Por Roisin Kiberd – Fotos por Sarah Elizabeth Meyler

Esta noche he hecho muchos amigos. Estamos en un sótano en el centro de Dublín, en el interior del bastante respetable pub The Turk’s Head, la clase de sitio en el que empleados de oficina trajeados y turistas intrépidos que han ido más allá del Temple Bar, en la calle principal, pueden tomarse dos mojitos por 14 euros. Un punto de encuentro consagrado para citas de Tinder y en el que se celebran fiestas de despedida civilizadas.

Pero esta noche, los presentes se tiran unos encima de otros, con los ojos medio cerrados, abrazándose a las paredes y entre ellos. Nadie parece muy preocupado por ocultar las llaves y las diminutas bolsas de plástico que van pasando de mano en mano. En las escaleras se ha congregado un grupo de gente: chicas hablando en los primeros escalones, chicos en pares mascando chicle invisible, apretando los puños con fuerza y gritándose unos a otros. Muchos –si no la mayoría- de ellos han tomado pastillas, porque solo esta noche, por una piadosa circunstancia que responde a una lógica mística, los dioses y Enda Kenny las han hecho legales.

El martes, un tribunal de apelación declaró nula la Ley de 1977 sobre el uso indebido de drogas en Irlanda tras advertir que las adiciones realizadas sobre la ley de 1997 se hicieron sin consultar a los Oireachtas, el parlamento irlandés. Este desliz dio como resultado la legalización temporal del éxtasis, la ketamina, las setas, la metanfetamina y una extraña droga de clase B que algunos llaman “Jeff”. Rápidamente se empezaron a tomar medidas para la aprobación de una nueva legislación al respecto, lo que significaba que el jueves a medianoche, las drogas volverían a ser ilegales.

Esto urgió a la gente a celebrar la circunstancia con prisas, antes de que volviera a no estar bien esnifar rayas de MDMA en los bancos públicos. Lo más probable era que Irlanda solo fuera a vivir un Yokes Day (“yoke” es el término con que los irlandeses denominan a la mayoría de las pastillas), así que ese día debía ser memorable.

No pudo ser más apropiado, pues, que el Turk’s Head se decidiera a prestar su pub para lo que se dio en llamar Loophole Pop Up Party (la fiesta de inauguración del vacío legal).

Este evento aparece en Facebook con una foto del Taoiseach (el primer ministro irlandés) Enda Kenny preguntando, “¿Alguna pasti?” Casi 1.500 usuarios indicaron que asistirían, lo que no deja duda de que esta megacagada legislativa ha hecho felices a muchos.

Cuando llegamos, el sótano está a rebosar de gente sudorosa y con los ojos vidriosos pidiendo agua. La fiesta se ha extendido también a la calle, donde veo gente que conozco de la escuela, la universidad y de Twitter, todos reunidos para disfrutar de esta fiesta sintética. Esto es Dublín, donde todo el mundo se conoce, y resulta muy difícil subir las escaleras sin escapar a los abrazos de la gente.

Los tipos sórdidos que venden pastillas en la parte trasera del bar parecen aún más sórdidos esta noche, con una sonrisa permanente, los dientes muy apretados, los ojos entreabiertos y sus sombreros de pescador. Un elemento más en el universo ácido y retrógrada de paz y amor al que regresamos sin querer, un homenaje a una época en la que nacimos pero que no podemos recordar.

#Yokes y #Yokegate fueron los hashtags más usados en el Twitter de Irlanda en los últimos dos días. La noticia apareció en todos los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales. Incluso anoche el cómico irlandés Blind Boy estuvo en un programa de la cadena de radio Newstalk 106 y se consagró como héroe nacional tras hablar sobre su consumo de drogas y hacer énfasis en que la prohibición de las drogas demuestra una falta de visión de futuro y que no es más que una solución temporal y poco eficaz a un problema tan complejo como la adicción.

Blind Boy usó sus bromas para decir algo sumamente importante. En la actualidad, Irlanda sigue con su tradición milenaria de venerar la autodestrucción como si fuera un acto de creatividad. Los habitantes de Dublín se enorgullecen de vivir en una “ciudad vieja y sucia” donde consumir estupefacientes es una parte fundamental en la adolescencia y donde el alcoholismo y la drogadicción destruyen familias enteras. Y como siempre, el gobierno no está preparado para afrontar esta crisis. Por otra parte, aunque los irlandeses no lo sepan, la metanfetamina se ha vuelto un problema creciente en el país desde hace unos cuantos meses.

Muchos de los que asistieron a la fiesta eran adolescentes o apenas pasaban de los veinte años, como yo. No obstante, a su corta edad, han sido testigos de un gran número de cambios drásticos en las leyes antidrogas. Hubo una época en que era “legal” vender hongos mágicos y pastillas en las smoke shops . También estuvo de moda la mefedrona hasta que la prohibieron a mediados de 2010, y el acontecimiento más reciente es este error legislativo.

“Recuerdo muy bien las smoke shops“, me dijo un amigo el otro día. “De hecho hice mis prácticas profesionales en una de estas tiendas”. La gente que hacía cola parecía muy normal. Todos los días fumábamos Spice Gold, una especie de cannabis sintético. Era asqueroso”.

