La estrategia prohibicionista frente a las drogas y su combate policiaco-militar en lo que abiertamente se ha dado en llamar una “guerra” es a todas luces una estrategia desencaminada, afirma el autor de este ensayo, y ofrece buenas razones para debatir.

Si se hiciera un recuento comparativo es muy probable que a estas alturas hayan muerto más personas como resultado de la tan publicitada guerra -más de mil durante el mes de marzo de 2010, sólo en México- que todas las víctimas mortales asociadas al uso de drogas desde su prohibición sistemática a comienzos del siglo XX. Puesto que el consumo tampoco ha disminuido y más bien el aura de clandestinidad en que todo psiconauta ha de dar sus primeros pasos suele representar un atractivo añadido, hay muy pocas razones explícitas para continuar por esa senda.

 Con las pilas de cadáveres que se amontan cada día a las puertas de nuestra conciencia es evidente que no se trata de un problema de salud pública y, a decir verdad, no se requiere mucha perspicacia para entender que todo se reduce a un asunto de moral o de dinero. Ahora bien, si fuera una discusión moral, habría que entender por qué, al alejar a la gente de los placeres tóxicos pero relativamente circunscritos de las drogas, se prefiere un clima de barbarie y matanza y represión, como si a fin de garantizar que un joven no encienda su “churro” fuera necesaria la presencia de los soldados en las calles y abultar en quién sabe qué proporción la narcolista de muertos. Pero si, por otro lado, fuera en el fondo un tema de dinero (sabemos los millones de dólares que mueve el narcotráfico, al punto de que bien valdría llamarla una “industria boyante”), tampoco está claro por qué los Estados prohibicionistas no se han preocupado por hacer que ese dinero juegue más bien a su favor y no al de los cárteles, es decir, por qué mantiene a la alza un negocio cuyos únicos beneficiarios directos son unos facinerosos oportunistas. El hecho de que el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, esté considerando un proyecto de ley para legalizar el uso recreativo de la marihuana para que los impuestos y las tarifas recaudadas por esa regulación aporten nuevos ingresos públicos, habla de que incluso en términos estrictamente económicos la prohibición ha mostrado ser un disparate para los gobiernos.

En estas páginas me propongo desbrozar con cierto detenimiento los términos de la discusión con respecto a la marihuana, además de detallar algunos de los callejones sin salida en los que parece haber caído el paradigma prohibicionista. La idea detrás de esta revisión es hacer ver que más que enmiendas a las leyes vigentes (por ejemplo permitiendo el uso médico de cannabis o consintiendo su uso recreativo en dosis estipuladas) lo que se requiere es dar un giro de 180 grados, hacer un auténtico cambio de paradigma en el que, entre otras cosas, no intervenga la hipocresía moral y el monopolio económico deje de estar del lado equivocado.

En este país es un lugar común decir (tan común que incluso lo repite el presidente Calderón) que no habrá ninguna salida al problema de las drogas sin la participación de Estados Unidos, y bueno, lo que parece estar sucediendo es que justo en Estados Unidos es donde se están enfocando las cosas de manera diferente (y conste que el gobernator es un republicano).

Como dice el viejo proverbio, cuando se ha abierto un abismo ante nosotros lo más sensato no es dar pasitos cautos, sino saltar.

Las drogas y la civilización

La humanidad ha convivido a lo largo de la historia con las drogas. Hay usos documentados en todas las civilizaciones, incluidas las prehispánicas. Usos rituales, medicinales, lúdicos, festivos. En esa convivencia han abundado también prohibiciones de toda clase, como la de la Roma preimperial, que reservaba el consumo de vino a los varones mayores de treinta años y castigaba a los infractores con la ejecución. Por su parte, el emperador Marco Aurelio, que recibía cada mañana con una ración de opio, desaconsejaba el uso de esta sustancia a los menores de cincuenta años, y aunque no lo prohibió tajantemente al tener las riendas de Roma, sus observaciones en esta materia hablan del respeto que debe tenerse a las drogas en general y del grado de madurez necesario para convivir con ellas.

