Duto & Kisha II

Las horas bajas de una unión eterna e imperecedera.

Este artículo es la segunda y última parte de la serie en la que nos ocupamos de analizar la evolución del mercado de la heroína y de la cocaína –y de los hábitos de sus consumidores- en el ámbito más hardcore del uso de drogas de la ciudad de Madrid a lo largo de las últimas décadas.

Por Eduardo Hidalgo

Gota sobre plata by Eduardo HidalgoGota sobre plata by Eduardo Hidalgo

Pusimos el punto y final al artículo anterior aludiendo a que a finales del primer decenio del 2000 se produjo un cambio drástico y radical en el mundillo del yonkarreo cocainita, tan sólo que no llegamos a contarles en qué consistió dicho cambio en concreto. De tal manera que será ahora cuando lo hagamos:

El asunto en cuestión consistió en que, llegado determinado momento, en las zonas céntricas de trapicheo, la heroína desapareció virtualmente del mapa. De modo que, a día de hoy y desde hace ya unos pocos años, los mismos traficantes subsaharianos que han estado vendiéndola durante lustros ya no la despachan más. Así pues, en Gran Vía y en sus calles aledañas es casi imposible conseguir caballo; la coca cruda es un producto escaso y de calidad muy variable aunque tirando a bastante baja salvo contadísimas excepciones (como siempre, a fin de cuentas); y la que campa a sus anchas, monopolizando todo el terreno, es la base.

A su vez, en los poblados, cuyo epicentro está, actualmente, en la Cañada Real Gitana (aún cuando siguen en pie otros pequeños reductos en lugares como Pitis o Barranquillas) el producto estrella vuelve a ser el crack; aunque hay también, siempre, coca cruda (de una pureza notablemente inferior a la de antaño); y caballo (también bastante malo), con la salvedad de que en algunas casas ya sólo lo venden en mezcla, y en otras ni tan siquiera eso (aunque lo común y corriente sigue siendo que cuenten con este producto y que lo sigan despachando como siempre lo han hecho).

En otras palabras, que a día de hoy, en el terreno más duro del consumo de drogas, la base se ha hecho con la mayor parte del tradicional mercado del yonkarreo cocaínita, convirtiendo a la heroína en un producto residual en los hipermercados de la droga y desplazándolo hasta hacerlo virtualmente desaparecer en las zonas céntricas de trapicheo.

Las razones de ser de este fenómeno serán harto complejas, se nos escapan en gran medida y superan con creces los objetivos y las posibilidades de argumentación que nos ofrece este artículo. No obstante, tenemos muy claro que no se trata simplemente de una falta de suministro mantenida durante varios años. Suministro lo hay, está en los poblados como lo ha estado siempre, y aun cuando el fenómeno descrito también pueda hundir sus más profundas raíces en motivaciones geopolíticas del más alto calado (desarticulación de redes, creación de nuevas alianzas y competencias entre narcos de distintas nacionalidades, altibajos en el abastecimiento debido a la guerra o a los problemas con el cultivo en la media luna de oro, etc.), no se nos escapa que, si los traficantes africanos del centro de Madrid quisieran vender heroína, la venderían, al igual que lo llevaban haciendo desde, al menos, los primeros años 90. La cuestión, en nuestra modesta opinión, es que, sencillamente, no quieren hacerlo. ¿Los motivos? ¿Quién sabe? A nosotros, al menos, se nos ocurren dos, que les detallaremos a continuación con la simple intención de tratar de aportar nuestro granito de arena a la explicación de unos hechos que, como ya hemos apuntado, no dudamos que tendrán unas razones de ser infinitamente más complejas y variadas. Sea como fuere, ahí van nuestras aportaciones:

1 – La mala prensa que, últimamente y a diferencia de lo que sucedía antaño, hemos podido constatar que tiene la heroína entre los propios consumidores y traficantes magrebies y subsaharianos: «el caballo es muy malo, da mono físico, es mejor la base», nos han dicho muchos de ellos. Es decir, que, ya de entrada, ciertos clientes potenciales se abstienen voluntariamente de consumir jamaro (aunque damos fe de que muchos otros lo tomarían inmediatamente de no ser porque les resulta imposible acceder a ello de primera mano y sin tener que desplazarse a las afueras del centro urbano).

2 – El hecho irrefutable de que una y otra sustancia liman mutuamente sus respectivas aristas, aportando, en el caso de un consumo combinado, una experiencia psicoactiva más equilibrada. El hecho incontestable de que los efectos de la base duran apenas unos minutitos, produciendo, a continuación, un considerable bajón, que, para los aficionados acérrimos a esta sustancia, resulta tan insoportable como incontenible resulta el deseo de volver a experimentar los efectos placenteros, lo cual suele terminar traduciéndose en el embarque del usuario en auténticos atracones que no cesan hasta que se agota el material, el dinero o la resistencia física y psíquica del interesado. El hecho irrebatible de que la heroína produce unos efectos mucho más duraderos y que, a diferencia de la base, sacia, en el sentido de que llega un determinado momento en el que no se necesita ni se desea consumir más (y en caso de que no llegase ese momento, lo mismo da, pues, tarde o temprano los efectos narcóticos dejarán al consumidor literalmente dormido). El hecho incuestionable de que la heroína aplaca los efectos ansiógenos de la cocaína y aminora las ansias por seguir consumiendo. Ya lo dijimos antes: equilibra la experiencia, de tal manera que, llegado un punto, el consumidor se queda a gusto y satisfecho y se va tranquilamente a dormir. Lo cual, también lo hemos dicho, en el caso de la base (o de los usuarios compulsivos de base) difícilmente sucede, puesto que, el cese del consumo no suele darse por haber alcanzado el punto de saciedad sino por haber terminado absolutamente con todos los recursos disponibles o por haber acabado completa y literalmente exhausto.

De los dos puntos anteriores, se deriva la suposición, absolutamente personal, de que, a quien esté interesado en hacer dinero fácil y rápido, como lo están, clarísimamente, los traficantes subsaharianos que trapichean en el centro de Madrid, les sale más a cuenta vender sólo crack que crack y heroína, puesto que, el usuario de ambas sustancias alcanzará antes su punto de saciedad y se retirará antes a casa, gastando en una misma noche –y seguramente, a medio y largo plazo- bastante menos que el usuario exclusivo de base. Conclusión: a quien trapichee temporalmente en la calle o en pisos francos para una clientela de este tipo le conviene más vender sólo una sustancia (la coca) que las dos.

El caso de los hipermercados de la droga, dada su magnitud y volumen de negocio, y sus demás peculiaridades –clanes familiares dedicados al tema desde hace decenios, clientela heroinómana fija desde hace los mismos años, integración casi atávica en la redes internacionales del tráfico de heroína, etc.- es claramente distinto al de los morenos de Gran Vía, de modo que sus intereses podrían coincidir con ellos en algunos puntos y ser divergentes en otros. Aún con todo, no cabe duda de que también en los poblados la base es la que manda y de que, también en los poblados, hay determinados “establecimientos” que han optado por no vender heroína en absoluto o por venderla únicamente mezclada con coca. Sus razones tendrán…

Una de ellas es que, de nuevo, también en estos enclaves, el volumen de ventas de la heroína es y ha sido siempre notablemente inferior al volumen de ventas de la cocaína –los usuarios la compran en menores cantidades y con menor frecuencia diaria, teniendo ambas drogas exactamente el mismo precio-, con el agravante añadido de que los ingresos obtenidos con el caballo han tenido que ir disminuyendo, progresiva e indefectiblemente, a lo largo de los últimos años, sobre todo desde que, bien entrados los 90, la mayor parte de la población heroinómana pasó a estar en programas de mantenimiento con metadona, lo cual tuvo que traducirse necesariamente en la reducción de los ingresos obtenidos con esta sustancia, reducción que, ni de lejos ha podido verse compensada con las aportaciones económicas de lo cuatro gatos que, actualmente, se han ido iniciando en el consumo esporádico de heroína para tomarla como guarnición final después de sus pasotes en fiestones y raves (un perfil de consumidor, a fin de cuentas, muy diferente en todos los sentidos al prototípico yonkarra cocainita de los años dorados de los asaltos indiscriminados a entidades bancarias).

A esto, sumémosles problemas añadidos de cualquier otro tipo –como los apuntados en relación a cuestiones geopolíticas y a los vaivenes del narcotráfico internacional- y el resultado viene a ser el mismo: en los hipermercados de la droga, la heroína, aun siendo un negocio millonario, no le llega ni a la suela de los zapatos al negocio de la cocaína, hasta el punto de que, por primera vez en varias décadas, hay clanes que han optado –al menos en estos momentos- por prescindir de comerciar con caballo o por venderlo sólo mezclado con coca, posiblemente porque de otra forma o no llega a compensarles del todo o porque les entorpece y quebranta, en cierta medida, el business de la base.

