Que el Tercer Reich ejerció de camello, distribuyendo diversas drogas entre sus fatigados arios enviados a dominar el mundo, no es ningún secreto. Desde 1939 hasta casi el final de la Segunda Guerra Mundial, más de 200 millones de dosis de Pervitín (unas anfetas que producían en el organismo un efecto similar al de la adrenalina, creando un estado de alerta en el consumidor) fueron distribuidas entre la soldadesca, en su mayor parte en el durísimo Frente Oriental.

Sin embargo, la Alemania nazi era como la chica de la canción de Los Rebeldes : siempre quería más. El 16 de marzo de 1944 el almirante Hellmuth Guido Alexander Heye solicitó el desarrollo de una droga que mantuviese a sus hombres “listos para la batalla en cuanto se les fuera pedido, incluso más allá de lo considerado normal y que potenciara su autoestima”. Dicho y hecho, al poco tiempo el farmacólogo Gerhard Orzechowski se presentó ante Heye con una pildorita con el misterioso nombre de D-IX que contenía 5mg de cocaína, 3mg de pervitín, y 5mg de Oxicodona, un derivado de la codeína.

El criminólogo alemán Wolf Kemper, en su libro Nazis on Speed, revela que la droga solicitada por el almirante Heye fue probada en 18 presos del campo de concentración de Sachsenhausen, al norte de Berlín. Tras tomar una tableta del D-IX, las cobayas humanas, cargadas con sacos de 20 kilos de peso, recorrieron en círculo y sin detenerse cerca de 90 kilómetros antes de colapsarse. El preso noruego Odd Nansen , testigo del cruel experimento declaró:

Al principio, los miembros de estos comandos cantaban y silbaban durante la marcha, pero transcurridas 24 horas, la mayoría de ellos estaban al borde del ataque y se desplomaban.

Los médicos nazis estaban gratamente asombrados por las posibilidades de la nueva droga en un escenario bélico nada prometedor y se veían ganado la guerra con soldados chutados, por lo que rápidamente pasaron a las pruebas con militares. El almirante Heye fue crucial a la hora de seleccionar a los primeros voluntarios. Se reclutó a cinco miembros de los comandos especiales de la marina de guerra alemana, los Hombres K (de Kleinkampfmittel), entrenados para manejar los submarinos enanos alemanes. Precisamente a ellos, obligados a pasar horas sentados en un entorno más allá de lo claustrofóbico, sumergidos sobre una carga explosiva y rodeados de barcos y aviones del enemigo dispuestos a convertirlos en comedero de peces, las tabletas D-IX les podían venir de perlas, dado que limitaban la fatiga, aumentaban el poder de concentración y disminuían la actividad de riñones e intestinos.

Los Hombres K participantes del experimento sintieron cierta desconfianza al conocer la composición de las tabletas D-IX, pero donde manda capitán, no manda marinero, así que se dispusieron a colocarse por la Patria. En el libro del oficial de inteligencia naval alemán Hans Dieter Berenbrok (como Cajus Bekker) ¡Atención, Hombres K!, aparece el siguiente informe médico:

Cinco oficiales se ofrecieron voluntariamente. Después de haber tomado una o dos tabletas, todos presentaron trastornos al cabo de una hora. Aquellos que habían descansado anteriormente vieron que temblaban sus manos durante un breve período de euforia, los que estaban ya fatigados se quejaron de flojedad en las rodillas y de contracciones musculares. Cuando cesó el efecto del D-IX se presentó una parálisis progresiva del sistema nervioso, la euforia desapareció rápidamente, disminuyó la actividad cerebral, así como la energía y la capacidad de raciocinio y una sudoración abundante acompañó a un malestar general y a un profundo cansancio…

¿Se la habían metido doblada a la marina germana? ¿Les habían colado aspirina picada? Las conclusiones del experimento no eran nada positivas:

Es un método que quizá dé buenos resultados empleado con caballos, pero no con hombres. El preparado produce un efecto narcótico en lugar de una excitación central. No se observa una verdadera euforia y pronto se presenta un estado de modorra. La acción excitante constituye una excepción y su control resulta muy difícil.
Por lo general sobreviene un intenso deseo de dormir, casi imposible de vencer, que aumenta a medida que se ingieren más tabletas… Por lo tanto, desaconsejamos el empleo del D-IX, el cual produce efectos exactamente contrarios a los deseados.

¿Era el informe un montaje, un ejercicio de resistencia pasiva para no drogar a los arriesgados submarinistas alemanes? Lo cierto es que, ante la cercanía de las tropas enemigas, el proyecto de distribuir esta coca aliñada con anfetas entre los patéticos restos de la otrora gloriosa Wehrmacht fue abandonada.

Jaime Noguera @Hachazoman es autor de Hitler en el Cine y anda embarcado en una guerra zombi.

Fuente: Multaspordrogas.com