El cannabis se usó en los Estados Unidos después de su guerra civil, pero como una sustancia rara y exótica, con muy pocos consumidores. El Scientific American en 1869 describía al hachís como una droga que procedía del cannabis indica, que era un producto resinoso cultivado en el oriente de la India y en otras partes de Asia y utilizado por sus propiedades embriagantes (Scientific American, 1869:183).

Por Isidro Marín

Al año siguiente, en 1870, el cannabis aparece en la farmacopea americana como medicina para varias enfermedades. Pero el desarrollo y la influencia del cannabis fueron en aumento gracias a los marineros. La primera vez que se fumaron porros en la América del hemisferio norte fue en esta misma década, en las Antillas (Jamaica, Bahamas, Barbados, etc.), y este hábito cannábico llegó a los Estados Unidos con la inmigración de miles de hindúes importados como mano de obra barata. Alrededor de 1886 marineros mejicanos y negros, que comerciaban con las islas Antillas tuvieron un primer contacto con el cannabis y propagaron su uso por todas las Antillas y Méjico (Herer, 1999:171). Resulta que en México, por esas fechas, ya aparecía en los periódicos como algo muy mal visto por la sociedad, pero también se vendía regularmente en las farmacias en forma de tónico y otros remedios de la época (Pérez, 1997:191-192). En las Antillas se fumaba cannabis para aliviar el pesado trabajo de los campos de caña, también para soportar el calor, y para relajarse por las tardes sin que luego tuvieran la resaca de alcohol mañanera.

La influencia del cannabis comienza a aparecer en la literatura estadounidense. En 1871, el reverendo metodista Jonathan Townley Crane (1819-1880), firme activista a favor del movimiento de la templanza, en contra del alcohol y demás sustancias psicoactivas, escribió Arts of Intoxication (“Las artes de la intoxicación”) (Townley Crane, 2006), una crítica de corte negativo hacia las bebidas alcohólicas de cualquier tipo y el cannabis. Parafraseando las experiencias del escritor Bayard Taylor (1825-1878) en su artículo “La visión del hachís”, se dedicó a desmontarlas meticulosamente, tachando al propio Taylor de “necio” ya que su: “experimento a punto estuvo de costarle la vida. Esto ilustra el proceso completo de embriaguez, los placeres ensoñadores y carentes de sentido de los primeros efectos, y el horror, la angustia que tan pronto entierra en las tinieblas y el sufrimiento que genera el recuerdo de los deleites anteriores y efímeros”. Crane también tuvo nefastas palabras para Fitz Hugh Ludlow (1836-1870), quien había muerto un año antes víctima de la tuberculosis. Decía: “Hace unos años, un estudiante del Union College, Nueva York, se hizo adicto al veneno y, tras huir de ese enemigo, plasmó su experiencia en un volumen titulado The Hasheesh Eater. La conclusión de Crane era que: “El cáñamo intoxicante es un veneno aborrecible. El que flirtea con él camina por el borde de un abismo alumbrado por refulgentes llamas y habitado por todas las formas del mal”. Y concluía con la siguiente sentencia: “Añadiré que los elaboradores de medicinas patentadas, aquí en nuestra tierra, están usando este abominable intoxicador en la preparación de sus productos. Ésta no es una afirmación baladí. Que el lector adopte en consecuencia las medidas oportunas” (Green, 2003:115-116).

Otro autor a favor del prohibicionismo y la templanza es James F. Johnston, quien publicó Química de la vida común (1885), libro que tendría un enorme éxito, ya que de él se vendieron doce ediciones. En el segundo volumen de la obra habla por extenso de los “narcóticos que consentimos”, y el capítulo XVI trata sobre “nuestra debilidad humana”: “Somos, en verdad, criaturas débiles… cuando un grano de haschisch puede vencernos, o unas pocas gotas de láudano postrarnos; pero ¡cuánto más débiles de espíritu cuando – al saber los males a que nos conducen – somos incapaces de resistir las tentaciones fascinantes de esas insidiosas drogas!” (Escohotado, 1999:590; Johnston, 1855: 165). A mi entender, no merece la pena leer a aquellos que escriben de lo que no saben.