A fin de cuentas, los negocios, todos, funcionan según la ley de la oferta y la demanda y se rigen por los beneficios económicos obtenidos. De tal manera que, ni los traficantes ni nadie dejarían por sí mismos de vender un producto ampliamente solicitado y altamente lucrativo. De lo cual podría deducirse que, en última instancia, para muchos traficantes, simplemente, el negocio de la heroína ha dejado de ser tan rentable como lo era antes –y para algunos ha dejado de serlo por completo- bien porque la clientela no es lo suficientemente amplia, fiel y asidua; bien porque, en último término, no les aporta muchas más ventajas (o incluso les supone un engorro y un quebranto), que limitarse a vender cocaína; bien por ambos motivos (y, seguramente alguno más). De otro modo, no lo duden, tanto en Gran Vía como en cualquier chabola de los poblados madrileños seguiría habiendo caballo a mansalva, como hasta hace apenas unos años siempre lo hubo.

Aún así, esto no significa que el negocio de la heroína haya desaparecido o que lo vaya a hacer en breve. No lo hará, seguramente, jamás. Lo que resulta incuestionable es que, al menos en los tradicionales espacios del narcotráfico madrileño, su volumen se ha reducido mucho y que, en determinados enclaves donde siempre se habían vendido duto y kisha, ya sólo se vende kisha. Eso es todo y estos han sido los motivos que nosotros hemos sido capaces de intuir que pudieran estar detrás del fenómeno descrito. Nada más.

Ahora, que cada cual haga su propia lectura del asunto. En lo que a nosotros respecta, únicamente quisiéramos hacer un comentario final: si bien desde una perspectiva de reducción de riesgos puede parecer una absoluta aberración recomendar a alguien el consumo de heroína, lo cierto es que en el caso de esta población en concreto (que ya está en el límite de la marginación y de la exclusión social y que vive diariamente por y para una mísera pipa de base) creemos que nada bueno podrán ni podremos esperar de su actual abstinencia opiácea. A fin de cuentas, la heroína, sobre todo consumida vía inhalada (chino) podrá crear muchos problemas, pero salvo casos extremos y excepcionales asociados a infecciones de diverso tipo, la cabeza te la deja en su sitio, mientras que la base, tomada según los patrones de uso que llevan a cabo estas personas, crea los mismos problemas que el caballo –salvo el mono físico- y, de paso, te deja el sistema nervioso completamente frito, exponiendo al consumidor a sufrir todo tipo de patologías psiquiátricas (psicosis tóxicas, depresiones, trastornos de ansiedad…) que, ciertamente, ya se daban entre los consumidores tradicionales de duto y kisha pero que, a buen seguro, se darán con mayor frecuencia y gravedad entre los usuarios exclusivos y compulsivos de crack (que buena parte de ellos no es ya que no tomen heroína, es que ni roches, ni trankimazines ni nada que les aplaque su sobreexcitación cocaínica…). En fin, tiempo al tiempo…

 

 

 

Duto & Kisha I

Las horas bajas de una unión eterna e imperecedera.

Como afirman desde la asociación de reducción de riesgos británica Lifeline, la heroína (duto) y la cocaína (kisha) se compaginan tan bien como el arroz y el curry, como el Yin y el Yang o como la mujer y el hombre. Es por ello que, en los ámbitos más hardcore del consumo de drogas, ambas sustancias han compartido tradicionalmente los mismos escenarios… al menos hasta hace bien poco, puesto que, de un tiempo a esta parte las cosas han ido cambiando de forma considerable, a veces, incluso, radicalmente. Veámoslo a continuación.

Por Eduardo Hidalgo

Al efecto, tomaremos como ejemplo el caso de la ciudad de Madrid y trataremos de analizar la evolución que a lo largo de las últimas décadas ha ido sufriendo el ámbito del yonkarreo cocainita, tanto en lo referente al mercado ilícito en sí mismo, a su localización, a lo productos que comercializa y distribuye como a los hábitos y patrones de consumo de los usuarios.

 

Retrocedamos, pues, hasta los años 70, ya que, aun cuando el origen del uso de estas drogas se remonte bastante más atrás, es en la mencionada década cuando se gestó el fenómeno de su consumo tal y como lo conocemos hoy. Por aquel entonces, en los años 73 y 74, había ya un pequeño círculo de iniciados en el empleo hedonista de la heroína ilícita. Generalmente se trataba de jóvenes pertenecientes a la clase media-alta que se las apañaban trapicheando entre ellos mismos con el género que unos u otros iban trayendo periódica y esporádicamente de lugares como Tailandia o Ámsterdam. Todavía, por tanto, no existía –o no puede hablarse de la existencia- de un mercado heroico propiamente dicho y bien asentado. El suministro era escaso y la clientela estaba circunscrita a un entorno muy reducido. Había, no obstante, un espectro más amplio de usuarios de estratos sociales más dispares y variados que consumían más o menos habitualmente todo tipo de opiáceos farmacéuticos con fines lúdicos y que empleaban, ya en aquel momento, la vía endovenosa.

 

Después, con el pasar de los años, la presencia de la heroína fue ganando terreno lenta y paulatinamente, hasta que, según indican todas las fuentes formales e informales, en 1978 se produciría la primera gran eclosión del consumo, en la que se verían implicados, fundamentalmente, ciertos sectores juveniles pertenecientes a las clases obreras y trabajadoras. A finales de los 70, puede hablarse ya, en consecuencia, de la instauración de un mercado ilícito en toda regla, con puntos de abastecimiento fijos, redes con cierto nivel de organización y un aprovisionamiento y distribución fluidos y estables. Y, al menos desde ese preciso momento –si no antes- el mercado heroico quedó indisolublemente unido y asociado al mercado cocaínico, en el sentido de que, desdé entonces, ahí donde se vendía heroína se vendía y se seguiría vendiendo cocaína.

 

Estos son años en los que la comercialización y los puntos de venta están muy diversificados, aunque predominan, sobre todo una vez que se inicia la década de los 80, la venta y el trapicheo entre los propios usuarios en las localizaciones más dispares del centro de la ciudad y la incipiente presencia de clanes, que terminarían dedicándose al narcotráfico durante décadas, principalmente en asentamientos marginales situados en la periferia.

 

Por aquel entonces se crea, pues, un mercado de drogas perfectamente asentado que, sin embargo, discurre de forma completamente aislada y desvinculada del resto del mercado de sustancias psicoactivas ilegales. Se trata de un mercado en el que se venden, única y exclusivamente, heroína y cocaína, y en el que los consumidores que en él se abastecen toman primordialmente, una y otra sustancia –ambas por vía endovenosa, tras haber realizado los primeros contactos con la vía esnifada-, aún cuando la opinión pública les considerara –y les siga considerando- puros y duros heroinómanos.

 

Valga, a modo de ejemplo ilustrativo al respecto de lo dicho, una declaración del protagonista de una celebradísima obra de carácter antropológico en la que se da cuenta del surgimiento y de la evolución del fenómeno del consumo de heroína en Madrid durante este período:

 

«La verdad es que éramos mas yonkis de la farlopa que de otra cosa. La heroína la tomábamos solo dos o tres veces al día, para quitarnos el rebote».

 

El libro en cuestión se llama La historia de Julián, y se subtitula Años de heroína y delincuencia, aun cuando, como acabamos de ver, el propio interesado declare taxativamente que era más yonki de la cocaína que de la heroína. Y como él, cientos y miles más, puesto que, como ya hemos dicho, ahí donde se vendía jako se vendía también zarpa, y las más de las veces, quien se chutaba caballo se chutaba también coca.

 

Más adelante, según fue llegando a su fin la década de los 80, el trapicheo que realizaban los propios consumidores y los traficantes de medio pelo en los puntos más variados de la ciudad (los hijos de los militares de la calle Alenza, la camarera del quiosco del Dos de Mayo, los buscavidas de Montera y Carretas, etc.) fue cediendo terreno cada vez de forma más acusada al negocio montado por los gitanos en los conocidos como hipermercados de la droga, normalmente localizados en lugares o barrios más o menos periféricos que, con la entrada de los años 90 terminaron por acaparar el 90% del business en emplazamientos como el Cerro de la Mica, Jauja, Torregrosa, Los Focos, La Celsa, La Rosilla, Pitis, el Salobral, Las Barranquillas… Sitios, todos ellos, en los que se vendía –y se vende en los que aún siguen en pie- únicamente heroína y cocaína, con la salvedad de que, según fue avanzando la década, los clientes fueron paulatinamente abandonando el uso inyectado del caballo y cambiándolo por el uso fumado en plata (chino). De tal manera que se chutaban la coca y se fumaban el jamaro.

