Travis Maurer encabeza la batalla para legalizar la marihuana en el corazón de Estados Unidos.

Alrededor de 30 minutos antes de que nuestro avión esté programado para despegar, Travis Maurer se acerca a la puerta del aeropuerto internacional de Portland en shorts y sandalias, con una sonrisa en su mentón cuadrado. Ancho de hombros y cordial, Maurer se ve como el portavoz perfecto de cualquier causa, y él encanta a todos mientras se acerca a su asiento en la ventanilla. Acaba de comerse un helado, me dice mientras abordamos, y está de un sorprendente buen humor para alguien que está a punto de pasar las próximas horas en clase turista. Poco tiempo después, el avión se eleva en el cielo y Maurer se queda dormido. Al parecer, el helado estaba espolvoreado con TCH.

Volamos hacia la ciudad natal de Maurer, San Luis, donde él lanzará una campaña para legalizar la marihuana en Misuri. Maurer, quien abandonó la universidad y es un comerciante convicto de mota, sabe mucho más de vender drogas que de legalizarlas. Pero en 2014, él surgió como la fuerza impulsora detrás de una medida improbable que legalizó la yerba en Oregón. Ahora es uno de cuatro estados, junto con el Distrito de Columbia, que ya no prohíbe el cannabis. Desde California hasta Maine, los activistas observan nuevos objetivos para 2016, principalmente bastiones liberales o libertarios donde los sondeos sugieren que los votantes están listos para reescribir las leyes sobre la mota. Sin embargo, Maurer quiere repetir su acción quijotesca en un campo de batalla improbable: Misuri, un estado profundamente republicano donde muchos tienen una opinión vaga de las drogas “suaves” como la marihuana. Si él lo saca adelante, puede demostrar que Oregón no fue una chiripa y hacer de Misuri el modelo para la legalización del cannabis en cualquier parte de EE UU, no solo en la Costa Oeste amigable con la yerba. El único problema: su pasado en el mercado negro sigue metiéndose en su camino.

Cuando descendemos del avión en una cálida y húmeda noche de agosto, Maurer y yo vamos a recoger nuestro equipaje. “¿Dónde te hospedarás?”, le pregunto.

Me mira con perplejidad. “Pues, no lo sé”.

No está bromeando. Maurer no ha considerado dónde dormirá esta noche, o siquiera cómo va a regresar a Oregón. Cuando le digo que reservé mi habitación de hotel y renté un auto hace días, él sonríe. “Qué bien. Simplemente te acompañaré”.

NO ES SU FUMADOR TÍPICO

Maurer toma una habitación en mi hotel en Clayton, la adinerada sede del condado de San Luis, y a la mañana siguiente se reúne conmigo en el vestíbulo vistiendo una camiseta estampada con el eslogan “No más guerra contra las drogas”. Él viste la camiseta en todas partes para atraer la atención hacia su causa. Le ofrezco a Maurer un cigarrillo eléctrico lleno con extracto de cannabis, dándole un golpe mientras nos metemos a mi auto rentado.

Manejamos hacia el paraíso sofisticado de South City para recoger a John Payne, un republicano gay y libertario Tipo A que no fuma. Él es lo opuesto a Maurer de muchas maneras y su socio improbable en Show-Me Cannabis, el mayor grupo en defensa de la marihuana en Misuri. Maurer fundó la organización; Payne administra las operaciones cotidianas. Ellos se conocieron hace cuatro años en Hempstalk, un festival de marihuana en Oregón. “Una de las primeras cosas que me dijo fue: ‘Vamos a legalizar la marihuana en Oregón y Misuri’,” dice Payne. “Yo pensaba que este tipo quizás estaba loco. Pero luego me presenta a un encuestador, un abogado, [y caí en cuenta]. Este no es sólo un fumador quien piensa que es brillante y tiene un ego enorme”.

Los tres nos dirigimos a Springfield, la ciudad más conservadora del estado, donde Brad Bradshaw, un candidato demócrata a asistente del gobernador, ha invitado a grupos de interés para discutir el proyecto de ley para la marihuana medicinal que él está impulsando. Sin embargo, Maurer quiere la legalización total en 2016.

