Adrenocromo (VII)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Proseguimos con el relato de la cata de adrenocromo administrado vía endovenosa:

En fin… Me levanto; y me visto. Cojo unos calzoncillos y al ir a ponérmelos me llama la atención su color rojo, rojo como la pura sangre cargada de adrenocromo. «Huy, que putón», pienso, «como si fueras a ligar o algo» y vuelvo a escojonarme vivo. Me los habré puesto cien mil veces y jamás había pensado nada de nada sobre ellos. La verdad es que jamás había pensado nada sobre mis calzoncillos. Bueno si, recuerdo que, hace años, en la adolescencia, cuando compartía habitación y ropa intima con mi hermano mellizo, solía pensar: «¿pero qué cojones hará este tío con su piba?» Porque había algún que otro gallumbo con un agujero en el centro de la parte frontal. Años después me enteré de que mi hermano se hacía exactamente la misma pregunta respecto a mí y a mi novia. Se me caen las lágrimas de la risa. Lo curioso es que nunca descubrimos el origen ni la razón de ser de esos misteriosos agujeros. Por lo demás, he de confesar que si, que aún hoy en día, pienso algo en relación a mis calzoncillos. Concretamente al respecto de unos amarillos, pertenecientes a un pack multicolor que hace tiempo me regaló mi ex. El caso es que no soy nada supersticioso. De verdad, para nada. Pero, no sé, ponerme esos calzoncillos amarillos me da una aprensión que te cagas. Intento evitar hacerlo siempre que puedo, pero, a veces, no me queda más opción, sobre todo desde que me he separado y ya nadie –ni mi madre ni mi novia ni mis inexistentes amantes- se encargan de surtirme de ropa interior.

Bueno, al grano. El caso es que me visto y salgo a la calle. Voy al banco a hacer unas gestiones (léase: intentar anular –ingenuo de mí- por enésima vez las tarjetas de crédito, que me están jodiendo la vida desde hace dos años). Vuelvo a descojonarme pensando que, con esas manchas en los dedos, todo el mundo se va a dar cuenta de que soy un reptiloide.

Por el camino llamo a Chemita para decirle que voy pallá, que estoy vivo y que no soy peligroso (ja, ja, ja, ja, le da igual, como si lo fuera, está preparado para lo que le echen, bien lo sabemos los dos, que, como él dice, más de una vez nos hemos jugado la vida con una mirada, así que ni el adrenocromo ni los Illuminati ni Rita la Cantaora nos van a intimidar ahora).

En el trayecto hacia el banco tiro los litros de birra vacíos en un contenedor para vidrios (tiempos aquellos en los que te daban 5 pesetas por cada botella… la pasta y las juergas que nos corrimos gracias a ese bendito y extinto sistema de trueque).

Uno: ¡crash! Dos: ¡crash! Tres: ¡crash! Y así hasta nueve; aunque, como les digo a mis hijos: «¡hombre, tampoco me los bebí todos ayer, ja, ja, ja, ja!» De hecho, veo que uno está casi lleno, de modo que, echo cuentas y, en mi descargo, caigo en que la noche anterior –u otra cualquiera, vaya usted a saber- bebí casi un litro menos de lo estimado… (y aún así, ¡qué ciego iba!, fuera la noche que fuera, no lo duden).

Acto seguido, tras terminar infructuosamente mis gestiones bancarias –y lo que te rondaré, morena- me dirijo directamente al centro de operaciones de la Editorial Amargord. Al efecto, me llevo los antídotos, por si acaso, y porque, joder, la verdad es que hace tiempo que tengo tantas ganas de hincarle el diente a la vitamina B3 como al adrenocromo… (lo que es el vicio, muyayos).

Pienso en coger algo para apuntar mis impresiones, siguiendo la recomendación de mi colega y editor de llevar conmigo un bloc de notas para la ocasión, pero no lo hago. Es algo personal: no puedo con los blocs de notas, los folios me vienen grandes y los papelillos se me extravían siempre, los muy cabrones. Así que no me llevé nada, más que la cabeza, sobre los hombros, y en ella fui apuntando lo siguiente:

El día anterior a la toma estaba bastante depre, o bueno, tirando a deprimidillo, por lo menos. Hoy me he levantado jocoso, ya lo he dicho, pero en el tren, camino a Colme, me siento “raro”, veo a la gente “rara”, sus gestos y sus movimientos me resultan extraños, en un par de ocasiones amenazantes (ahora entiendo que, como aquel psiquiatra mencionado por Hoffer y Osmond, calculaba mal las distancias y sentía que, a veces, algunos individuos invadían agresivamente mi espacio vital, cuando realmente no era así). La cuestión es que, en tales circunstancias, me abstengo de mirar a la peña. Todo el mundo me parece super-freaky. Si les miro más de una décima de segundo no puedo contener la risa. Así que paso de movidas, que ya voy bien surtido de ellas en el día a día y sin adrenocromo de por medio.

Tengo intensas sensaciones de desrealización y algún deje paranoide (la impresión de que algún que otro capullo que me mira raro y cosas así). Me llaman mucho la atención los pechos de las chicas. «¡No te jode! Como a todos», dirán algunos. Pero no, no es eso, no es por el componente sexual (que también lo hay –y es que, vaya orejas tienen algunas…-), es porque me resultan extremadamente extraños, raros, desconcertantes, sobre todo cuando, por las prisas al andar, se bambolean arriba y abajo: boing-boing-boing… freaky planet… ¡qué especimenes más raros! De verdad que me quedo anonadado…

Tras hacer trasbordo en Atocha, tomo asiento en un vagón sin apenas viajeros. La escasa presencia de humanoides me relaja. Miro por las ventanillas y dejo pasar el rato. Empiezo a pensar en mi vida. Me entra una angustia tremenda (no se asusten, que no tiene nada que ver con el adrenocromo sino con mi vida: a usted también le entraría si estuviera en mi pellejo), tan tremenda que me hace parar en seco tales pensamientos. No puedo con ellos, aunque, más adelante vuelven a hacer acto de presencia, pero, de nuevo, los desecho al instante, esta vez por puro aburrimiento, por mero hastío, lo cual se me revela como un maravilloso efecto del adrenocromo, puesto que, normalmente, soy capaz de estar rumiando sobre ese tipo de cosas durante largo rato, sintiéndome incapaz de ponerle coto al asunto. De tal manera que, me olvido de todo y me limito a observar, absorto y estupidizado, los campos de la sierra norte de Madrid. Sin embargo, al cabo de un rato, se me entrecruza toda una serie de pensamientos que compiten por monopolizar lo que surge y bulle en mi adrenocromizado cerebro. De una parte, siento un hambre canina, y ansío catar la prometida paella, tratando de degustarla con anticipación. De otra, intuyo que, al llegar a casa de Chema, tendré que explicar mi experiencia; y no me apetece lo más mínimo. La cuestión es que, llegado a un punto, toda esta disputa “ideológica” comienza a tocarme las pelotas soberanamente. Y en esas ando hasta que, bendita sea, llego a mi destino: la casa de Chema, de Inés, de Alejandra, de Miguel y de la casera que se la alquila, donde, por fortuna, nadie me pregunta gran cosa sobre nada de nada (dando muestras de lo sabios, amables y hospitalarios que, como pocos, lo son y siempre lo han sido).