 

Por lo demás, estos fueron años en los que el consumo de heroína experimentó un cierto repunte, y en los que los consumidores provenían de todos los sectores sociales posibles. El mercado, como ya hemos comentado, quedó capitalizado, fundamentalmente, en los hiper de la droga, aun cuando siguieron existiendo otros puntos de abastecimiento, especialmente en la zona centro, en las calles aledañas a Gran Vía, al principio de la década en la mismísima Plaza de España, y un unos años más adelante en la zona comprendida por las calles Valverde, Desengaño y demás. No obstante, el trapicheo en estas zonas pronto fue monopolizado por los inmigrantes subsaharianos, siendo cada vez menos frecuente la presencia de camellos autóctonos, que finalmente terminaron trabajando para los africanos a modo de machaquillas.

 

La venta, por aquel entonces, se realizaba en plena calle, y las sustancias despachadas eran, de nuevo, la heroína y la cocaína de toda la vida. A finales de los 90, sin embargo, fue haciendo acto de presencia la cocaína base (crack), y los usuarios, en general, hicieron con la coca lo mismo que ya hicieran en su momento con el caballo, dejar la chuta y pasar a fumarse la base.

 

De hecho, según entró la década de los años 2000 se produjo un curioso fenómeno: en estos enclaves céntricos de trapicheo fue siendo cada vez más difícil encontrar cocaína cruda (nombre que pasó a recibir la coca de siempre una vez que hizo acto de presencia el crack), hasta que, en algunos momentos llegó incluso a desaparecer (fenómeno que fue constatado, igualmente, en entornos de consumo similares de países como Inglaterra y Estados Unidos). En el centro de la ciudad, por tanto, se vendía y se consumía fundamentalmente cocaína base y heroína, y los consumidores hacían uso de ambas sustancias principalmente por vía fumada (comúnmente en plata el jako, y en pipa la base). En los hiper de la droga, por el contrario, siguieron despachando la coca y el burro de siempre, únicamente que ahora ampliaron la oferta con base y con mezcla (mitad caballo, mitad farlopa).

 

En cualquiera de los casos, por mucho que hubieran cambiado la presentación de las sustancias y su forma habitual de consumo, la antigua unión del duto y la kisha en estos ámbitos del uso de drogas seguía siendo tan indisoluble como siempre… hasta que, a finales de la primera década del 2000, la situación dio inesperadamente un giro drástico y radical (pero eso lo veremos en el próximo número de esta revista).

 

 

 

El cannabis y la adicción desde la perspectiva del uso, del abuso y de la dependencia ¿de qué estamos hablando?

Nos acercamos en esta ocasión a un tema bastante peliagudo, que en algún número anterior hemos esbozado casi por encima. Ahora iremos de lleno al meollo sobre si es posible realizar un uso inteligente sin que se planteen problemas.

Por Psicotar

C. es un varón de 26 años, actualmente desempleado, que consume cannabis con una frecuencia variable entre los 5 y los 13 porros diarios. L. es un varón de 31 años que trabaja en una empresa consultora y que fuma uno o dos porros diarios. J. es un varón de 33 años que consume muy esporádicamente cannabis para aprovechar el aumento de creatividad que le aporta para su trabajo de índole intelectual. Ninguno de los tres dice tener problemas con el consumo, aunque conociendo personalmente a los sujetos, esta afirmación no puede tomarse como cierta al 100%.

Tres personas diferentes, tres usos diferentes, una misma sustancia. Pregúntese el lector si es posible que alguno de ellos tenga algún problema serio con el cannabis. Con esa respuesta, aplíquese un razonamiento circular: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Cuando crean haberlo resuelto, plantéenlo de nuevo, pero de otra forma… ¿qué fue antes, el problema o el cannabis?

Iremos desgranando a lo largo de este artículo las tres situaciones y las diferentes formas en las que el cannabis está actuando. Conceptualizaremos el cannabis como una herramienta y por ello, no hablaremos de que sea mala en sí misma, sino que lo vamos a enfocar desde el punto de vista del usuario y del uso que éste le quiera o pueda dar. Eliminaremos los demonios ficticios para analizar los demonios personales que en ocasiones pueden ser los culpables de un mal uso de cualquier herramienta.

El agua es un elemento imprescindible para la vida en la tierra, pues las células la necesitan como uno de sus principales componentes. Pues bien, voy a aplicar una regla especial por la cual voy a demostrar que el agua es malísima, veneno puro y que quien la consume es un adicto sin remedio. Como se habrá imaginado el lector, estoy aplicando las reglas del prohibicionismo, sólo que esta vez en vez de referirme a drogas, lo estoy haciendo con el líquido elemento…

Mi razonamiento es sencillo: si se bebe usted cincuenta litros de agua seguidos, sin parar a procesarlos, usted morirá de una situación de hipoosmolalidad. La diferencia es que, al hacerle la autopsia, nadie señalará al agua como maligna, a pesar de haber provocado la muerte. Todo el mundo aceptará que en ese caso concreto ha sido la inadecuada conducta de la persona el error que le ha originado el fallecimiento. Se busca la causa de la conducta para poder tratarla y así eliminar el comportamiento de riesgo, pero nadie hablaría de prohibir el agua (1)

Con las sustancias psicotrópicas pasa algo parecido, sólo que el razonamiento está planteado de una manera muy diferente. Si al sujeto le ocurre algo y se descubre que se ha ingerido alguna sustancia, se intentará echar la culpa de lo ocurrido a la sustancia, sin ni siquiera esperar a tener resultados fehacientes de autopsia o si se tienen, no se les dará el mismo bombo que al hecho de la muerte.

Se entenderá automáticamente que esa sustancia es problemática porque ha generado un problema. Ni siquiera se planteará el debate público de si realmente el problema está causado por la persona o por la sustancia. Aquí, parece que la responsabilidad del sujeto queda secuestrada por la sustancia y, por lo tanto, hay que eliminar todo psicotrópico malvado de la circulación para evitar que caigan en sus redes los indefensos ciudadanos. Pero Usted, señor lector, sabe que esto no es cierto.

Si tenemos que poner en común unos conceptos, hagámoslo con los conceptos de usar, abusar y depender.

Según la Real Academia de la Lengua Española (2):

Usar : 1. Hacer servir una cosa para algo; 2. Dicho de una persona: Disfrutar algo; 3. Ejecutar o practicar algo habitualmente o por costumbre.

Vemos que este concepto de usar incluye varias conductas interesantes para lo que estamos diciendo. Por un lado, tenemos el servirse de una cosa con un objetivo, lo que permite que mucha gente que consume cannabis para algo quede dentro de esta acepción.

Se puede hablar de que muchas personas también disfrutan del cannabis en momentos concretos, así como de las sensaciones que produce, por lo que en este consumo también haríamos algo perfectamente voluntario.

Respecto al hecho de la costumbre o la habitualidad, tenemos que incidir en los contextos en los que se produce el consumo, porque si uno fuma por la costumbre, puede que se haya perdido el objetivo inicial o la intención primaria y lo que tengamos un consumo más automático que voluntario, que habrá que analizar con el usuario para ver si éste le favorece o se puede trasladar a otro momento o contexto.

Abusar : 1. Usar mal, excesiva, injusta, impropia o indebidamente de algo o de alguien; 2. Hacer objeto de trato deshonesto a una persona de menor experiencia, fuerza o poder.

De estas dos acepciones podemos derivar una parte del problema que estamos tratando. A la hora de considerar problemático el asunto de las drogas en general y del cannabis en particular, tenemos que hacer referencia a la conducta del sujeto, pues es esta y no otra causa, la que origina el problema o no. Las herramientas pueden usarse bien o pueden usarse terriblemente mal. Un martillo que en principio nos sirve para fabricar un mueble al clavar los clavos que unen las tablas, se puede usar para pegarle a una persona romperle un hueso. No creo que nadie que lea estas líneas se vaya a poner a culpar al martillo y lo malo que es del problema, ¿verdad? Sin embargo, esto es lo que se hace con las sustancias psicotrópicas.

Depender : […] 2. Producirse o ser causado o condicionado por alguien o algo […] 6.Colgar o pender de alguna cosa.

En estas acepciones, depender refleja ya un problema en tanto en cuanto la persona introduce un intermediario entre su propia percepción/ autoestima y la realidad exterior. Este catalizador puede servir a muchas funciones, todas ellas con un objetivo y razón, sin los cuales el consumo se haría innecesario.

