Por Víctor Bataller Gómez (TRABE)

Cuando hablamos de oídio, al contrario de lo que podíamos pensar, no nos estamos refiriendo al nombre común de un hongo en concreto, sino a la enfermedad causada por una serie de hongos ascomicetos del orden de los Erysiphales. El oídio puede recibir diversos nombres dependiendo de la zona: ceniza, cenicilla, blanquilla, blanqueta, cendrada, malura, polvo, polvillo, sendreta, … Se cree que es originaria de América del Norte y que se introdujo en Europa debido a los intercambios comerciales. La introducción del oídio fue muy fuerte ya que era una plaga que se desconocía y provocó fuertes pérdidas económicas.

             Es muy característico porque se manifiesta como un micelio blanquecino visible a simple vista. El hongo se conserva de un cultivo a otro en los restos de vegetación afectada de cultivos precedentes y sobre otras plantas huéspedes cultivadas o malas hierbas y se difunde mediante conidios que se dispersan con el viento. Las condiciones óptimas de desarrollo de la enfermedad son una temperatura de 20 a 25º C y del 50 al 70% de humedad relativa. Corren más riesgo de sufrir oídio las plantas que se encuentran en zonas sombrías. Es más habitual durante las primaveras húmedas con niveles de humedad entre el 70 y el 80% y puede desaparecer de manera natural durante el verano, siempre que la temperatura sea superior a 35º. También son más sensibles las plantas y cultivos cercanos a un río. A veces, sólo con cambiar las plantas de lugar ya supone para el oídio su erradicación.

             El oídio puede afectar a cualquier parte de la planta. Aparece una especie de “polvillo blanco” causando retorcimiento de las hojas, deformación de los brotes y falta de floración. Es muy difícil que la planta llegue a morir por su culpa pero causa una merma económica considerable en innumerables cultivos.

             Son hongos ectoparásito, es decir, su micelio se localiza en el exterior de los tejidos vegetales, a los que se adhiere con unos órganos prensores y chupadores (haustorios) que extraen el alimento de las células. Cuando el micelio alcanza su madurez, comienza la reproducción asexual con la formación de gran cantidad de conidias, que transportadas por el viento propagan la enfermedad al instalarse sobre cualquier órgano verde, siempre y cuando las condiciones climáticas le sean favorables, constituyendo los primeros focos de infección. Al final de la vegetación el desarrollo del hongo se detiene, pudiendo conservarse durante el invierno bien en la forma de micelio en el interior de las yemas protegido por las escamas (forma asexuada) o bien en forma de peritecas en las ramas o en las hojas (forma sexuada).

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             La temperatura, la humedad y, en menor medida, la insolación, son los factores climáticos que condicionan el desarrollo del hongo. La temperatura es el factor climático que más influencia tiene en el desarrollo de la enfermedad. Alrededor de los 15ºC comienza a ser favorable para su progreso vegetativo y su propagación, alcanzando el óptimo entre los 25ºC y los 28ºC, deteniendo su desarrollo a los 35ºC y siendo letales las temperaturas superiores a 40ºC. La humedad ambiental también influye en el desarrollo de la enfermedad, aunque en menor grado que la temperatura. La germinación de las conidias se ve favorecida por las humedades relativamente altas. Las lluvias abundantes frenan el desarrollo del hongo.