Aun con todo, me siento algo raro, más aún cuando empiezo a hablar con Miguel y me cruzo con su mirada, centelleante, penetrante, llena –como ninguna- de luz, de vida, de cordura, de locura y de buena marihuana.

No se hable más: decido tomar la B3 antes de comer y de que me de el yu-yu. Tal vez, así pueda tranquilizarme, y de paso, constatar si la nicotinamida hace realmente efecto y, con ello, confirmar o refutar si también el adrenocromo lo había hecho. Y, en efecto, después de la paella y de las vitaminas me siento mejor, normal, pero cansado, con ganas de echarme una siesta. Me duele la cabeza –mogollón-. Me recuesto en el sofá mientras hablan Chema, Miguel y Alexis… a ratos no puedo evitar soltar unas risillas, su conversación es totalmente esquizoide, parece que los que fueran de adrenocromo fueran ellos. Chema trata de comunicar a Alexis el concepto de uno de sus innumerables proyectos. Hila, sin cesar, ideas e imágenes, a cual más onírica, poética, bella, surrealista, incomprensible, desternillante o todas las cosas a la vez: «podría haber agua, una cascada, una chica que aparece por ahí, sin venir a cuento –le puede faltar un brazo, por ejemplo-». Alexis, nockeado a partes iguales por el torrente de lírica amargordiana y por la tremenda resaca con la que carga a cuestas, bebe pausadamente una gran taza de café. Atiende todo lo que puede e intenta hacerse una composición de lugar de lo que su interlocutor trata de transmitirle. Aunque me temo que no lo consigue (ni él ni nadie). Miguel habla sólo, soltando frases que derivan por senderos inescrutables y que suelen acabar en una gran risotada que le hace toser como si tuviera un blandi-blub en la garganta a punto de salir expulsado e invadir todo el salón. Inés le interpele: «Ese problema que tienes…». Miguel no deja que termine la frase, ya se encarga él mismo de hacerlo: «Tengo 2000 tipos de problemas distintos y he pasado por 14.428 procesos diferentes ¡¡¡ja, ja, ja, ja, cof, cof, coff, cofff, bruahhhhhhhhhh!!!».

Cosas así, jai, jai, jai, jai.

Al final estamos todos doblaos, con ganas de siesta. Miguel me acerca a Madrid. De ahí pillo el bus y voy a mi casa y, ahora si, apunto unas notas sobre la experiencia.

Al día siguiente me despierto (como todos los días hasta hoy). Estoy normal y me doy cuenta de que ayer no lo estaba (nada nuevo bajo el sol, no es la primera vez que me pasa). Era algo sutil, pero no estaba normal. Hoy, como diria Osmond: «vuelvo a ser yo mismo», aunque me echo una partida a Pokemon Cristal y las imágenes me resultan algo extrañas en su color y tamaño –y mira que le he echado horas a este juego sin que me pasara nada parecido-.

A toro pasado, Chema dice que el día del que hemos hablado me comportaba con normalidad, pero que se me notaba raro. No sé, él sabrá, yo ni putis, aunque lo cierto es que he estado varias veces en su casa y jamás me había dado por recostarme, cerrar los ojos y pasar de todo, como hice aquel día, y eso que he acudido a su casa mucho mas que resacoso en tantísimas otras ocasiones.

Eso es, más o menos, todo lo que podemos contar sobre el bioensayo por vía intravenosa.

 

Psicoterapia asistida con MDMA

Por José Carlos Bouso

2012. Apocalipsis, fines del Mundo varios, cambios de conciencia, saltos de niveles energéticos, visitas alienígenas, crisis globalizadas, MDMA. ¿MDMA? Sí, MDMA, 3,4-MetilenDioxiMetAnfetamina. Éxtasis, cristal, pirulas. En 2012, además, es el 100 cumpleaños de la MDMA. Al menos el año en que aparece por primera vez registrada la molécula. La paternidad se le atribuye al Dr. Anton Köllisch (?−1916). La patente, perteneciente a Merck, que antes podía encontrarse en la web de erowid, lamentablemente los chicos de erowid la han retirado de su web y ahora no se puede consultar. En ella, con fecha de 24 de diciembre de 1912, aparece la fórmula química de la MDMA, sin nombre, junto a las fórmulas químicas de otros compuestos. En la patente se presentan estos compuestos como compuestos intermediarios para la creación de posibles fármacos futuros.

La MDMA nunca fue ensayada como fármaco hasta los años 50, cuando el ejército norteamericano estudia su toxicidad en animales. En 1965 parece que Alexander Shulgin la resintetiza, si bien este dato no aparece en sus notas de laboratorio[1], pero no la prueba hasta años después, en algún momento indefinido de los años 70, después de que una amiga suya, llamada Merrie Kleinman, le comenta que, junto con dos amigos, habían tomado cada uno 100 mg de MDMA teniendo una experiencia "bastante emocional" y que los tres habían reaccionado bien a la droga (p. 69 del PIHKAL). Shulgin prueba entonces la sustancia y sorprendido por los efectos psicológicos decide enviarle unas muestras a un psiquiatra llamado Leo Zeff, muy conocido dentro del ámbito de la terapia psiquedélica underground y apodado “the secret chief”[2]. Esto ocurre en el año 1977. Leo Zeff, habiendo decidido jubilarse un tiempo antes, reconsideró su decisión y dedicó el resto de su vida activa a iniciar a otros psiquiatras y psicólogos en el uso terapéutico de la MDMA. Se estima que desde entonces hasta el inicio de la prohibición de la sustancia por parte de la DEA, se administraron unas 500.000 dosis de MDMA solamente en círculos de iniciados en contextos de psicoterapia y de encuentros de grupo de la neofilosofía New Age[3].

En 1986 se publica el único estudio terapéutico con MDMA en el que el psiquiatra George Greer y la enfermera psiquiátrica Requa Tolbert publican los resultados de haber administrado MDMA en contextos terapéuticos a 29 personas[4]. Posteriormente, en 1998, Creer y Tolbert publican resultados de más pacientes, unos 80, tratados entre 1980 y 1985, junto con un método para llevar sesiones y dos casos clínicos, refiriendo que el 90% de las personas a las que se les administró tuvieron experiencias "sólidamente positivas". De ellas, un 33% había recibido una única dosis, otro 33% dos dosis en diferentes sesiones, y el otro 33% más de dos dosis espaciadas en diferentes sesiones también[5]. También, en 1985, se celebra una reunión de terapeutas expertos en la utilización terapéutica de la MDMA en el famoso Esalen Institute, en la que se concluye que la MDMA "posee una acción única que mejora la comunicación” y que, de entre los distintos pacientes tratados por estos terapeutas, las víctimas de abuso infantil y de ataques experimentaron los beneficios más espectaculares”. También se refirieron beneficios en pacientes con psicosis[6].

