A lo largo de las siguientes páginas trataremos de exponer algunos de los aspectos fundamentales sobre la siembra y las semillas de nuestra planta favorita.

Las semillas, son el fruto de la reproducción sexual y contienen todas las características genéticas necesarias para la formación de una nueva planta, o sea, todos los genes de cada progenitor, 20 cromosomas femeninos y otros 20 masculinos, que son los que darán a cada planta sus características morfológicas, fisiológicas y sus efectos psicoactivos entre muchos otros rasgos. Así pues, de la salud, vitalidad y genética de nuestras semillas dependerá en buena medida el resultado final de nuestro cultivo.

Las semillas maduras, aquellas que tienen mayor índice de germinación, son resistentes, de color castaño claro y marrón, atigradas o con motitas pardas. Las semillas blandas, de color pálido o verde suelen estar inmaduras y no germinan o lo hacen mal, produciendo con frecuencia plantas enfermizas, escuálidas o de poca producción. Las semillas fuertes procedentes de plantas vigorosas suelen producir plantas sanas y cosechas abundantes, en cambio, las semillas de dudosa procedencia, de genética desconocida, las que han estado mucho tiempo guardadas o en malas condiciones de conservación (expuestas a cambios bruscos de temperatura, humedad, luz…) tardan más en brotar y tienen menor porcentaje de germinación. Debemos evitarlas y tratar de cultivar siempre semillas maduras y de calidad, de menos de un año, que son las que germinan más rápidamente y producen plantas más robustas.

LA ELECCIÓN DE LAS SEMILLAS

La elección de unas semillas de calidad con una genética adecuada al lugar y al tipo de cultivo que vallamos a realizar es el primer paso para obtener una cosecha de calidad. Por ello, conviene elegir genéticas que se adapten bien a las condiciones ambientales de nuestro cultivo, a nuestras necesidades y a nuestros gustos claro, y descartar aquellas variedades sensibles a factores adversos existentes como las condiciones climáticas adversas o baja resistencia a las plagas y a los hongos. Podemos ahorrarnos mucho tiempo y dinero buscando esta información, datos y características genéticas a través de internet antes de comprar y así saber si una variedad se “adapta” a nuestras necesidades o si no nos conviene cultivarla. Además, de esta forma podemos conocer también detalles sobre el cultivo de cada variedad y sus propiedades organolépticas (sabor, olor, textura) y los efectos psicoactivos sin necesidad de haberlas cultivado.

Debido a la popularidad que ha alcanzando en los últimos años el cultivo de marihuana, actualmente existen en el mercado más variedades de semillas comerciales que nunca. La principal ventaja de cultivar estas variedades de semillas comerciales es que, como explicábamos antes, nos permite conocer de antemano las características morfológicas, fisiológicas y los efectos psicoactivos de cada variedad, además de su tiempo de floración, producción aproximada y porcentajes de principios activos. Aunque como contrapartida algunas de estas variedades comerciales puedan ser más sensibles a ciertas plagas y enfermedades, al estrés o la climatología adversa. Una vez hayamos elegido la variedad o variedades a cultivar deberemos comprobar que están en perfectas condiciones antes de germinarlas. Una buen técnica para comprobar la salud de las semillas es frotarlas ligeramente entre las yemas de los dedos (nunca presionarlas). Sí las semillas están maduras, son frescas y han estado bien conservadas se pondrán brillantes debido al aceite que contienen en su cáscara, indicándonos que están listas para germinar.

No entraremos aquí en el polémico debate sobre sí es mejor sembrar semillas “feminizadas” o semillas “regulares”, pero sí que os recordamos que en el caso de las semillas regulares, las de toda la vida, es preciso sembrar al menos el doble de semillas que de plantas queramos tener, pues más adelante habrá que cortar los machos. En caso de cultivar semillas feminizadas también es aconsejable el sembrar algunas plantitas de más, ya que en condiciones adversas o de estrés es fácil que aparezcan algunos ejemplares hermafroditas (que muestra flores masculinas y femeninas en un mismo individuo) y halla que eliminarlos para que no polinicen al resto de plantas hembras.

