Adrenocromo (VI)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Sexto y enésimo artículo sobre el adrenocromo. Llegó el momento de las catas y, con ellas, el final de esta enloquecida y rocambolesca historia.

A decir verdad, la primera cata ya la habíamos realizado en el momento de recibir el antiguo botecito farmacéutico made in Spain. En su interior, como ya les dijimos en su momento, venían 8 viejas pastillas; y en el exterior, una etiqueta en la que, simplemente, ponía: Adrenocromo, 12 comprimidos, Porriño (Pontevedra). Sea como fuere, el caso es que el día 7 de septiembre de 2011, a las 13:16 horas decidimos administrarnos uno vía sublingual. No notamos absolutamente nada. De modo que, a las 13:50 nos tomamos otro y nos dimos un baño, tras el cual nos encontramos un poco más despejados y animados, aun cuando tampoco percibimos nada fuera de lo normal, salvo que, en determinado momento, al salir de la habitación, vimos un pequeño trocito de plástico en el suelo y nos dio por recogerlo y tirarlo a la papelera (lo cual nos resultó un tanto desconcertante). Posteriormente, comimos y, como está mandado, nos echamos una pequeña siesta, después de la cual procedimos a recoger nuestra habitación, algo que, ahora sí, más que desconcertante, resultaba verdaderamente inusual. A continuación, pensamos en tomarnos 4 comprimidos del tirón, para ver qué pasaba, pero al no conocer la dosis, nos pareció una gilipollez. Así que decidimos hacerlo. No obstante, finalmente, se impuso la sensatez y no lo hicimos. Punto.

La primera semana de octubre recibimos el adrenocromo semicarbazona, y tan pronto como llegó el fin de semana procedimos a consumirlo (día 8 del 10 de 2011). Sacamos nuestra balanza de precisión para calcular la dosis apuntada por Gottlieb -100 mg- pero, una vez más, demostró carecer de la tan cacareada precisión, nos hicimos un lío de cojones y, al final, decidimos apañárnoslas a nuestro modo, tirar por lo alto, y terminamos administrándonos lo que calculamos que vendrían a ser unos 300 mg vía sublingual. Los dientes se nos quedaron rojos como la sangre y rezamos a Saturno para que dicha coloración se esfumase pronto, pues, de lo contrario, íbamos a tener un pequeño problemilla. Afortunadamente, tras un enjuague bucal con agua, los dientes volvieron a su habitual coloración amarillo-mayonesa. De nuevo, nos dimos un baño, y al poco rato, exactamente como dice Adam Gottlieb, nos sentimos físicamente estimulados, de forma sutil o ligera, nada que ver con la metanfetamina, pero estimulados, a la vez que percibimos cierto grado de embotamiento mental (bastante marcado y evidente en algunos momentos). Y la cuestión es que, de nuevo y de forma sorprendente, nos vimos haciendo la colada (¡lo nunca visto!); después de lo cual, comimos y nos echamos una siesta en toda regla. Punto.

Conclusión personal a partir de nuestra experiencia de primera mano con el adrenocromo semicarbazona: se trata de una droga que parece situar al consumidor en el estado idóneo para realizar labores domésticas, no mostrando, además, incompatibilidad alguna con las siestas. Por nuestra parte, nada más que reseñar al respecto de esta sustancia (salvo comentar que, una vez catada, la metimos en una caja más pequeñita, aunque dio igual, ya que, diez días después nos llegó el otro adrenocromo en su enorme caja y volvimos a tener el congelador petado).

El día 18 de octubre de 2011, como ya hemos apuntado, recibimos el otro adrenocromo, no el que tomaba Gottlieb sino el que tomaba Osmond, es decir, el bueno, el de verdad, el auténtico, el que, supuestamente, hace que se te vaya la pinza. Por cuestiones de logística no pudimos tomarlo hasta el día 31 de octubre. Es decir, estuvo en el congelador casi 13 días a la temperatura recomendada por el fabricante (-20º), de tal manera que sus propiedades debían mantenerse inalteradas.

Lo cierto es que habíamos programado la toma para el día 31 por la mañana, en casa de nuestro editor, que actuaría como observador externo por si hubiera falta de insight al respecto de la experiencia, y para que hiciera las labores de “babysitter” en caso de que las cosas se torcieran (para lo cual, por lo demás, habíamos hecho acopio de vitamina B3 –usada por Hoffer y Osmond como antídoto frente a las malas experiencias adrenocrómicas-; y de Risperdal flash®, un antipsicótico de última generación por si las megadosis de vitaminas no hicieran efecto). En otras palabras, que lo teníamos todo atado y bien atado. La vía que habíamos escogido para esta primera administración fue la endovenosa, por la sencilla razón de que, tanto o más que yonkis, nosotros somos profesionales de la vieja escuela, personas como –salvando las distancias- John C. Lilly o los propios Osmond y Hoffer, psicólogos y psiquiatras que primero se administraban ellos mismos las sustancias y, luego, si eso, se las daban a los demás; no como los drogabusólogos al uso hoy en día, que hablan y hablan de todo tipo de drogas vanagloriándose, al mismo tiempo, de no haber probado jamás ninguna de ellas. En fin, sea como fuere, la cuestión es que si los estudiosos de los años 50 habían empezado por emplear esta vía, nosotros pensábamos hacer exactamente lo mismo. Únicamente que, si teníamos preparada la toma para el día 31 por la mañana, resulta que, al final, los acontecimientos se precipitaron y acabamos haciéndola ese mismo día, sólo que a las 0:10 horas en lugar de a las 12, es decir, por la noche y a solas, sin babysitter ni demás florituras. El motivo de que el experimento se adelantase inesperada y precipitadamente no fue otro sino que el día 30 por la tarde, a eso de las 20 horas, nos dio por tomarnos unas cervezas (y un miligramo y pico de trankimazin), luego, cenamos con un par de copas de vino, y al terminar la cena llevábamos tal colocón que no nos pudimos contener y, apenas indicó el reloj que había llegado el día señalado, nos abalanzamos sobre el adrenocromo y procedimos a inyectárnoslo (no lo duden, J. C. Lilly hubiese hecho lo mismo).

Sea como fuere, a continuación les obsequiamos con el preceptivo trip report. Ahí va:

Sumario del relato de un ensayo con 25 mg de adrenocromo administrados vía intravenosa (octubre, 2011), 20-30 horas aproximadamente, condensadas en notas hechas por el sujeto (E. Hidalgo Downing… si, Downing, como el guitarrista de los Judas Priest).

0:10 horas. Euforia. Eso es lo que siento. Pienso, «¡joder, esto si que coloca!». Me da un claro subidón –no comparable a los chutes de coca, jako, M, o speed, pero subidón-. Eso si, no tengo alteraciones visuales, ni me llaman la atención las lámparas, ni las alfombras, ni las pollas en vinagre. Todo está tan normal y me parece tan normal. Todo menos yo, que me siento acelerado, eufórico, colocado como un puto reptiloide después de haber disfrutado junto al Papa y a Barak Osama de un pantagruélico ágape de glándulas suprarrenales de bebés y bebesitas subhumanos (nos ha jodido mayo, con lo que he privado, como para no estarlo, ja, ja, ja, ja; y con lo que me ha costado conseguir materializar el sueño de chutarme adrenocromo de Sigma Aldrich, ya ni te cuento… por lo que no descarto la posibilidad de que la euforia no fuera más que fruto de las birras bebidas y de la alegría y la satisfacción derivadas de haber logrado culminar con éxito una misión imposible. -Quién sabe… Estaba demasiado borracho como para, ahora, poder discernirlo con absoluta certeza-).

La cuestión es que, visto el percal: acelere, euforia, buen rollo, colocón y ausencia absoluta de alteraciones perceptivas, decido irme a la cama. Total, en razón de los testimonios de Hoffer y Osmond, el efecto de la sustancia es tan largo y prolongado como la sombra del ciprés, de modo que concluyo que más me vale echarme un rato a dormir y esperar a ver qué pasa al día siguiente, cuando, como estaba previsto, acuda a casa de mi editor para que cumpla con lo pactado: invitarme a una paella y, de paso y por si acaso, hacer de niñera y de observador externo e imparcial (¡Ja!).