Alexander Shulguin y su mujer, AnnAlexander Shulguin y su mujer, Ann

Pero 1986 es también el año en el que la prohibición de la MDMA se hace efectiva. Aún así, gozaría de nuevo de unos pocos meses de libertad, entre el 22 de diciembre de 1987 y el 23 marzo de 1988, debido a un error en el procedimiento de prohibición, para ser luego definitivamente prohibida primero en los EE.UU. y después incluida en la Lista I de los convenios de la JIFE (Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes). Aún así, el gobierno suizo permite a un grupo de psiquiatras, afiliados a la Sociedad Médica Suiza para la Terapia Psicolítica, la utilización de MDMA, LSD, mescalina e ibogaína entre los años 1988 y 1993. Un estudio de seguimiento de los pacientes tratados con MDMA y LSD (a veces se administraban juntas con el objetivo de que la MDMA modulara emocionalmente el efecto psiquedélico de la LSD), publicado en 1995, encontró que de 121 pacientes que participaron en el seguimiento, el 65% refería haber tenido una buena mejoría tras el tratamiento, el 26% una pequeña mejoría, el 4.1% refirió no haber experimentado cambios y el 2,5% refirió un ligero deterioro[7]. La muerte de una paciente a la que se administró ibogaína en un tratamiento de desintoxicación sin el debido cuidado que requiere la administración de ibogaína, resultó en la paralización de los permisos para seguir trabajando con psiquedélicos en Suiza.

Nos encontramos pues en 1993 con una prohibición mundial del uso médico de la MDMA y sin ningún estudio clínico que, utilizando las metodologías necesarias para poder poner a prueba la eficacia y la seguridad de un fármaco, esto es, estudios en los que se asigna aleatoriamente a los pacientes a los distintos grupos de tratamiento y se compara el fármaco a estudiar con un placebo, haya demostrado la eficacia de la MDMA para facilitar los procesos de psicoterapia. Esta prohibición dificulta la continuación de la investigación terapéutica hasta que en 1999, quien esto firma, consigue permisos de la Agencia Española del Medicamento para iniciar el primer estudio clínico controlado con MDMA para el tratamiento del Trastorno de Estrés Postraumático (TEP) en mujeres víctimas de agresiones sexuales con TEP crónico.

Este estudio pionero pretendía evaluar, en dos estudios, primero la seguridad y después la eficacia de la MDMA para el tratamiento del TEP crónico. El estudio estuvo financiado por MAPS (Asociación Multidisciplinar para el Estudio de los Psiquedélicos www.maps.org). La idea era probar, primero en un estudio piloto de búsqueda de dosis, diferentes dosis de MDMA para así determinar la dosis que, comparada con un placebo, se mostrara más eficaz y desplegara los menores efectos secundarios de cara a utilizar esa dosis en un posterior estudio de eficacia. La aparición de la noticia de la realización de este estudio en los medios de comunicación, activó una reacción de pánico en cadena entre la comunidad política que derivó en la interrupción inmediata del estudio cuando solo se habían tratado a las 6 primeras pacientes de las 29 que el protocolo del primer estudio piloto contemplaba. Si bien no se pudieron sacar conclusiones acerca de la eficacia de la MDMA, al menos se pudo constatar que dosis bajas de MDMA no suponían un riesgo para la salud física o mental de las pacientes. Si bien de nuevo, al tratarse de una muestra tan pequeña, nada se podía extrapolar y este estudio, por tanto, no ha pasado más allá del anecdotario que supone haber sido el primer intento legal frustrado de explorar científicamente las potencialidades terapéuticas de la MDMA, así como de haberse administrado las primeras dosis de MDMA legal del mundo a pacientes[8].

El TEP es un trastorno mental peculiar. A diferencia del resto de trastornos psiquiátricos en los que se considera que algo “anormal” está ocurriendo en el cerebro, en la personalidad o en el estado psicológico de los pacientes, el TEP se caracteriza por constituir una reacción “normal” ante situaciones anormales. El TEP se produce cuando una persona ha experimentado un suceso violento que ha puesto en peligro la integridad física o psicológica de la persona. Situaciones de violencia como haber sufrido una agresión sexual, haber sido víctima de un acto terrorista, haber sufrido una paliza o haber vivido en el interior de un conflicto armado son situaciones típicas que pueden desencadenar el trastorno. A la vez, es más probable que el trastorno aparezca si el evento sufrido ha venido provocado por la acción de otra persona que si se debe a catástrofes naturales, ya que de alguna manera se quiebra la seguridad que ofrece confiar en otras personas. En el caso concreto de las agresiones sexuales, un 60% de las víctimas pueden desarrollar el trastorno. Si bien influyen otros factores a la hora de que el trastorno se desencadene una vez sufrido el evento violento, una vez que aquel aparece tiende a la cronicidad. La ruptura que supone la falta de confianza en los demás hace que muchas personas con TEP no pidan ayuda, lo cual tiene como consecuencia que el trastorno tienda a cronificarse más aún.

Jose Carlos BousoJose Carlos Bouso

Las personas que padecen TEP suelen manifestar una serie de síntomas que incluyen la reexperimentación incontrolada del suceso traumático, la evitación de lugares o personas que les recuerdan el suceso y un estado de hipervigilancia que mantiene a la persona en un estado de estrés permanente. Además suele aparecer depresión, baja autoestima y alteraciones cognitivas como consecuencia del estado permanente de miedo en el que pueden llegar a vivir muchas de las víctimas. Las reexperimentaciones aparecen además cuando las personas bajan un poco la “guardia” y se relajan, y ocurren en lugares en los que por los motivos que sean la persona asocia con el lugar o las personas donde se produjo el evento. Estas reexperimentaciones se producen, además, con la misma carga ansiógena con que aparecieron originalmente, debilitando mucho la integridad psicológica de las víctimas. El TEP no lo sufren solo necesariamente las personas que experimentan el suceso, sino que también pueden aparecer en testigos directos.

Existen diversas maneras de tratar el TEP. En general, la psicoterapia se ha mostrado más efectiva que la farmacoterapia. De hecho, no existe un fármaco específico para tratar el TEP, y lo más habitual es prescribir antidepresivos, algunos de los cuales tienen indicación específica para el trastorno ya que mejoran algunos de los síntomas, si bien suelen ser ineficaces para tratar la reexperimentación. Por eso la psicoterapia suele mostrarse más eficaz. Todos los tratamientos psicoterapéuticos para tratar el TEP, sean de la escuela que sean (psicodinámicos, cognitivo-conductuales, gestálticos, etc.) pasan porque la persona reexperimente el suceso traumático, esta vez de manera controlada, con la ayuda guiada del terapeuta, para que así, poco a poco, el control de las emociones que experimenta vayan estando cada vez más en el “interior” de los pacientes y no en el “exterior”, es decir, el objetivo es que el paciente vaya ganando poco a poco el control sobre sus síntomas, ya que esta falta de control sobre ellos está en la base de la tendencia a la cronicidad. Normalmente esto no se consigue en una sola sesión, sino que se va avanzando poco a poco, de tal manera que el paciente poco a poco va asumiendo el control. Hay que ser especialmente cuidadoso cuando se inducen en los pacientes reexperimentaciones, ya que el mayor riesgo de la psicoterapia con pacientes con TEP es precisamente que los pacientes se retraumaticen al inducirles a revivir el suceso. Además revivir el suceso suele venir acompañado de experiencias angustiosas intensas, por lo que, si bien la psicoterapia suele mostrarse bastante eficaz, a la vez los índices de abandono de la terapia son muy altos, luego no todos los pacientes pueden beneficiarse ya que para muchos el mero proceso terapéutico resulta excesivamente estresante.