En esta situación, la dependencia incide sobre todo en el apremio de obtener un estado mental diferente desde el que afrontar las diversas realidades que nos toca vivir. Toda dependencia se considera, en principio, mala para el individuo. Más allá de las definiciones, la dependencia genera malestar cuando no puede ser afrontada y por ello el individuo buscará con mayor o menor energía acabar con ese estado de excesiva activación. En ese sentido y siguiendo con el razonamiento bizarro del principio del artículo, diremos que somos absolutamente dependientes del agua y que la raza humana tiene un serio problema con ella, ya que la necesitamos para calmar el malestar que nos surge a medida que estamos privados de ella.

¿Les parece una tontería lo que estoy diciendo? Bueno, es simple, dejen de beber agua ya y me lo cuentan dentro de tres días. Somos todos unos adictos.

Ahora bien, de este extraño razonamiento podemos extraer algo bueno: no es la sustancia lo que sirve de base a la adicción, sino el individuo y el manejo que éste hace de sus estados mentales. Ahí es donde tenemos que empezar a plantear el análisis y el cambio.

El caso de C., que citamos al principio, parece ser un claro caso de dependencia a una sustancia. Pero lo que no podemos hacer decir que la sustancia en sí misma es adictiva, ya que en este caso no es así. C. consume desde hace 11 años para aplacar la ansiedad que siente de manera crónica y que no es capaz de solucionar por otros medios.

Si C. fuera al médico, tendría que tomar benzodiacepinas de manera crónica, lo cual no sería más que un cambio de “camello” si se me permite la expresión, pues pasaríamos a depender de otra sustancia sin más, sin arreglar nada. La diferencia estriba en que en este segundo caso, la dependencia sería a una sustancia recetada por un médico y por ello, a una sustancia que permitirá el lucro de unas cuantas empresas. Pero realmente no hemos arreglado nada.

Para ayudar a C, debemos ver sobre qué base se produce el consumo y tratar de cambiar esa base. Si se fuma para afrontar el malestar ante las relaciones sociales, hay que entrenar a la persona en habilidades sociales y permitir que poco a poco se reduzca el malestar mediante la práctica constante. Así, el porro llegará a hacerse innecesario y la persona no provocará tanto rechazo.

Si el problema es dormir, está claro que el cannabis puede servir de hipnótico, el problema es que una vez o dos o tres no pasa nada, pero si es constante y diario, ese consumo tampoco estará bien planteado, por lo que sería interesante empezar a plantear algo diferente para mejorar los patrones de sueño. Nuevamente aquí la psicología tiene herramientas claras para la intervención eficaz. Si hacemos innecesario ese o esos porros por la noche, el descanso será poco a poco más natural porque, aunque el cannabis es una sustancia natural, lo más natural es que nuestro cerebro produzca todo lo que precise para relajarse y no que tengamos que introducirlo desde fuera. Ojo, no hablamos desde el punto de vista de prohibición como puede ahora parecer, préstenos atención y en unas líneas comprenderá todo nuestro proceso de razonamiento.

Por ello, tenemos que conocer y analizar el para qué se utiliza el cannabis y plantearle a la persona llegar a ese mismo destino de otra manera, a ser posible desarrollando nuevas habilidades personales y recursos que siempre podrán ser utilizados por el sujeto. De hecho, no son pocas las voces autorizadas para señalar que es posible un uso razonable y adecuado (3)

Estamos convencidos que esos 5 a 13 porros diarios no son todos bien elegidos y no todos se disfrutan, pues algunos de ellos son consumidos para aplacar el malestar o intermediar en una situación de conflicto. En esos momentos, se traslada la responsabilidad de hacer algo al porro, mientras que la persona se hace cada vez más incapaz y limitada porque no se entrena en el día a día. Esta indefensión es la que tenemos que combatir y no el porro, porque si no fuera el porro, sería el alcohol, si no sería el juego, internet, etc… la adicción está reflejando el problema del individuo de tomar las riendas de su malestar. Es esto lo que precisa ayuda.

Ahora veamos a L., 31 años, que consume uno o dos porros al día por la tarde/ noche y que tiene un trabajo con exigencias intelectuales moderadas. En el caso de L., no hay problema alguno, pues esos porros los toma cuando ya ha cumplido con todas las responsabilidades que tiene durante el día.

Puede estar perfectamente sin fumar un tiempo, aunque dice que su ocio está mediatizado por el cannabis y que aunque puede no fumar, le gusta hacerlo porque en parte es costumbre. En su trabajo no tiene demasiadas exigencias intelectuales, por lo que si está algo atontado algún día que ha fumado más la noche anterior se dedica a alguna otra actividad menos complicada y así va adaptándose.

Aunque no hay una dependencia ni abuso, el caso es que L. preferiría fumar menos pero el problema es que tiene pocas alternativas de ocio, ya que gusta de quedarse en su casa por las tardes leyendo o viendo la TV y dice que ahí poco puede hacer por cambiarlo.

Exponiéndole la posibilidad de abrirse a otras alternativas, se valora que en casa consumirá sin duda por lo que se le plantean actividades fuera de casa en las cuales pueda elegir si fuma o no. L. ha catalogado su patrón de consumo como de mal uso y por ello, de abuso, ya que sabe que esos dos porros son derivados de la costumbre y falta de alternativas y de que quiere eliminarlos. A la hora de plantear ese cambio, debe ser siempre el sujeto quien lo escoja y valore pros y contras a corto y largo plazo, de dejar de fumar o de seguir fumando como hasta el momento. Lo importante es que la persona entienda el consumo como algo que puede elegir y cambiar a voluntad, sólo que es necesario hacer el esfuerzo.

L. ha elegido pasar algo de malestar al quitarse la costumbre y ha pasado a no fumar entre semana para así aprovechar las tardes fuera de casa, reservando el consumo de cannabis para el fin de semana, donde tratará de disfrutar de esa elección.

Con J. tenemos una situación completamente distinta, ya que J. fuma unas cuatro veces al año y siempre en momentos concretos cuidadosamente elegidos. J. no señala problema alguno con este patrón de consumo y lo que señala es la impresionante utilidad que observa le trae el cannabis.

Elige siempre momentos en los que pueda estar tranquilo y sin tener que rendir en nada exigente, sin tener que comprometerse en uno o dos días con tareas complejas. Y siempre mantiene en mente que esto es un medio para un fin, que es una herramienta para ver las cosas desde otra perspectiva y por ello, lleva una hoja con los temas sobre los que le gustaría reflexionar.

Si aplicamos técnicas creativas en estas sesiones, se pueden obtener resultados cuanto menos, curiosos, tanto en un aspecto de crecimiento personal como en un aspecto terapéutico. Lo importante es que en este caso concreto, las personas que llegan de esta manera a conclusiones, saben que el cannabis ha sido simplemente una herramienta que nos ha permitido realizar un trabajo, como el martillo y la sierra bien usados son usados para crear un bonito mueble.

Por lo tanto, es el individuo quien debe elegir el tipo de uso o consumo que puede tener ante todo el abanico de sustancias que nuestro mundo nos proporciona. Abogamos por la responsabilidad de cada uno para usar adecuadamente toda herramienta, así como sugerimos a quien pueda estar teniendo problemas para cambiar algo que acuda a buscar un apoyo o ayuda profesional.

NOTAS:

  1. Potomanía, adicción al agua:

http://www.salud.com/salud-en-general/potomania-cuando-beber-agua-se-vuelve-adiccion-ii.asp

  1. Real Academia Española de la Lengua:

http://www.rae.es/

  1. http://sobredrogues.net/el-catedratico-de-farmacologia-de-la-upv-a-favor-del-cannabis

 

 

Adrenocromo (Final)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Último y definitivo artículo sobre el asunto. En él, retomamos el relato de la cata vía sublingual y vertemos nuestras últimas conclusiones al respecto de esta sustancia.

Llamo a Manuel: «Tronko, que estoy aquí. ¿Dónde quedamos? Hay un monolito enorme en medio de la plaza, ¿quieres que te espere ahí arriba, Manolito?»

Aparece Don Manuel. Lo veo venir de lejos. «¡Que pasa, nen!»; «Cuanto tiempo, capullo»; «Mersi, mi tron»; «Vamos a tomar unas birras…»

Vamos a tomar unas birras. Nos metemos en una cafetería cualquiera, la primera que se nos pone a tiro. Y empezamos a hablar –léase: me marco uno de esos monólogos tan insufribles como interminables que, incomprensible y abnegadamente, mis benditos colegas tienden a aguantar estoicamente (por lo común hasta las 10 de la noche, a lo sumo hasta las 5 y media de la madrugada) hasta que, en un arrebato de arrojo y valentía, salen escopetados como alma que lleva el diablo, bien a pata, bien en taxi, diciendo «bueno, tronco, yo me piro», y ¡chasssss!, desaparecen súbitamente, dejándome, por norma general, a merced de todo tipo de perroflautas, yonkis, inmigrantes, buscavidas, eskizos y vagabundos hasta bien entrada la mañana-.