Mientras serpenteamos hacia el sur a través de las verdes y ondulantes colinas de Misuri, pasamos letreros anunciando paja y atrayendo turistas a Branson. Pronto estamos cerca de Springfield y pasamos vallas publicitarias promoviendo el mayor atractivo turístico de la ciudad: Bass Pro Shops. Estamos muy lejos de Portland, una de las ciudades más liberales de la nación en un estado confiablemente demócrata administrado por la primera gobernadora bisexual de EE UU. En Misuri, dos tercios de la legislatura estatal son conservadores. Y aun cuando el público está dividido con respecto a legalizar la mota, los policías no. Desafiando la ley, Maurer hace girar mi cigarrillo eléctrico, dando un golpe cada pocos minutos. “Quiero cabildear a la legislatura para legalizar la marihuana en la próxima sesión”, dice él. Payne se ríe con incredulidad, y Maurer pregunta: “¿Eso es como poner a alguien en Marte?”

Lo es, explica Payne, porque las encuestas muestran un apoyo apenas por debajo del 50 por ciento. Antes de unirse a Show-Me Cannabis, él trabajó en un grupo de investigadores libertario, y tiene mucha más experiencia política que Maurer, a quien parece no importarle. “Podrías malinterpretar [la ambición de Maurer] por un delirio de grandeza”, dice Troy Dayton, director ejecutivo del ArcView Group, la compañía de inversión en marihuana más grande de la nación, domiciliada en Oakland, California. “Pero la mayoría de la gente que tiene delirios de grandeza piensan en sí mismos. Los delirios de grandeza de Travis se tratan de lo que él puede lograr políticamente”.

Nos estacionamos frente a la oficina de Bradshaw en Springfield, y dejo a Maurer y Payne para su reunión. Dos horas después, aparecen, molestos.

“¿PUEDO PONERME LOS PANTALONES?”

La primera vez que Maurer fumó mota, él tenía 13 años de edad. Le gustó, pero no fue sino hasta dos años después, cuando sus amigos empezaron a ir de fiesta, que se convirtió en fumador habitual. “Decidí que si iba a intoxicarme, la marihuana era una mejor decisión”, dice él.

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Maurer definitivamente quería intoxicarse. Él batalló para hacer amigos íntimos cuando era niño. Su niñez estuvo plagada de abusos, y eso es todo lo que dirá al respecto. La mota bloqueaba su dolor de una manera que el alcohol no lo hacía. No pasó mucho tiempo desde que empezó a fumarla con regularidad para que Maurer empezara también a venderla. La yerba también lo ayudó a hacer amigos.

Dos años después de la preparatoria, Maurer conoció a Leah Shantz, y se enamoraron. En 1997, se mudaron a Columbia, a dos horas de San Luis, donde ambos se matricularon en la Universidad de Misuri. Maurer no duró mucho: “Pensé que era aburrido”. Más bien, le pidió prestados $1,100 dólares a un amigo de la preparatoria y los invirtió en mota. “Mi cuate me consiguió una libra”, dice él. “Fue fácil. La vendí de inmediato”. Con el tiempo, dice Maurer, se abrió paso en la cadena de las drogas. Su compra más grande fue 200 libras, una venta que valía cerca de $120,000 dólares. “La gente pensaba que era una ballena”, dice él. “Pude llevarlo al siguiente nivel en cualquier momento. Nunca fue mi ambición”. Todo lo que él quería era pagar sus cuentas y tener dinero suficiente para viajar un poco, principalmente a conciertos de Phish y Widespread Panic. “No trataba de construir casas o comprar botes. Pero hice tanto dinero como quise”.

Mover todo ese dinero lo convirtió en un blanco. Maurer a menudo era estafado, dice él, fiándole una onza a alguien y que no se la pagaran. Una vez, en 1998, después de una noche en el Blue Note, un lugar de música en Columbia, un amigo lo robó a punta de pistola. “Dame tu puto dinero”, dijo su amigo, “o aquí mismo te mueres”. Maurer sacó todo su efectivo, $2,400 dólares, y lo puso en el suelo.

Con el tiempo, Maurer empezó a cultivar su propia mota en un clóset en su casa adosada. Él le vendía a sólo un puñado de personas, dice él, para evitar que lo pillaran, y él y Leah, ahora su esposa, llevaban una vida cómoda gracias a su ingreso ilícito. En 2005, ella dio a luz a su primer hijo, Mason. Su segundo hijo, Linden, nació un año después.

