.

Conan Doyle
Conan Doyle

En Escándalo en Bohemia, Watson habla de que Sherlock Holmes apenas sale de su piso en Baker Street, «enterrado entre viejos libros, y alternando de semana en semana entre la cocaína y la ambición, la somnolencia de la droga y la fiera energía de su entusiasta naturaleza». El signo de los cuatro, segunda novela de Holmes, Watson no duda en comentar los efectos nocivos del consumo de cocaína a su amigo Holmes que se inyecta esta sustancia en una solución del 7%. Podemos leer:

Sherlock Holmes cogió el frasco de la esquina de la repisa de la chimenea y sacó la jeringuilla hipodérmica de su elegante estuche de tafilete. Ajustó la delicada aguja con sus largos, blancos y nerviosos dedos y se remangó la manga izquierda de la camisa. Durante unos momentos, sus ojos pensativos se posaron en el fibroso antebrazo y en la muñeca, marcados por las cicatrices de innumerables pinchazos. Por último, clavó la afilada punta, apretó el minúsculo émbolo y se echó hacia atrás, hundiéndose en la butaca tapizada de terciopelo con un largo suspiro de satisfacción.”

“¿Puedo preguntarle si en estos momentos tiene entre manos alguna investigación profesional?- Ninguna. De ahí lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar el cerebro. ¿Qué otra razón hay para vivir?”

“––El reparto me parece tremendamente injusto ––comenté––. Usted ha hecho todo el trabajo en este asunto. Yo he conseguido una esposa, Jones se lleva el mérito… ¿Quiere decirme qué le queda a usted?

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––A mí ––dijo Sherlock Holmes–– me queda todavía el frasco de cocaína.”

“––¿Qué ha sido hoy? ––pregunté––. ¿Morfina o cocaína? Holmes levantó con languidez la mirada del viejo volumen de caracteres góticos que acababa de abrir.

––Cocaína ––dijo––, disuelta al siete por ciento. ¿Le apetece probarla?

––Desde luego que no ––respondí con brusquedad––. Mi organismo aún no se ha recuperado de la campaña de Afganistán y no puedo permitirme someterlo a más presiones.

Mi vehemencia le hizo sonreír.

––Tal vez tenga razón, Watson ––dijo––. Supongo que su efecto físico es malo. Sin embargo, la encuentro tan trascendentalmente estimulante y esclarecedora para la mente que ese efecto secundario tiene poca importancia.

––¡Pero piense en ello! ––dije yo con ardor––. ¡Calcule lo que le cuesta! Es posible que, como usted dice, le estimule y aclare el cerebro, pero se trata de un proceso patológico y morboso, que va alterando cada vez más los tejidos y puede acabar dejándole con debilidad permanente. Y además, ya sabe qué mala reacción le provoca. La verdad es que la ganancia no compensa la inversión. ¿Por qué tiene que arriesgarse, por un simple placer momentáneo, a perder esas grandes facultades de las que ha sido dotado? Recuerde que no le hablo sólo de camarada a camarada, sino como médico a una persona de cuya condición física es, en cierto modo, responsable.

No pareció ofendido. Por el contrario, juntó las puntas de los dedos y apoyó los codos en los brazos de la butaca, como si disfrutara con la conversación.

––Mi mente ––dijo–– se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegí mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo.”

Este modo de recriminar el consumo de cocaína de Sherlock Holmes por parte del doctor Watson a día de hoy es muy común, pero en la época victoriana de finales del siglo XIX no era lo normal. La cocaína era una sustancia legal que se vendía en las farmacias. La inmensa mayoría de los médicos británicos no prohibían su consumo. Era recetado como vigorizante, anestésico; también para tratar trastornos gástricos, el alcoholismo o la adicción al opio.

Bibliografía

  • Blavatsky, H.P. (2007). La clave de la teosofía. Editorial Kier. Buenos Aires.
  • Stoker, B. (2011). Drácula. EVintage Español. Nueva York.
  • Conan Doyle, A. (2011). Escándalo en la Bohemia. Tecnibook Ediciones. Buenos Aires.
  • Conan Doyle, A. (2012). El signo de los cuatro. Debolsillo. Madrid