Mientras le suelto a mi amigo la habitual sarta de soplapolleces, miro de soslayo a un grupo de señoras sentadas en una mesa y se me siguen antojando super-freakys, de modo que centro toda mi atención en Manuel, que me infunde confianza y no me genera sensaciones raras. Entonces, el tío, aprovechando que paro un instante de hablar para darle un sorbo a mi cerveza, va y me pregunta:

«¿Y cuándo te lo vas a tomar?»

«No tío, si ya me lo he tomao, antes de salir de casa».

«Ah, cojones, pues yo te veo tan normal, si es que eso se puede decir de ti». Bueno, esto último, es decir, lo que viene después de la tercera coma, es coña, vamos, que me lo he inventado, aunque… la verdad sea dicha, la historia también tiene sus matices, porque resulta que, más adelante, en un encuentro que tuve con el Doctor X Caudevilla, el Cabildo de Fuerteventura –uséase, el señor Don Raúl del Pino- y George (si, George, ¿o es que, acaso, necesita más presentaciones?), los dos primeros van y me sueltan que de lo mío con el adrenocromo no se creen nada de nada, que no tiene ninguna validez, porque, a su juicio y particular modo de entender la vida, aducen que mi organismo lleva tanto y tanto tiempo cargado de metabolitos derivados del abuso –si, abuso, ¡serán cabrones! ¿Y ellos qué? ¿Eh?- de las más variadas sustancias psicoactivas que, en palabras textuales, «sus posibles interacciones con cualquier otra droga que tome o que haya dejado de tomar invalidan todo lo que diga respecto a cualquier tema». Es decir, lo que se llama “una lógica aplastante”. Como para hacer el más mínimo intento de rebatir los argumentos de estos otros estimados y apreciados colegas…

Dicho esto, nos acabamos las birras y nos vamos a comprar más, a un supermercado o a los chinos, no me acuerdo, el caso es que también nos pillamos unas pizzas. Paga Manuel. Vamos, que además de puta pone la cama. Como siempre y como todos los que, de un tiempo a esta parte, quedan conmigo, que nunca tengo un pavo, porque siempre me lo acabo gastando con los perroflautas con los que, los muy capullos, me dejan tirao en mitad de la noche y de la gran ciudad.

Subimos a su casa, bueno, ya saben, a la de su casera. Birra paquí, birra pallá… que si el Burning Man, que si el Facebook, que si su piba, que si el otro día acabé en el Metro con una pareja de yonis cantando flamenco, que si tal, que si cual… Ya están las pizzas. Ñam, ñam, ñam; glu, glu, glu; munch, munch, munch; y bla, bla, bla… veo el mundo bajo una ligera, muy ligera, pátina de irrealidad, como si, entremedias, hubiese una fina capa de film transparente para cocina (nada que ver con el muro de cristal del que hablara Osmond). Tan ligera y tan fina que, poco a poco, entre trago y trago, bocado y bocado, frase y frase, resulta que va y desaparece del todo. Llegado a un punto me siento tan normal. Absoluta y completamente normal. De modo que doy el experimento por concluido y pienso que bien podríamos pillar unos pollos de pitxu y corrernos una buena juerga. Don Manuel, ya saben, una persona de orden donde las haya, en su lugar, vuelve a invitarme a unas cervezas y se venga y se descarga conmigo soltándome un monólogo alucinante en el que va desgranando sus increíbles experiencias con un ser digno de figurar en la Antología de Grillaos y Anormales de la Historia Universal. Tras ello, damos por concluido el encuentro y nos encaminamos cada cual para su casa. Y así, aquí y de este modo, acaba el relato de mi segunda (o cuarta, según se mire) experiencia con el adrenocromo. De tal manera que, llegados a este punto, únicamente nos queda por aportar unas últimas, personales e intransferibles conclusiones y, con ello, dar el asunto por cerrado.

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1 – El adrenocromo semicarbazona es una soberana mierda, no vale para nada en términos psicoactivos. Al efecto, y en razón de sus efectos, resulta infinitamente más provechoso tomarse una taza de café.

2 – Nuevamente, en razón de mi experiencia, cabe descartar, de pleno, los arrolladores efectos psicodélicos del adrenocromo mencionados por Hunter S. Thompson, así como sus consabidos efectos secundarios de tipo fisiológico (parálisis, falta de respiración y bla, bla, bla). Lo cual, a fin de cuentas (y a pesar de la más que evidente alteración de la percepción sufrida por Osmond y otros sujetos en los experimentos de los años 50) viene a coincidir plenamente con las conclusiones generales que vino a arrojar el grueso te tales investigaciones. A saber: «Los cambios ocurren primariamente en el pensamiento y en el estado de ánimo. Los cambios perceptivos son sutiles y no obvios. Esto entra en marcado contraste con los cambios visuales que frecuentemente se suceden a la administración de LSD (Hoffer y Osmond)».

3 – En mi caso, como ya han tenido la oportunidad de saber, las “alteraciones perceptivas” fueron mínimas o inexistentes (lo de Pokemon y poco más). Sin embargo, a todas luces y –por mi parte- sin la menor de las dudas, se produjo una palpable modulación de estado de ánimo y de mi procesamiento mental. Al fin y al cabo, a la hora de realizar ambas tomas, me encontré inusualmente jocoso y jovial, cualquier estupidez me hacía una enorme gracia; al mismo tiempo que percibía la realidad con marcadas sensaciones de irrealidad (desrealización) y, como ya comenté en su momento, tuve ligeros y puntuales dejes paranoides. Lo cual, de nuevo, vuelve a coincidir con las mencionadas conclusiones de los estudios de los años cincuenta. Recordemos, una vez más: «Los autores, finalmente, concluyeron que los cambios en el pensamiento inducidos por el adrenocromo eran similares a los observados en la esquizofrenia (Grof. S. et al)». Por lo demás, el hecho de que la toma por vía endovenosa se viese enturbiada por el consumo de alcohol y tranquimazin tampoco invalida el bionesayo, en tanto en cuanto, alcohol y el tranquimazín (y quien sabe cuántas cosas más) los hemos tomado y los tomamos cada dos por tres, y aún cuando, no negamos que, en ocasiones, podamos tener resacas tontas y jocosas, las sensaciones de desrealización, los dejes paranoides y todas esas movidas hace más de veinte años que no las habíamos experimentado. Del mismo modo que, en lo que respecta a la toma vía sublingual, hemos de mencionar que el cómico y delirante deambular por la calle hasta la estación de tren lo realizamos, día sí, día también –resacosos, sobrios, abstinentes, colocados…- sin que, hasta el momento, nos hubiesen entrado jamás tales –y tremebundos- ataques de risa. Y ello, coincide, nuevamente, con las aseveraciones de Hoffer y Osmond: «La depresión era más frecuente que la euforia», es decir: la euforia, se daba, minoritariamente, pero se daba. Por último, el subidón, la activación, el acelere… asociados al ensayo endovenoso, a pesar de las variables contaminantes (consumo de alcohol, alprazolam y euforia derivada de haber logado culminar con éxito una “misión imposible”) coinciden, en buena medida, tanto con las apreciaciones de Samorini («los ngarrindjeri australianos… habían optimizado el descubrimiento de las propiedades estimulantes de la “grasa renal” potenciándolo con esta técnica, no sólo atroz sino también eficazmente») e incluso con las de Hoffer, que, recordemos, se volvió hiperactivo (mientras que su mujer entró en un estado depresivo).

A su vez, la variación en la duración de los efectos en razón de la vía de administración (en mi caso mucho más prolongada con la vía intravenosa) tampoco contradice las tesis ni las conclusiones de los renombrados estudiosos de los años 50: «Todos los síntomas somáticos desaparecían a los 30 minutos. Los cambios psíquicos ocurrieron a partir de los 10 minutos. Variaban de persona en persona e, incluso, en la misma persona entre una administración y otra» (de nuevo, nada nuevo bajo el sol: al propio Osmond –vía endovenosa-, los efectos parecieron durarle dos días; mientras que al psiquiatra A. B. –empleando la vía sublingual- le afectaron durante semanas o meses; y al común de los sujetos experimentales apenas una hora, o media o poco más- aun cuando, en algunos casos, como indican los autores, los efectos fueron mucho más prolongados y, por lo general, desastrosos).

