Según nos enseñan desde pequeños, la Historia sirve para no repetir los errores del pasado. Aprender a través de nuestros antepasados una forma de construir un futuro mejor, de caminar por senderos ya andados y crear otros nuevos con la finalidad de hacer de este mundo un lugar más habitable, más justo.

Podríamos añadir además que debería servirnos para conocernos a nosotros mismos, pues es mirando hacia adentro, y en este caso hacia atrás, cuando el conocimiento se revela como propio, como algo inherente a nuestra condición humana y en este caso como parte de nuestra civilización.

Hace más de dos mil años el senado romano, tras percibir que los ritos báquicos podían ser algo potencialmente peligroso para el orden social establecido en el imperio, encomendó a los cónsules Marcius y Postumios acabar con estos rituales a lo largo y ancho de todo el Imperio Romano. De norte a sur fueron ajusticiados sus devotos y practicantes. Miles de personas murieron, otros miles fueron torturados, pero al final los ritos se siguieron practicando.

En 1511 el Emir de la Meca, Kair-Bey, consideró que el café era una bebida embriagante y ello contradecía las doctrinas de Mahoma. Dio órdenes de cerrar todos los cafés y destruir el producto bajo la amenaza de recibir una paliza si se le sorprendía a uno bebiendo café, y si era atrapado in fraganti en una siguiente ocasión, ser introducido en una bolsa de cuero y arrojado al mar. Años más tardes en El Cairo una sangrienta revuelta popular entre detractores y partidarios del café consolidó el consumo del café en el mundo árabe.

A principios del siglo XX, una ley aprobada por el congreso norteamericano prácticamente prohibía el consumo, venta y producción de bebidas alcohólicas, lo que originó una de las etapas más oscuras de Estados Unidos, consolidando el crimen organizado, aumentando el número de bares clandestinos y el número de crímenes en toda la nación. Durante los catorce años que duró la prohibición el número de presidiarios en todas las prisiones federales de EEUU pasó de 4.000 a cerca de 27.000.

En la década de los ochenta, el actor-presidente Ronald Reagan, declaró oficialmente la guerra contra las Drogas, una acción beligerante contra una parte de la condición humana, la que busca el placer, la evasión, el hedonismo y el autoconocimiento. Esta guerra se ha cobrado y se sigue cobrando desde aquellos tiempos hasta hace unos minutos cientos de miles de víctimas mortales, personas privadas de libertad, inocentes torturados, vidas truncadas, campos esterilizados y contaminados.

A principios del siglo XXI, el presidente-marioneta Felipe Calderón, declara la Guerra al Narcotráfico por presiones de su vecino del norte. Como consecuencia, México sigue poniendo los muertos y los estadounidenses la nariz. En poco más de tres años han muerto más de 35000 personas en territorio mexicano. La economía, cultura y sociedad del país se han ganando la desconfianza internacional y, como subproducto de todo ello, se está creando un país totalmente inseguro e incontrolable, sólo comparable a la Colombia de Pablo Escobar.

Al final, esto nos demuestra que la Historia sólo sirve para reflejar la estupidez humana.