3:10 horas. Me voy a dormir. Y me duermo.

A las 8 de la mañana suena el despertador. Lo apago. Remoloneo en la cama. ¿Qué pasa? Me gusta remolonear y puedo permitírmelo.

Vuelvo a dormirme (con dos cojones).

Al rato me despierto; descojonao (no me acuerdo de qué).

Me levanto a las 9 y 13 minutos. De muy buen rollo, aunque con dolor de cabeza, resacoso. Hago cuentas de lo que he bebido: 2 latas de 33 cl de Voll Damm negra; 2 litros de Amstel, 2 latas de 33 cl de Mahou clásica, 1 lata de medio litro de Mahou cinco estrellas, un doble de cerveza en un bar, una copa o dos (vamos, dos o tres) de vino, 1 mg y un cachito de trankimazin. Esto desde las 8 de la tarde a las 3 de la madrugada. Es decir, que, como variables contaminantes del bioensayo hemos de tener en cuenta la posible –sólo posible- influencia del alcohol y del alprazolam (pecata minuta con la más que probable interferencia que el consumo de heroína, cocaína, anfetamina, alcohol y trankimazin hubiese ejercido sobre el mismo experimento apenas unos días antes, tan sólo que, en dicha ocasión, a pesar del esparramo, conservé la lucidez suficiente para abortar la operación).

Una vez en pie, lo primero que veo es el envoltorio de plástico del adrenocromo despedazado a mordiscos. Me descojono vivo recordando la voracidad a la hora de hincarle el diente a la sustancia. ¿Tijeras? ¡Qué coño tijeras! Abrí el embalaje a bocaos, con el ansia de un caníbal, con la misma avidez y falta de contención y de modales que dicen que muestra la Reina de Inglaterra cuando tiene a mano lo que yo tuve en aquel momento de aquella aciaga noche (ja, ja, ja, ja).

La verdad es que estoy de muy buen rollo y muy jocoso.

Me doy un baño. Veo que tengo tres dedos manchados de rojo. Ese inequívoco color a sangre no se me quita ni siquiera después de estar media hora en el agua. Me descojono. Me viene a la mente un sueño recurrente que tengo hace tiempo y que gira alrededor de un fiambre que guardo escondido en un sitio recóndito. Es un sueño que casi lo tengo concluido, la ultima vez estaba a punto de deshacerme del cuerpo y no sé cuantas cosas mas echándolo en un compactador, pero en el ultimo momento me desperté o me despertaron. Ahora me parto de risa, pero otras veces me he desvelado todo preocupado y he tenido que hacer memoria y auto-convencerme de que no he matado a nadie ni tengo ningún cadáver escondido por ahí -que yo recuerde, vamos-. De todos modos, por si a alguien le interesa (y, si no, lo mismo da) he de decir que el sueño sigue inconcluso. Desde que escribí las primeras notas de este relato hasta que me he puesto manos a la obra con la redacción final he vuelto a soñar otra vez con el tema. En esta última ocasión tuve la feliz idea de juntar todas las pruebas acusatorias sobre el crimen (cosas escritas por mí y no sé qué más datos y objetos inculpatorios) y, cuando me iba a deshacer de ellas –de nuevo, en el compactador-, un agente del orden va y me pilla con todo el marrón: un crimen, del que nadie sabía absolutamente nada, explicado con pelos y señales por el propio autor de los hechos. ¡Hay que ser gilipollas! ¡Gilipollas perdido! Como yo. En un tris el puto asesinato del que nadie antes había sabido nada es la noticia del momento. Tengo a toda la pasma detrás de mí –porque, a pesar de los pesares, he conseguido escaquearme del susodicho guardián del orden y la ley-. En apenas unas horas hasta el último jureta del Metro conoce mi careto. Tengo los minutos contados. Hago una llamada telefónica. Me voy al aeropuerto, rumbo a Colombia. Vuelven a despertarme: «Edu, ¿curras hoy?»

¡¡¡No, joder, no curro, lo único que quiero es dar por concluido el tema este del fiambre y entre pitos y flautas no hay manera, carallo!!!

Continuará…

 

Adrenocromo (V)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Otro artículo sobre el adrenocromo… ¡y ya van cinco!

En el anterior nos habíamos quedado con las declaraciones de algunos participantes en los foros drogófilos hispanos. De modo que, ahora, pasaremos a consultar los foros anglosajones. A ver si encontramos algo… Si, aquí lo tienen: un tal MadShroomer “posteó” lo siguiente el día 18 de agosto de 2006 en drugs-forum.com:

SWIM [ya saben: “alguien que no soy yo”] ha tenido experiencia con el adrenocromo.

SWIM bebió 3 viales[1] (de 10 ml cada uno) y se sintió justo como Mr. Hunter S. Thomson en Miedo y asco en Las Vegas, se dio un baño, pero sólo obtuvo un ligero alivio seguido de 18 horas de sueño (SWIM no recuerda mucho, excepto estar DELIRANDO y ser incapaz de determinar si los flashes en la iluminación de la habitación eran reales o no, además de sentirse tembloroso y ardiendo. Se sintió de la forma que se muestra en la película… bastante desagradable.

Volvemos a encontrarnos, por lo tanto, con el testimonio de una persona que afirma haber consumido adrenocromo de primera mano (puesto que el uso de las siglas SWIM no es más que una ingenua fórmula que suelen utilizar los foreros angloparlantes para evitar una eventual acusación de promoción del uso de drogas o de otros delitos similares). El problema con las declaraciones de MadShroomer es que dice que experimentó los mismos efectos que aparecen en la versión cinematográfica del libro de Thompson (en la que, de hecho, la escena del adrenocromo es mucho más exagerada y delirante que en la obra original), y, sin embargo, se da el caso de que, como señalan en Wikipedia, el propio director de la película, Terry Gilliam, reconoce, en los comentarios que aparecen en la versión del film en DVD, que esa escena es exagerada y ficticia. Es más, el director cinematográfico insiste en que la droga pertenece por completo al ámbito de la ficción y parece, incluso, desconocer que existe una sustancia real con ese nombre. De tal manera que, a la luz de estas declaraciones, la veracidad del testimonio de MadShromer como que languidece un poquito.

Por otra parte, ya que nos hemos adentrado en la enciclopedia online (en su versión en inglés), les haremos saber que, en ella, se despachan el tema de la psicoactividad del adrenocromo diciendo, tan sólo, que «ha habido controversia al respecto de si puede ser clasificado como una droga psicotrópica». Nada más.

Así las cosas, ha llegado el momento de remitirnos, de una maldita vez, a la Web más rigurosa y fiable sobre drogas: Erowid. Dirijámonos a su sección de trip-reports y veamos que es lo que tienen…

Pues, exactamente, dos informes y una solicitud para que el público envíe más. En el primero de los relatos, titulado El peor dolor de cabeza imaginable, el autor –que se inyectó epinefrina oxidada y deteriorada- obtiene precisamente eso: un dolor en la cocorota, insufrible e intermitente, que se prolongó durante siete días. En el segundo informe, titulado Matando el mito, el interfecto adquiere 250 mg de adrenocromo base libre e ingiere, a lo largo de diferentes días, 100 mg vía sublingual (una burrada si atendemos a las dosis empleadas por Osmond y el resto de investigadores de los años 50); 25 mg fumados en una pipa de crack; y 50 mg esnifados. Estas son sus apreciaciones al respecto:

Las tres tomas me produjeron exactamente el mismo efecto, que fue muy ligero y, realmente, carente de interés (ni siquiera lo llamaría un colocón).

En primer lugar, no era ni alucinógeno ni psicodélico. Tuve una sensación de calidez a lo largo de mi cuerpo; sentí entumecimiento en mis manos y en mi cabeza (posiblemente debido al efecto homeostático); hubo una ligera sedación; y una muy breve sensación de euforia (algo más pronunciada cuando fumé la sustancia, aunque, aún así, de muy corta duración). Se produjo, también, algún cambio visual menor (no eran “visuales”, sino, tan sólo, que veía la habitación ligeramente distinta a lo habitual; pero, honestamente, se trataba de un cambio realmente mínimo; un porro de hachís habría hecho el mismo efecto, nada realmente destacable). Puede que hubiera, también, una pequeña miosis (contracción de las pupilas), pero no estoy del todo seguro.