Como ahora era madre, Leah empezó a presionar a Maurer para que encontrara un empleo diferente. Él siguió cultivando yerba, pero en 2003 inició una compañía de piedra natural. Le echó el cierre pocos años después cuando la recesión le pegó. Luego, Maurer inició una compañía de eficiencia energética, pero esta también se vino abajo, junto con todo lo demás en la vida de Maurer.

En la mañana del 9 de marzo de 2009, Maurer estaba en su casa frente a su computadora y en su ropa interior cuando miró por la ventana y vio a un hombre con un chaleco antibalas, blandiendo una pistola. Maurer pensó que lo iban a robar. “Yo pensaba: Tengo que tomar mi pistola de alguna manera sin que me disparen”. Él se paró y corrió y vio a otros hombres armados. Fue entonces cuando cayó en cuenta de que eran policías. Un oficial le apuntaba con un rifle a Leah a través de la ventana, dice él, y exigió que Maurer abriera la puerta. “OK, mi esposa está aquí, y tengo dos perros. Somos buenos. Somos pacíficos”, dijo él. “No disparen. Los perros son buenos”. Maurer abrió la puerta, y la policía entró como una tromba, les ordenaron a él y Leah que se tendieran en el suelo y empezaron una búsqueda. “Entonces oí el librero abrirse, un pequeño chirrido, y oí a uno de los policías decir: ‘Puta madre’.”

Pocos minutos después, un oficial salió con una sonrisa de superioridad en su rostro. “Tenemos tu cultivo”.

“Por supuesto que sí. Entraron con un ejército”, respondió Maurer. “¿Puedo ponerme los pantalones?”

A pesar del equipo SWAT y las armas y ese “Puta madre”, Maurer la libró fácilmente: pasó sólo un día en la cárcel y se declaró culpable un año después; fue sentenciado a cinco años de libertad condicional y pagó $375 dólares en multas. Pero no había anticipado todas las consecuencias de que lo pillaran. “Creo que fui en verdad arrogante en ese aspecto”, dice él. “Pensaba que si alguna vez me veía en problemas, sacaría una carta de sal-gratis-de-la-cárcel. Pero esa mierda no es gratis”.

Sólo pregúntele a su familia. Los periódicos locales cubrieron la primea plana con la sonriente foto de prontuario de Maurer. Los padres cuyos hijos asistían a la misma preprimaria que sus hijos amenazaron con retirar a sus niños si Mason y Linden estaban allí. Los grupos de mamás de Leah, los cuales ella inició, en esencia la repudiaron. “Estábamos profundamente arraigados en esta comunidad”, dice Maurer.

No pasó mucho tiempo desde su arresto, dice él, para que él le diera una salida a su esposa. “Si necesitas irte en una dirección diferente, lo entiendo totalmente”, dijo él. “Te apoyaré al 100 por ciento”. Leah no dudó; se quedó con su esposo. “Lo que él hizo no fue algo inmoral”, dice ella. “Mi amor por Travis es tan firme y tan fuerte, nunca he dudado realmente de ello”.

Tres meses después del arresto de Maurer, su familia empacó sus pertenencias y se mudó a Oregón. “Estaba en una etapa difícil”, dice él. “Estaba en la etapa más difícil que hubiera estado. No tenía jodida idea de qué iba a hacer”.

No tardó mucho en pensar en algo.

“VAYA UN JODIDO IDIOTA MALHUMORADO”

Después de su conversación con Bradshaw, Payne y Maurer se me unen en Columbia para cenar en un pub local. La reunión no salió bien. Todos en la sala, una asamblea de abogados y activistas, estuvieron de acuerdo en que la marihuana medicinal debería ser legal en Misuri. En lo que no estuvieron de acuerdo: cómo sacarlo adelante. La propuesta de Bradshaw requería que los pacientes compraran mota en dispensarios con licencia y prohibía a los cultivadores su venta y distribución. El plan también pedía un impuesto de casi 50 por ciento al producto, a los criminales convictos se les prohibiría participar en la industria por 10 años después de ser liberados de prisión. Los grupos nacionales del cannabis que financian las acciones de legalización se oponen a estas disposiciones, al igual que muchos activistas en Misuri. Ellos quieren que los pacientes sean capaces de cultivar su propia mota, y dicen que los altos impuestos y la prohibición de hacer negocio en múltiples partes del mercado imposibilitarían a las compañías de yerba tener ganancias.

