No diga cannabis, diga cáñamo industrial. El aspecto de estas dos plantas es muy similar, pero cuentan con una diferencia fundamental tanto para sus potenciales usos como para su recorrido comercial y engranaje legal.

Mientras que la marihuana corriente tiene una gran cantidad de tetrahidrocannabinol, ese THC que provoca efectos psicotrópicos y que la convierte en ilegal, el otro cultivo tiene, en las variantes más populares en España, un alto porcentaje de cannabidiol o CBD, un psicoactivo de moda por sus propiedades terapéuticas, así como un THC por debajo del 0.2% que es el límite vigente para las semillas autorizadas por la UE.

Para hacer cosméticos, papel o combustibles biodiésel, trollface: ese es el pretexto bajo el que se recolecta en nuestro país y en muchos de nuestro entorno esta planta, y en efecto, sí que es útil para estas industrias, pero ni punto de comparación con sus posibilidades medicinales y recreativas. Curiosamente el cáñamo era un cultivo frecuente en los años 80 o 90, pero fue cayendo su producción por ser muy costoso frente a otros productos. ¿Qué ha ocurrido entonces para que ahora estemos ante un nuevo resurgimiento? Que, aunque se comercializa como biomasa, los países receptores con una legislación más laxa se quedan con la flor para extraer de ella el cannabidiol.

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El clamor agrario: un extenso reportaje en el Diario de Almería cuenta cómo el cáñamo se ha convertido en la región en el “nuevo oro”, como lo fue en su momento el aloe vera. El cultivo ha pasado de 10 a 200 hectáreas en menos de un año, con un precio de producto de hasta 600 euros el kilo (hasta que no se recoge la cosecha es difícil precisar la calidad final) y tres cosechas anuales. La rentabilidad es altísima. A pesar de ser un negocio en un limbo y con enormes dificultades legales y de seguridad (está muy expuesto a los robos), un puñado de pequeños inversores locales se han tirado a la aventura, aunque, de demostrar que funciona, se prevé que lleguen los grandes productores. En Cataluña hay otras 300 hectáreas, 200 en Galicia y un número más reducido de cultivos en otras partes de España.

Una oportunidad perdida: así definen estos empresarios lo que está ocurriendo con la producción de cáñamo en España. En 2020 los 27 de la Unión tienen un consumo previsto de 8.290 millones de euros, un incremento que ronda el 15% con respecto a las cifras del año anterior. El observatorio New Frontier Data proyecta un aumento del volumen de ventas que alcanza los 13.600 millones para 2025. Cada vez más laboratorios se interesan por el CBD y más países relajan sus restricciones al consumo de psicotrópicos. Y casi más importante que esto es que el consumo dentro de Europa está muy por detrás de lo que se está moviendo en países como Estados Unidos y Canadá. El mercado es mundial.

Y España se queda atrás: si citábamos unas 700 hectáreas registradas en nuestro país de cáñamo, Francia sola tiene 17.900 (el 44% de la producción europea), Italia 4.000 y Países Bajos 3.800 a pesar de que nosotros tenemos, por condiciones climáticas y territoriales propias, más posibilidades de hacer crecer sus cultivos.

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Europa pisa el freno: de lo que se lamenta la Asociación Europea de Cáñamo Industrial (EIHA en sus siglas en inglés) es de que en este momento hay 27 legislaciones y muchos conflictos que están provocando que, a falta de unas normas armonizadas, se pueda competitividad y seguridad (por ejemplo la trazabilidad de los cogollos se desvanece por el camino entre producción y extracción). Por si fuera poco, ahora la UE dice que regulará el CBD que se extrae de las flores del cáñamo como Novel Food, es decir, un narcótico, lo que podría significar el fin del sector en Europa mientras Asia o Canadá ven aumentar sus cultivos cada año.

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