En definitiva, los efectos fueron extremadamente suaves, en modo alguno divertidos ni psicodélicos, y muy breves (diría que la ligera euforia inicial desaparece a los 4-5 minutos, y las escasas sensaciones extrañas que experimenté se esfumaron después de una hora –no lo puedo determinar con exactitud porque no miré el reloj).

Ni que decir tiene que me sentí muy decepcionado con este compuesto carente de interés. Los efectos que obtuve del mismo fueron suaves, claramente, produjo un efecto sobre mi visión y mi estado mental, pero, de ninguna manera, lo llamaría alucinógeno.

De nuevo, interesante, revelador y… desconcertante. Pasemos, pues, rápidamente, a ver qué podemos encontrar en el resto de las secciones de Erowid: una foto; unos links a recursos externos como Wikipedia; el estatus legal de la sustancia en Estados Unidos (no está prohibida); una serie de referencias bibliográficas entre las que destaca una del libro Legal Highs de Adam Gottlieb (1973) en la cual el autor afirma que el adrenocromo semicarbazona (un producto derivado del adrenocromo), en dosis de 100 mg consumidos vía oral, produce estimulación, sensación de bienestar y una ligera alteración de los procesos mentales; y poco o nada más. No hay información sobre dosis, efectos, duración, contraindicaciones, efectos adversos… Nada de nada. De hecho, en el índice de entrada, el apartado dedicado a la “clasificación de sus efectos” se lo despachan, lacónicamente, con esta palabra: «Controvertida».

De modo, amigos, que, si ni siquiera en Erowid son capaces de concluir nada sobre esta movida, más nos vale dejarnos ya de teorías y de referencias bibliográficas y pasar, directamente, a la práctica. No nos queda otra.

Acudamos, pues, a Google y escribamos: “buy adrenochrome”, a ver qué nos encontramos… No se lo pierdan: con esto nos hemos topado a la primera de cambio.

Yahoo-Answers:

Pregunta: « ¿Dónde puedo comprar adrenocromo? Vivo en Ontario, Canadá, y quiero comprar un poco porque alguna gente que conozco me ha hablado sobre él y no sé donde comprarlo».

Respuesta: «Es una droga ficticia; no puedes, porque no es real. Lo siento».

La madre que nos parió, ¡esto es de locos! Al final va a ser verdad que esta sustancia guarda una estrecha relación con los mecanismos patológicos de la esquizofrenia: ¡joder, si con sólo leer sobre ella ya estamos neuróticos perdidos –producto de tanta información contradictoria y discordante- no queremos ni imaginar lo que será tomarla!

En fin, volvamos a relajarnos. Respiremos hondo y busquemos otros enlaces de interés, a ver adonde nos llevan… ¡Ale-Hop! Aquí: Generics Med, "buy cheap adrenochrome injection". Una Web de aparente fiabilidad que da la impresión de dedicarse, fundamentalmente, a la venta de Cialis, Viagra y esas cosas, pero en la que por el muy, pero que muy, módico precio de 1,29 dólares se pueden adquirir viales de 25mg/ml de adrenocromo monosemicarbazona más una ampolla de agua inyectable. Los usos médicos señalados se remiten, básicamente, a la reducción del sangrado y las hemorragias durante y después de los procesos quirúrgicos. Ni en el apartado referente a los efectos secundarios ni en ningún otro se hace mención alguna a efectos de tipo psicoactivo.

Perfecto, parece que la mítica sustancia vuelve a dar pruebas de existir. Y, de hecho, bien pronto tenemos la oportunidad de corroborar que existe realmente. Un buen amigo nos ha pasado el enlace (muchísimas gracias) a una Web española tipo E-Bay en la que alguien vende un antiguo bote farmacéutico de adrenocromo. Son 3 euros más gastos de envío (5 euros en total). Decidimos comprarlo, aunque sólo sea como fetiche drogófilo, pues en la información sobre el producto se indica que el frasco está vacío. A los pocos días recibimos el pedido y, ¡sorpresa!, dentro hay 8 comprimidos tan añejos como el propio bote (gracias, también, a usted, caballero, je, je, je).

Estupendo. Ya tenemos nuestra primera muestra. No obstante, proseguiremos con la búsqueda, puesto que quisiéramos obtener productos más frescos que el que acabamos de adquirir, que parece haber sido sintetizado en la época de los mods y los beatniks.

Es cierto que podríamos tirar de la anteriormente mencionada Web médica y dejarnos de líos, pero, sea por lo que sea, no nos termina de convencer. De tal manera que procedemos a buscar otro proveedor de adrenocromo semicarbazona, y nos encontramos con una página americana que tiene laboratorios y distribuidores en España. Entramos en contacto con ellos. Fiabilidad absoluta. Encargamos un gramo. Esperamos a que llegue y, mientras tanto, tratamos de mover nuestros hilos para conseguir adrenocromo puro y duro del productor y proveedor de productos químicos más fiable del mundo. Otro buen amigo, con muy buenos contactos y posibilidades, nos echa un cable (mil gracias), pero finalmente no lo consigue. En tales circunstancias, empezamos a dudar de que vayamos a ser capaces de lograr hacernos con el producto. Un chino nos lo ofrece a precio de oro. Estamos a punto de decirle que le folle un pez-payaso, pero nos contenemos por si se diera el caso de que, al final, terminara por convertirse en la única fuente accesible. Recapacitamos y hablamos con nuestro amigo y editor Chema de la Quintana. Urdimos un plan, descabellado y con nulas posibilidades de dar fruto alguno –como casi todos los que urdimos y, sobre todo, urde este inestimable compañero-. ¡Funciona! En breve recibiré en mi casa 50 mg de adrenocromo en dos viales de 25 mg cada uno. ¡Acojonante! Es como si le acabáramos de pillar cocaína al mismísimo Pablo Escobar –que, de no estar muerto, pueden ustedes estar seguros de que, si nos diese por ahí, también se la pillaríamos, y si nos empecináramos u obcecáramos mucho con el tema, lo llegaríamos a lograr incluso por muy muerto que esté ja, ja, ja).

Bueno, misión cumplida. Ya tenemos encargados los productos. Ahora sólo queda recibirlos. Tensa espera. Hasta que, un buen día, me llaman por teléfono:

«¿Eduardo Hidalgo?».

«Sí, soy yo».

«Mire, voy para allá con el adrenocromo, ¿cabe el camión en la calle esa?»

"Ahí va la hostia", pienso para mis adentros, "el camión, dice el tío. ¡Pero si yo sólo he pedido 50 mg! A ver éstos lo que me traen… a ver si la hemos liado parda y lo que he pedido son 50 kilos, que, en realidad, por lo que he pagado por ellos, bien podrían ser unos cuantos quintales…". «Sí, sí, no se preocupe usted, que seguro que cabe, y si no cabe lo aparca donde pueda y ya nos apañamos».

En esos momentos tengo que salir de casa, así que dejo dicho que, si traen algo para mí, lo guarden en el congelador, pues esas son las recomendaciones del proveedor. Cuando vuelvo me encuentro con que han tenido que vaciar un estante entero para meter el adrenocromo (que resulta ser el gramo de semicarbazona), ya que, el botecito viene empaquetado en una caja de corcho blanco el doble de grande que las de zapatos, debido a que trae consigo, por arriba y por abajo, unos enormes contendores de “refrigerante no tóxico reutilizable” para mantener la sustancia, más que fresquita, congelada. Bueno, el tema ha resultado algo engorroso y aparatoso, pero me siento aliviado, pues no quisiera ni imaginarme lo que hubiera pasado si realmente se hubiese producido un error en el pedido y el transportista hubiese pretendido descargar el camión al completo en casa de mis padres.

En cualquier caso, a la hora de recibir los 2 viales de 25 mg restantes, la caja vuelve a ser igual o más grande que la anterior, de tal manera que apenas queda espacio en casa para la carne, el pescado, las verduras y las pizzas. ¡Pero vamos sobrados del mítico producto de la oxidación de la adrenalina! Así que, podemos darnos más que por satisfechos y, con tiento y mesura, empezar con las catas lo antes posible, tanto para que no se degrade la sustancia como para poder reponer el congelador de alimentos y no matar de hambre a la familia entera o acabar devorándonos entre nosotros mismos como le gustaría a Samorini.