La MDMA se caracteriza por inducir a las personas sentimientos de autoconfianza y de cercanía emocional hacia los demás. Produce una apertura emocional que facilita la comunicación entre paciente y terapeuta, estrechando así la alianza terapéutica y facilitando el proceso terapéutico. Neurobiológicamente, la MDMA reduce la actividad de la amígdala, la estructura cerebral encargada de procesar el miedo, e incrementa la actividad de áreas prefrontales, lo cual se traduce en una disminución del miedo y en una sensación de autocontrol sobre las emociones[9]. Durante las 2 ó 3 horas que duran los efectos agudos de la MDMA, la persona se suele encontrar, por primera vez en mucho tiempo, experimentando la sensación de lo que supone de nuevo vivir sin miedo, y así puede aprender que hay posibilidades de mejora y de estar bien. En los estudios que hay hoy día en marcha, se suelen administrar primero 125 mg, y a las 2 hs 62,5 más, justo la mitad de la dosis inicial, para hacer más gradual la vuelta a la realidad. A la persona se le suele poner un antifaz y música evocativa, para que tenga una experiencia interna durante el momento cumbre de la experiencia y luego al final de la sesión se inicia la terapia verbal, en la que la persona explica lo que ha experimentado y se le empieza a enseñar a que “ancle” la experiencia para que se vaya generalizando en su vida cotidiana. Normalmente se hacen entre 2 y 3 sesiones con MDMA y entre medias 3 y 5 de psicoterapia verbal sin fármaco en las que se trabaja para ir integrando la experiencia y terminando de revertir la condición “anormal” que supone el trastorno. Debido precisamente a estas propiedades de la MDMA para reducir el miedo, aumentar la autoestima e incrementar la confianza en los terapeutas y en uno mismo, es por lo que se considera a la MDMA un potencial fármaco excepcional como coadyuvante de los procesos terapéuticos, algo especialmente útil en el tratamiento del TEP donde, como ya se ha explicado, la tasa de abandonos es muy alta. La MDMA se considera pues una herramienta única para facilitar los procesos de reexperimentación en contextos terapéuticos sin que este se vea acompañado de la carga ansiogénica habitual.

A día de hoy existe un único estudio terminado y publicado en el que se ha probado la eficacia de la MDMA en el tratamiento del TEP crónico. El equipo del Dr. Michael Mithoefer, financiado por MAPS, publicó en 2010 los resultados de lo que fue el primer estudio finalizado. En este estudio, 20 pacientes con TEP crónico que habían fracasado en tratamientos psicológicos y farmacológicos previos, fueron asignados aleatoriamente a un tratamiento con MDMA (12 pacientes) o con placebo (8 pacientes). Todos los pacientes tuvieron 2 sesiones experimentales con fármaco (MDMA o placebo) acompañado de psicoterapia, cada una de 8 hs de duración, separadas por entre 3 y 5 semanas. Antes de la primera sesión experimental hubo dos sesiones previas de preparación y 4 sesiones de integración posteriores a cada sesión experimental. La duración de cada sesión de terapia verbal fue de 90 minutos. Un evaluador independiente ciego al tratamiento evaluaba con tests los resultados de las intervenciones. Los resultados fueron espectaculares: dos meses después de la segunda sesión experimental el grupo MDMA no cumplía criterios de TEP evaluados con una escala clásica diseñada para tal fin (CAPS, Escala para el Trastorno de Estrés Postraumático Administrada por el Clínico), encontrándose una reducción de los sínmtomas en más de un 30%. Resultados parecidos se encontraron en una escala que evalúa la respuesta psicológica al estrés (IES-R, Escala Revisada de Impacto del Estresor). Las reducciones en los síntomas fueron clínica y estadísticamente significativas. No hubo reacciones adversas serias ni evidencia de deterioro cognitivo en el grupo tratado con MDMA evaluados con instrumentos diseñados para tal fin. El grupo placebo, si bien redujo también sus puntuaciones, los resultados encontrados no fueron tan buenos. Se les dio la oportunidad de tomar MDMA en una segunda fase en forma de estudio “abierto” y alcanzaron resultados parecidos a los que había tenido previamente el grupo MDMA.

Hay otros estudios en marcha hoy día en los que se sigue investigando en potencial terapéutico de la MDMA para el tratamiento del TEP[10], uno de ellos ya finalizado, realizado en Suiza, pero cuyos resultados no parece que hayan sido tan espectaculares como los encontrados en el estudio americano. Los resultados no están publicados aún, pero se han presentado en algún congreso sobre el tema[11]. El los próximos años veremos si la MDMA pasa la prueba de fuego del ensayo clínico y se muestra un tratamiento seguro y eficaz no solo para el tratamiento del TEP, sino como fármaco coadyuvante de la psicoterapia en otras condiciones psicológicas.

Feliz centenario, MDMA, ¡y que cumplas muchos más!


[1] http://www.erowid.org/library/books_online/shulgin_labbooks/

[2] http://www.maps.org/secretchief/sctoc.html

[3] http://www.psychedelic-library.org/rosenbaum.htm

[4] http://www.maps.org/w3pb/new/1986/1986_greer_628_1.pdf

[5] http://www.maps.org/w3pb/new/1998/1998_greer_223_1.pdf

[6] http://www.maps.org/w3pb/new/1985/1985_Greer_10113_1.pdf

[7] http://www.maps.org/news-letters/v05n3/05303psy.html

[8] http://www.maps.org/w3pb/new/2008/2008_Bouso_23071_1.pdf

[9] http://www.maps.org/w3pb/new/2009/2009_Johansen_23075_3.pdf

[10] Para saber más acerca de estos estudios ver: http://www.maps.org/research/mdma/

[11] http://www.youtube.com/watch?v=zmtWB7SreZM&feature=relmfu

 

 

Adrenocromo (VI)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Sexto y enésimo artículo sobre el adrenocromo. Llegó el momento de las catas y, con ellas, el final de esta enloquecida y rocambolesca historia.

A decir verdad, la primera cata ya la habíamos realizado en el momento de recibir el antiguo botecito farmacéutico made in Spain. En su interior, como ya les dijimos en su momento, venían 8 viejas pastillas; y en el exterior, una etiqueta en la que, simplemente, ponía: Adrenocromo, 12 comprimidos, Porriño (Pontevedra). Sea como fuere, el caso es que el día 7 de septiembre de 2011, a las 13:16 horas decidimos administrarnos uno vía sublingual. No notamos absolutamente nada. De modo que, a las 13:50 nos tomamos otro y nos dimos un baño, tras el cual nos encontramos un poco más despejados y animados, aun cuando tampoco percibimos nada fuera de lo normal, salvo que, en determinado momento, al salir de la habitación, vimos un pequeño trocito de plástico en el suelo y nos dio por recogerlo y tirarlo a la papelera (lo cual nos resultó un tanto desconcertante). Posteriormente, comimos y, como está mandado, nos echamos una pequeña siesta, después de la cual procedimos a recoger nuestra habitación, algo que, ahora sí, más que desconcertante, resultaba verdaderamente inusual. A continuación, pensamos en tomarnos 4 comprimidos del tirón, para ver qué pasaba, pero al no conocer la dosis, nos pareció una gilipollez. Así que decidimos hacerlo. No obstante, finalmente, se impuso la sensatez y no lo hicimos. Punto.

