Por Dr. Fernando Caudevilla

“Desde que comenzó a fumar marihuana, nuestro hijo se transformó en otra persona. De ser un chico dicharachero y extrovertido, pasó a ser un muchacho aislado y solitario. Su forma de vestir cambió de forma radical: los polos, pantalones de pinzas y mocasines castellanos evolucionaron a camisetas rotas de colores estridentes y sandalias; su peinado con raya a un lado, que tanto gustaba a su mamá, se transformó en unas rastas horrorosas. Ahora pasa las horas encerrado en su cuarto, escuchando música y enganchado a las redes sociales… Y, por supuesto, sólo se comunica con gente con sus pintas y de su estilo. Su carácter es indisciplinado, rebelde, contestatario, anarquista… El psicólogo del instituto nos ha dicho que, probablemente, padece un ‘síndrome amotivacional’ producido por los porros.”

Éste podría ser un caso típico de una de las complicaciones supuestamente asociadas al consumo habitual de cannabis: el ‘síndrome amotivacional’ del que tanto hablan algunos psiquiatras, psicólogos y profesionales de las drogodependencias. En todos los manuales, congresos y cursos sobre esta materia se suele hacer referencia a este problema, que es supuestamente característico de las personas que consumen cantidades elevadas de cannabis. En la mayoría de los casos, el síndrome amotivacional comienza en la adolescencia, aunque también puede aparecer en la edad adulta. Retardo psicomotor, dificultad para realizar tareas habituales, pasotismo, bajo rendimiento escolar, falta de interés por las cosas… son algunos de los síntomas asociados a esta condición. Pero ¿cuáles son las evidencias de que el síndrome amotivacional es una enfermedad real? ¿Cuál es su causa y tratamiento? ¿Podemos afirmar con seguridad que el consumo de cannabis es su causa?

En medicina, un síndrome se define como un conjunto de síntomas que caracterizan a una determinada enfermedad que tiene una causa específica. Ambas condiciones (el conjunto que forman los síntomas y la causa definida) deben describirse de forma detallada e inequívoca para poder hablar con propiedad de un “síndrome” con entidad propia. Por ejemplo, el “Síndrome de Down” se caracteriza por una serie de alteraciones morfológicas, cardiológicas y neurológicas producidas por una repetición del cromosoma 21 en el organismo. O el “Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida” (SIDA) consiste en un conjunto de enfermedades inmunológicas bien definidas que están provocadas por la infección por el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH).

El primer problema con el que nos encontramos a la hora de definir el síndrome amotivacional es la imposibilidad de encontrar unos criterios claros respecto a qué nos referimos. Citemos unos sencillos ejemplos médicos para aclararlo. En las enfermedades o síndromes con síntomas físicos medibles existen parámetros objetivos. Un paciente con niveles de glucosa en sangre repetidamente mayores de 120 mg/dl será diagnosticado como ‘diabético’ por cualquier profesional. Para las enfermedades de tipo psicológico o psiquiátrico esto puede ser algo más complicado, aunque también existen criterios que permiten distinguir lo sano de lo enfermo y evaluar su intensidad. Por ejemplo, para la depresión se utilizan escalas o tests (Beck Depression Inventory/BDI, o la Escala de Hamilton) que se consideran válidos de forma internacional para diagnosticar esta enfermedad. Lo mismo podríamos decir de la esquizofrenia, el trastorno maníaco-depresivo, el trastorno obsesivo-compulsivo o los flashbacks producidos por alucinógenos. En todas estas circunstancias existen herramientas que los médicos y psicólogos consideran válidas para caracterizar esa enfermedad.

En el caso del ‘síndrome amotivacional por cannabis’, esto no es así. De hecho, esta entidad no está reconocida en ninguna de las clasificaciones de enfermedades mentales de uso habitual. El CIE y el DSM son los dos manuales de codificación de enfermedades mentales reconocidos a nivel internacional, y ninguno de ellos hace referencia a los criterios que se deberían cumplir para afirmar que se padece esta condición. Al no existir un consenso admitido por la comunidad científica para definir qué es el síndrome amotivacional, cada profesional puede interpretar lo que a él le parezca y se puedan leer cosas de este tipo:

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“El uso crónico de marihuana se ha asociado con una entidad denominada ‘síndrome amotivacional’, caracterizado por apatía, pérdida de eficacia en el desarrollo de trabajos complejos, frustración fácil, pobre concentración y sobreestimación de la propia productividad. Tales pacientes suelen tender a ser menos compatibles con familiares y amigos, desarrollar una conducta menos religiosa, más independiente, menos involucrados en instituciones convencionales, más problemáticos en sus reglas y costumbres sociales, tienen mayor tolerancia hacia las conductas desviadas y se ven envueltos con más frecuencia en acciones, cuando menos, problemáticas”

Si el lector aún no se ha recuperado del ataque de risa (o de indignación, si es más susceptible) le invitamos a tomar aire antes de revelar su procedencia. Se trata del capítulo sobre cannabis del Manual de Drogodependencias de la Agencia Antidroga de la Comunidad de Madrid, en su edición del año 2002 (reeditado en el 2005). Lo de la “conducta menos religiosa” parece que está claro, pero no sabemos a qué se refiere el autor con la “tolerancia hacia las conductas desviadas” y las “acciones problemáticas”. ¿Será que los fumadores de cannabis no defraudan a Hacienda como el resto de los mortales? ¿O que no se alegran cuando ‘La Roja’ gana un partido? ¿O que no van los domingos a los centros comerciales? Bromas aparte, el ejemplo nos sirve para valorar el nivel científico de muchos supuestos profesionales que trabajan en el ámbito de las drogas, así como su afán por presentar como ciencia sus prejuicios y postulados de tipo moral.