El cannabis empezaba a tener mala prensa por culpa de los consumidores compulsivos (que siempre los ha habido y siempre los habrá), aunque aún quedaba lejos la prohibición. Pero lentamente el cannabis se constituyó como una amenaza para los ciudadanos de los Estados Unidos. A escritores como Taylor o Ludlow, defensores del cannabis, siguieron muchos más. En 1877 W. Laird-Clowes escribió en la revista Belgravia defendiendo la inocencia del cannabis, en relación con el tema de si el hachís inspira violencia o no. Por su propia experiencia, afirmaba que nunca había tenido impulsos de matar a nadie y terminaba diciendo que “quizás yo no soy de naturaleza violenta” (Laird-Clones, 1877:353). Los primeros pasos de la prohibición se empezaron a dar, y en este mismo año el estado de Nevada (EE.UU.) promulgó la primera ley anti-opio de venta al por menor para propósitos no medicinales (Bonnie & Whitebread, 1970). A este paso prohibicionista le siguieron muchos más, y en 1880 se prohibió la venta y distribución de opio para propósitos no médicos en todos los estados de la costa oriental de los Estados Unidos.

El hachís comienza a convertirse en un producto de las élites de los países occidentales. En 1881 aparece en un artículo en la revista francesa Encéphale que afirma que, de todas las sustancias psíquicas, el hachís es la más inofensiva si se sabe usar (Escohotado, 1997: 120) (Bonnie & Whitebread, 1970). En 1883 se abrieron legalmente salones para fumar hachís en Nueva York, Boston, Filadelfia, Chicago, San Luis, Nueva Orleans, etc. En esta década el Boletín Oficial de la Policía calculó que había 500 salones para fumar hachís en la ciudad de Nueva York (Herer, 1999:168). Se afirmaba que había una comunidad grande de consumidores de hachís y de locales donde se consumía. Estos salones de hachís estaban cerca de Broadway y había desde nacionales a extranjeros, hombres y mujeres, de clases altas, etc. El número de clientes asiduos iba en aumento. Se calculaba que había en Nueva York unos 600 clientes asiduos. En la revista Harper’s New Monthly Magazine aparece un articulo sobre estos curiosos fumaderos de hachís, el artículo se titulaba: “Un fumadero de hachís en Nueva York; las curiosas aventuras de un individuo que fumó algunas pipas de cáñamo, un narcótico”.

Aparecen durante este periodo noticias sobre la cultura del hachís en otras partes del mundo. El 15 de marzo de 1895, en el periódico estadounidense New York Herald se publica un artículo sobre los nuevos comedores de cáñamo. El reportero se trasladó al pueblo de Latakieh, en el nordeste de Siria. Afirmaba que en las montañas de Nosairie viven los “asesinos” modernos, comedores de cáñamo. En la noche de luna llena se encuentran en un sagrado roble de una colina equidistante entre Latakieh y el valle de Orontes, cerca de un pueblo diminuto habitado por una tribu de veinte personas. Se mata a una oveja y se bebe en un cuerno una infusión hecha con cáñamo. Se toca un tambor grande; luego se come carne de carnero. Entonces comienzan a aumentar los latidos, la sangre parece agolparse en la cabeza; se tiene un sentimiento de flotabilidad, las extremidades se vuelven pesadas. Las mujeres cantan y bailan, y los hombres se rasgan las vestiduras (como los gitanos). Esta misma publicación muestra este año un salón de hachís en Nueva York. A los que no les gustaba el acto de fumar se les ofrecía caramelos de hachís.

La moda del hachís también llegó a Inglaterra, y en 1886 en los dormitorios de la Universidad de Cambridge algunos estudiantes habían conseguido “el deleite” turco, se excedieron con la dosis y se pusieron “enfermos”. Oxford también tenía su pequeña comunidad de usuarios de cannabis; aunque la droga favorita era el alcohol (Albutt, 1900:903).

