Sustancias como el opio o la cocaína fueron consideradas inocuas o incluso medicinales, en algunos casos hasta inicios del siglo XX

Cocaína, morfina, heroína, son términos que se suelen asociar con dependencia, criminalidad, enfermedad, condena y marginación social. Sin embargo, estas sustancias derivan de productos que han acompañado a la humanidad desde que se tiene memoria y que, hasta no hace tanto, eran sinónimo de alivio para grandes males. Las hojas de coca y al opio son los principales ejemplos de esta evolución.

Existen pruebas de que hace ya unos 6.000 años en Sumeria y en el Antiguo Egipto se extraía el opio de la adormidera y se consumía para ocio o  fines medicinales. También en Grecia, existen numerosas evidencias al respecto, por ejemplo, en la Ilíada, Homero relata que Elena ofreció a Menelao y demás invitados nepente para superar la tristeza que se había apoderado de la asistencia tras los relatos de Telémaco y que, gracias a la bebida, volvió a reinar un ambiente festivo.

Los textos de la Antigüedad están llenos de ejemplos del uso de drogas para el ocio o como calmantes

Hipócrates y Galeno aconsejaban el opio para muchas enfermedades y el nepente, que mencionan igualmente varios autores de la antigüedad clásica como Ovidio y Virgilio, contenía opio y se le atribuía la virtud de calmar todo tipo de males físicos o del alma: permitía aliviar dolores, serenar a la gente que lloraba, devolver la alegría o sosegar a los violentos. El consumo de opio era por aquel entonces habitual y nada indica que fuera motivo de desorden público ni de condena social.

En China, el opio habría sido introducido por los árabes en el siglo VIII, allí también tenía usos medicinales, se fumaba e incluso se empleaba para aderezar platos. Esto significa que mucho antes de que los europeos se interesaran por comerciar con él -en particular la British East India Company, que tenía el monopolio de opio en India-, ya llevaban siglos consumiéndolo y tenía un uso muy extendido.

Real photo postcard features a group of opium smokers, Shanghai, China, circa 1910. (Photo by Transcendental Graphics/Getty Images)

Fumadores de opio en Shanghái, en torno a 1910

En 1729, el emperador prohibió fumarlo, pero no el cultivo de la adormidera ni el consumo oral, al que también estaban acostumbrados los campesinos. Como sucede invariablemente con este tipo de prohibiciones, tuvo el efecto contrario al que se esperaba y estimuló un creciente comercio ilegal que se desarrolló aún más cuando en 1793 el emperador amplió la prohibición y la extendió a la importación del opio y al cultivo de la adormidera.

Esta decisión creó fuertes tensiones entre el imperio británico y China que condujeron a las Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860). Tras la victoria, los británicos obtuvieron un acceso prácticamente sin restricciones para vender opio en China.

Tras las Guerras del Opio los británicos pudieron vender sin restricciones esta sustancia en China

A su vez, muchos chinos migraron a los EE.UU. en el siglo XIX atraídos por las posibilidades de trabajo que ofrecía el tendido de los ferrocarriles. Estos migrantes llevaban consigo el hábito de fumar opio, de modo que comenzaron a cultivarlo y difundirlo en el país que los acogía. Pese a las controversias, el opio comenzó a promoverse allí como cura para el alcoholismo y la violencia que generaba, que se veían como un auténtico problema de sociedad.

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Volviendo a Europa, durante el Renacimiento, Paracelso difundió el empleo del láudano, una receta milagrosa a base de vino y opio que se empleó durante siglos para calmar dolores, ansiedad, insomnio, tos e incluso como antidiarreico. La preocupación principal al respecto era encontrar la dosis adecuada más que los eventuales efectos nefastos que pudiera tener.

The 18th (Royal Irish) Regiment of Foot at the storming of the forts of Amoy; 1841. The Battle of Amoy was fought between British and Chinese forces in Amoy (Xiamen), China, on 26 August 1841, during the First Opium War. The British captured the forts in Amoy and Gulangyu Island. (Photo by: Photo12/Universal Images Group via Getty Images)

La imagen representa la batalla de Amoy, en la primera Guerra del Opio

Entre los siglos XVII y XIX el opio y los compuestos que lo incluían tuvieron una difusión creciente, aunque solo estaban al alcance de gente mínimamente pudiente. Entre sus consumidores se suele mencionar a reyes como Pedro el Grande, Catalina de Rusia, Luis XIV y Luis XV o artistas como Goya, gran adepto al láudano.

Las hojas de coca llamaron la atención de Américo Vespucio, uno de los primeros navegantes que se aventuraron a recorrer las costas de América septentrional, hacia 1500: las menciona en su correspondencia y da algunos datos sobre el uso entre los nativos. A partir de entonces se acumulan las referencias, el jurista Juan de Matienzo, por ejemplo, señala en el siglo XVI que sin la coca los indios no podrían cumplir con los duros trabajos que les imponían los españoles. G. de Oviedo, Cieza de León, y muchos otros cronistas y viajeros nos brindan datos sobre su empleo: “planta divina”, con usos rituales, permite soportar el cansancio, son algunas de las múltiples observaciones que realizaron.

En Europa la cocaína se incluyó como ingrediente de caramelos, chocolate o tabaco durante el siglo XIX

El historiador Ruggiero Romano explica que pronto se instalaron los debates entre los colonizadores a propósito del carácter de la hoja, si era o no fuente de pecado. Algunos sectores de la Iglesia se oponían a su consumo, no obstante, los nativos la siguieron empleando masivamente.