             El oídio puede aparecer en todos los órganos verdes de la planta. En las hojas los síntomas pueden aparecer tanto en el haz como en el envés; en ambos casos suele observarse un polvillo blanco que puede limitarse a algunas zonas o bien ocupar toda la superficie de la hoja; debajo del polvillo se aprecian puntitos necrosados. A veces los comienzos del ataque se manifiestan como manchas de aceite en el haz con puntitos de color pardo. En los casos de ataque intensos las hojas aparecen retorcidas y recubiertas del polvillo blanco tanto por el haz como por el envés. En brotes y ramas los síntomas se manifiestan por manchas difusas de color verde oscuro, que van creciendo, definiéndose y pasando a tonos más oscuros a medida que avanza la vegetación, y a negruzcos al endurecerse el brote. En los cogollos aparece recubriéndose en poco tiempo del polvillo blanco que si se limpia deja ver puntitos pardos. Los daños importantes se localizan en estos últimos, ya que los ataques fuertes ocasionan la detención del crecimiento de la piel, por lo que es frecuente que ésta se agriete y lleguen a rajarse algunos tejidos; así se producen unos daños directos en la cantidad y calidad de la cosecha y otros indirectos al favorecerse la penetración del hongo Botrytis cinérea, Pers. que causa la podredumbre


            Para un correcto control se debe actuar con los primeros síntomas sobre la planta. Los momentos más oportunos de tratamientos en variedades sensibles, y en años normales son los siguientes:

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             1º) Cuando las primeras yemas diferenciadas se hacen visibles

            2º) Al comienzo de la floración

            3º) Con el comienzo del llenado de los cogollos

            4º) Poco antes de la recolección

             No obstante, en años muy propicios para la proliferación de la enfermedad puede ser necesario realizar tratamientos adicionales.

             Se recomiendan determinadas prácticas culturales para un mejor control del oidio:

             Poda en verde y deshojado, que facilite la ventilación y la penetración de los tratamientos fitosanitarios que vayamos a emplear

            Utilización de pequeñas estaciones meteorológicas, que nos permitan identificar en que momento se dan o no las condiciones ambientales favorables para la el desarrollo del hongo causante de la enfermedad

            Realizar una aplicación en invierno y al comienzo de la primavera, para evitar que se reproduzca y actuar preventivamente, algo fundamental en los ataques de hongos a nuestros cultivos

            Hay que retirar las partes dañadas y deshacerse de ellas, para que no contagie el lugar donde se localizan las plantas afectadas. Dichas partes no se recuperan aunque usemos fungicidas, por lo que hay que evitar que el oidio depositado en ellas se expanda por el resto de nuestras plantas

            No plantar demasiado denso ni tupido, para evitar que se produzcan sombras y ambientes húmedos y para que en caso de que la plaga aparezca en una planta no contagie rápidamente al resto

            Eliminar las malas hierbas de alrededor. Suelen ser un buen refugio en épocas donde no hay cultivos.

                        Precisamente porque el ambiente húmedo le favorece al odio, en terrazas acristaladas o invernaderos es importante que haya una buena ventilación para evitar su proliferación.

             Una vez tenemos nuestras plantas afectadas por esta plaga, la manera de acabar con ella es el uso de fungicidas sobre todo de contacto. Gracias a que el oídio es un hongo externo, que se desarrolla en la superficie de las hojas, se puede atacar con fungicidas de manera curativa, una vez que la planta ya está infectada, aunque no es lo recomendable. Lo mejor es siempre actuar de manera preventiva. El oídio ataca principalmente a la parte más joven y como la planta está en constante crecimiento, los tratamientos deben repetirse cada quince días en primavera y por supuesto, cada vez que reaparece la enfermedad.

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             El azufre en espolvoreo tiene a su favor la eficacia, siempre que los ataques no sean demasiado fuertes, el bajo coste, sus efectos frenantes de eriofidos y otros ácaros en general y el favorecer el cuajado si se emplea en floración. Pero posee dos grandes inconveniente: puede producir quemaduras si se utiliza con temperaturas superiores a los 30ºC y puede afectar a las cualidades organolépticas.

            Casi todos los tratamientos antioidios con productos fitosanitarios de síntesis o químicos actúan como inhibidores de la biosíntesis del ergosterol. Esta sustancia es un componente de las membranas celulares de los hongos, donde se regula la entrada y salida de sustancias en la célula. Poseen una rápida penetración en la planta que hace que no sean lavados por las lluvias si estas se producen una hora después del tratamiento. Su persistencia de acción nos permite distanciar más las aplicaciones. Como inconvenientes, y no pequeños, es que tienen la facilidad de generar resistencias y que son productos tóxicos que requieren preservar plazos de seguridad que pueden alcanzar las tres semanas.

