La mayoría de asociaciones han cerrado y en otras son los socios los encargados de introducir el cannabis

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El control ha aumentado a la hora de entrar en un club de cannabis, todo es muy cuidadoso y no puede acceder cualquier persona. La fachada de estas asociaciones es lo más parecido a la de un garage abandonado: descuidada e invadida por grafitis. Entrar no es tarea sencilla, pues es fundamental conocer a un socio o contactar con alguno por teléfono para que dé el visto bueno, salga a la calle y abra la puerta del local. Si no es imposible. Luego todo se pone serio y comienza un pequeño protocolo de seguridad. Unas medidas más que justificadas después de que la Policía Nacional detuviera ayer a cuatro personas por regentar un club cannábico en el centro de Madrid y, además, distribuir droga a jóvenes.

En otra asociación de cannabis, en este caso La Santa le Club instalada en Malasaña, al acceder todo está oscuro y se percibe que la protección es fundamental. Primero hay que atravesar dos partes, ambas de no más de un metro de ancho, que transmiten una gran sensación de estar vigilado. En la primera hay un telefonillo con un piloto verde, una videocámara y una serie de números para escribir una contraseña que dé acceso a una segunda. La siguiente sólo puede ser abierta con llave y, para que se abra la próxima puerta, tiene que estar cerrada la anterior. Después, ya estás oficialmente dentro del club.

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Al pasar toda la tensión se esfuma en un segundo con una suave música reggae. La primera panorámica visual te traslada a una sencilla cafetería de la capital, con personas sentadas en sofás, charlando, tomando cafés o trabajando en ordenadores. La única diferencia es que aquí uno puede leer un libro a la vez que fuma un porro de marihuana.


Tras la decisión del Tribunal Supremo de penalizar la distribución organizada de cannabis, la situación se ha puesto muy complicada. Este club no dudó y ya lleva algo más de un mes sin dispensarlo entre sus socios, “
hasta que no se normalice la situación no pensamos distribuir marihuana dentro del local“, asiente el presidente. Sin embargo, “no hay ningún problema en que ellos acudan aquí con su hierba y pasen un buen rato”, explica. Ahora la parte del mostrador donde estaban los más de nueve tipos de marihuana está vacía, las colas entre los socios para comprar ya no existen, han desaparecido todos los dulces de cannabis e, incluso, la marihuana terapéutica que exponían para los 80 miembros que la fumaban ha sido también retirada.“En nuestro club, los socios abonan 10 euros mensuales y actualmente contamos con 490 miembros”, afirma Pedro Pérez, responsable de esta asociación. Un club privado, como otro cualquiera, en el que los nuevos miembros deben conocer a un socio que forme parte de la asociación. “Solamente admitimos a nuevos socios que sean mayores de 21 años y que no estén interesados en consumir de forma más barata; aceptamos a gente que quiera conseguir que se regularice el consumo del cannabis”, añade. Allí las personas son gente corriente, casi todas están licenciadas, acuden personas en traje e, incluso, ha habido un miembro de 71 años. Éstos tienen que superar dos entrevistas personales y ser consumidores habituales, aunque eso no significa adquirir grandes dosis. Algo totalmente cierto ya que la media de consumo es de “solamente 10 gramos al mes” y la de edad está “en 44 años”, aclara Pérez.

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La situación es diferente, 57 socios se han dado de baja y el presidente ha tenido que despedir a seis de los ocho empleados que trabajaban dentro del club. Hoy en día los socios sacan su chivato lleno de cogollos del calzoncillo y otros los traen hechos y mezclados entre los cigarrillos de un paquete. Luego, piden algo para tomar mientras deshacen la marihuana en un grinder, la lían y encienden su porro. Como si fuese tabaco. Es decir, hacen todo lo que hacían antes pero asumiendo el riesgo de introducir la marihuana dentro del local. Fumar allí sí está permitido.

Muchos de estos clubes han hecho un alto hasta que la situación se tranquilice. “Yo no me voy a arriesgar a ser condenado a tres o cuatro años de cárcel por seguir ofreciendo cannabis, hemos parado de forma radical y ahora mismo estamos tranquilos”, confiesa el presidente.

A principios de octubre el Tribunal Supremo dictó una sentencia en la quepenalizaba el cultivo y distribución organizada de cannabis entre un colectivo integrado por 290 personas, como pueden ser los componentes de una asociación y abierta a nuevas incorporaciones -por ejemplo, La Santa le Club- . En la Comunidad de Madrid “la mayoría de los clubes de cannabis han cerrado o han dejado de vender durante un tiempo”, expone Pérez

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Un mayor control policial que ha provocado que ahora sea «un momento muy difícil y, lo peor, sin saber cuándo acabará”. Los clubes quieren quitar la venda a la sociedad y mostrar las ventajas de una situación normalizada: “Habría una serie de impuestos, como los del tabaco, destinados al Estado y podrían usarse para la enseñanza o sanidad; habría más puestos de trabajo en las asociaciones y, lo más importante, no habría menores adquiriendo cogollos al camello de turno, algo lamentable y que pasa en estos momentos“, finaliza. La eterna lucha de estas asociaciones es conseguir un consumo responsable y regulado, lejos del narcotráfico que hay ahora en las calles.

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