En los siglos siguientes su uso se extendió a Europa donde, si bien tuvo sus detractores, se solía hacer té con sus hojas y estuvo entre los ingredientes de vinos, chocolates, caramelos, cigarros, dentífricos y bebidas como la Coca Cola -que incluyó las hojas de coca entre sus componentes hasta 1903- que, gracias a sus principios activos, conocieron un éxito rotundo entre los consumidores.

A little girl holds a small dog on an advertising card for Dr. Seth Arnold's cough killer which sold for twenty-five cents. The product contained morphine. (Photo by © CORBIS/Corbis via Getty Images)

Publicidad de una marca de pastillas contra la tos con morfina

Unas cuantas figuras célebres de la época como Augusto Rodin, Julio Verne, Emile Zola o el Papa León XIII escribieron elogiosos comentarios sobre estos productos. Se veía la hoja de coca, como un elemento nutritivo más que como un fármaco.

En la primera mitad del siglo XIX se logró aislar tanto la cocaína como la morfina -a partir de las hojas de coca y del opio, respectivamente-, que se llamó así en honor a Morfeo, dios del sueño y a su capacidad para inducir un sueño profundo. La primera comenzó a utilizarse para combatir dolores de garganta, cansancio, o calmar nervios mientras que la segunda se recomendaba como analgésico.

La cocaína se usaba para combatir el cansancio o los doleres de garganta; la morfina como analgésico

Sigmund Freud fue uno de los más activos defensores de la cocaína y sus virtudes. Presenció como se la administraban a su padre como anestesia para operarlo de glaucoma, y eso lo dejó impresionado y convencido. La consumió en polvo, por vía nasal y la aconsejó como droga ideal reconstituyente y para superar la adicción a la morfina y al alcohol. Ya a fines del siglo XIX había científicos que contradecían a Freud, pero la cocaína seguía siendo fácil de conseguir en bares o farmacias y era público y notorio que muchas personalidades del mundo literario o artístico la consumían.

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Arthur Conan Doyle -gran consumidor de estupefacientes- en su novela El signo de los cuatro (1888) pone en escena a Sherlock Holmes inyectándose cocaína por vía endovenosa. Esto representaba un paso más respecto al impacto producido por la droga, porque mientras la forma de consumo era por vía oral, el efecto (y la adicción como efecto secundario) resultaban limitados, pero a partir del momento en que se inventó la aguja hipodérmica, a mediados del siglo XIX estas drogas pasaron a ser inyectables y con eso, los efectos más potentes e inmediatos. Se produjeron también entonces las primeras muertes por sobredosis.

The age of drugs by Louis Dalrymple 1866-1905, artist. 1905 Illustration shows the interior of a drugstore with an elderly man, the pharmacist, dispensing a

Una viñeta de 1905 crítica con la venta de productos con drogas

Durante la guerra de Secesión en los EEUU (1861-1865) y la guerra Franco-Prusiana (1870-1871) los cirujanos militares emplearon la morfina para facilitar amputaciones o, sencillamente, para aliviar a los heridos. Esto dejó como saldo un importante colectivo que sufría la “enfermedad del soldado” (entiéndase, la adicción).

Algo similar sucedió cuando se aisló la heroína, otro alcaloide del opio, que comenzó a comercializarse en 1898, cuando la tuberculosis hacía importantes estragos, para calmar tos y resfriados. Se la recetaba igualmente con suma facilidad, en particular para niños. ¿El inconveniente? Una vez curada la tos, la necesidad de la droga permanecía.

La heroína se usaba para calmar la tos y se recetaba con gran facilidad a niños

Cuando unos años después, en 1913, Bayer detuvo la producción, la demanda del producto estaba bien establecida y no había vuelta atrás, el estímulo producido por la heroína era aún más rápido y potente que el de la morfina y la clientela no estaba dispuesta a privarse del producto. Comenzó la producción clandestina.

Hasta principios del siglo XX médicos y farmacéuticos recetaban preparados diversos como “tónicos” o jarabes, a menudo de elaboración propia que incluían generosas dosis de opiáceos y que encontraban su consumidor típico en señoras de mediana edad, o intelectuales en búsqueda de una fuente de inspiración eficaz y que, pese a su dependencia de estos productos, llevaban una vida normal, sin mayores trastornos.

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Un policía busca compartimentos donde se oculta droga en los primeros años de su persecución

Hizo falta tiempo y avance tecnológico para que se comprendiera el peligro potencial de estas drogas y los mecanismos de la fuerte adicción que generaban, y así Estados Unidos comenzó la campaña mundial para erradicarlas. Allí la Pure Food and Drug Act puso, en 1906, las primeras restricciones a su manufacturación y  exigió que se incluyera la composición de los medicamentos en el envase. Se sucedieron luego sentencias y prohibiciones (la cocaína en 1914, la heroína en 1924). Como consecuencia prácticamente se eliminó el uso terapéutico hasta hace apenas unas décadas, pese a los beneficios que bajo un control cuidadoso y estricto, podía aportar a enfermos graves o terminales.

Mientras tanto la producción ilegal y mercado negro de estos y otros productos psicoactivos han continuado haciendo estragos hasta el día de hoy, mostrando una vez más que pese a la buena voluntad de los organismos estatales, las prohibiciones y sanciones suelen ser un eficaz estímulo para lograr el efecto exactamente contrario del que se pretende.

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