La primera semana de octubre recibimos el adrenocromo semicarbazona, y tan pronto como llegó el fin de semana procedimos a consumirlo (día 8 del 10 de 2011). Sacamos nuestra balanza de precisión para calcular la dosis apuntada por Gottlieb -100 mg- pero, una vez más, demostró carecer de la tan cacareada precisión, nos hicimos un lío de cojones y, al final, decidimos apañárnoslas a nuestro modo, tirar por lo alto, y terminamos administrándonos lo que calculamos que vendrían a ser unos 300 mg vía sublingual. Los dientes se nos quedaron rojos como la sangre y rezamos a Saturno para que dicha coloración se esfumase pronto, pues, de lo contrario, íbamos a tener un pequeño problemilla. Afortunadamente, tras un enjuague bucal con agua, los dientes volvieron a su habitual coloración amarillo-mayonesa. De nuevo, nos dimos un baño, y al poco rato, exactamente como dice Adam Gottlieb, nos sentimos físicamente estimulados, de forma sutil o ligera, nada que ver con la metanfetamina, pero estimulados, a la vez que percibimos cierto grado de embotamiento mental (bastante marcado y evidente en algunos momentos). Y la cuestión es que, de nuevo y de forma sorprendente, nos vimos haciendo la colada (¡lo nunca visto!); después de lo cual, comimos y nos echamos una siesta en toda regla. Punto.

Conclusión personal a partir de nuestra experiencia de primera mano con el adrenocromo semicarbazona: se trata de una droga que parece situar al consumidor en el estado idóneo para realizar labores domésticas, no mostrando, además, incompatibilidad alguna con las siestas. Por nuestra parte, nada más que reseñar al respecto de esta sustancia (salvo comentar que, una vez catada, la metimos en una caja más pequeñita, aunque dio igual, ya que, diez días después nos llegó el otro adrenocromo en su enorme caja y volvimos a tener el congelador petado).

El día 18 de octubre de 2011, como ya hemos apuntado, recibimos el otro adrenocromo, no el que tomaba Gottlieb sino el que tomaba Osmond, es decir, el bueno, el de verdad, el auténtico, el que, supuestamente, hace que se te vaya la pinza. Por cuestiones de logística no pudimos tomarlo hasta el día 31 de octubre. Es decir, estuvo en el congelador casi 13 días a la temperatura recomendada por el fabricante (-20º), de tal manera que sus propiedades debían mantenerse inalteradas.

Lo cierto es que habíamos programado la toma para el día 31 por la mañana, en casa de nuestro editor, que actuaría como observador externo por si hubiera falta de insight al respecto de la experiencia, y para que hiciera las labores de “babysitter” en caso de que las cosas se torcieran (para lo cual, por lo demás, habíamos hecho acopio de vitamina B3 –usada por Hoffer y Osmond como antídoto frente a las malas experiencias adrenocrómicas-; y de Risperdal flash®, un antipsicótico de última generación por si las megadosis de vitaminas no hicieran efecto). En otras palabras, que lo teníamos todo atado y bien atado. La vía que habíamos escogido para esta primera administración fue la endovenosa, por la sencilla razón de que, tanto o más que yonkis, nosotros somos profesionales de la vieja escuela, personas como –salvando las distancias- John C. Lilly o los propios Osmond y Hoffer, psicólogos y psiquiatras que primero se administraban ellos mismos las sustancias y, luego, si eso, se las daban a los demás; no como los drogabusólogos al uso hoy en día, que hablan y hablan de todo tipo de drogas vanagloriándose, al mismo tiempo, de no haber probado jamás ninguna de ellas. En fin, sea como fuere, la cuestión es que si los estudiosos de los años 50 habían empezado por emplear esta vía, nosotros pensábamos hacer exactamente lo mismo. Únicamente que, si teníamos preparada la toma para el día 31 por la mañana, resulta que, al final, los acontecimientos se precipitaron y acabamos haciéndola ese mismo día, sólo que a las 0:10 horas en lugar de a las 12, es decir, por la noche y a solas, sin babysitter ni demás florituras. El motivo de que el experimento se adelantase inesperada y precipitadamente no fue otro sino que el día 30 por la tarde, a eso de las 20 horas, nos dio por tomarnos unas cervezas (y un miligramo y pico de trankimazin), luego, cenamos con un par de copas de vino, y al terminar la cena llevábamos tal colocón que no nos pudimos contener y, apenas indicó el reloj que había llegado el día señalado, nos abalanzamos sobre el adrenocromo y procedimos a inyectárnoslo (no lo duden, J. C. Lilly hubiese hecho lo mismo).

Sea como fuere, a continuación les obsequiamos con el preceptivo trip report. Ahí va:

Sumario del relato de un ensayo con 25 mg de adrenocromo administrados vía intravenosa (octubre, 2011), 20-30 horas aproximadamente, condensadas en notas hechas por el sujeto (E. Hidalgo Downing… si, Downing, como el guitarrista de los Judas Priest).

0:10 horas. Euforia. Eso es lo que siento. Pienso, «¡joder, esto si que coloca!». Me da un claro subidón –no comparable a los chutes de coca, jako, M, o speed, pero subidón-. Eso si, no tengo alteraciones visuales, ni me llaman la atención las lámparas, ni las alfombras, ni las pollas en vinagre. Todo está tan normal y me parece tan normal. Todo menos yo, que me siento acelerado, eufórico, colocado como un puto reptiloide después de haber disfrutado junto al Papa y a Barak Osama de un pantagruélico ágape de glándulas suprarrenales de bebés y bebesitas subhumanos (nos ha jodido mayo, con lo que he privado, como para no estarlo, ja, ja, ja, ja; y con lo que me ha costado conseguir materializar el sueño de chutarme adrenocromo de Sigma Aldrich, ya ni te cuento… por lo que no descarto la posibilidad de que la euforia no fuera más que fruto de las birras bebidas y de la alegría y la satisfacción derivadas de haber logrado culminar con éxito una misión imposible. -Quién sabe… Estaba demasiado borracho como para, ahora, poder discernirlo con absoluta certeza-).

La cuestión es que, visto el percal: acelere, euforia, buen rollo, colocón y ausencia absoluta de alteraciones perceptivas, decido irme a la cama. Total, en razón de los testimonios de Hoffer y Osmond, el efecto de la sustancia es tan largo y prolongado como la sombra del ciprés, de modo que concluyo que más me vale echarme un rato a dormir y esperar a ver qué pasa al día siguiente, cuando, como estaba previsto, acuda a casa de mi editor para que cumpla con lo pactado: invitarme a una paella y, de paso y por si acaso, hacer de niñera y de observador externo e imparcial (¡Ja!).

3:10 horas. Me voy a dormir. Y me duermo.

A las 8 de la mañana suena el despertador. Lo apago. Remoloneo en la cama. ¿Qué pasa? Me gusta remolonear y puedo permitírmelo.

