Los orígenes de la reducción de daños en el Reporte Rolleston de 1926 emergen de una preocupación sobre las mujeres y el uso de drogas. Pero hoy las mujeres son casi una posdata en los debates e intervenciones sobre uso de drogas.

En el Parque La Libertad, en el centro de Pereira, las vidas de muchas personas transcurren con las limitaciones de la pobreza, el rebusque diario, y las dificultades de la calle. En ese espacio coinciden mujeres que tienen además otra cosa en común: el uso de drogas, en particular de drogas ilícitas, que a menudo se torna problemático. Basuco, heroína, marihuana, pega, y perico son algunas de las sustancias que usan, a veces para no sentir dolor, a veces para aguantar el día a día, a veces sin razón. A fines de 2019, guiados por una organización de reducción de daños local, la Corporación Teméride, recorrimos cada esquina del parque, hablando con mujeres que usan drogas, muchas de ellas también trabajadoras sexuales en este punto de la ciudad.

Poco o casi nada se habla del uso de drogas entre mujeres, ni en Colombia, ni en el mundo. Sumado al tabú mismo de las drogas ilícitas, las mujeres tenemos mucho más que perder, desde la potestad de los hijos e hijas, pasando por ser tildadas de ‘malas mujeres, malas madres, malas hijas’. En estos espacios hay poca atención para ellas en rutas de servicios de salud, servicios sociales, o mucho menos educación.

Las intervenciones en política pública son aun más escasas que la documentación sobre la realidad de las mujeres que usan drogas. Como afirmaba la investigadora Nuria Romo recientemente, las conductas relacionadas a la masculinidad en el consumo generan impactos sociales de preocupación pública (delincuencia, violencia), y por ello se les presta más atención e intervenciones específicas. Mientras tanto, las mujeres son el punto ciego de la política de drogas en lo que respecta al uso, una realidad que se quiere desconocer.

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Ante la situación de consumo se han desarrollado estrategias de reducción de daños que llevan operando en Colombia más de diez años, particularmente en las ciudades donde se ha instalado el consumo de heroína. La reducción de daños, en términos simples, son estrategias de salud pública para minimizar los efectos adversos del consumo, sin que eso implique exigir de la persona la abstinencia, o buscar tratamiento. A pesar de financiación intermitente, escaso apoyo del orden nacional y local, los dispositivos comunitarios como la Corporación Teméride, siguen haciendo rondas en el Parque La Libertad, en los puentes y en los puntos de consumo, ayudando a reducir daños por el uso de drogas en Pereira y Dosquebradas.

En sus recorridos, los equipos de reducción de daños saludan, conversan, entregan kits que incluyen condones y jeringas limpias, brindan asesoría sobre algo esencial como puede ser el trámite para sacar la cédula o afiliarse al sistema de salud. En el caso de la atención a las mujeres, se suman las consultas sobre servicios de salud sexual y reproductiva, se les brinda acompañamiento cuando requieren intervenciones médicas, o se les brinda información para que puedan permanecer con sus hijos e hijas si así lo quieren. Intuitivamente intentar brindar una atención con enfoque de género, pero lo cierto es que tal enfoque aún es escaso en la escena global de la reducción de daños.

Sorprende entonces conocer los orígenes de la reducción de daños y su relación con las mujeres. En los años 20 se empezó a configurar lo que sería después conocido como el “sistema británico”, que hace referencia al enfoque de atención para el uso de drogas y, en esencia, involucraba la prescripción de opioides por largos periodos de tiempo a personas que sufrieran de dependencia, y fue considerado en su tiempo y aún hoy, como revolucionario y humanitario. Ese enfoque, presentado en el reporte de la Comisión Rolleston de 1926, es uno de los antecedentes de lo que hoy se conoce como reducción de daños. Toby Seddon argumenta que figuras femeninas como cantantes, coristas, bailarinas y otras mujeres del mundo del espectáculo asociadas a muertes trágicas por uso de drogas fueron centrales en el desarrollo de este discurso alrededor del tratamiento de estas. Sorprendentemente, las mujeres fueron centrales en lo que se podría denominar como la pre-historia de la reducción de daños.