Notas:

1 - Este individuo utilizó, realmente, viales de epinefrina, y los dejó oxidar, tratando, así, de obtener adrenocromo emulando lo que se rumorea que sucedió durante la Segunda Guerra Mundial en Canadá, donde, supuestamente, hubo soldados que se quejaron de sufrir alucinaciones cuando les fue administrada epinefrina oxidada perteneciente a partidas caducadas y envejecidas.

 


 

 

Psicoterapia psiquedélica actual: estudios recientes

Por José Carlos Bouso

En el artículo anterior discutimos las evidencias científicas existentes acerca del potencial de sustancias como la psilocibina o la MDA (3,4-Metilendioxianfetamina) para inducir experiencias místico espirituales, que pueden promover cambios positivos en la personalidad de los iniciados y que se mantienen en el tiempo; y cómo los autores de estos estudios consideran este tipo de experiencias de potencial utilidad en el tratamiento de algunos trastornos mentales, como son la adicción a las drogas o las situaciones de depresión y ansiedad que padecen personas diagnosticadas de enfermedades incurables y que se encuentran en fase terminal. En el presente artículo resumiremos los estudios contemporáneos sobre el tema.

El uso terapéutico de las drogas alucinógenas se remonta probablemente a los orígenes de nuestra especie. En un principio, quizás los saberes no estaban compartimentalizados, como lo están hoy, luego era difícil separar recreación de curación, de ahí que probablemente toda medicina, sobre todo, toda medicina psicoactiva, era una forma de recreación, y toda forma de recreación era también una medicina. Sobre todo porque el contexto en el que el binomio recreación/medicina operaba era siempre en un contexto de grupo, donde la comunidad en su conjunto es la que da validez a la integración grupal, que es, después de todo, el mejor indicador de salud. Al menos para aquellos “males” que no responden exclusivamente a una causa física; si bien, incluso para estos, la implicación grupal en el problema individual es ya por sí misma un reductor de angustia.

Los tiempos han cambiado, y quitando los rituales modernos, como pueden ser las raves tranceras en las que se consume MDMA y algún que otro psicodélico, o los rituales religiosos en los que se toma ayahuasca o peyote, la curación hoy día se establece en el ámbito privado en relación terapéutica entre el médico y/o el psicoterapeuta, y el paciente.

Dentro de este contexto es donde nació, a mediados del siglo pasado, la llamada psicoterapia psiquedélica. Ya se había descubierto la LSD y los psiquiatras la utilizaban como fármaco psicotomimético para entender mejor la fenomenología de la esquizofrenia. Humphry Osmond, un psiquiatra británico afincado en Canadá experto en alcoholismo, había observado que muchos alcohólicos dejaban la bebida después de que hubieran experimentado los terrores del delirium tremens, esto es, el síndrome de abstinencia alcohólico. Así que pensó que quizás, induciéndoles un delirium tremens artificial administrándoles altas dosis de LSD, los pacientes podrían experimentar los mismos pavores, ahorrándoles los males fisiológicos y psicológicos intrínsecos al delirium tremens natural, y así quizás podrían abandonar la adicción al alcohol. La sorpresa que se llevó Osmond cuando empezó a administrar LSD a sus pacientes alcohólicos fue que la mayoría de ellos, lejos de tener una experiencia terrorífica como él suponía, atravesaban por una experiencia místico espiritual como consecuencia de los efectos de disolución de los límites de la personalidad que inducen las dosis altas de LSD administradas en un contexto controlado, tal y como vimos en el artículo anterior sobre que puede hacer la psilocibina administrada por manos expertas en el contexto adecuado. Desde entonces, la psicoterapia con LSD y con otros psicodélicos se fue ampliando a un grupo cada vez más numeroso de patologías psiquiátricas y de problemas psicológicos que iban desde los trastornos obsesivos hasta el alivio de la angustia que experimentan muchos pacientes que se encuentran en fases terminales de su enfermedad. Incluso fue utilizada por el famoso psiquiatra holandés Jan Bastiaans para el tratamiento del llamado “síndrome de campo de concentración”, que hoy sería una de las muchas expresiones que adoptaría el Trastorno de Estrés Postraumático[1].

Desde la interrupción más o menos abrupta en los años 70 de la investigación con terapia psiquedélica hasta fechas recientes, no se había vuelto a realizar ningún estudio científico en el que se tratara de probar la eficacia de un psiquedélico para el tratamiento de algún trastorno psiquiátrico o problemática psicológica. De hecho, a día de hoy, tan solo existe un estudio publicado al respecto, si bien hay alguno que otro actualmente en marcha. Casi todos para el tratamiento de la ansiedad y la depresión en enfermos con cáncer terminal. En este estudio[2] se administró psilocibina (0,2 mg/kg) y un placebo activo (niacina, un fármaco que “imita” los síntomas físicos de la psilocibina pero que carece de efecto psicológico) de manera aleatoria y separado cada tratamiento por dos semanas, de tal forma que cada paciente hacía de su propio “control” y, así, poder comparar los efectos de los dos fármacos en términos de seguridad fisiológica, además de la eficacia en el largo plazo sobre los síntomas de ansiedad y depresión, para lo cual se utilizaron cuestionarios psicométricos utilizados habitualmente en clínica y en investigación para evaluar síntomas de depresión y ansiedad. Este artículo se publicó en septiembre de 2010 en una prestigiosa revista psiquiátrica y dio lugar a titulares del tipo: “Hongos alucinógenos son efectivos en el tratamiento del cáncer”[3]. Uno de los autores principales del estudio incluso escribía en la prestigiosa revista de divulgación Scientific America (publicada en España como Investigación y Ciencia): “Aunque el estudio fue demasiado pequeño como para arrojar conclusiones definitivas, fue alentador: los pacientes mostraron disminución de la ansiedad y les incrementó el estado de ánimo, incluso meses después de la sesión con psilocibina. Al igual que ocurrió con estudios realizados hace años, los pacientes también refirieron menos miedo de cara a impedir la muerte” (traducción mía del original)[4]. De hecho, debido a la publicidad mediática que ha recibido este estudio, entre la comunidad psiquedélica ha vuelto a circular la información alentadora de que hay un estudio que demuestra que la psilocibina es eficaz para el tratamiento de la depresión y la ansiedad en enfermedades terminales, tal y como uno mismo puede comprobar si se toma la molestia de bucear un poco por los foros y los facebooks frecuentados por iniciados…