LA GERMINACIÓN

La germinación es el proceso mediante el cual la semilla pasa de un estado de reposo o latencia a un estado de actividad y debe tener lugar en el momento y en el lugar adecuado. Por lo general, la germinación, es un proceso más simple de lo que muchos cultivadores novatos piensan, ya que las semillas requieren de pocos cuidados y germinan sin necesidad de luz ni ningún tipo de abono, hormonas o aditivos. Para germinar una semilla sólo se necesita agua, aire, una temperatura adecuada y oscuridad. Durante este proceso, la cubierta protectora de la semilla se abre, y permite que surja el extremo de un diminuto brote blanco (la radícula). Se trata de la que será la raíz central. Después surgirán los cotiledones y las primeras hojas reales (seminales) desde el interior de la cáscara empujando hacía arriba en busca de la luz. Normalmente este periodo puede variar de unas 12 horas hasta varios días, dependiendo principalmente del medio de cultivo elegido para germinar, las condiciones climáticas y la calidad de las semillas.

Entre los factores que más influyen en el proceso de germinación se encuentran:

– La temperatura: las semillas necesitan una temperatura adecuada para germinar. Si las temperaturas son bajas la germinación se retrasará y si son demasiado elevadas se alterará la química interna de la semilla provocando un mal desarrollo. La temperatura ideal a la que deben germinar y se deben desarrollar las semillas de cannabis es de 25°C, germinando más deprisa si la temperatura del sustrato es ligeramente superior a la del aire de la zona de cultivo.

– La humedad: el agua es fundamental para que la germinación se produzca ya que activa la producción de hormonas sacando a las semillas de su estado de latencia. Durante la germinación la presencia de humedad debe ser constante para garantizar que se activen y continúen los procesos vitales.

– El oxígeno y el dióxido de carbono: Las semillas necesitan estos dos gases para que se activen una serie de procesos metabólicos que inician, junto con el agua, la germinación. Las semillas plantadas en medios de cultivo mal aireados, encharcados, muy apelmazados o a demasiada profundidad suelen germinar mal o brotan con lentitud.

Tres o cuatro semanas después de la germinación, las plántulas habrán desarrollado de 4 a 5 pares de hojas y empezará el periodo de crecimiento vegetativo. Como dijimos anteriormente, no emplear ningún tipo de abono, aditivo o estimulador hasta entonces. El agua del grifo contiene suficientes nutrientes en forma de sólidos disueltos como para cubrir las necesidades nutricionales de nuestras plantas al menos durante las tres primeras semanas de vida por lo que no será necesario añadir ningún tipo de aditivo o abono durante ese tiempo.

TÉCNICAS DE SIEMBRA Y GERMINACIÓN BÁSICAS

El remojado previo de las semillas y la germinación en servilletas de papel son seguramente las dos técnicas de germinación más habituales en el cultivo del cannabis. La primera de las técnicas consiste en dejar las semillas en un vaso con agua en remojo y a oscuras durante al menos un día para “activar” su desarrollo y sacarlas de su estado de latencia. Si todo va bien en 48/72 horas estarán listas para ser puestas a brotar en semilleros de turba, en tacos de lana de roca o en pequeños vasos con sustrato. Esta técnica es especialmente interesante en el caso de que vayamos a germinar simientes viejas o con bajo índice de germinación, en caso de cultivar semillas comerciales de calidad -de menos de un año- basta con esperar a que las semillas se hundan en el vaso con agua para poder ponerlas a germinar. Las semillas flotan cuando están secas y se hunden cuando han absorbido suficiente agua para comenzar a germinar. No debemos dejar nunca las semillas sumergidas más de tres días seguidos pues podrían empaparse demasiado, sufrir privación de oxígeno y pudrirse.

La segunda de estas técnicas, la germinación en servilletas de papel o toallitas húmedas, es muy similar a la primera aunque en este caso se deja brotar un poco la simiente antes de trasplantarla. Consiste básicamente en colocar las semillas entre dos servilletas o dos toallitas húmedas y esperar hasta que estas germinen y veamos su pequeña radícula blanca. En ese momento debemos trasplantar el embrión con sumo cuidado a semilleros de turba, tacos de lana de roca o pequeños vasos con sustrato y continuar así su normal desarrollo hasta convertirse en planta. Es muy importante que las servilletas o toallitas que empleemos para germinar no contengan ningún tipo de producto como jabones o perfumes que puedan dañar o estropear las semillas.

(Continuará)