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Las transformaciones del discurso sobre las drogas estaban profundamente relacionadas con el género, pero, además, con un momento particular de la historia en el que las mujeres estaban ocupando el espacio público y siendo más visibles, en medio de una guerra que se llevaba a los hombres. Al transformarse estos roles, figuras como Billie Carleton y otras mujeres del espectáculo que murieron supuestamente por sobredosis, empiezan a exhibir lo que la sociedad veía como la preocupante autonomía de la mujer. En paralelo, señala Seddon, la incipiente consolidación del estado welfariano invocaba la ‘normalización’ de sujetos que se consideraban ‘anormales’, tal como las mujeres que usaban drogas, a través de intervenciones directas sobre la esfera individual. Esto no implica que los principios de la reducción de daños no sean loables, pues en su desarrollo se han orientado a respetar la autonomía personal, pero en el caso de las mujeres, en entornos machistas y patriarcales, corren el riesgo de excesiva intervención.

Alejándose de la lógica intervencionista que dio origen a la reducción de daños, ha crecido en años recientes el llamado por fortalecer el enfoque de género en la respuesta al uso de drogas. En 2017, en Cataluña se instaló el primer programa solo para mujeres, llamado Metzineres, o entornos de cobijo. En Vancouver, una ciudad que ha sido pionera en los últimos 20 años por las más revolucionarias iniciativas de reducción de daños en el mundo, como por ejemplo las salas de consumo supervisado, apenas en 2017 tuvo su primera sala de consumo supervisado exclusivamente para mujeres, Sister Space. Ambos espacios surgen como respuesta a una preocupación común: las mujeres a menudo no acuden a los espacios mixtos de reducción de daños, pues ahí corren mas riesgos en su seguridad física y mental, y encuentran barreras para realmente acceder a servicios, apoyo y escucha. En el caso de Barcelona por ejemplo, resaltan que todas las mujeres que atienden el servicio fueron víctimas de algún tipo de violencia a lo largo de su vida, pero que no han podido acudir a espacios contra la violencia del machismo, puesto que ahí se prohíbe el uso de drogas. Lejos de ser entornos que busquen ‘normalizar’ a las mujeres, en Metzineres y Sister Space hay escucha y solidaridad.

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Pero acá, en Pereira, décadas después de la Comisión Rolleston, pareciera que las preocupaciones del siglo pasado guían hoy el abordaje sobre uso de drogas y mujeres. Para el equipo de Teméride preocupa cómo las políticas públicas y la atención a las mujeres que usan drogas se activan cuando una de ellas está en embarazo, y la preocupación es más por el hijo o hija que por la mujer misma, o en palabras de Etorre, porque estas mujeres se vuelven “contenedores letales de fetos”. De otra parte, se mantiene una narrativa de estas mujeres como “fuera de control”, y ni siquiera son admitidas en los centros de tratamiento porque “pueden distraer a los muchachos”. Tal como en la Inglaterra de los años 20, estas mujeres son sometidas a un escrutinio por ir en contra de lo que se considera “natural” de lo femenino, tildadas por usar su sexualidad, y luego castigadas por un sistema que las excluyó desde el inicio. Las autoridades de salud están siendo relativamente diligentes en hacer llegar condones y otros métodos de planificación a estas mujeres en Pereira, pero cuando se trata de otros servicios sociales o de salud que puedan requerir, el silencio es ensordecedor.

Hoy, en el día de Acción Global “Apoye, no castigue”, las mujeres de Pereira, y de muchas ciudades más que viven del rebusque diario, no solo para su sustento, sino también para su dosis, están completamente a la deriva. Lejos de los principios de la Comisión Rolleston, de reducir los posibles impactos negativos asociados al consumo, en tiempos de COVID-19, nada ha llegado para ellas, fuera de algunos mercados de iniciativas locales. Desarticuladas de las redes del movimiento feminista, rechazadas por muchos grupos de ayuda social por ser consumidoras de drogas o ejercer el trabajo sexual, la pandemia les está afectando de una manera desproporcionada. Los ejemplos de Canadá y España dan respuesta a una realidad irrefutable: ser mujer marca una experiencia diferenciada en el uso de drogas. Su enfoque es simple pero contundente: las mujeres necesitan un espacio donde estar sin ser juzgadas por sus vidas y decisiones.

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*Politóloga y coordinadora de Política de Drogas de Dejusticia.

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