Si bien no se puede decir que nada de esto no sea cierto, también se puede decir que es un poco falso. No es, en definitiva, ni más ni menos, que publicidad, por no decir propaganda, que han lanzado los autores y amigos de los autores al mundo para autopromocionarse ante unos datos que, en el mejor de los casos, lo que se puede decir es que son un poco débiles. Veamos qué es lo que hay publicado exactamente en el artículo en el que se publican los resultados. Como se ha dicho, se administró, a forma de doble ciego, una dosis de 0,2 mg/kg de psilocibina y se compararon los efectos fisiológicos con un placebo activo (niacina). Efectivamente, tal y como han explicado los autores, tanto en su artículo como en los artículos periodísticos y de divulgación que se han hecho eco de este estudio, la psilocibina se mostró segura para los pacientes. Se tomaron medidas de tolerabilidad como fueron presión arterial y frecuencia cardiaca, y si bien hubo incrementos, comparado con placebo, ambas mediciones fueron modesta y transitoriamente incrementadas por la psilocibina, si bien entre parámetros carentes de riesgo. De hecho, la monitorización cardiovascular constante a la que estuvieron sometidos los pacientes no arrojó síntomas de cardiotoxicidad. La divergencia entre lo difundido mediáticamente y lo publicado científicamente aparece en relación a la eficacia para reducir las medidas de ansiedad, de depresión y de estado de ánimo. El estado de ánimo se evaluó con una escala llamada POMS y si uno va a las gráficas publicadas en el artículo, ve que hay una tendencia a la baja entre el día previo a la administración de psilocibina y a las 6 horas, 1 día después, 2 semanas después y los meses 1, 2, 3, 4, 5 y 6, tras la administración. Esto es, que una tendencia es sólo una tendencia: no hay diferencias “reales” (estadísticamente significativas) antes y después de las sucesivas mediciones. Si vamos a las mediciones de ansiedad, sólo hay disminuciones en el mes 1 y 3, y solo de uno de los dos tipos medidos de ansiedad, conocido como “ansiedad rasgo”, esto es, el tipo de ansiedad más estable a lo largo del tiempo y de las situaciones, no encontrándose diferencias en la “ansiedad estado”, esto es, la que depende más de la situación concreta en la que se encuentra la persona. Ni un día después de la sesión con psilocibina, ni en los meses 2, 4, 5 y 6, hay disminución de la ansiedad “rasgo” y la “estado” no disminuye en ningún punto temporal. Estas fluctuaciones en ansiedad “rasgo” son difíciles de interpretar, pero lo que arroja claramente (y como obvia interpretación) es que no hubo una disminución ni permanente ni estable de la ansiedad en los pacientes. Si por fin nos vamos a las mediciones de depresión, nos encontramos que solo hay una disminución estadísticamente significativa al sexto mes después del tratamiento. Por cierto, de los 12 pacientes que iniciaron el estudio, solo 8 completaron los 6 meses de seguimiento, 11 los cuatro primeros meses y los 12 iniciales los 3 primeros meses. En resumen: no hubo disminución objetiva del estado de ánimo desde que se administró la psilocibina hasta los 6 meses de seguimiento, hubo una disminución en los meses 1 y 3 de la ansiedad “rasgo”, la ansiedad “estado” no se modificó a lo largo del tiempo y la depresión solo disminuyó al sexto mes, cuando 4 de 12 pacientes habían tristemente fallecido. No es objeto, ni mucho menos, de este artículo, ensañarse con unos resultados cuando menos modestos de un estudio piloto pionero y valiente en el ámbito de la psicoterapia psiquedélica. Sólo es una advertencia a la moderación para los entusiastas. Si empezamos pronto a promulgar la eficacia contrastada de estudios con resultados más que modestos, de nuevo, como ya ocurrió en el pasado, corremos el riesgo de perder credibilidad frente a la comunidad científica. Los autores del estudio escriben, en su artículo científico, que los resultados modestos encontrados pueden deberse a lo pequeño de la muestra (cosa que puede ser cierta, dadas las tendencias observadas en las mediciones es posible que con una muestra mayor los resultados podrían haber sido más espectaculares, no lo sabemos). También a que se utilizaron dosis bajas. De nuevo, es cierto que de haber utilizado dosis más altas los resultados hubieran sido otros. Tampoco lo sabemos. Lo que sí sabemos es que este estudio estaba diseñado para evaluar seguridad de la psilocibina en enfermos en fase terminal y que eso efectivamente sí se demostró. Lo que no sabemos es por qué se ha querido dar tanta publicidad a una eficacia que no es tal cuando hubiera sido más honesto publicitar lo que se encontró: que es un fármaco que se muestra seguro en una población fisiológicamente muy debilitada, un hallazgo ya lo suficientemente importante por sí mismo. De hecho, al menos hay ahora mismo otros 3 estudios en los que, con dosis más altas, se está investigando la eficacia de la psilocibina para el tratamiento de la ansiedad y de la depresión en enfermos terminales, precisamente por la capacidad demostrada de la psilocibina para inducir experiencias cumbre y poder ayudar a este tipo de pacientes a afrontar las fases finales de su vida. También hay un estudio terminado con los mismos objetivos con LSD, y que actualmente está en fase de análisis estadístico de los resultados. También hay un estudio en marcha con psilocibina para tratar la adicción a la nicotina. A medida que estos estudios se vayan publicando los iremos comentando en esta misma sección.

El otro estudio estrella sobre psicoterapia psiquedélica publicado recientemente es el que ha investigado la eficacia y la seguridad de la MDMA en el tratamiento del Trastorno de Estrés Postraumático en personas refractarias a tratamientos convencionales y para las cuales los tratamientos previos han fracasado. Pero esta historia la dejaremos para el próximo número de esta sección. Hasta dentro de dos meses.

 


[1] Una revisión detallada de la historia de la investigación en terapia psiquedélica, así como de las investigaciones modernas realizadas a fecha de 2007 puede encontrarse en: Bouso JC y Gómez-Jarabo G (2007): “Psicoterapia e investigación clínica con drogas psicodélicas: pasado, presente y futuro”. En: J.C. Aguirre: Cartografías de la experiencia enteogénica. Madrid: Amargord, pp:

[2] http://www.maps.org/w3pb/new/2010/2010_Grob_23136_1.pdf

[3] http://pijamasurf.com/2010/09/hongos-alucinogenos-son-efectivos-en-el-tratamiento-del-cancer/

[4] http://www.maps.org/media/ScientificAmerican-2010_copy.pdf

 

El nacimiento de la Psicodelia

Sentar las bases de un movimiento tan generalizado, que abarca tantos ámbitos y materias, y que se prolongó a lo largo de más de tres decenios es, cuanto menos, complicado.

Aunque con la mayoría de palabras pasa que el significado etimológico pierde valor conceptual con el transcurso del tiempo y el uso, en el caso del término Psicodelia (Psychedelia en su originario inglés) conserva gran parte de su esencia. Las palabras griegas que la componen son psyche (ψυχή) que significa “alma” y diloun (δηλοῦν) que podría interpretarse como “manifiesto” o “manifestar”. Humphry Osmond, psicólogo británico, acuño por primera vez el término en 1957, definiéndolo como “aquello que el alma manifiesta”.

Fue el propio Osmond quien proporcionó varias dosis de mescalina a Aldous Huxley en 1953, y este, a su vez, basándose en la experiencia con uno de los alcaloides alucinógenos más potentes del mundo, escribió Las puertas de la percepción en 1954.

Habrá quien describa la Psicodelia como un movimiento contracultural cuyo desenvolvimiento tuvo especial relevancia entre el 1965 y el 1975, lo que nos remitiría al movimiento Hippie y a uno de sus máximos exponentes mediáticos, Timothy Leary. Otros quisieran partir de Albert Hofmann, cuando sintetizó el LSD por primera vez en 1938. Sin embargo, si nos remitimos a la creación del pensamiento, a la argumentación, propiamente dicha, de este movimiento, no existen otros orígenes que los literarios.

Aldous huxleyAldous huxley

En la década de los cincuenta confluyeron un conjunto de pensadores americanos que compartían una visión común, caracterizada por la repulsión hacia su sociedad; el uso de diferentes sustancias psicoactivas para el conocimiento personal y el desarrollo del pensamiento; el libertinaje y la desinhibición sexual como contestación a los valores clásicos y, por último, el concienzudo estudio de las diferentes filosofías orientales para una posterior aplicación mediada en occidente.

La “Generación Beat” nació arropada, de nuevo, por otro concepto, el de la “Beatitud”. Fue Jack Kerouac quien, en 1959, la asoció a esta concepción en relación a la naturaleza de la conciencia, la meditación, el diálogo interno y el pensamiento oriental.

Si tuviéramos que resaltar a sus máximos exponentes estaríamos de nuevo ante una tarea complicada pues el propio Huxley se haya excluido de esta generación por su origen inglés y es quizás uno de los pilares fundamentales del pensamiento Psicodélico. Sin embargo, dejándonos llevar por los puristas, podríamos afirmar que Allen Ginsberg, William S. Burroughs y, especialmente, Jack Kerouac fundamentan los pilares de la “Generación Beat” y a la vez, la semilla que eclosionará a lo largo de esta década y crecerá sin cesar hasta finales de los años setenta, dando lugar al movimiento Hippie y sentando las bases literarias y científicas para autores como Ken Kesey, Carlos Castaneda y Terence McKenna.

Si queremos llegar a algún lugar, dada la extensión, debemos olvidarnos de Huxley por su complejidad y escasa relación con los “Beats”. Hablemos pues del libro que muchos han designado “La Biblia de los Hippies”, el libro que Kerouac tituló En el camino (On the road) y que representa la génesis del pensamiento Psicodélico, que posteriormente se convertirá en el movimiento contracultural más importante de la historia.