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Al final de la reunión, Maurer dijo a Bradshaw que a algunos activistas no les gusta su plan y podrían apoyar una iniciativa rival. “Él ni siquiera me dejó terminar”, dice Maurer, añadiendo que Bradshaw amenazó con “aplastar” cualquier competencia a su proyecto de ley medicinal. “Vaya un jodido idiota malhumorado”, dice Maurer. (En una entrevista por separado, Bradshaw me dice: “Travis parece un hombre agradable”, pero él insiste en que la iniciativa de Maurer para Misuri va a fracasar.)

La ventaja de Bradshaw es el dinero, el cual le permitirá contratar personal y comenzar la labor costosa de recabar firmas para una petición. Maurer quiere recaudar el dinero suficiente para financiar una campaña rival. Eso no será fácil. Pero mientras comemos, Maurer declara que no está dispuesto a que Bradshaw le pase por encima. Él sólo necesita recaudar $1.2 millones de dólares durante el siguiente año.

Después de que terminamos de cenar, el dueño del pub, Tom Smith, nos retira la cuenta. Es un amigo de Maurer y de la acción de legalización, y sólo nos pide que cubramos la propina. Miro a Payne y Maurer. Ninguno de ellos tiene efectivo, así que lanzo $30 dólares a la mesa.

“MENTE MAESTRA” DE LA MARIHUANA

Después de esa redada del SWAT, la acción segura para Maurer hubiera sido hallar un empleo “real”. Él tenía una acusación por delito grave sobre su cabeza, y la marihuana es ilegal en el ámbito federal. Pero Maurer no toma acciones seguras. Tan pronto como desempacó sus cosas en Oregón, empezó a cultivar mota de nuevo.

Sólo que esta vez Maurer tenía ambiciones más amplias. Usando las ganancias de su nueva operación de cultivo, él fundó Show-Me Cannabis. Él devoró cuanta información pudo: cómo se aprueban los proyectos de ley, cómo funcionan los sondeos, cómo los cabilderos se acercan a los legisladores. Él compró un sitio en la red, TheWeedBlog.com, ahora uno de los foros sobre marihuana más leídos en el mundo.

“La mayoría de la gente que quiere cambiar las leyes del cannabis, lo hace principalmente porque quiere hacer dinero”, dice Steve DeAngelo, un activista de la marihuana domiciliado en California quien también ha sido convicto por cargos relacionados con la mota. Pero Maurer, dice él, tiene una motivación diferente, en parte a causa de su arresto. “Que te arresten y metan en una jaula… nunca olvidas eso”, dice DeAngelo. “Nunca olvidas a la gente que todavía está sujeta a ese tipo de trato. Se vuelve personal”.

Maurer quería cambiar las leyes de drogas en Misuri, pero decidió intentarlo primero en Oregón; él sabía que los votantes allí serían más receptivos. En abril de 2012, el lanzó la Coalición Nacional del Cannabis, también con las ganancias de su cultivo. El grupo incipiente sacó anuncios en apoyo a la candidata a favor de la mota en la competencia por la fiscalía general de Oregón. Ella ganó, y aun cuando Maurer no merece mucho crédito por ello, ser una parte de esa victoria lo animó.

Maurer cambió su enfoque de vuelta a Misuri. En 1996, Jeff Mizanskey fue sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por conspirar para vender 6 libras de marihuana en el Estado Muéstreme (Show-Me). La corte basó su sentencia en una ley de reincidencia múltiple que la legislatura luego derogó. En 2013, Chris, hijo de Mizanskey, fue a una reunión de Show-Me Cannabis y pronto empezó a cabildear al gobernador por un perdón. Maurer lo ayudó mediante usar una de sus tácticas brillantes: mensajes de texto para recabar información, recaudar dinero y bombardear con mensajes a los partidarios. En 2012, él compró el código de texto 420420 y empezó a usarlo para cabildear en nombre de Mizanskey. Al enviar “Jeff” a ese número, los usuarios recibían información sobre cómo acercarse a sus legisladores y pedir por su perdón. Show-Me Cannabis también realizó reuniones de ayuntamiento alrededor del estado y pagó vallas publicitarias enfrente de la mansión del gobernador y cerca de la salida de la autopista al Capitolio. La campaña recibió una atención amplia, y la petición recabó 390,000 firmas. En mayo, el gobernador Jay Nixon conmutó la sentencia de Mizanskey, y fue liberado en agosto.

