Por Dr. Fernando Caudevilla

“Mi marido y yo llevamos tres años buscando un embarazo. Mantenemos relaciones sexuales con suficiente frecuencia, pero no lo hemos conseguido. Empieza a suponer un problema en nuestra relación de pareja, ya que mi marido desea un niño y yo me siento fatal. Tampoco sabemos si es un problema mío o suyo. Además, nos casamos tarde; yo tengo casi cuarenta años y no puedo perder mucho más tiempo. El médico de familia nos envió a la consulta del ginecólogo, para lo que tuvimos que esperar tres meses. De allí, el ginecólogo nos envió a la consulta de esterilidad del hospital, pero tuvimos que esperar casi un año porque la lista de espera es muy grande. Cuando por fin nos recibió el ginecólogo del hospital, nos estuvo haciendo muchas preguntas. Entre otras cosas, nos preguntó si fumábamos porros. Yo nunca he tenido un problema con esas cosas y le contesté la verdad: que sí, que fumaba todos los días un par de petas. Parece que no le sentó muy bien, y nos dijo que probablemente esa era la causa de nuestro problema, ya que, según nos dijo, el cannabis puede producir esterilidad”.

Éste es el resumen del caso real de una paciente que acudió a la consulta de quien escribe estas líneas, hace unos meses. Lo grave del asunto es que, convencido de haber encontrado la causa del problema, el ginecólogo no se molestó en pedir pruebas o análisis a los pacientes para averiguar la causa de la esterilidad, y se limitó a citar nuevamente a la paciente al cabo de seis meses, “siempre que hubieran dejado de fumar cannabis, porque si no, no tenía ningún sentido que volvieran”. Según su criterio, el consumo de cannabis era un factor tan importante en la esterilidad de la pareja que no merecía la pena seguir estudiando el caso hasta que dejaran de utilizarlo.

¿Cuáles son las evidencias de que el cannabis produce infertilidad en humanos? Esta idea se ha transmitido a partir de estudios científicos realizados sobre todo entre los años 50 y 70 del siglo pasado, y aparece en muchos de los textos y libros clásicos de medicina como uno de los múltiples riesgos y problemas asociados al consumo de cannabis. Pero, como sucede casi siempre en relación con las drogas ilegales, debemos analizar el asunto con cierta profundidad antes de extraer conclusiones definitivas.

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El aparato reproductor de los varones y las hembras está controlado, entre otros muchos factores, por unas hormonas (prolactina, hormona luteinizante, hormona foliculoestimulante) que se segregan desde una parte del cerebro llamado adenohipófisis. El correcto funcionamiento de la adenohipófisis es necesario para que los testículos y los ovarios produzcan las células reproductoras de forma eficaz, así como para controlar el desarrollo de los caracteres sexuales físicos primarios y secundarios (tamaño de las mamas, vellosidad, musculatura, tono de voz…). Pues bien, tanto la adenohipófisis como los órganos sexuales (testículos, útero, próstata y ovarios) presentan en su superficie receptores específicos para el sistema cannabinoide endógeno. Los receptores de la adenohipófisis y los ovarios son del tipo CB-1, y los de los testículos son mayoritariamente del tipo CB-2. Además, los receptores de cannabinoides de los órganos sexuales tienen la particularidad de poder sintetizar o degradar anandamida, uno de los cannabinoides endógenos que aparecen de forma natural en los vertebrados. Todos estos datos indican que, de alguna forma, el sistema cannabinoide endógeno contribuye a la regulación de la función reproductora, y que, al menos en teoría, la administración de cannabinoides de la planta puede tener algún efecto. De hecho, existen muchas investigaciones en relación con algunos tipos de infertilidad y su relación con variantes del receptor CB-2, que podrían ser de utilidad para algunas personas que sufren este problema.

Pero los primeros informes científicos completos (más bien, pseudocientíficos) sobre el tema son anteriores al descubrimiento del sistema cannabinoide endógeno. Casi todos los libros de texto y publicaciones sobre drogodependencias hacen referencia a las Monografías del NIDA, equivalente americano de nuestro Plan Nacional sobre Drogas, que ya en el año 1988 publicó un completo informe sobre los efectos endocrinos y reproductivos de la marihuana (1). Pero ya se sabe, fiarse de un informe del NIDA viene a ser como preguntarle a Belén Esteban por Jesulín o la Campanario. Objetividad pura, oiga.

Y es que el famoso informe del NIDA incluye -entre menciones al potencial del cannabis para dañar los cromosomas, producir aberraciones genéticas, facilitar la aparición de cáncer, malformaciones y otros horrores múltiples- una revisión sobre los efectos del cannabis sobre los sistemas reproductores de varones y hembras. La lista de posibles efectos en este sentido es para agarrarse: ginecomastia (desarrollo de las mamas en varones), disminución de los niveles de testosterona en varones, disminución de la capacidad de producir espermatozoides y de su movilidad, disminución de las hormonas cerebrales que regulan la capacidad de reproducción, inducción de anomalías en espermatozoides, aparición de anormalidades fetales en el embarazo, alteración de los ciclos menstruales, alteraciones hormonales, incremento de partos prematuros…

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Dicho así, parece que poco más nos quedaría para cerrar este artículo y darle la razón al ginecólogo que atendió a nuestra paciente. Pero sucede que prácticamente ninguna de las situaciones descritas previamente están documentadas en estudios con humanos. De hecho la gran mayoría de los estudios y experimentos que justifican la lista de enfermedades y alteraciones tienen a las ratas como sujetos de investigación. Y claro, sucede que los humanos (al menos la mayoría) son mucho más complicados que esos pequeños roedores, y lo que le sucede a un mamífero de 100 gramos al que se inyecta por vía intravenosa una cantidad salvaje de un extracto de cannabinoides sirve de muy poco para conocer el efecto del cannabis en las personas. A menos que el único objetivo del informe fuera aterrorizar al personal, que estos chicos del NIDA ya se sabe que son muy gamberros…