Vuelvo a dormirme (con dos cojones).

Al rato me despierto; descojonao (no me acuerdo de qué).

Me levanto a las 9 y 13 minutos. De muy buen rollo, aunque con dolor de cabeza, resacoso. Hago cuentas de lo que he bebido: 2 latas de 33 cl de Voll Damm negra; 2 litros de Amstel, 2 latas de 33 cl de Mahou clásica, 1 lata de medio litro de Mahou cinco estrellas, un doble de cerveza en un bar, una copa o dos (vamos, dos o tres) de vino, 1 mg y un cachito de trankimazin. Esto desde las 8 de la tarde a las 3 de la madrugada. Es decir, que, como variables contaminantes del bioensayo hemos de tener en cuenta la posible –sólo posible- influencia del alcohol y del alprazolam (pecata minuta con la más que probable interferencia que el consumo de heroína, cocaína, anfetamina, alcohol y trankimazin hubiese ejercido sobre el mismo experimento apenas unos días antes, tan sólo que, en dicha ocasión, a pesar del esparramo, conservé la lucidez suficiente para abortar la operación).

Una vez en pie, lo primero que veo es el envoltorio de plástico del adrenocromo despedazado a mordiscos. Me descojono vivo recordando la voracidad a la hora de hincarle el diente a la sustancia. ¿Tijeras? ¡Qué coño tijeras! Abrí el embalaje a bocaos, con el ansia de un caníbal, con la misma avidez y falta de contención y de modales que dicen que muestra la Reina de Inglaterra cuando tiene a mano lo que yo tuve en aquel momento de aquella aciaga noche (ja, ja, ja, ja).

La verdad es que estoy de muy buen rollo y muy jocoso.

Me doy un baño. Veo que tengo tres dedos manchados de rojo. Ese inequívoco color a sangre no se me quita ni siquiera después de estar media hora en el agua. Me descojono. Me viene a la mente un sueño recurrente que tengo hace tiempo y que gira alrededor de un fiambre que guardo escondido en un sitio recóndito. Es un sueño que casi lo tengo concluido, la ultima vez estaba a punto de deshacerme del cuerpo y no sé cuantas cosas mas echándolo en un compactador, pero en el ultimo momento me desperté o me despertaron. Ahora me parto de risa, pero otras veces me he desvelado todo preocupado y he tenido que hacer memoria y auto-convencerme de que no he matado a nadie ni tengo ningún cadáver escondido por ahí -que yo recuerde, vamos-. De todos modos, por si a alguien le interesa (y, si no, lo mismo da) he de decir que el sueño sigue inconcluso. Desde que escribí las primeras notas de este relato hasta que me he puesto manos a la obra con la redacción final he vuelto a soñar otra vez con el tema. En esta última ocasión tuve la feliz idea de juntar todas las pruebas acusatorias sobre el crimen (cosas escritas por mí y no sé qué más datos y objetos inculpatorios) y, cuando me iba a deshacer de ellas –de nuevo, en el compactador-, un agente del orden va y me pilla con todo el marrón: un crimen, del que nadie sabía absolutamente nada, explicado con pelos y señales por el propio autor de los hechos. ¡Hay que ser gilipollas! ¡Gilipollas perdido! Como yo. En un tris el puto asesinato del que nadie antes había sabido nada es la noticia del momento. Tengo a toda la pasma detrás de mí –porque, a pesar de los pesares, he conseguido escaquearme del susodicho guardián del orden y la ley-. En apenas unas horas hasta el último jureta del Metro conoce mi careto. Tengo los minutos contados. Hago una llamada telefónica. Me voy al aeropuerto, rumbo a Colombia. Vuelven a despertarme: «Edu, ¿curras hoy?»

¡¡¡No, joder, no curro, lo único que quiero es dar por concluido el tema este del fiambre y entre pitos y flautas no hay manera, carallo!!!

Continuará…

 

Adrenocromo (V)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Otro artículo sobre el adrenocromo… ¡y ya van cinco!

En el anterior nos habíamos quedado con las declaraciones de algunos participantes en los foros drogófilos hispanos. De modo que, ahora, pasaremos a consultar los foros anglosajones. A ver si encontramos algo… Si, aquí lo tienen: un tal MadShroomer “posteó” lo siguiente el día 18 de agosto de 2006 en drugs-forum.com:

SWIM [ya saben: “alguien que no soy yo”] ha tenido experiencia con el adrenocromo.

SWIM bebió 3 viales[1] (de 10 ml cada uno) y se sintió justo como Mr. Hunter S. Thomson en Miedo y asco en Las Vegas, se dio un baño, pero sólo obtuvo un ligero alivio seguido de 18 horas de sueño (SWIM no recuerda mucho, excepto estar DELIRANDO y ser incapaz de determinar si los flashes en la iluminación de la habitación eran reales o no, además de sentirse tembloroso y ardiendo. Se sintió de la forma que se muestra en la película… bastante desagradable.

Volvemos a encontrarnos, por lo tanto, con el testimonio de una persona que afirma haber consumido adrenocromo de primera mano (puesto que el uso de las siglas SWIM no es más que una ingenua fórmula que suelen utilizar los foreros angloparlantes para evitar una eventual acusación de promoción del uso de drogas o de otros delitos similares). El problema con las declaraciones de MadShroomer es que dice que experimentó los mismos efectos que aparecen en la versión cinematográfica del libro de Thompson (en la que, de hecho, la escena del adrenocromo es mucho más exagerada y delirante que en la obra original), y, sin embargo, se da el caso de que, como señalan en Wikipedia, el propio director de la película, Terry Gilliam, reconoce, en los comentarios que aparecen en la versión del film en DVD, que esa escena es exagerada y ficticia. Es más, el director cinematográfico insiste en que la droga pertenece por completo al ámbito de la ficción y parece, incluso, desconocer que existe una sustancia real con ese nombre. De tal manera que, a la luz de estas declaraciones, la veracidad del testimonio de MadShromer como que languidece un poquito.

Por otra parte, ya que nos hemos adentrado en la enciclopedia online (en su versión en inglés), les haremos saber que, en ella, se despachan el tema de la psicoactividad del adrenocromo diciendo, tan sólo, que «ha habido controversia al respecto de si puede ser clasificado como una droga psicotrópica». Nada más.

Así las cosas, ha llegado el momento de remitirnos, de una maldita vez, a la Web más rigurosa y fiable sobre drogas: Erowid. Dirijámonos a su sección de trip-reports y veamos que es lo que tienen…

Pues, exactamente, dos informes y una solicitud para que el público envíe más. En el primero de los relatos, titulado El peor dolor de cabeza imaginable, el autor –que se inyectó epinefrina oxidada y deteriorada- obtiene precisamente eso: un dolor en la cocorota, insufrible e intermitente, que se prolongó durante siete días. En el segundo informe, titulado Matando el mito, el interfecto adquiere 250 mg de adrenocromo base libre e ingiere, a lo largo de diferentes días, 100 mg vía sublingual (una burrada si atendemos a las dosis empleadas por Osmond y el resto de investigadores de los años 50); 25 mg fumados en una pipa de crack; y 50 mg esnifados. Estas son sus apreciaciones al respecto:

Las tres tomas me produjeron exactamente el mismo efecto, que fue muy ligero y, realmente, carente de interés (ni siquiera lo llamaría un colocón).