4 – Dicho esto, desde mi experiencia personal, concluiría –en consonancia con lo que vinieron a decir la práctica totalidad de los investigadores de mediados del Siglo XX-, que el adrenocromo ejerce, sin lugar a dudas, unos evidentes, aunque sutiles, efectos sobre el Sistema Nervioso Central (aún cuando, como siempre, haya personas que reaccionen más, menos o nada en absoluto –la minoría, en este último caso). Efectos que, según mi opinión, casan y cuadran mejor con el calificativo de “psicotomiméticos” (semejantes a la psicosis) que al de psicodélicos (aunque, como ya he comentado, y como comentaron en su día los propios científicos, tales efectos pueden o acostumbran a ser suaves y sutiles, más que asemejarse a un puro y duro brote psicótico en toda regla; pero vamos, que sus toques y matices psicóticos si que los tienen).

5 – Por otra parte, en lo que se refiere a la falta de insight, creo que en mi caso no la hubo (en todo momento fui perfectamente consciente de que “algo raro estaba pasando”, lo cual entra en perfecta sintonía con los relatos de Osmond, al mismo tiempo que no contradice el hecho de que otros individuos carezcan o careciesen de dicho insight. Ya saben: cada persona reacciona diferente). De igual manera que, el hecho de que mis niñeras (Chema y Manuel) me viesen “normal” o casi, tampoco invalida ni contradice mi percepción de que, realmente, no lo estaba, pues, a fin de cuentas, en ambas ocasiones, cuando más “raro” me encontré fue cuando estaba en camino de encontrarme con ellos, es decir, justamente antes de verles

6 – Dicho lo dicho, mi impresión general del asunto –por si a alguien le interesa- vendría a resumirse en que el adrenocromo carece, básicamente, de interés alguno como droga recreativa: aparte de que la adquisición de la sustancia con plenas garantías de calidad resulta harto cara y complicada, sus efectos son muy suaves y sutiles (y en esto coincido plenamente con el redactor del trip report que aparece en Erowid –Killing the myth- que viene a decir que un porro o cualquier otra droga al uso te deja mucho más tocado, incluso en términos psicotomiméticos). Sin embargo, también coincido, por completo, con Giorgio Samorini, cuando dice que «es bastante probable que en la cadena metabólica adrenalina-adrenocromo-adrenovolutina realmente haya algo psicoactivo». Algo que, tal vez, no será de gran interés para los consumidores de drogas al uso, pero que, a mi juicio, debería serlo para los investigadores del ámbito de la psicología y de los mecanismos neurobiológicos subyacentes a las psicosis.

7 –Aquí acaba mi historia, mi particular experiencia y visión sobre el asunto. Punto pelota. Esperemos, no obstante, que otros tomen el testigo. Con todo, ya saben, en lo que a nosotros respecta -ya lo dijimos- a título personal, con esto, damos el caso por cerrado.

Clock-clock.

 

Adrenocromo (VIII)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Retomamos los informes sobre las catas de adrenocromo y, en el presente artículo, pasamos exponerles, el trip report de la toma realizada vía sublingual.

Sumario del relato de un ensayo con 25 mg de adrenocromo administrados vía sublingual (noviembre, 2011), 20-30 horas aproximadamente, condensadas en notas hechas por el sujeto (E. Hidalgo Downing… si, en efecto, Downing, no Domínguez, estoy completamente seguro de ello. Downing, como el guitarrista de los Judas Priest. -Dios, ¡qué cruz! ¿Cuántas veces más tendré que decirlo?-).

En primer lugar, hemos de señalar que nos decantamos por esta otra vía de administración porque en los años 50 había sido empleada en numerosos estudios y había demostrado ser altamente eficaz. Por lo demás, tomamos en consideración que este modo de ingerir la sustancia guardaba –en contraposición con la inyectada- mayores (y evidentes) semejanzas con la forma en que, supuestamente, la toman los reptiloides, satanistas y antropófagos. De tal manera que, en un intento de acercarnos lo más fielmente posible a su experiencia, nos decantamos, como ya hemos comentado, por este método de consumo, y empleamos, para ello, una dosis -25 mg- que encajaba a la perfección dentro del umbral usualmente utilizado en los antiguos experimentos psiquiátricos (15-30 mg).

En segundo lugar, hemos de advertir que, en esta segunda ocasión, no hubo –al menos al principio- variables contaminantes de ningún tipo: no habíamos tomado previamente (ni el día ni la noche anterior) ninguna sustancia psicoactiva, así como tampoco ninguna otra droga en el momento mismo de la toma (aunque al cabo de un tiempo algo si que cayó, pero vamos, poca cosa… ya tendrán ustedes oportunidad de saberlo más adelante).

En tercer lugar… nos dejaremos de rollos y pasaremos a contarles lo ocurrido:

El primer fin de semana de noviembre, es decir, apenas cinco días después de haberme inyectado adrenocromo, hice un titánico y formidable ejercicio de contención, me porté bien, dormí bien y, como ya he apuntado anteriormente, sin consumos previos de por medio, me levanté el sábado por la mañana, a eso de las 12 horas o por ahí, me di un baño, me vestí y todas esas cosas, y, cuando estaba listo para la acción, procedí a llamar por teléfono a mi querido compañero Manuel, sobre el que, tras hacer mis cábalas consultando el I Ching (es coña), había decidido que, esta vez, debía recaer la misión de hacer de niñera y observador externo (y, en este punto, no me pregunten por qué el interfecto –que tan bien me conoce y tan claramente podía imaginarse lo que se le venía encima- no se negó en rotundo, porque que yo tampoco lo entiendo). El caso es que le llamo para decirle que ya estoy listo y para preguntarle si él también lo está. Y, como era de esperar, lo está (y es que, Don Manuel es, ante todo y sobre todo, lo que él bien conoce y denomina como “gente de orden”, jua, jua, jua, jua). De modo que, no hay más que hablar. Voy para allá, para su barrio, para su casa, que, desde entonces, será recordada por los dos y para siempre como el escenario donde se desarrolló el primer ritual adrenocrómico habido jamás de los jamases en Madrid capital (en las provincias bárbaras del extrarradio, ya saben ustedes que el mérito y la medallita le corresponden a la casa de la casera de Chema, en Colmenar Viejo, Colme, para los aborígenes, entre cuyas frenopáticas hordas destaca otro buen amigo, José Carlos Bouso, primer investigador, en España y en el mundo entero, que contó con los permisos oficiales para llevar a cabo estudios clínicos con MDMA en el tratamiento del síndrome de estrés postraumático en mujeres víctimas de agresiones sexuales).

Bueno, el caso es que, acordada la cita, me dispongo a ir al cuarto de baño para realizar, en la intimidad, el acto consumatorio, por llamarlo de algún modo. Esta vez, procedo con absoluta pulcritud y perfectos modales: tomo, tranquilamente, el vial de adrenocromo; lo abro y vierto todo su contenido sobre mis glándulas sublinguales. Después, miro al espejo y… me quedo horrorizado: ¡Dios Santo! ¡Qué espanto! Tengo toda la cavidad bucal rebosante, a más no poder, de un color rojo holocausto-canibal. La imagen es mucho más impactante que cuando ingerí el semicarbazona. Aquella vez me sorprendió y me llamó la atención, pero, joder, ésta, ahora, hasta me asusta: parezco Hanibal Lecter pillado segundos después de haber devorado las entrañas del pobrecito Porky. ¡Virgen Santa… qué miedo! Pienso en hacerme una foto, pero concluyo que, para sacarle partido –en lugar de, simplemente, reflejar una absoluta asquerosidad- requeriría los favores de un fotógrafo profesional, y no tengo ninguno a mano, puesto que, de los dos que conozco –Miguel Pérez Pardo y Javier Marín- el primero estará en la cama o en el bar (su bar, nuestro bar, el Tapas y Fotos) y el segundo, bueno, el segundo mejor me lo callo (menudo pieza, jur, jur, jur, jur).

Son, exactamente, las 13 y 42 minutos. Me recompongo del sobresalto; me hago un enjuague bucal (todo queda en orden); y salgo a la calle.

De nuevo, voy de muy buen rollo. Tanto que, de pronto, me encuentro completamente descojonao (son las 13:49 minutos; es decir, han pasado apenas 7 minutos desde la toma); y así, andando como un loco –llorando, dando tumbos y zigzagueando de la risa-, me pasaré el resto del camino (de aproximadamente media hora) hasta que llegue a la estación de tren.