Sin embargo, la prohibición y penalización de una droga no ha resultado ser la mejor estrategia para reducir los efectos indeseables de una inclinación humana -una inclinación hacia la ebriedad- que, en lugar de estigmatizarse, debe ser reconocida y tomada en cuenta. Suele suceder justo al revés. La prohibición tiene efectos contrarios a los esperados. Es bastante conocido el caso de la Ley Seca estadounidense, otra vez en boca de todos gracias a la comparación que hizo el presidente Barack Obama de la lucha contra el narcotráfico en México y Los Intocables de Eliot Ness, pero hay muchos casos análogos. Traigo uno a cuento: en Rusia estuvo prohibido el café buena parte del siglo XIX. Se hablaba de la gran toxicidad y dependencia que causaba la cafeína, del estado de ansiedad al que conducía este excitante que hoy está en las alacenas de todo el mundo. Al que violaba la interdicción se le llegaba a cortar las orejas. Pero fue precisamente durante ese periodo cuando el consumo fue más desmedido: los adeptos al café solían beber litros y litros de una sola sentada, alcanzando los estados de excitación y angustia que habían sido el origen de la prohibición.

Hoy, a la distancia, tanto el caso de la Ley Seca en Estados Unidos como el de la prohibición de café en Rusia nos parecen estrategias desencaminadas, incluso risibles, de tan ineficaces, y no sería extraño que en unos años sucediera lo mismo con la marihuana.

La penalización de la marihuana, como la de muchas otras drogas que permanecen prohibidas, es un fenómeno relativamente reciente, que data del siglo XX. En México está documentado el consumo de cannabis -una planta exógena- por lo menos durante todo el siglo XIX, en particular entre los entonces llamados “bohemios” -pero también entre los soldados-, y es fácil advertir la familiaridad que existía con esta droga (en su modalidad de cigarrillo y no sólo macerada en alcohol para las reumas) si uno repara en la popularidad de una canción como “La cucaracha”, que famosamente alude a la hierba, y cuyo origen algunos historiadores ubican en fecha tan lejana como 1818.

Sobre la presencia consuetudinaria de la marihuana en la sociedad mexicana hay incontables testimonios, pero creo que uno de los más reveladores es el del escritor español Ramón del Valle-Inclán, pues en sus textos se refleja una actitud muy diferente de la actual con respecto al cáñamo. En una entrevista publicada en 1918 Vallé-Inclán, que había probado la marihuana por primera vez en México y se había aficionado a ella, afirma con un tono un tanto exaltado:

-A mí México me parece un pueblo destinado a hacer cosas que maravillen. Tiene una capacidad que las gentes no saben admirar en toda su grandeza: la revolucionaria. Por ella avanzará y evolucionará. Por ella… y por el cáñamo índico, que le hace vivir en una exaltación religiosa extraordinaria.
-¿Por el cáñamo índico?
-Por la hierba marihuana o cáñamo índico, que es lo que fuman los mexicanos. Así se explica ese desprecio a la muerte que les da un sobrehumano valor.

Y no hay que olvidar que también en Estados Unidos era otra la relación con muchas de las drogas hoy prohibidas. Sin ir más lejos se puede mencionar el caso de la cocaína, que en su momento estaba presente en la fórmula de la coca-cola, y no fue sino mucho después de que este refresco se vendiera libremente a manera de tónico cuando la cocaína terminó simbolizando una droga de “afroamericanos degenerados” y por tanto se la prohibió. Y al parecer el caso de la marihuana en el país vecino no estuvo tampoco disociado de prejuicios raciales, y hay estudiosos, por ejemplo Antonio Escohotado, autor de una Historia general de las drogas, que vinculan la prohibición de la marihuana en Estados Unidos con el miedo a la migración masiva de mexicanos, pues ya desde antes de la Gran Depresión habían cruzado la frontera hordas de conacionales en busca de trabajo, llevando del otro lado del Río Bravo la pegajosa afición a la “cucaracha”.

Son muchos los factores que explican que en la primera mitad del siglo XX comenzara en la mayoría de los países una ola de prohibición generalizada de sustancias tóxicas, y entre esos factores se cuenta, por supuesto, el hecho de que el opio, el alcohol, la marihuana o la cocaína pueden ser sustancias poco recomendables en ciertos casos y para determinadas personas. Pero más allá de los complejos factores que entran en juego en una prohibición de la magnitud de la que todavía está en boga me interesa subrayar que con una prohibición de este tipo se decreta la minoría de edad del hombre con respecto a los estupefacientes. Pese a que no está enunciado así en ningún lado, el trasfondo es claro: el hombre está incapacitado para lidiar con sus estados alterados de conciencia.

Fuente y artículo completo

Revista Replicante