Un artículo de un prohibicionista declarado, para que nuestros lectores se entrenen rebatiendo sus argumentos.

La amenaza de una sanción por una acción nos produce, generalmente, un efecto inhibitorio.

La relación entre prohibición y castigo la aprendemos desde muy pequeños, casi siempre en nuestro hogar, pues suele formar parte del sistema de educación que diseñan los padres.

A corta edad y más aún en época de preadolescencia y adolescencia, nos cuesta entender la lógica que encierran explicaciones sobre las normas familiares, como: “Si te lo prohibimos es por tu bien”. “Te castigo para que no lo vuelvas a hacer”, etcétera.

Hay quienes en casa explican la razón de ser de las prohibiciones y sus respectivas sanciones, por las peleas entre hermanos, los deberes escolares no realizados, las lecciones no aprendidas, frecuentar amistades peligrosas, ingerir licor, fumar o drogarse.

En el hogar normalmente se aprende que si algo se prohíbe es porque está mal, nos hace daño, no lo debemos hacer.

Creo que la misma percepción tiene una sociedad formada por hogares normales, como creo que ocurre en la mayoría de nuestras ciudades y poblados, así como en el campo, siempre que haya progenitores preocupados por el bienestar de su descendencia.

Por eso pienso que la gran mayoría de la ciudadanía considera malo aquello que está prohibido por la ley, como el asesinato, la violación, la interrupción de los servicios públicos forzada por quienes deben proporcionarlos, el cierre de las carreteras y caminos o el robo.

Cuando estudié Código Penal eran delitos el adulterio, la prostitución y la homosexualidad, conductas que fueron despenalizadas, tal vez por considerárselas de índole personal y no social.

El despenalizar conductas significa legalizarlas, como claramente explica el DRAE.

Y legalizarlas, añado yo, puede entenderse como que, por no violar norma jurídica alguna, las acciones que implican no están equivocadas y son correctas, si se considera que todo sistema jurídico debe propender al bien social.

La falta de coherencia de los padres para ejercer autoridad genera inevitablemente confusión, como cuando se permite a los hijos menores lo que se prohíbe a los mayores.

¿No le parece que cada vez tenemos una sociedad más permisiva, menos exigente con el deber ser y el cumplimiento de altos ideales, cuyos legisladores ya legalizaron el consumo de drogas, a pesar de conocer perfectamente el daño individual, familiar y social que producen?

Hay quienes aconsejan despenalizar su producción, tráfico y venta, como si se tratara de un negocio de alimentos y como solución a la incapacidad de los estados para detener la demanda que incentiva su producción y su exportación clandestina y sus consecuencias.

¿Acaso hay campañas realmente eficaces para prevenir el consumo de drogas? ¿Son imposibles de crearse y realizarse? ¿Ni siquiera con gobiernos cuyo sistema de comunicación es excelente?

Necesitamos fortalecer nuestras convicciones y cooperar con los afanes de alcanzar el bien común, que no se logra drogándose.

¿Errores u omisiones nacionales e internacionales en el accionar estatal y social, frente al tráfico de drogas, lleva a usted a favorecer su despenalización?

¿Sería tan amable en darme su opinión?

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