De entrada, me llama mucho la atención el “amarillo” de los semáforos. No sé si tiene un toque o una brillantez especial, pero el caso es que me llama la atención, lo cual, instantáneamente, me hace caer en la cuenta de que soy daltónico y de que ese color amarillo es “realmente” (o para la mayoría parlamentaria) rojo. De hecho, yo mismo lo había llamado siempre rojo, hasta que, hace poco, caminando con mis hijos por esa misma calle, caí en la cuenta de que llevaba toda la vida llamando “rojo” a lo que toda la vida había visto como “amarillo”. Héctor, de 3 años, según cambiaba el color de los semáforos, nos iba indicando: «verde», «rojo», «verde», «rojo». Jorge, de 7, me miraba pasmado, se partía de la risa y me decía que si era tonto o algo así cuando le preguntaba: «En serio, tío, ¿de qué color ves ese semáforo?» «Joder, papá: rojo, ¿cómo lo voy a ver?» «Pues yo lo veo amarillo, ja, ja, ja, ja». Hace siglos que sabía que era daltónico, pero nunca había caído en la cuenta de que llamaba al rojo de los semáforos por su “verdadero” nombre debido a una cuestión de mera imitación lingüística y no en razón de lo que me dictaban mis sentidos (que conste, de todos modos, que, tratándose de semáforos, ya sea rojo o amarillo, lo distingo perfectamente del verde, de modo que, en términos visuales, estoy intachablemente capacitado para conducir competentemente un vehículo a motor, otra cosa es que no me apetezca sacarme el carnet).

El recuerdo de estas cosas hace que llore de la risa. Y más que vuelvo a reírme cuando noto que, aparte de ver “amarillo” el “rojo”, lo veo un pelín borroso, al mismo tiempo que vuelvo a recordar que soy miope (una dioptría en cada ojo) y que no llevo gafas (joder, es que no pude más que tener que abdicar de llevarlas: me las dejaba en las terrazas de los restaurantes, se me caían y las pisoteaba en los bares, se rompían al llevarlas colgando del cuello de las camisetas y coger a mis hijos en brazos… y total, si sólo las necesitaba para ver de lejos –de cerca tenía que quitármelas porque me molestaban-, y digo yo: para ver de lejos tampoco hace falta llevar gafas, basta con acercarse lo suficiente… y, además, sale mucho más barato, que las últimas me costaron 20.000 pelas).

Sigo riéndome como un estúpido, al tiempo que, de la coloración y la borrosidad, paso a fijarme en las plantas. ¡Me hablan! ¡Las plantas me hablan! Para comprenderlas y captar su mensaje únicamente es necesario saber interpretar sus códigos… esta necesita una poda; aquí hay que segar; a esa le falta agua; clorosis férrica –necesita nitrofoska-… Está claro, veo el mundo con otros ojos, aunque, de nuevo, nada tiene que ver con el adrenocromo sino con el hecho de que, después de haberme pasado lustros trabajando de psicólogo, ahora soy jardinero, profesional y titulado, ja, ja, ja, ja.

Continúo con mi camino y me cruzo con un grupo de guiris en bicicleta compuesto de lo que aparenta ser un padre y sus tres hijos/as pequeños/as. No puedo dejar de oír lo que dicen (pues no es, precisamente, que hablen en susurros sino a gritos).

El supuesto padre: «Nobody can… bla, bla, bla, bla».

Una de las supuestas hijas: «¡QUE SI! ¡QUE SI QUE SE PUEDE!»

Vuelvo a troncharme. Se me entrecruzan recuerdos del marido de una de mis hermanas –la encarnación viviente de la combinación entre el típico guiri despistao y el científico loco, vamos, lo que vendría a ser el súmmum del living in the parra- y las memorias de mi infancia, en la que mi madre me hablaba en inglés y yo (y mi hermano mellizo) le contestábamos en español (y así nos luce el pelo ahora, con tres hermanas mayores tottaly bilingües, y nosotros unos catetillos que nos defendemos apenas lo justo para salir airosos en caso de requerir satisfacer alguna necesidad o de sufrir algún contratiempo en tierras remotas y extrañas –como Uganda, por ejemplo- donde, paradójicamente, hasta el más tonto de la clase habla un inglés mejor que el nuestro, jow, jow, jow).

Y en estas que enfilo el último tramo de mi recorrido a pie. Y, como nunca antes lo había hecho, me fijo en el nombre de la calle por la que transito: “Calle de los trenes”. ¡Jai, jai, jai, jai! No puede ser verdad que aquí seamos así de brutos. Me imagino a la Junta Municipal, en pleno, deliberando sobre la nomenclatura que adjudicar al callejero.

El alcalde: «A ver, ¿qué nombre le ponemos a la calle esa de la estación?».

El adjunto a la alcaldía: «Pues “Calle de los trenes”, ¿no? Vamos, digo yo».

El alcalde: «Diez, puntos, colega, ¡ahí la has clavao!».

El pleno: «No se hable más, “Calle de los trenes”. Siguiente punto: el sendero ese que va hacia Húmera».

Adjunto a la Alcaldía: «Pues “Carretera de Húmera”, ¡cojones!, que parecemos tontos».

El pleno y el Alcalde al unísono: «¡Adjudicado!»

Y así hasta tener cumplimentado todo el mapa…

No puedo más que dejar de pensar: «Joder, en algún momento debería trasladarme a vivir a un sitio como Leganés, donde tienen una calle dedicada a AC/DC y así, de paso, me levanto la plaquita» que, por lo demás, no sería el primero en hacerlo, pues, como ya sabrán, cada dos por tres tienen que poner una nueva debido a que las “huestes del poder de la litrona” y de “el heavy no es violencia” (nada dicen del vandalismo urbano) se las llevan a sus casas, como trofeos, día sí, día también.

Aún muerto de la risa, accedo a la estación y me siento en un banco a tomar notas (esta vez me he llevado un folio y un boli). Mientras escribo, siento un ligero pitido de oídos. Me fumo un piti. El pitido pasa de ligero a intenso, y no, no es que se aproxime ningún tren, ululando. Por lo demás, no noto ni pinchazos ni dolores ni nada por el estilo, salvo un enorme agujero en el estómago, llamémosle hambre, sin más florituras.

El mundo se me aparece velado por una ligera, muy ligera, pátina de irrealidad. La gente sigue pareciéndome super-freaky y mirarla me provoca una risa incontenible. De modo que, de nuevo, paso de mirar a nadie. De hecho, en el tren, opto por no sentarme, para evitar, al máximo, entrar en contacto visual con quien sea. No obstante, al final me puede la pereza y tomo asiento, manteniéndome de lado -como dando la espalda al personal- y me dedico a mirar por la ventanilla, viendo pasar las imágenes como en el video de Patty De Frutos “Llamé al futuro y no lo cogió NADIE”[1], sólo que mejor enfocadas.

Miro mis manos y observo que mi dedo pulgar está manchado de adrenocromo, tan sólo que, esta vez, en lugar de recordarme a la sangre me da la impresión de que hubiera estado comiendo Risketos©.

Continuará…

 


 

 

 

Adrenocromo (VII)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Proseguimos con el relato de la cata de adrenocromo administrado vía endovenosa:

En fin… Me levanto; y me visto. Cojo unos calzoncillos y al ir a ponérmelos me llama la atención su color rojo, rojo como la pura sangre cargada de adrenocromo. «Huy, que putón», pienso, «como si fueras a ligar o algo» y vuelvo a escojonarme vivo. Me los habré puesto cien mil veces y jamás había pensado nada de nada sobre ellos. La verdad es que jamás había pensado nada sobre mis calzoncillos. Bueno si, recuerdo que, hace años, en la adolescencia, cuando compartía habitación y ropa intima con mi hermano mellizo, solía pensar: «¿pero qué cojones hará este tío con su piba?» Porque había algún que otro gallumbo con un agujero en el centro de la parte frontal. Años después me enteré de que mi hermano se hacía exactamente la misma pregunta respecto a mí y a mi novia. Se me caen las lágrimas de la risa. Lo curioso es que nunca descubrimos el origen ni la razón de ser de esos misteriosos agujeros. Por lo demás, he de confesar que si, que aún hoy en día, pienso algo en relación a mis calzoncillos. Concretamente al respecto de unos amarillos, pertenecientes a un pack multicolor que hace tiempo me regaló mi ex. El caso es que no soy nada supersticioso. De verdad, para nada. Pero, no sé, ponerme esos calzoncillos amarillos me da una aprensión que te cagas. Intento evitar hacerlo siempre que puedo, pero, a veces, no me queda más opción, sobre todo desde que me he separado y ya nadie –ni mi madre ni mi novia ni mis inexistentes amantes- se encargan de surtirme de ropa interior.

Bueno, al grano. El caso es que me visto y salgo a la calle. Voy al banco a hacer unas gestiones (léase: intentar anular –ingenuo de mí- por enésima vez las tarjetas de crédito, que me están jodiendo la vida desde hace dos años). Vuelvo a descojonarme pensando que, con esas manchas en los dedos, todo el mundo se va a dar cuenta de que soy un reptiloide.