En primer lugar, no era ni alucinógeno ni psicodélico. Tuve una sensación de calidez a lo largo de mi cuerpo; sentí entumecimiento en mis manos y en mi cabeza (posiblemente debido al efecto homeostático); hubo una ligera sedación; y una muy breve sensación de euforia (algo más pronunciada cuando fumé la sustancia, aunque, aún así, de muy corta duración). Se produjo, también, algún cambio visual menor (no eran “visuales”, sino, tan sólo, que veía la habitación ligeramente distinta a lo habitual; pero, honestamente, se trataba de un cambio realmente mínimo; un porro de hachís habría hecho el mismo efecto, nada realmente destacable). Puede que hubiera, también, una pequeña miosis (contracción de las pupilas), pero no estoy del todo seguro.

En definitiva, los efectos fueron extremadamente suaves, en modo alguno divertidos ni psicodélicos, y muy breves (diría que la ligera euforia inicial desaparece a los 4-5 minutos, y las escasas sensaciones extrañas que experimenté se esfumaron después de una hora –no lo puedo determinar con exactitud porque no miré el reloj).

Ni que decir tiene que me sentí muy decepcionado con este compuesto carente de interés. Los efectos que obtuve del mismo fueron suaves, claramente, produjo un efecto sobre mi visión y mi estado mental, pero, de ninguna manera, lo llamaría alucinógeno.

De nuevo, interesante, revelador y… desconcertante. Pasemos, pues, rápidamente, a ver qué podemos encontrar en el resto de las secciones de Erowid: una foto; unos links a recursos externos como Wikipedia; el estatus legal de la sustancia en Estados Unidos (no está prohibida); una serie de referencias bibliográficas entre las que destaca una del libro Legal Highs de Adam Gottlieb (1973) en la cual el autor afirma que el adrenocromo semicarbazona (un producto derivado del adrenocromo), en dosis de 100 mg consumidos vía oral, produce estimulación, sensación de bienestar y una ligera alteración de los procesos mentales; y poco o nada más. No hay información sobre dosis, efectos, duración, contraindicaciones, efectos adversos… Nada de nada. De hecho, en el índice de entrada, el apartado dedicado a la “clasificación de sus efectos” se lo despachan, lacónicamente, con esta palabra: «Controvertida».

De modo, amigos, que, si ni siquiera en Erowid son capaces de concluir nada sobre esta movida, más nos vale dejarnos ya de teorías y de referencias bibliográficas y pasar, directamente, a la práctica. No nos queda otra.

Acudamos, pues, a Google y escribamos: “buy adrenochrome”, a ver qué nos encontramos… No se lo pierdan: con esto nos hemos topado a la primera de cambio.

Yahoo-Answers:

Pregunta: « ¿Dónde puedo comprar adrenocromo? Vivo en Ontario, Canadá, y quiero comprar un poco porque alguna gente que conozco me ha hablado sobre él y no sé donde comprarlo».

Respuesta: «Es una droga ficticia; no puedes, porque no es real. Lo siento».

La madre que nos parió, ¡esto es de locos! Al final va a ser verdad que esta sustancia guarda una estrecha relación con los mecanismos patológicos de la esquizofrenia: ¡joder, si con sólo leer sobre ella ya estamos neuróticos perdidos –producto de tanta información contradictoria y discordante- no queremos ni imaginar lo que será tomarla!

En fin, volvamos a relajarnos. Respiremos hondo y busquemos otros enlaces de interés, a ver adonde nos llevan… ¡Ale-Hop! Aquí: Generics Med, "buy cheap adrenochrome injection". Una Web de aparente fiabilidad que da la impresión de dedicarse, fundamentalmente, a la venta de Cialis, Viagra y esas cosas, pero en la que por el muy, pero que muy, módico precio de 1,29 dólares se pueden adquirir viales de 25mg/ml de adrenocromo monosemicarbazona más una ampolla de agua inyectable. Los usos médicos señalados se remiten, básicamente, a la reducción del sangrado y las hemorragias durante y después de los procesos quirúrgicos. Ni en el apartado referente a los efectos secundarios ni en ningún otro se hace mención alguna a efectos de tipo psicoactivo.

Perfecto, parece que la mítica sustancia vuelve a dar pruebas de existir. Y, de hecho, bien pronto tenemos la oportunidad de corroborar que existe realmente. Un buen amigo nos ha pasado el enlace (muchísimas gracias) a una Web española tipo E-Bay en la que alguien vende un antiguo bote farmacéutico de adrenocromo. Son 3 euros más gastos de envío (5 euros en total). Decidimos comprarlo, aunque sólo sea como fetiche drogófilo, pues en la información sobre el producto se indica que el frasco está vacío. A los pocos días recibimos el pedido y, ¡sorpresa!, dentro hay 8 comprimidos tan añejos como el propio bote (gracias, también, a usted, caballero, je, je, je).

Estupendo. Ya tenemos nuestra primera muestra. No obstante, proseguiremos con la búsqueda, puesto que quisiéramos obtener productos más frescos que el que acabamos de adquirir, que parece haber sido sintetizado en la época de los mods y los beatniks.

Es cierto que podríamos tirar de la anteriormente mencionada Web médica y dejarnos de líos, pero, sea por lo que sea, no nos termina de convencer. De tal manera que procedemos a buscar otro proveedor de adrenocromo semicarbazona, y nos encontramos con una página americana que tiene laboratorios y distribuidores en España. Entramos en contacto con ellos. Fiabilidad absoluta. Encargamos un gramo. Esperamos a que llegue y, mientras tanto, tratamos de mover nuestros hilos para conseguir adrenocromo puro y duro del productor y proveedor de productos químicos más fiable del mundo. Otro buen amigo, con muy buenos contactos y posibilidades, nos echa un cable (mil gracias), pero finalmente no lo consigue. En tales circunstancias, empezamos a dudar de que vayamos a ser capaces de lograr hacernos con el producto. Un chino nos lo ofrece a precio de oro. Estamos a punto de decirle que le folle un pez-payaso, pero nos contenemos por si se diera el caso de que, al final, terminara por convertirse en la única fuente accesible. Recapacitamos y hablamos con nuestro amigo y editor Chema de la Quintana. Urdimos un plan, descabellado y con nulas posibilidades de dar fruto alguno –como casi todos los que urdimos y, sobre todo, urde este inestimable compañero-. ¡Funciona! En breve recibiré en mi casa 50 mg de adrenocromo en dos viales de 25 mg cada uno. ¡Acojonante! Es como si le acabáramos de pillar cocaína al mismísimo Pablo Escobar –que, de no estar muerto, pueden ustedes estar seguros de que, si nos diese por ahí, también se la pillaríamos, y si nos empecináramos u obcecáramos mucho con el tema, lo llegaríamos a lograr incluso por muy muerto que esté ja, ja, ja).

Bueno, misión cumplida. Ya tenemos encargados los productos. Ahora sólo queda recibirlos. Tensa espera. Hasta que, un buen día, me llaman por teléfono:

«¿Eduardo Hidalgo?».

«Sí, soy yo».