Los pantalones fabricados con cáñamo

Los famosos pantalones vaqueros Levi’s no fueron inventados por Levi Strauss, y las primeras versiones de los originales Levi’s 501 eran de cáñamo. Levi Strauss nació en 1829 en Buttenheim, Bavaria (Alemania), y en 1847 viajó con sus dos hermanas y su madre hacia América. Levi Strauss creó una empresa mayorista de mercería cerca de la costa de San Francisco. Jacob Davis era un judío emigrante de Letonia y sastre de Reno (Nevada), que le compraba piezas de tela muy gruesa, de fabricación genovesa, hechas de cáñamo al por mayor. Después de romper varias agujas, Jacob tuvo la genial idea de utilizar remaches de cobre para reforzar los puntos de tensión, principalmente en los bolsillos de los pantalones que creaba para leñadores, mineros y trabajadores del ferrocarril. El primer “Blue-jeans” se convirtió en una realidad.

Jacob no tenía dinero para comprar la patente, así que en 1872 escribió a Levi Strauss para que invirtiera en su negocio. Así, el 20 de mayo de 1873 lo patentaron llamándolo “Gold-miners” y recibieron la licencia número 139.121 de la Oficina de Patentes de San Francisco. Con este número tenían derecho a venderles a los mineros en exclusiva sus pantalones de resistente tela vaquera hecha de cáñamo y con bolsillos ribeteados en metal, para soportar cualquier peso (Broeckers, 2002: 106). En 1902 Levi Strauss falleció a los 73 años sin descendencia, y sus sobrinos heredaron su gigantesco negocio. Aún podemos encontrarnos pantalones vaqueros de aquella época. Por ejemplo, en el año 2002 la compañía Levi’s Strauss compró, en una subasta por Internet, los pantalones vaqueros más antiguos descubiertos hasta la fecha, que son de los años 80 del siglo XIX, por 46.532 dólares, realizados -cómo no- con tela de cáñamo.

La industria del cáñamo y la marijuana mejicana

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Hasta 1883, del 75% al 90% del total del papel era a base de cáñamo. La industria del cáñamo llegaba a nuestro país hasta el último cuarto del siglo XIX, en donde se mantuvo en la Vega de Granada una rotación del cultivo que se ha llamado “antigua”, en la que, junto a los cereales -cultivo preeminente- jugaban un papel importante el lino y el cáñamo. La importancia del cáñamo en la Vega de Granada llegó hasta el refranero popular; como ejemplo: “El cáñamo que se siembra en marso, pesa como un permaso”. Su traducción sería que el cáñamo, para que dé buen peso al venderlo, hay que sembrarlo en marzo.

También tenemos las primeras constancias escritas del uso de cannabis en Méjico (Blum y col., 1969: 69-70). El uso lúdico de cannabis de forma perceptible no se remonta en los Estados Unidos hasta la entrada de los obreros mejicanos de 1910 a 1920 (Séller y Boas, 1969:14). Según Jack Herer, en 1895 por primera vez se utiliza la palabra marijuana por los seguidores de Pancho Villa (cuyo nombre verdadero era Doroteo Arango) (Herer, 1999). Pero este dato es muy dudoso, ya que este prócer de la Revolución Mexicana nació en 1887, por lo que es poco probable que a los 8 años ya tuviera seguidores que fumaran mota. Este hombre se dio a conocer a partir del inicio de la Revolución, en 1910.

BIBLIOGRAFÍA

  • Albutt R. C. (1900). A system of medicine, MacMillan, New York.
  • Blum, R. H. and Associates (1969). Drugs I: Society and Drugs: Social and Cultural Observations, San Francisco: Jossey-Bass Inc.
  • Bonnie, R. J. y Whitebread, C. H. (1974). The marihuana conviction: A history of Marijuana Prohibition in the United States” University Press of Virginia. Charlottesville.
  • Broeckrs, M. (2002). Cannabis. Editorial Cáñamo, Vicenza.
  • Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid.
  • Herer, J. (1999). El emperador está desnudo, Castellarte S.L., Castellar de la Fra.
  • Laird- Clowes W. (1877). An Amateur Assassin, en Belgravia 31.
  • Pérez Montfort, R. (1997). Hábitos, normas y escándalo: Prensa, criminalidad y drogas durante el porfiriato tardío, Plaza y Valdés, Méjico.
  • Rudgley, R. (1999). Enciclopedia de las substancias psicoactivas, Paidos Divulgación, Barcelona.
  • Townley Crane, J. (2006). The Art of Intoxication: Its Aims and Results. Biblioteca Universitaria de Michigan, Ann Arbor.

 

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