Por el camino llamo a Chemita para decirle que voy pallá, que estoy vivo y que no soy peligroso (ja, ja, ja, ja, le da igual, como si lo fuera, está preparado para lo que le echen, bien lo sabemos los dos, que, como él dice, más de una vez nos hemos jugado la vida con una mirada, así que ni el adrenocromo ni los Illuminati ni Rita la Cantaora nos van a intimidar ahora).

En el trayecto hacia el banco tiro los litros de birra vacíos en un contenedor para vidrios (tiempos aquellos en los que te daban 5 pesetas por cada botella… la pasta y las juergas que nos corrimos gracias a ese bendito y extinto sistema de trueque).

Uno: ¡crash! Dos: ¡crash! Tres: ¡crash! Y así hasta nueve; aunque, como les digo a mis hijos: «¡hombre, tampoco me los bebí todos ayer, ja, ja, ja, ja!» De hecho, veo que uno está casi lleno, de modo que, echo cuentas y, en mi descargo, caigo en que la noche anterior –u otra cualquiera, vaya usted a saber- bebí casi un litro menos de lo estimado… (y aún así, ¡qué ciego iba!, fuera la noche que fuera, no lo duden).

Acto seguido, tras terminar infructuosamente mis gestiones bancarias –y lo que te rondaré, morena- me dirijo directamente al centro de operaciones de la Editorial Amargord. Al efecto, me llevo los antídotos, por si acaso, y porque, joder, la verdad es que hace tiempo que tengo tantas ganas de hincarle el diente a la vitamina B3 como al adrenocromo… (lo que es el vicio, muyayos).

Pienso en coger algo para apuntar mis impresiones, siguiendo la recomendación de mi colega y editor de llevar conmigo un bloc de notas para la ocasión, pero no lo hago. Es algo personal: no puedo con los blocs de notas, los folios me vienen grandes y los papelillos se me extravían siempre, los muy cabrones. Así que no me llevé nada, más que la cabeza, sobre los hombros, y en ella fui apuntando lo siguiente:

El día anterior a la toma estaba bastante depre, o bueno, tirando a deprimidillo, por lo menos. Hoy me he levantado jocoso, ya lo he dicho, pero en el tren, camino a Colme, me siento “raro”, veo a la gente “rara”, sus gestos y sus movimientos me resultan extraños, en un par de ocasiones amenazantes (ahora entiendo que, como aquel psiquiatra mencionado por Hoffer y Osmond, calculaba mal las distancias y sentía que, a veces, algunos individuos invadían agresivamente mi espacio vital, cuando realmente no era así). La cuestión es que, en tales circunstancias, me abstengo de mirar a la peña. Todo el mundo me parece super-freaky. Si les miro más de una décima de segundo no puedo contener la risa. Así que paso de movidas, que ya voy bien surtido de ellas en el día a día y sin adrenocromo de por medio.

Tengo intensas sensaciones de desrealización y algún deje paranoide (la impresión de que algún que otro capullo que me mira raro y cosas así). Me llaman mucho la atención los pechos de las chicas. «¡No te jode! Como a todos», dirán algunos. Pero no, no es eso, no es por el componente sexual (que también lo hay –y es que, vaya orejas tienen algunas…-), es porque me resultan extremadamente extraños, raros, desconcertantes, sobre todo cuando, por las prisas al andar, se bambolean arriba y abajo: boing-boing-boing… freaky planet… ¡qué especimenes más raros! De verdad que me quedo anonadado…

Tras hacer trasbordo en Atocha, tomo asiento en un vagón sin apenas viajeros. La escasa presencia de humanoides me relaja. Miro por las ventanillas y dejo pasar el rato. Empiezo a pensar en mi vida. Me entra una angustia tremenda (no se asusten, que no tiene nada que ver con el adrenocromo sino con mi vida: a usted también le entraría si estuviera en mi pellejo), tan tremenda que me hace parar en seco tales pensamientos. No puedo con ellos, aunque, más adelante vuelven a hacer acto de presencia, pero, de nuevo, los desecho al instante, esta vez por puro aburrimiento, por mero hastío, lo cual se me revela como un maravilloso efecto del adrenocromo, puesto que, normalmente, soy capaz de estar rumiando sobre ese tipo de cosas durante largo rato, sintiéndome incapaz de ponerle coto al asunto. De tal manera que, me olvido de todo y me limito a observar, absorto y estupidizado, los campos de la sierra norte de Madrid. Sin embargo, al cabo de un rato, se me entrecruza toda una serie de pensamientos que compiten por monopolizar lo que surge y bulle en mi adrenocromizado cerebro. De una parte, siento un hambre canina, y ansío catar la prometida paella, tratando de degustarla con anticipación. De otra, intuyo que, al llegar a casa de Chema, tendré que explicar mi experiencia; y no me apetece lo más mínimo. La cuestión es que, llegado a un punto, toda esta disputa “ideológica” comienza a tocarme las pelotas soberanamente. Y en esas ando hasta que, bendita sea, llego a mi destino: la casa de Chema, de Inés, de Alejandra, de Miguel y de la casera que se la alquila, donde, por fortuna, nadie me pregunta gran cosa sobre nada de nada (dando muestras de lo sabios, amables y hospitalarios que, como pocos, lo son y siempre lo han sido).

Aun con todo, me siento algo raro, más aún cuando empiezo a hablar con Miguel y me cruzo con su mirada, centelleante, penetrante, llena –como ninguna- de luz, de vida, de cordura, de locura y de buena marihuana.

No se hable más: decido tomar la B3 antes de comer y de que me de el yu-yu. Tal vez, así pueda tranquilizarme, y de paso, constatar si la nicotinamida hace realmente efecto y, con ello, confirmar o refutar si también el adrenocromo lo había hecho. Y, en efecto, después de la paella y de las vitaminas me siento mejor, normal, pero cansado, con ganas de echarme una siesta. Me duele la cabeza –mogollón-. Me recuesto en el sofá mientras hablan Chema, Miguel y Alexis… a ratos no puedo evitar soltar unas risillas, su conversación es totalmente esquizoide, parece que los que fueran de adrenocromo fueran ellos. Chema trata de comunicar a Alexis el concepto de uno de sus innumerables proyectos. Hila, sin cesar, ideas e imágenes, a cual más onírica, poética, bella, surrealista, incomprensible, desternillante o todas las cosas a la vez: «podría haber agua, una cascada, una chica que aparece por ahí, sin venir a cuento –le puede faltar un brazo, por ejemplo-». Alexis, nockeado a partes iguales por el torrente de lírica amargordiana y por la tremenda resaca con la que carga a cuestas, bebe pausadamente una gran taza de café. Atiende todo lo que puede e intenta hacerse una composición de lugar de lo que su interlocutor trata de transmitirle. Aunque me temo que no lo consigue (ni él ni nadie). Miguel habla sólo, soltando frases que derivan por senderos inescrutables y que suelen acabar en una gran risotada que le hace toser como si tuviera un blandi-blub en la garganta a punto de salir expulsado e invadir todo el salón. Inés le interpele: «Ese problema que tienes…». Miguel no deja que termine la frase, ya se encarga él mismo de hacerlo: «Tengo 2000 tipos de problemas distintos y he pasado por 14.428 procesos diferentes ¡¡¡ja, ja, ja, ja, cof, cof, coff, cofff, bruahhhhhhhhhh!!!».

Cosas así, jai, jai, jai, jai.

Al final estamos todos doblaos, con ganas de siesta. Miguel me acerca a Madrid. De ahí pillo el bus y voy a mi casa y, ahora si, apunto unas notas sobre la experiencia.

Al día siguiente me despierto (como todos los días hasta hoy). Estoy normal y me doy cuenta de que ayer no lo estaba (nada nuevo bajo el sol, no es la primera vez que me pasa). Era algo sutil, pero no estaba normal. Hoy, como diria Osmond: «vuelvo a ser yo mismo», aunque me echo una partida a Pokemon Cristal y las imágenes me resultan algo extrañas en su color y tamaño –y mira que le he echado horas a este juego sin que me pasara nada parecido-.

A toro pasado, Chema dice que el día del que hemos hablado me comportaba con normalidad, pero que se me notaba raro. No sé, él sabrá, yo ni putis, aunque lo cierto es que he estado varias veces en su casa y jamás me había dado por recostarme, cerrar los ojos y pasar de todo, como hice aquel día, y eso que he acudido a su casa mucho mas que resacoso en tantísimas otras ocasiones.

Eso es, más o menos, todo lo que podemos contar sobre el bioensayo por vía intravenosa.

 

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