Hace dos años, Maurer cambió de vuelta a Oregón. Por entonces, los defensores del cannabis en el estado estaban separados. A algunos les preocupaba que legalizar la marihuana recreativa aplastaría a los cultivadores medicinales y los dispensarios medicinales (como lo ha hecho en otros estados). Otros pensaban que la asistencia de los votantes en una elección a mitad de legislatura no vaticinaba algo bueno. Ellos trataron de enmendar las leyes de marihuana dos veces en años recientes y perdieron en ambas. El riesgo de una campaña en 2014 era claro: si fracasaban, se desperdiciarían millones de dólares y obstaculizarían al movimiento. Una mejor idea, al sentir de muchos, era esperar a 2016, un año de elección presidencial, cuando una mayor asistencia de los votantes a menudo significa una mejor oportunidad de tener éxito para las causas del cannabis. Presionar por la legalización también presentaba un riesgo enorme para Maurer: si fracasaba, perdería su credibilidad.

Maurer estaba preocupado pero determinado. Usó su propio dinero (y algunos pagarés) para construir una maquinaria política: una firma legal, una encuestadora, una agencia de relaciones públicas. “Él personalmente no tiene una historia en la política”, dice John Horvick, un encuestador que Maurer contrató para la campaña. “Pero tiene la humildad personal para poner a gente inteligente y talentosa en la sala y dejarlos hacer el trabajo”.

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En abril de 2013, Maurer llamó de imprevisto a dos defensores importantes de la legalización —Ethan Nadelmann, director ejecutivo de la Alianza por una Política de Drogas, y Graham Boyd, ex director del Proyecto de Litigación por una Política de Drogas de la Unión de Libertades Civiles— y los convenció de asistir a una reunión con grupos de interés en la firma legal que él había contratado. Él le contó al grupo sobre la redada de Columbia y su plan de legalizar la marihuana en Oregón. “Fue la presentación más impresionante que haya visto por un grupo con base estatal”, me dice Nadelmann. “Pero mi respuesta fue: ‘Travis, en realidad depende de las encuestas’.”

Así que Maurer hizo algo de investigación. Él y Horvick descubrieron que obtenían mejores resultados al plantear una iniciativa electoral en un lenguaje “profesional”, dice Brian Gard, quien administra la compañía de publicidad y relaciones públicas que Maurer contrató para la campaña. “Él descubrió que si lo tratas como un asunto de regulación e impuestos, más parecido al alcohol, puedes conseguir otro 10 por ciento en las encuestas, por lo menos”. Maurer pagó la mitad de la encuesta con su propio dinero. “Es una misión personal”, dice DeAngelo. “Él cree en lo que está haciendo, tiene una cantidad tremenda de energía, y no tiene miedo en absoluto”.

Él también convenció a la veterana estratega política Liz Kaufman de administrar la campaña, una idea que ella rechazó al principio. “Él es una de las personas más extremadamente persuasivas jamás”, dice ella. “Es un buen motivador, y no lo digo de una forma mierdera”.

Ser un hombre de familia ayuda. Leah ha sido voluntaria en algunos eventos, dando discursos y trabajando hombro con hombro con Maurer en la recaudación de fondos y otras acciones, y ayudó a fundar dos grupos a favor del cannabis por su cuenta. “Ella es el estereotipo de una mamá”, dice Kaufman. “Sus hijos tocan la trompeta, y no son raros”.

Preocupado de que sus antecedentes penales pudieran dañar la acción, Maurer se mantuvo en segundo plano y se enfocó en la recaudación de fondos. Él tomó un empleo de consultor en Privateer Holdings, una compañía de inversión domiciliada en Seattle que posee el sitio en la red Leafly que clasifica dispensarios, entre otras empresas. No obstante, después de cuatro meses, Maurer tuvo que dejar la compañía. La chamba requería viajes frecuentes a Canadá, y sus antecedentes penales dificultaban eso.

Contra toda posibilidad, Oregón aprobó la medida de legalización por el margen más amplio de cualquier iniciativa de marihuana en un año electoral no presidencial. La apuesta de Maurer tuvo éxito, y con el fin de su libertad condicional, finalmente podía contar su historia. En julio, el periódico The Oregonian apodó a Maurer la “mente maestra” de la yerba legal, y su imagen estuvo de nuevo en el periódico, sólo que esta vez no fue una foto de prontuario. Maurer se había convertido en un héroe popular de la marihuana. Él había desacreditado la prohibición en Oregón y puso la mira en el siguiente campo de batalla: Misuri. “Sólo porque él lo hizo bien una vez no significa que va a funcionar la próxima vez”, dice Dayton, el director ejecutivo de ArcView. “Pero… Travis es bueno para estados al borde de una apuesta improbable. Espero que lo haga de nuevo en Misuri y otros lugares”.