La falta de criterios uniformes es la primera dificultad para abordar el síndrome amotivacional desde una perspectiva científica, pero no es la única. En medicina, todas las enfermedades deben poder describirse desde un punto de vista molecular, celular, orgánico y funcional. Es lo que se conoce como ‘fisiopatología’: la descripción ordenada de los mecanismos por los que se produce una determinada enfermedad, y que constituye la base científica de las ciencias médicas. Volviendo al ejemplo del SIDA, sabemos que se trata de un retrovirus que se transmite por unas vías determinadas, y que infecta a las células defensoras del organismo inutilizándolas y facilitando la aparición de distintas enfermedades. Sólo comprendiendo cómo se produce una determinada enfermedad es posible encontrar formas de diagnóstico y tratamiento. Pues bien, como el lector ya habrá podido imaginar, la fisiopatología del síndrome amotivacional es desconocida. No existen datos científicos sobre cómo los cannabinoides podrían afectar de forma selectiva sobre los mecanismos cerebrales que producen la ‘motivación’, aparte de unas pocas hipótesis sin ninguna comprobación objetiva. De hecho, es llamativa la falta de datos objetivos y estudios o investigaciones, sobre todo teniendo en cuenta la frecuencia con que los profesionales hacen referencia a esta supuesta enfermedad.

MedLINE es la base de datos médica más importante, donde se almacenan todos los artículos de investigación científica reconocida de forma internacional. Si hacemos una búsqueda con los términos “cannabis + psicosis” o “cannabis + memoria” (por hacer referencia a dos de las cuestiones más controvertidas sobre esta sustancia), obtenemos 993 y 467 artículos científicos, respectivamente, en los que podremos encontrar una gran cantidad de estudios de investigación desde cultivos celulares hasta experimentos en animales e investigaciones en humanos. La cantidad de datos sobre estas dos condiciones permite a los profesionales poder abordar estas cuestiones desde un punto de vista racional. Sin embargo, el número de referencias sobre el síndrome amotivacional que encontramos en MedLINE es de 21. La mitad de ellas son anteriores a 1980, y en su mayoría se trata de editoriales, revisiones o discusiones de expertos.

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Existen unos pocos estudios en poblaciones escolares o universitarias que se hicieron a mediados de los años 70 (McGlothin,1968; Kolansky, 1971; Brill, 1974), pero su metodología es muy poco rigurosa y parecen destinados a corroborar las creencias preestablecidas de los investigadores. En este tipo de estudios, los autores parecen confundir el efecto de grandes dosis de cannabinoides sobre la memoria con ese concepto difuso llamado ‘motivación’. Más recientemente, otros autores han mostrado que el uso de cannabis está asociado a peores resultados escolares, absentismo y actitudes negativa hacia la escuela, aunque también señalan que estos resultados se explican mejor por el contexto social desfavorable del entorno donde se realizaron, que por un efecto directo de la sustancia (Lynskey 2000, Fergusson 2003). Otros estudios, sin embargo, no han encontrado esta relación entre el cannabis y el fracaso escolar (Hochman 1973), y en algunos casos los fumadores presentaban resultados ligeramente mejores que los no fumadores (Goode, 1971; Gergen 1972). Por otra parte, otro tipo de estudios pone en duda el supuesto vínculo entre cannabis y motivación. Una encuesta en más de 8000 trabajadores no encontró diferencias de productividad entre consumidores y no consumidores de cannabis, e incluso señalaba que algunos consumidores frecuentes tendían a tener salarios más elevados que los no usuarios (Kaestner, 1984). Los fumadores de marihuana tampoco son más frecuentemente despedidos de sus trabajos que los no fumadores (Parish, 1989; Normand, 1990), según otras investigaciones.

Así pues, no parece que existan más pruebas sobre la relación entre el síndrome amotivacional y el cannabis que las que existen sobre el hecho de que Elvis pudiera fingir su muerte porque estaba harto de ser famoso, y que sobrevive en Las Vegas participando en concursos de imitadores de sí mismo. Pero alguna base debe haber para que esta discusión haya persistido durante tantas décadas. La relación parte probablemente de la observación de que algunos consumidores de cannabis experimentan cambios en su carácter a lo largo del tiempo. En muchas ocasiones, el inicio del consumo de cannabis coincide en el tiempo con la edad adolescente, condición que comparte muchas características (introversión, inconformismo, cambios en el carácter y en las relaciones sociales…) con las del ‘síndrome amotivacional’.

Finalmente, tenemos que considerar que el cannabis, sobre todo con frecuencias de consumo elevadas o frecuentes, y/o en personas susceptibles, sí puede producir algunos efectos de tipo neurocognitivo, sobre todo en lo relativo a la memoria. Tampoco debemos perder de vista que existen personas que establecen relaciones patológicas con las sustancias, y el cannabis no es una excepción. Pero nada de esto tiene que ver con el síndrome amotivacional que, desde un punto de vista científico, está más cerca del mito que de la realidad.