Escrita en 1951 y publicada en 1957, es una obra reconocidamente autobiográfica (al menos en parte) que narra los viajes del autor y sus allegados a lo largo de Estados Unidos y México, provocando, con ello, la posterior mitificación de la “Ruta 66”.

Una significativa parte de los lectores del libro afirman que no encuentran ese contenido profundo y trascendental que la convirtió en obra de culto y que continúa promoviendo la reimpresión de más de 100.000 copias al año, sino, más bien, una simple narración de las variopintas andanzas de un grupo de amigos un tanto peculiares.

Precisamente es aquí donde radica su encanto, donde la narración se convierte en el testimonio de una generación despierta, inconformista y revolucionaria, una generación que ya no concibe un mundo planificado, repleto de horarios y obligaciones. Esta contestación no es tan obvia al formularse la obra como un monólogo interior, con una ausencia prácticamente total de críticas directas o divagaciones demagógicas sobre lo que es bueno o no lo es.

La obra, el propio discurso en sí, es la visión desprejuiciada de una realidad muy diferente al habitual de aquella sociedad. En el camino es libertinaje, libre pensamiento, desorden; es drogas, es vivir por el simple hecho de vivir y disfrutar eligiendo cada momento e incluso es ciertas dosis de caos, de ese caos originario, que conforma nuestra propia esencia como seres humanos, como partícipes del universo caótico en el que nos hallamos.

Carlos CastanedaCarlos Castaneda

Solo queda recomendar encarecidamente su lectura, liviana y llena de significado, para que cada cual juzgue y extraiga de ella lo que quiera. Recordad que hasta aquí, la Psicodelia, no ha hecho más que comenzar. Continuaremos argumentándola en los próximos números.

“Al fin y al cabo, somos nosotros los herederos de este gigante del pensamiento que no consiguió exterminar por completo la sociedad imperialista, asesina y cruel en la que nos hayamos inmersos, por haberse silenciado, cayendo poco a poco en el olvido de las obligaciones y las preocupaciones impuestas.”

 

Adrenocromo (IV)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

En esta cuarta entrega, transcribiremos unos últimos apuntes de la obra de Hoffer y Osmond para, acto seguido, dar paso a los testimonios de otros autores e individuos. Al efecto, empezaremos mencionando que los susodichos investigadores ofrecen un informe pormenorizado de las reacciones de un experimentado psiquiatra –el doctor A. B.- ante la administración de 10 mg de adrenocromo vía sublingual y una cantidad indeterminada vía oral. El relato ocupa varias páginas, de modo que, por no extendernos demasiado, seleccionaremos únicamente unos pocos comentarios sobre la misma.

Su reacción se produjo 10 minutos después de la administración, lo cual es típico cuando el adrenocromo se ingiere vía sublingual; y se mantuvo bajo su efecto hasta que 1 gramo de ácido nicotínico le restituyó a su estado normal, pero realmente no recupero la normalidad hasta pasadas semanas o meses[1].

Su experiencia se caracterizó por los siguientes cambios:

Percepción: cambios en las imágenes consecutivas, en la iluminación, en juzgar las distancias, en la visión de lejos, y algunas sensaciones de irrealidad. Los objetos mostraban pulsaciones y la relación entre tamaño y distancia estaba distorsionada. No hubo alucinaciones[2]. El tiempo se volvió inconstante.

Pensamiento-Contenido: Se mostraba irritable, abrupto, con falta de juicio y no se daba cuenta de los efectos que le había provocado la sustancia. De hecho, había concluido que le había sido administrado un placebo.

Procesamiento de la información: No pudo resolver adecuadamente los test más sencillos.

Estado de ánimo: Irritable, abrupto y hostil. A todas aquellas personas que le conocían o que habían tenido contacto previo con él, les resultaba evidente que nunca le habían visto así. […] Sólo después del adrenocromo, su personalidad cambió tanto que no pudo ser reconocido por sus colegas y amigos.

Por último, pondremos el punto y final al relato de las investigaciones y argumentaciones de Hoffer y Osmond con dos breves comentarios que realizan en su libro The allucinogens.

La experiencia psicotomimética inducida por el adrenocromo y la adrenolutina no se parece a la típica de la LSD o la mescalina. Los cambios ocurren primariamente en el pensamiento y en el estado de ánimo. Los cambios perceptivos son sutiles y no obvios. Esto entra en marcado contraste con los cambios visuales que frecuentemente se suceden a la administración de LSD.

Algunos de los cambios producidos por el adrenocromo pueden persistir varios días, y en algunos casos los efectos pueden llevar a resultados casi desastrosos. Estas experiencias con el adrenocromo nos ha llevado a ser muy cautelosos con esta droga, que parece ser tan suave en su acción pero que puede resultar muy peligrosa debido a la falta de insight que produce en algunos sujetos.

                                                                            

Boquiabiertos nos hemos quedado… sobre todo, viniendo estos informes y comentarios de quien vienen. Ahora bien, como ya señalara Samorini, la “teoría del adrenocromo” como explicación de los desórdenes psicológicos de la esquizofrenia, y el tratamiento de este trastorno a base de mega-dosis de vitaminas (que era lo que Hoffer proponía), terminaron por quedarse en el baúl de los recuerdos de la psiquiatría o, directamente, fueron refutados y rechazados por el stablishment psiquiátrico en ulteriores publicaciones. Con ello, cayó también en el olvido –o fue negado- el posible potencial psicoactivo del adrenocromo. Así viene a atestiguarlo otro “capo dei capi” de la drogología, el mismísimo Alexander Shulgin, que, en su celebradísima e imprescindible obra, PIHKAL, declara lo siguiente:

…hubo interés sobre algunos informes que afirmaban que la adrenalina que se había vuelto vieja y descolorida parecía producir efectos en el sistema nervioso central del ser humano. Los productos de la oxidación de la adrenalina fueron identificados como el profundamente colorado compuesto indólico adrenocromo y su descolorido análogo, la adrenolutina. La controversia que crearon estos informes terminó apagándose con el tiempo, y jamás ha sido aceptado que la familia del adrenocromo sea psicoactiva. A día de hoy, nadie en la comunidad científica está investigando sobre éste tema; y, en el presente, se considera tan sólo como una interesante nota al pie de la historia.

Desconcertantes estas controversias y contradicciones entre los científicos y maestros de la psiconáutica… Verdaderamente, nos dejan en punto muerto: si ellos mismos han decidido olvidarse del asunto y dar el tema por zanjado, ¿a quién podemos recurrir ahora para solventar las dudas que aún nos quedan?

Efectivamente, a los consumidores recreativos, a los drogófilos ilustrados, a quienes participan en los diversos foros online contando y compartiendo sus conocimientos, impresiones y experiencias con las drogas. Veamos, pues, qué es lo que nos cuentan.

7 – Ante todo, hemos de empezar diciendo que, en líneas generales, los consumidores de drogas suelen considerar que el adrenocromo es una sustancia perteneciente a la mitología drogológica, una sustancia ficticia o, al menos, una exageración y licencia literaria de Hunter S. Thomson. Hay quien, sin embargo, jura y perjura haberlo catado. En el foro sobre drogas más activo de todos los que hay en habla hispana (el Cannabis Café) podemos encontrar, por ejemplo, dos testimonios. Esto es lo que dicen y así es como lo dicen y lo escriben:

En El Caso Del Adrenocromo Solo Lo Hice Una Ves Y Con Eso Tuve Para Decir ¡ya No Mas! Ya Que Es Una Substancia Que Se Saca De La Glandula Pineal Del Ser Humano Y Es La Descomposicion De La Adrenalina Y Un Amigo Que Conoci En Canada Fue El Que Me Regalo Y De Verdad No Se Ni De Que Pinche Muerto La Saco Por Que Para Conseguir Eso El Muerto Tiene Que Estar Casi Fresquesito.
Mi Experiencia Fue Lo Bastante Como Para Hacer Un Libro De Ella, Recuerdo Que Me Dio Un Pequeño Palillito Para Los Dientes Y Lo Sumergio En Una Substancia Negroide Grisasea Y Me Lo Metio En La Boca Por Que Yo Le Había Preguntado Que Si No Tenia Alguna De Esas Substancias Que Nos Gustan Lsd Y Todo Eso.
Una Ves Habiéndolo Probado Como Una Hora Después Comencé A Sentir Una Tremenda Inquietud Y Un Severísimo Mareo Y Termine Wacareando No Lo Creía Pero Bajé De Ese Trip Como A Los Dos Dias Y Lo Que Me Parecio Increible Fue La Pequeña Cantidad Con La Que Me Puse Hasta El Re-culo Dos Dias Alucinando Cosas Que De Verdad Ni Siquiera Existian Y Termine Trastornado Es Como Ver Tu Muerte En Vida De Una Manera Obviamente Mucho Mas Torcida. Pero Aun Asi Se Lo Agradesco Por Que Me Sirvio De Experiencia Para No Volver A Hacerlo Es El Psychedelico Que Jamás Halla Probado Después De La Dmt