Los organizadores de la fiesta eran un montón de niños-adultos con skates y chicas con el pelo planchado, tacones y vestidos cortos. Me acerqué al que parecía el líder y le pregunté qué opinaba sobre el error que cometió el gobierno.

“No quiero que de aquí a diez años, cuando me pregunten qué hice hoy, les responda: ‘Nada. Me fui a dormir temprano'”, explicó. “Cada uno decide si quiere consumir drogas o no. Lo único que hago es ayudarlos en caso de que quieran”.

Después nos presentó a uno de sus amigos, quien, por cierto, nos regaló tres pastillas “mono amarillo“.

“Yo digo que las pastillas deberían ser ilegales para que no se las coman los capullos”, dijo entre risas alguien a las puertas del bar. Un segurata con linterna bajó por la escalera. Me pregunté qué estaba buscando. ¿Habrá una droga que no abarque este vacío legal? ¿Será capaz de diferenciar entre toda la variedad de polvos blancos a simple vista? ¿Acaso era la versión humana de la enciclopedia de drogas Erowid? ¿Podría diferenciar entre la ketamina y la coca con tan poca iluminación?

De pronto llegó a mis manos una bolsa de ketamina. La última vez que vi que la consumían en público fue en uno de esos pubs que abren a partir de las 7 de la mañana.

“Este acontecimiento demuestra la inconsistencia de la leyes”, comenta mi amigo Luke.

Tiene razón: estamos acostumbrados a que el gobierno nos lave el cerebro con excusas para que no hagamos nada. Por ejemplo, es necesario hacer referéndums para saber si el pueblo irlandés en realidad quiere que se aprueben cosas como la legalización del aborto y el matrimonio gay. Sin embargo, el gobierno tardó un día en prohibir las pastillas sin preguntarnos si queríamos o no.

Los organizadores de la fiesta por el vacío legal prometieron que, por cada persona que asistiera a la fiesta, donarían un euro para ayudar a los indigentes. Al parecer eso atrajo a más gente. La fiesta se estaba descontrolando. De hecho, fuera había un grupo de personas cantando On Raglan Road, que es como la canción clásica que cantan los viejitos cuando toman mucho whiskey.

Un grupo de chicas de clase alta se detuvo a escucharlos y no sé cómo ni por qué, esos dos grupos tan dispares congeniaron. Algunos se pusieron a bailar con pasos tambaleantes. Otros se abrazaban.

Esta noche fue lo más parecido que haya visto a una Irlanda alternativa. Una Irlanda donde todas las drogas, o al menos la mayoría, son legales. Un mundo donde nosotros, los irlandeses que trabajamos como becarios permanentes o que dependemos del subsidio de desempleo, podemos usar sustancias químicas de forma legal para crear una ilusión de esperanza.

Todos los que vinieron a esta fiesta eran universitarios que huyen del mundo real y recién graduados en busca de trabajo. Era como volver al útero pero con luces parpadeantes.

Me puse a hablar con una chica en el baño. Dijo que empezó a tomar pastillas hace solo dos meses y que ahora pasa tres semanas al mes drogada. También me contó que sus favoritas son las “fantasmas azules” (que son mortales según los medios de comunicación, pero a nadie le importa). Al parecer ya no le hacen tanto efecto pero no está segura de que sea buena idea duplicar la dosis.

También conocí a su amiga Sinead que se mudó a Toronto, Canadá, y había venido de visita una semana. Las pastillas le ayudaron a acelerar el proceso de volver a llevarse bien con sus viejos amigos. Está avergonzada. Dijo que ahora trabaja a tiempo completo y que ya no consume drogas. “En general no me vuelvo tan loca”, dijo y después caminó hacia la puerta.

Ya era un poco tarde y la fiesta se estaba apagando. Un tipo obsesionado con las teorías de la conspiración dijo que el impuesto sobre el agua tiene algo que ver con el vacío legal y que lo único que quieren es sacarnos más dinero. Otro se puso a hablar sobre los problemas que han acarreado las “drogas legales” anteriores y que, según esto, “la mefedrona lo ha jodido todo”. Sus amigos dijeron lo mismo del alcohol: “La semana pasada me peleé con un tío porque estaba muy ebrio. Cuando volví a mi casa, me sentí como una mierda”.

Todos sabemos que las drogas dañan la autoestima y la salud en general. Lo único bueno de las pastillas es que te vuelven más sensible.

El tipo que se sentía como una mierda cuando llegó a su casa me pidió prestado un cuaderno y se puso a dibujar una calavera con un mohicano. Me acerqué al promotor del pub, quien por cierto parecía bastante fresco a las 3 de la madrugada, y le pregunté por qué decidió organizar una fiesta para celebrar el error más reciente del gobierno.

“Queríamos recordarle a la gente que todo va a ir bien”.

Cuando me subí al taxi para volver a casa me di cuenta de que tenía la misma pinta que la calavera de mi cuaderno. Al lado del dibujo estaba escrita la siguiente frase: “Jesús, todos estamos en éxtasis”. Pero no por mucho tiempo. Al menos no de forma legal.

Fuente VICE