             Otro de los productos empleados aunque en mucha menor medida es el Cobre en forma de hidróxido de cobre, oxicloruro de cobre, sulfato de cobre tribásico u óxido cuproso. Todas estas sales de cobre causan problemas de contaminación en el suelo y en los acuíferos por haberse usado en exceso hasta ahora. En la actualidad tiene un uso limitado por lo que puede ser ineficaz su uso al no alcanzarse las dosis mínimas necesarias.

             Otros tratamientos controladores de oídio son con sulfuro de cal o polisulfuro de calcio (sólo recomendable en cultivos con parada vegetativa), permanganato potásico (muy restringido su uso por las autoridades e incluso en algunos cultivos puede ser fitotóxico) y harina de cuarzo o polvo de roca (ciertos productos comerciales lo contienen en forma finamente molida y es una alternativa a las sales de cobre).

 Pero sin duda el producto estrella para el control del oídio es el propóleos, presente en solución hidroalcohólica en el formulado PROPOLIX. El propóleos es fabricado por las abejas que lo utilizan para recubrir el interior de la colmena con fines desinfectantes, cierre de las grietas, eliminar algunas vías de entrada y reforzar la estructura de la colmena. También es utilizado para recubrir los cadáveres de los enemigos que se hayan introducido en la colmena para evitar su descomposición. Está compuesto por resinas, ceras, aceites volátiles, sustancias tánicas, polen, sustancias orgánicas y minerales. Dentro de estas sustancias orgánicas y minerales se han identificado más de 160 compuestos, muchos de ellos a unos porcentajes ínfimos pero suficientes para llevar a cabo una determinada función y de todos ellos los que posee una mayor acción fungicida son los flavonoides.

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             El extracto alcohólico de propóleos (EAP) ha presentado actividad fungicida frente a Alternaria. solani, tanto en condiciones de campo como en condiciones in vitro. Los resultados de este ensayo, apuntan a que el uso de los EAP como fungicida en el control de enfermedades fitopatógenas podría llegar a desarrollarse como alternativa al uso de los formulados de cobre.

             En el laboratorio de fitopatología de la Facultad de Ciencias Agrarias, Corrientes, Argentina (UNNE), se ensayaron con cepas de Colletotrichum gloeosporioides, que es el agente causal de las enfermedades llamadas comúnmente “antracnosis”. De los resultados preliminares de este trabajo, se concluyó que el propóleos posee propiedades antifúngicas y que los mayores valores de control de la enfermedad coinciden con los parámetros de mayor poder de oxidación y de mayor presencia de compuestos flavonoides. Estudios similares se realizaron con diversos formulados de propóleos y contra C. gloeosporioides en otros cultivos, observándose un porcentaje de inhibición del 30%, el cual se considera importante en el caso de hacer aplicaciones preventivas de propóleos con la finalidad de retardar la infección y el desarrollo de la enfermedad.

             Según resultados obtenidos en otros estudios realizados, el propóleos puede tener un potencial uso en el manejo de algunas enfermedades bacterianas, específicamente para la causada por Clavibacter michiganensis. subsp. michiganensis.

             Los tratamientos fungicidas deben realizarse siempre de manera preventiva y en combinación con todas las medidas culturales que hemos citado anteriormente. Es muy difícil recuperar una zona afectada por oidio en nuestros cultivos, por lo que trabajar de manera preventiva es la principal condición para que nuestro trabajo contra el oidio se realice con éxito. Es con diferencia la enfermedad más limitante con la que nos podemos encontrar, por tanto, hemos de leer este artículo con mucho detenimiento. Es muy importante que el oidio no se convierta en algo crónico año tras año ya que sirve de vía de entrada para otros hongos, también muy perjudiciales.