Kaleidoscope, 01/09/2006.

para mi fue una experiencia demasiado fuerte de hecho neta después de hacerlo estoy casi seguro que no lo vas a querer hacer otra ves al menos no en un buen rato y no tanto por que la experiencia sea infernal si no por que es demasiado cansado , tu espalda termina hecha mierda y el dolor es demasiado como si te hubieras aventado 4 gotas de lsd pero bueno en si los visuales son muy diferentes por que con esta madre ves cosas que salen de tu imaginación, cosas que ni siquiera existen es como estar dentro de un videojuego y ver como todo lo que esta a tu alrededor es como de plastilina que respira y al menos yo lo que veía es que a mi compa le salían unos tentáculos larguísimos del pecho que se dirigían hacia arriba y finalizaban en un destello enorme de luz blanca deslumbrante que no podía ver directamente y aparte lo que a mi no me pareció del adreno es que todo el tiempo estas como que nervioso con mucha inquietud como si te hubieras dado unas líneas de coca

Kaleidoscope, 02/09/2006

El 4 de septiembre de 2006 le responde Aland Alejand (un miembro que, curiosa o sospechosamente, se ha registrado y estrenado en el foro ese mismo día).

ver carnal, yo la neta no te creo pero tengo la mente abierta y vivo cerca de donde tu vives, vivo en azcapo y estoy dispuesto a citarte a ver k pedo. Si es k la consigues (k la verdad lo dudo), me escribes a mi mail y nos kedamos de ver donde tu digas, me regalas una poca y la cheko.

Le contesta Kaleidoscope:

a huevo que te parece si nos vemos mañana en viveros floresta a las 3:00 pm? en la glorieta

El 10 de septiembre vuelve a escribir Aland Alejand:

vaya, escribo hasta hoy pork me he topado con este carnal del (kaleidoscope o como se escriba) y es chido la verdad me cayo bien despues de un rato de cotorrearlo, pero vamos a lo k les interesa, este wey me dio veneno, la madre k probe es horrible y lejos de un buen viaje me trajo lokeando por 2 dias y 2 noches, con las experiencias mas horribles k jamas haya porbado enserio. mis papas siguen preguntadome k k fue lo k hice y me kieren hacer estudios. he mandado la otra prueba a un laboratorio hoy y pasado mañana me dan los resultados, pero independientemente de lo k sea no creo k sea para el consumo humano, es algo muy muy fuerte y sigo muy confundido aparte de los problemas k me he buscado con mi padres. Nunca lo prueben, no tiene caso sentirse tan fuera de control, pero yo por kuriosito neta hice unas de las peores pendejadas.
Tengo miedo de ir por los resultados, k tal si me detienen a hacer preguntas, k hago? es seguro ir? k tal si si es, es ilegal sacarlo de humanos no? respondan porfavor!!!

El día 13, Alan escribe lo siguiente:

NNNOOOO MAMEEEEEN esta madre si es adrenocromo bueno eso creo por que en el analisis dice aparte de las estrusturas moleculares que tiene que la neta no entiendoy unos porcentajes de cada uno que tampoco entiende en conclusion dice que es una oxidacion u/o descomposicion de la adrenalina y un leve contenido de cromo pero casi nada no se pero esto pa mi si es adrenocromo

A continuación, hay quien pone en duda la veracidad o el sentido de tales análisis. Los foreros quedan a la espera de que Kaleidoscope cumpla su promesa de enviar unas muestras de la sustancia a uno de los miembros del Cannabis Café… y ahí acaba la historia (como suele pasar en estos casos).

Notas:

1- En otro punto, los autores mencionan lo siguiente: «El 31 de octubre de 1959, cuando regresé a mi casa, A. B. me llevó en coche hasta el tren. Me dijo que ya estaba normal, pero que no lo había estado el día anterior [en el que había tomado el adrenocromo]. Muchos meses más tarde, me dijo que no se recuperó por completo hasta que hubieron pasado dos semanas, pero su mujer sentía que, realmente, le llevó varios meses volver a la normalidad».

2 - Hoffer y Osmond parecen olvidar que el sujeto experimental, A. B., refiere, en diversas ocasiones, sentirse molesto por la «sensación de que los árboles explotaban súbitamente ante sus ojos», lo cual, si bien, pudiera no ser una alucinación en toda regla, probablemente podría definirse como una pseudoalucinación, una ilusión o un claro trastorno de la percepción.

 


 

 

 

Adrenocromo (III)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Habíamos finalizado la entrega precedente exponiendo unos apuntes preliminares sobre los trabajos de Hoffer y Osmond con esta sustancia. En esta ocasión, proseguiremos con la transcripción de parte de sus escritos:

Sumario del relato de un ensayo con adrenocromo (septiembre, 1952), 20-30 horas aproximadamente, condensadas en notas hechas en el momento por el sujeto (Osmond).

Después de que el líquido rojo-púrpura fuese inyectado [0,5 mg] en mi antebrazo derecho sentí un gran dolor. No esperaba que obtuviéramos ningún resultado de un bio-ensayo preliminar, de modo que, a mi juicio, no estaba en un estado de expectativas elevadas. El hecho de que mi presión sanguínea no subiera sugería que no estaba indebida o excesivamente tenso. Después de diez minutos, mientras me encontraba tumbado en un sofá mirando al techo, me di cuenta de que había cambiado de color. Parecía que la iluminación se había vuelto más brillante. Les pregunté a Abe y a Neil si habían notado algo, pero no habían notado nada. Miré alrededor de la habitación y pareció que había cambiado de una forma difícil de definir. Me pregunté si estas cosas no serían más que producto de mi propia sugestión. Cerré los ojos y apareció un brillante patrón de puntos de colores. Los colores no eran tan brillantes como aquellos que había visto con la mescalina, pero eran del mismo tipo. Los patrones de puntos tomaron gradualmente la forma de peces. Sentí que estaba en el fondo del mar o en un acuario entre un banco de peces de colores. En determinado momento, concluí que yo era una anémona en esa piscina. Abe y Neil persistían en preguntarme qué estaba pasando, lo cual me molestaba. Me trajeron un autorretrato de Van Gogh para que lo mirara. Nunca había visto un dibujo tan plástico y vivo. Van Gogh me contemplaba desde el papel, con la cabeza rapada, con dolor y mirada de loco; y parecía tridimensional. Sentía que podía acariciar la tela de su traje y que él se giraría dentro del marco. Neil me enseñó las cartas de Rorschach. Su textura, su apariencia de bajorrelieve, y las extrañas y divertidas formas que nunca antes había visto en las cartas eran extraordinarias.

Mis experiencias en el laboratorio eran, en general, placenteras, pero cuando salí, encontré los pasillos exteriores siniestros y hostiles. Me pregunté qué significaban las grietas en el suelo y por qué había tantas. Cuando salimos por las puertas del hospital, que conocía bien, me resultó hosco y desconocido. Mientras conducíamos por las calles, las casas parecían tener algún significado especial, pero no puedo decir cual era. En una ventana vi una antorcha encendida y me quedé asombrado por su brillo y su gracia. Dirigí la atención de mis amigos hacia ella, pero no les impactó lo más mínimo.

