Antes que todo me presento. Soy holandesa, hija de chilena. Nací en Holanda pero hace dos años vivo en Chile. Además, soy Trabajadora Social, especialista por más de 13 años en prevención y rehabilitación en alcohol y otras drogas. Durante seis años, uno de mis trabajos fue comprar marihuana y hachís en los coffeeshops (cafés donde se puede comprar y consumir marihuana) holandeses para testear el porcentaje de THC y CBD. Además, realicé talleres para sus trabajadores, y en más de una oportunidad ellos me derivaron casos de consumidores que necesitaban apoyo para modificar su consumo.

Con esta experiencia llegué a Chile. Acá me ha tocado enfrentar en más de una oportunidad los prejuicios sobre mi país: en el imaginario, Holanda es el país del consumo desenfrenado de drogas. Sin embargo, sorpresa genera saber que allá no hay legalización sino despenalización (su venta y consumo se encuentra regulado), y que de los 17 millones de habitantes (prácticamente lo mismo que en Chile), actualmente sólo el 7% consume marihuana. En el país, las cifras llegan a 11,3% según el último estudio de SENDA.

Es por esto que he seguido atenta la discusión que actualmente se está dando en Chile sobre la despenalización de la marihuana, donde sus detractores apelan a que una decisión de este tipo aumentaría el consumo y sería una puerta de entrada a otras drogas.

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Sin embargo, en Chile, a diferencia de Holanda, no existe una política de distribución o de consumo de marihuana, tampoco hay coffeeshops, pero el consumo en vez de bajar, ha subido (más del doble desde 2014). Entonces, ¿es tan evidente que el consumo de marihuana aumenta si se despenaliza?

Desde 2005 que Chile viene aplicando una política represiva contra las drogas (la famosa ley 20.000) y un presupuesto de más de $40 mil millones para tratamientos de rehabilitación. El país se ha negado sistemáticamente a abordar de un modo eficiente una realidad que existe. El miedo, el desconocimiento, o la incapacidad para abrirse a otras posibilidades, reproducen los lugares comunes sobre las drogas y no solucionan el problema del narcotráfico y el riesgo asociado al consumo desinformado. Se opta por esconder la cabeza. En Holanda, a esto lo llamaríamos una “política del avestruz”.

Pero las experiencias en el mundo comprueban que este no es el camino.

Para muestra un ejemplo. Hace 15 años Portugal enfrentó un gran desafío con las drogas. Como muchos países, luchó con EE.UU. en la famosa “Guerra contra las drogas” (War on drugs), pero sus esfuerzos fueron en vano y el consumo siguió subiendo. En 1999 el gobierno cambió su visión y optó por la despenalización. Las cifras disminuyeron espectacularmente.

Ahora miremos a Holanda. Allí, hace 40 años que existen los famosos coffeeshops, donde desde 1999 se realizan anualmente controles de THC y CBD de la marihuana, lo que contribuye a que los consumidores sepan exactamente qué compran y la calidad de lo que consumen. A su vez, los coffeeshops saben qué venden y el gobierno puede evaluar si hablar de una droga suave o fuerte. En ellos, además, hay información preventiva para los consumidores y educación para los empleados.

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Entonces, desde mi experiencia, el foco debiera estar en la aceptación y no en la prohibición y criminalización. Cuando el Estado se hace cargo de una realidad que existe, toma medidas para disminuir el consumo, sus riesgos y fomentar la conciencia y responsabilidad a la hora de consumir drogas.

La clave entonces está en la educación, la que debiera estar acompañada con una política de regulación que permita realizar controles de calidad de las drogas. Esto porque, en algunos casos, la cannabis se cultiva en lugares sin las condiciones ambientales adecuadas para evitar la contaminación por hongos o bacterias nocivas. Asimismo, se producen mezclas más peligrosas para la salud como la combinación con neoprén. El consumidor compra pero no sabe qué está consumiendo. ¿Por qué cuando compramos alcohol podemos decidir su grado alcohólico pero con la marihuana no es posible conocer su procedencia y porcentaje de THC y/o CBD?

Por otro lado, cuando la marihuana es ilegal, los consumidores están vulnerables a enfrentar un mercado negro que facilita el acceso a drogas más nocivas (sustancias sin control de calidad), con todos los riesgos asociados que esto implica.

Entonces, me atrevo a proponer una medida desafiante, replicando el modelo holandés: la apertura de coffeeshops pero con un autocultivo regulado. Seríamos un buen ejemplo para el mundo, incluso para Holanda donde todavía este es un tema pendiente. Esto porque es un hecho que la prohibición por sí sola no tiene resultados positivos. Se deben tomar medidas desde una perspectiva de salud pública, dirigida a la prevención y reducción de daños (Harm Reduction).

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Despenalizar no significa fomentar, sino es una oportunidad para regular, es decir, una libertad acompañada de límites y regulaciones. El consumo recreativo es un reto social y algo que Chile se debe atrever a mirar.

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