Sin embargo, tras bambalinas, Maurer tenía un problema serio.

MAL CONCEBIDO

Después de ganar en Oregón, Maurer estaba casi en bancarrota. En febrero, recibió una notificación de desalojo en la bodega donde cultivaba yerba; el propietario halló un arrendatario dispuesto a pagar el doble de renta, dice él. Ello significaba que Maurer ya no podía abastecer a los pacientes con la yerba que cultivaba. Con su negocio en problemas y todo su dinero invertido en la política, Maurer empezó a buscar un socio que lo apoyara económicamente, pagara sus cuentas y financiara su activismo.

Entra Randy Quast, el exitoso dueño de una compañía de transporte que fue convicto por delito de posesión de marihuana después de que un ladrón allanó su casa en 2007 y los policías que acudieron hallaron algunas onzas de yerba en una caja fuerte. Como Maurer, el arresto de Quast lo inspiró a cambiar la ley. Y después de ver que Colorado, Washington y Oregón legalizaron la mota, él pensó que también podía ganar dinero. En febrero de este año, Quast se mudó a Oregón y se reunió con Maurer en una charla a favor de la mota. Semanas después, Maurer le pidió un préstamo por $20,000 dólares.

Quast le dio el dinero, y Maurer usó ese préstamo para pagar algunas cuentas. Con el tiempo, el oriundo de Misuri convenció a su nuevo amigo de comprar toda su empresa: el dispensario, el blog, el código de texto y cualquier otra cosa que pudiera dar réditos. Maurer quería $1.5 millones de dólares, dice Quast, por una participación no definida en el negocio. Él soltó los primeros cheques, y los dos establecieron una compañía. Como muchos acuerdos de marihuana, este se basó en la confianza, en apretones de manos. No hubo un acuerdo en cómo operaría el negocio o cómo se gastarían las ganancias.

Durante los siguientes seis meses, Maurer derrochó alrededor de $850,000 dólares del dinero de Quast. Usó $400,000 dólares para construir un dispensario al noreste de Portland y otros $450,000 dólares para pagar sus deudas y financiar sus metas políticas. Quast me dice que cuestionó algunos de los gastos de Maurer pero finalmente entendió que era necesario pagar cosas no relacionadas con el dispensario. Pero también quería saber que su inversión vería algún tipo de rendimiento. “Estamos haciendo donaciones, y ni siquiera hemos empezado a operar”, dice Quast. “Él le pedía prestado a Pedro para pagarle a Pablo. No pienso que él tuviera alguna idea de cómo administrar un negocio”.

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Maurer dice que Quast no tenía recelos con la forma en que él gastaba el dinero. No obstante, como fue desalojado de la bodega, todavía no podía tener ganancias. Como otros en la industria, él ha batallado para pasar del mercado ilegal de las drogas, donde los márgenes de ganancias son astronómicos, a un negocio legítimo que es mucho menos lucrativo o predecible. “Eso es lo que he hecho toda mi vida: efectivo y entrega, apretones de manos”, dice Maurer. “Ahora estoy en un punto donde con el fin de participar del mundo legal tienen que formalizar de verdad las cosas y hacerlas legítimas. Tienes que firmar contratos, tener abogados y acuerdos oficiales”.

Excepto que no hay contratos ni acuerdos. Y la pelea que se siguió se ha vuelto demasiado común en estados que buscan legalizar la yerba. Maurer es parte de una oleada de traficantes de yerba convertidos en activistas que surgió a finales de la década de 2000, combatiendo la guerra contra las drogas pro principios. Pero en los últimos años, conforme la mota se volvió legal en cuatro estados y el Distrito de Columbia, otro grupo de defensores ha llegado: empresarios experimentados que buscan el “oro verde”. Los dos grupos a veces han chocado, así como Maurer y Quast.