Llegamos a la casa de Abe, donde me sentí desconectado de la gente, pero no infeliz ni triste. Sabía que debía discutir la experiencia con Abe y su mujer, pero no me apetecía. No sentía ningún interés especial hacia nuestro experimento ni satisfacción por nuestro éxito, aunque me dije a mí mismo que era muy importante. Antes de irme a dormir noté que las visiones de colores retornaban cuando cerraba los ojos (normalmente, cuando estoy cansado, tengo visiones hipnagógicas después de estar varios minutos en una habitación oscura). Dormí bien.

A la mañana siguiente, aunque sólo había dormido unas pocas horas, la vida me parecía bonita. Los colores eran brillantes y tenía buen apetito. Era completamente consciente de las posibilidades que se derivaban de nuestro experimento. El color tenía un significado extra para mí. Las voces, el ruido de la máquina de escribir, cualquier sonido era muy claro. Con aquellos que no apreciaban la importancia del nuevo descubrimiento fácilmente me podría haber puesto irritable, pero fui capaz de controlarme.

Segunda experiencia de Osmond con el adrenocromo (1953).

Tomé 5 mg de adrenocromo, esta vez porque pensábamos que se estaba deteriorando.

Únicamente divisé unos pocos patrones visuales con los ojos cerrados. Tenía la sensación de que había algo maravilloso esperando para ser visto, pero no pude verlo de ninguna manera. De todos modos, en el mundo exterior todo parecía más hostil y el Van Gogh era tridimensional. Empecé a sentir que estaba perdiendo contacto con todo. Mi hermana telefoneó y, aunque normalmente me alegra oír su voz, no pude sentir ninguna calidez ni felicidad. Observé a un grupo de pacientes bailando y, aunque me gusta ver bailar a la gente, con el interés y la envidia de quien es torpe con sus pies, no tuve ningún tipo de sentimiento.

Conduciendo de vuelta a casa de Abe, un transeúnte pasó por la carretera enfrente de nosotros. Pensé que podríamos atropellarle y mirarle con curiosidad y desapego. No sentía la menor preocupación por la víctima. No le atropellamos.

Comencé a preguntarme si seguía siendo una persona y pensé que podría ser una planta o una piedra. Mis sentimientos y mi interés hacia los humanos disminuían según aumentaban mis sentimientos hacia los objetos inanimados. Sentía indiferencia hacia las personas y tenía que frenarme para no hacer comentarios desagradables sobre ellas. No me sentía inclinado a decir más que aquello que observaba. Si me preguntaban si me gustaba un dibujo decía lo que sentía y despreciaba el sentimiento del interlocutor.

No quería hablar y me sentía más confortable mirando al suelo o a una lámpara. El tiempo parecía no tener importancia. Dormí bien esa noche y me desperté sintiéndome animado, pero aunque tenía que acudir a un encuentro, no me di la menor prisa en hacerlo. Al final, más o menos tuve que ser sacado de la casa de Abe. Tenía que recoger mi coche en un garaje cercano donde estaba siendo reparado. Hubo algún problema para encontrarlo y, cuando me vi sentado en el asiento del conductor me di cuenta de que no estaba en condiciones de conducir. Sin embargo, no me sentí ansioso o estresado sino que persuadí al propietario del garaje para que me llevara hasta mi destino. Creo que, normalmente, me habría sentido humillado ante una situación así. No me sentí humillado.

Acudí al encuentro científico y, a lo largo del mismo, escribí esta nota: "Querido Abe, esta maldita cosa sigue haciendo efecto. Lo curioso del asunto es que el stress reaviva los efectos, alrededor de 15 minutos. Tengo la sensación de que hubiera un muro de cristal entre mi persona y el mundo exterior. Es una sensación fluctuante, casi intangible, pero sé que está ahí. No estaba ahí hace tres cuartos de hora; el menor stress vino al recoger el coche. Ahora tengo la sensación de que no conozco a nadie aquí; absurda, pero desagradable. También algunas ligeras ideas de referencia, que provienen de mi sensación de excentricidad. Acabo de empezar a preguntarme si mis manos están escribiendo esto, una locura, por supuesto".

Fluctué durante el resto del día. Mientras era llevado a casa por mi colega psicólogo, Mr. B. Stefaniuk, descubrí que no era capaz de relacionar las distancias y el tiempo. Podía ver un vehículo a lo lejos, en la carretera, pero no sabía con certeza si íbamos a colisionar con él. Hicimos una parada en el camino para tomar un café y me sentí molesto y perturbado por las miradas de soslayo y encubiertas de un hombre siniestro. No estaba seguro de si ese hombre me estaba mirando así o no. Salí fuera a ver dos coches destrozados que habían sido traídos hasta un garaje cercano. Me sentí profundamente preocupado por ellos y por el destino de sus ocupantes. Sólo haciendo un esfuerzo pude dejar de mirarlos y marcharme. Parecía que estuviera involucrado de alguna manera con ellos.

Más tarde, avanzado el día, sonó el teléfono cuando llegué a casa. No le presté atención y dejé que sonara sin cogerlo. Normalmente, no importa lo cansado que esté, siempre lo cojo.

Por la mañana sentí que volvía a ser yo mismo.

A continuación, incluiremos unas breves notas de Hoffer al respecto del comportamiento observado en Osmond tras haber tomado adrenocromo:

El cambio en Osmond -que se caracterizó por una fuerte preocupación por los objetos inanimados, por un marcado rechazo a comunicarse con nosotros, y por una fuerte resistencia ante nuestros requerimientos- entraba en llamativo contraste con su habitual comportamiento social.

En el segundo bio-ensayo, el cambio más notable fue su retiro y separación del resto de las personas. Tras la sesión de laboratorio, fuimos a la casa de Hoffer. Osmond entró, encontró una silla y permaneció sentado en ella durante aproximadamente una hora en la que permaneció absorto examinando la alfombra. No saludó al grupo de personas que estaban en la casa ni entró en conversación con ellas.

Osmond estaba ansioso y asustado por retirarse. Por la mañana se distraía con facilidad. Tardó dos horas en vestirse.

Resumiendo, los cambios que notamos fueron: preocupación por los objetos inanimados, negativismo, debilitamiento de los procesos asociativos, ansiedad y distractibilidad.

Más adelante, Hoffer y Osmond comentan lo siguiente:

Taubmann y Jantz razonaron que el adrenocromo administrado vía sublingual llegaría al cerebro habiendo sufrido un menor proceso de deterioro que cuando se administra vía endovenosa. Creían que llegaría al cerebro directamente a través de las venas sublinguales, lo mismo que se cree que la novocaína llega antes al cerebro por esta ruta. Muchos euforizantes son comúnmente absorbidos por la mucosa oral, por ejemplo, la coca, el betel, el hachís. En consecuencia, ellos administraron debajo de la lengua 3 mg de adrenocromo en forma de polvo. El adrenocromo produjo una sensación corrosiva. Pasados 10 minutos, los sujetos notaban una ligera sensación de calidez en la cara y hormigueo en los dedos. Con frecuencia se quejaban de un dolor moderado en la zona del corazón. Todos los síntomas somáticos desaparecían a los 30 minutos. Los cambios psíquicos ocurrieron a partir de los 10 minutos. Variaban de persona en persona e, incluso, en la misma persona entre una administración y otra. La depresión era más frecuente que la euforia.

Ocurrieron marcados cambios en la percepción visual. El color de los objetos cambió en calidad y apareció peculiar o extraño y desproporcionado. Los objetos distantes parecían estar demasiado cerca. Fue apreciado movimiento en objetos estáticos. No se observaron desórdenes en el área del pensamiento y la consciencia. Todos los cambios cesaron pasada media hora. […] Su adrenocromo, cristalizado muy rápidamente a la temperatura del dióxido del carbón líquido, era menos activo que el adrenocromo precipitado a temperaturas más altas.

En cualquier caso, los mejores estudios psicológicos con humanos fueron llevados a cabo por Grof. S. et al (1963). […] Las dosis de adrenocromo variaron de 15 a 30 mg sublinguales. […] Los autores, finalmente, concluyeron que los cambios en el pensamiento inducidos por el adrenocromo eran similares a los observados en la esquizofrenia.

Referencias:

HOFFER, A. & OSMOND, H. Adrenochrome and some of its derivates. En: The Allucinogens. Academic Press, New York and London; 1967. pp 267-442.

GROF, S et al. (1961). Activitas Nervosa Super. 91: 636.

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