El Hash Marihuana & Hemp Museum de Barcelona reúne en el Palau Mornau una variada colección de arte y objetos relacionados con la planta

David Teniers el Joven fue el hombre de en medio de una estirpe de pintores que incluyó a su padre y a su hijo, razón por la cual también se le conoce como Teniers II, en tanto que progenitor y descendiente, como ya es evidente a estas alturas, pasaron a la historia de la pintura como Teniers I y Teniers III. Su obra, menos conocida que la de otros flamencos de su época –el siglo XVII–, interesó a los primeros Borbones de España, en especial a Isabel de Farnesio, y hoy en día muchas de sus pinturas forman parte de la colección del Museo del Prado. No hay, sin embargo, que viajar hasta Madrid para contemplar su obra, o al menos una de ellas: el Hash Marihuana & Hemp Museum de Barcelona tiene, entre las piezas que se precia de exhibir, ‘Campesinos fumando en un interior’, que Teniers II pintó en 1660 y que representa, básicamente, el interior de un ‘coffee-shop’. Uno de los primeros.

“Es el objeto favorito del fundador del museo”, dice Ferenz Jacobs, portavoz de la pinacoteca dedicada al mundo del cánnabis ubicada en el Palau Mornau de la calle Ample, en el barrio Gòtic de Barcelona. La pintura, exhibida en la sala 4 del museo, es ejemplar de los temas y el estilo que caracterizaron al segundo Teniers, cuyas debilidades el Prado resume así. “Puso sus pinceles al servicio de un mundo opuesto al heroico de Rubens y los maestros de la pintura de historia. La vida cotidiana fue objetivo fundamental de su complacencia, temas y ambientes considerados anteriormente indignos de los artistas de rango y que posteriormente serían muy del gusto de la sociedad del siglo XIX”. Como dice el título, es una pintura sobre personas fumando… en un interior. Jacobs subraya que la tela en que está pintada está hecha de cáñamo, material ampliamente utilizado en el siglo XVII para la elaboración de lienzos.

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Un holandés errante

El fundador del museo –el hombre con debilidad por Teniers II– es Ben Dronkers, una especie de holandés errante que desarrolló su amor por el cánnabis en Turquía, Afganistán y Pakistán, coleccionista, cultivador y creador de sus propios híbridos que un día decidió compartir sus conocimientos sobre la materia (y su colección, no menos que asombrosa para entonces) por la vía de fundar un museo. Entonces puso en marcha el Hash Marihuana & Hemp Museum, pero no el de Barcelona, sino el de Ámsterdam. Era 1985. El de aquí es un hermano menor.

Igual que la planta, el museo de la marihuana tiene el don de la transversalidad: arte sobre el cánnabis y cultura en general sobre el cánnabis; medicinas; literatura; grabados botánicos; máquinas para su cultivo y tratamiento. Quizá la mejor manera de explicarlo es que en pocos pasos el visitante pasa de admirar las pinceladas de Teniers el Joven a preguntarse si realmente lo que consumía Popeye eran espinacas: el museo alienta la teoría, ampliamente extendida, tratada por unos de leyenda, por otros considerada más que plausible, de que el marino de Olivia obtenía su fuerza de coloso de la marihuana. “Sí. Esa una de las partes que más gracia le hace a la gente”, dice Jacobs. Todo bajo el mismo techo.

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