Además del tema de las dosis, casi ninguno de estos experimentos en animales ha conseguido replicar los resultados cuando se administran de forma repetida. La pauta de consumo humano de cannabis no es de una megadosis ocasional, sino de dosis frecuentes a lo largo del tiempo. Y una característica típica del cannabis es el desarrollo de tolerancia farmacológica (desaparición de un efecto determinado) con el paso del tiempo. Pues bien, los organismos aprenden a manejar los efectos endocrinológicos y sexuales de los cannabinoides cuando se administran de forma continuada, y muchas de estas alteraciones desaparecen cuando los experimentos duran más de tres o cuatro días, en lugar de atizar un jeringazo de extracto de cannabis a la pobre ratita.

Con respecto a los humanos, los resultados son confusos y contradictorios. Con cualquier fármaco es posible diseñar un estudio, compararlo con placebo sobre una población y medir un determinado efecto. Pero la investigación con drogas es mucho más complicada, porque por motivos éticos (la cursiva indica ironía) no se permite hacer estudios con algo que es una sustancia ilegal, maléfica y tóxica, aunque cientos de millones de personas la compren en la esquina de su casa y la consuman sin ninguna garantía sanitaria. De paso, se asume esa “falta de datos científicos” como un argumento más para disuadir a la población de que la utilice. ¿Entienden la jugada? Pero volviendo al tema que nos ocupa, algunos estudios muestran que en los humanos se pueden presentar alteraciones de ciertos parámetros relacionados con la fertilidad (número y volumen de espermatozoides, disminución de los niveles de hormonas sexuales masculinas y/o femeninas, alteraciones de la movilidad de células sexuales…)

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La mayoría de estas alteraciones suelen ser discretas y no parecen suficientes para explicar por sí solas un problema de infertilidad. Además, no siempre se repiten en todos los experimentos y, de hecho, ni siquiera puede afirmarse con total seguridad que el uso de cannabis sea su causa. Por otra parte, en las distintas sociedades que componen la población mundial existen patrones de consumo muy distintos de cannabis. Si su uso tuviera un impacto significativo en la fertilidad humana, cabría esperar, por ejemplo, que los esquimales fueran más fértiles que los nativos de otras latitudes en las que el uso de cannabis es mucho más común. Finalmente, el consumo de cannabis en las sociedades occidentales se ha incrementado en las últimas décadas y ningún servicio de salud pública y epidemiología en el mundo ha detectado disminución en la fertilidad humana achacable al consumo de cannabis.

En definitiva, parece que nos encontramos básicamente ante una de tantas leyendas con las que las autoridades antidroga y muchos profesionales sanitarios castigan a los usuarios de drogas ilegales. No existen evidencias convincentes sobre la relación entre el uso de cannabis y la infertilidad en humanos, y así lo reconocen las guías clínicas sobre el tema que usan la ciencia, y no la política, como método (2-4). Pero tampoco sería prudente desechar de forma absoluta todos los datos e indicios de investigación básica en animales, puesto que existen algunas situaciones en las que podrían tener alguna repercusión en humanos.

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La primera de las circunstancias sería el uso de marihuana por parte de adolescentes antes de la pubertad. Es muy poco probable que el uso de cannabis tenga repercusiones sobre el sistema reproductor de un adulto, pero los datos de investigación básica sugieren que es posible cierto efecto en prepúberes. Esto no implica daño irreversible, ni afectación en todas las personas, pero sería un motivo más para no recomendar el uso de hachís o marihuana a adolescentes jóvenes que no han terminado su desarrollo madurativo.

Por otra parte, es posible que determinadas personas puedan ser, por motivos genéticos, más sensibles a este tipo de efectos. O que en una pareja con dificultades para conseguir un embarazo por cualquier motivo, el uso de cannabis pueda ser un factor más que contribuya a este problema. En ese sentido, y en el contexto del estudio y evaluación de un caso de esterilidad, sí puede ser adecuado aconsejar la abstinencia de cannabis, al menos durante un tiempo; tiempo que deberá aprovecharse para emprender todos los estudios analíticos, hormonales, de pruebas de imagen y funcionales de los que se compone un estudio completo de infertilidad. En el caso que presentamos al principio, la mala práctica médica consiste en atribuir al uso de cannabis el problema de esterilidad, sin hacer otro tipo de investigaciones, lo que a su vez constituye una cruel forma de castigar al paciente por hacer algo que su médico considera que no está bien. Y a los médicos no nos pagan por castigar a los pacientes, sino por ayudarles a resolver sus problemas de salud.

 

  1. “Marijuana Effects on the Endocrine Reproductive Systems”. NIDA Research Monograph Series nº 44, 1988. URL disponible en: http://archives.drugabuse.gov/pdf/monographs/44.pdf
  2. Hall W, Solowij N, Lemon J., “The Health and Psychological Consequences of Cannabis Use”. National Drug Strategy Monograph Series Nº 25. Canberra: Australian Government Publishing Service, 1994.
  3. Murphy L., “Hormonal system and reproduction”. In: Grotenhermen F, Russo E, eds. Grotenhermen, F., Russo, E. (eds.): Cannabis and cannabinoids. Pharmacology, toxicology, and therapeutic potential. Haworth Press, Binghamton/New York 2001, in press.
  4. House of Lords Select Committee on Science and Technology. Cannabis. The scientific and medical evidence. London: The Stationery Office, 1998.