Maurer dice que tiene un nuevo inversionista de Las Vegas, quien ha convencido a su socio de seguir trabajando con la compañía a cambio de un rendimiento en el dispensario y otras ganancias. (Quast no respondió a una solicitud de comentarios sobre el supuesto socio.) Maurer dice que el nuevo inversionista ha prometido $350,000 dólares para poner al negocio de vuelta en marcha. No obstante, mientras ese cheque no pase, Maurer está en el limbo y batalla para pagar su renta.

“ME GUSTARÍA QUE TODOS ESCRIBIERAN UN CHEQUE HOY”

La última —y una de sus más cruciales— reunión de Maurer en Misuri es en una trastienda de un restaurante de postín en Columbia llamado Bleu. Decenas de personas —capitalistas de riesgo, empresarios, granjeros e incluso una enfermera registrada— charlan bajo la luz tenue. Todos ellos quieren entrar al negocio de la mota si Misuri cambia la ley. Maurer y Payne están aquí para pedirles las semillas de los $1.2 millones de dólares que necesitan para tener una medida en las boletas.

Junto a ellos está Eapen Thampy, un ex aliado de Maurer y ahora su rival. En 2009, Maurer conoció a Thampy en un bar de Columbia. Los dos bebieron vino y hablaron del cannabis. Luego empezaron a trabajar juntos para impulsar la legalización. No obstante, no pasó mucho desde que empezaron a colaborar para que Maurer y Thampy empezaran a chocar, por el dinero, el crédito y el control.

La reunión comienza, y pronto los dos discuten enfrente de todos. Maurer se presenta como un activista y el propietario de The Weed Blog. Está finalizando un cultivo, dice él, y haciendo algo de consultoría sobre la industria. Él ofrece usar su código de texto para enviar alertas para el grupo. Pero Thampy abre la boca. “Me han ofrecido antes el mismo código de texto”, dice él. “Y me sentiría muy incómodo si entrara en ese acuerdo sin saber quién posee la información y cómo se maneja”.

Maurer trata de callarlo. “[La asociación] posee toda la información y será capaz de manejarla exclusivamente”, responde él, exasperado.

Luego, Payne hace su solicitud de dinero. Alguien le pregunta sobre el proyecto de ley de Bradshaw y Payne lo elude: “Todavía estamos en el proceso de negociar un acuerdo. Tengo confianza en que podemos entrar en la boleta sin importar si tenemos su apoyo o no”.

Maurer se involucra, advirtiendo que los misurianos quienes quieren un cannabis legal necesitan poner sus billeteras detrás de la acción. “Literalmente, no hay otra manera en que podamos avanzar, sin dinero”, dice él. “Me gustaría que todos escribieran un cheque hoy”.

La siguiente hora es caótica. Todos discuten y hablan fuera de turno. Todos quieren dinero, pero nadie lo dona en realidad. Y Thampy constantemente le lanza pullas a Maurer, quien se las regresa en el acto.

Lee Winters, un granjero local con una camisa a cuadros, interrumpe a Maurer con otro problema. “Los patrocinadores de la industria con quienes hablo quieren saber sobre qué se va a construir esta industria. ¿Cómo se ve? ¿Qué regulaciones hay, y cómo pueden entrar en ella? Hasta que la petición [de legalización] sea formalizada y pública, nadie va a poner dinero”.

“Entiendo totalmente eso”, dice Maurer. “Pero, desgraciadamente, para llegar a ese punto se requiere de algo de dinero”.

Las preguntas, las pullas y los infructuosos intentos de recabar fondos continúan hasta que Maurer y Payne —ambos claramente frustrados— se escapan para poder ir a casa.

Un mes después, Show-Me Cannabis presenta su iniciativa de marihuana medicinal en Misuri, la cual rivaliza con la acción de Bradshaw por el dinero, los voluntarios y los votos. Sin embargo, Maurer todavía promete que seguirá presionando por una legalización total. Claro está, tan pronto como pueda hallar el dinero para comprar la encuesta que, dice él, confirmará que puede ganar en Misuri; si no este año, entonces en 2018. Y mientras que otros defensores del cannabis tienen los ojos puestos en objetivos más fáciles, como California y Maine, Maurer piensa en otro estado en el centro: Ohio, donde fracasó recientemente un proyecto de ley de mota. “Hay una gran fractura allí entre los hombres del dinero y las bases”, dice él. “Tal vez yo pueda construir una coalición”.

Tal vez. Porque no hay algo que a Travis Maurer le guste más que demostrar que la gente está equivocada, ni siquiera el helado espolvoreado con TCH.

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