«Mire, voy para allá con el adrenocromo, ¿cabe el camión en la calle esa?»

"Ahí va la hostia", pienso para mis adentros, "el camión, dice el tío. ¡Pero si yo sólo he pedido 50 mg! A ver éstos lo que me traen… a ver si la hemos liado parda y lo que he pedido son 50 kilos, que, en realidad, por lo que he pagado por ellos, bien podrían ser unos cuantos quintales…". «Sí, sí, no se preocupe usted, que seguro que cabe, y si no cabe lo aparca donde pueda y ya nos apañamos».

En esos momentos tengo que salir de casa, así que dejo dicho que, si traen algo para mí, lo guarden en el congelador, pues esas son las recomendaciones del proveedor. Cuando vuelvo me encuentro con que han tenido que vaciar un estante entero para meter el adrenocromo (que resulta ser el gramo de semicarbazona), ya que, el botecito viene empaquetado en una caja de corcho blanco el doble de grande que las de zapatos, debido a que trae consigo, por arriba y por abajo, unos enormes contendores de “refrigerante no tóxico reutilizable” para mantener la sustancia, más que fresquita, congelada. Bueno, el tema ha resultado algo engorroso y aparatoso, pero me siento aliviado, pues no quisiera ni imaginarme lo que hubiera pasado si realmente se hubiese producido un error en el pedido y el transportista hubiese pretendido descargar el camión al completo en casa de mis padres.

En cualquier caso, a la hora de recibir los 2 viales de 25 mg restantes, la caja vuelve a ser igual o más grande que la anterior, de tal manera que apenas queda espacio en casa para la carne, el pescado, las verduras y las pizzas. ¡Pero vamos sobrados del mítico producto de la oxidación de la adrenalina! Así que, podemos darnos más que por satisfechos y, con tiento y mesura, empezar con las catas lo antes posible, tanto para que no se degrade la sustancia como para poder reponer el congelador de alimentos y no matar de hambre a la familia entera o acabar devorándonos entre nosotros mismos como le gustaría a Samorini.

Notas:

1 - Este individuo utilizó, realmente, viales de epinefrina, y los dejó oxidar, tratando, así, de obtener adrenocromo emulando lo que se rumorea que sucedió durante la Segunda Guerra Mundial en Canadá, donde, supuestamente, hubo soldados que se quejaron de sufrir alucinaciones cuando les fue administrada epinefrina oxidada perteneciente a partidas caducadas y envejecidas.

 


 

 

Psicoterapia psiquedélica actual: estudios recientes

Por José Carlos Bouso

En el artículo anterior discutimos las evidencias científicas existentes acerca del potencial de sustancias como la psilocibina o la MDA (3,4-Metilendioxianfetamina) para inducir experiencias místico espirituales, que pueden promover cambios positivos en la personalidad de los iniciados y que se mantienen en el tiempo; y cómo los autores de estos estudios consideran este tipo de experiencias de potencial utilidad en el tratamiento de algunos trastornos mentales, como son la adicción a las drogas o las situaciones de depresión y ansiedad que padecen personas diagnosticadas de enfermedades incurables y que se encuentran en fase terminal. En el presente artículo resumiremos los estudios contemporáneos sobre el tema.

El uso terapéutico de las drogas alucinógenas se remonta probablemente a los orígenes de nuestra especie. En un principio, quizás los saberes no estaban compartimentalizados, como lo están hoy, luego era difícil separar recreación de curación, de ahí que probablemente toda medicina, sobre todo, toda medicina psicoactiva, era una forma de recreación, y toda forma de recreación era también una medicina. Sobre todo porque el contexto en el que el binomio recreación/medicina operaba era siempre en un contexto de grupo, donde la comunidad en su conjunto es la que da validez a la integración grupal, que es, después de todo, el mejor indicador de salud. Al menos para aquellos “males” que no responden exclusivamente a una causa física; si bien, incluso para estos, la implicación grupal en el problema individual es ya por sí misma un reductor de angustia.

Los tiempos han cambiado, y quitando los rituales modernos, como pueden ser las raves tranceras en las que se consume MDMA y algún que otro psicodélico, o los rituales religiosos en los que se toma ayahuasca o peyote, la curación hoy día se establece en el ámbito privado en relación terapéutica entre el médico y/o el psicoterapeuta, y el paciente.

Dentro de este contexto es donde nació, a mediados del siglo pasado, la llamada psicoterapia psiquedélica. Ya se había descubierto la LSD y los psiquiatras la utilizaban como fármaco psicotomimético para entender mejor la fenomenología de la esquizofrenia. Humphry Osmond, un psiquiatra británico afincado en Canadá experto en alcoholismo, había observado que muchos alcohólicos dejaban la bebida después de que hubieran experimentado los terrores del delirium tremens, esto es, el síndrome de abstinencia alcohólico. Así que pensó que quizás, induciéndoles un delirium tremens artificial administrándoles altas dosis de LSD, los pacientes podrían experimentar los mismos pavores, ahorrándoles los males fisiológicos y psicológicos intrínsecos al delirium tremens natural, y así quizás podrían abandonar la adicción al alcohol. La sorpresa que se llevó Osmond cuando empezó a administrar LSD a sus pacientes alcohólicos fue que la mayoría de ellos, lejos de tener una experiencia terrorífica como él suponía, atravesaban por una experiencia místico espiritual como consecuencia de los efectos de disolución de los límites de la personalidad que inducen las dosis altas de LSD administradas en un contexto controlado, tal y como vimos en el artículo anterior sobre que puede hacer la psilocibina administrada por manos expertas en el contexto adecuado. Desde entonces, la psicoterapia con LSD y con otros psicodélicos se fue ampliando a un grupo cada vez más numeroso de patologías psiquiátricas y de problemas psicológicos que iban desde los trastornos obsesivos hasta el alivio de la angustia que experimentan muchos pacientes que se encuentran en fases terminales de su enfermedad. Incluso fue utilizada por el famoso psiquiatra holandés Jan Bastiaans para el tratamiento del llamado “síndrome de campo de concentración”, que hoy sería una de las muchas expresiones que adoptaría el Trastorno de Estrés Postraumático[1].

Desde la interrupción más o menos abrupta en los años 70 de la investigación con terapia psiquedélica hasta fechas recientes, no se había vuelto a realizar ningún estudio científico en el que se tratara de probar la eficacia de un psiquedélico para el tratamiento de algún trastorno psiquiátrico o problemática psicológica. De hecho, a día de hoy, tan solo existe un estudio publicado al respecto, si bien hay alguno que otro actualmente en marcha. Casi todos para el tratamiento de la ansiedad y la depresión en enfermos con cáncer terminal. En este estudio[2] se administró psilocibina (0,2 mg/kg) y un placebo activo (niacina, un fármaco que “imita” los síntomas físicos de la psilocibina pero que carece de efecto psicológico) de manera aleatoria y separado cada tratamiento por dos semanas, de tal forma que cada paciente hacía de su propio “control” y, así, poder comparar los efectos de los dos fármacos en términos de seguridad fisiológica, además de la eficacia en el largo plazo sobre los síntomas de ansiedad y depresión, para lo cual se utilizaron cuestionarios psicométricos utilizados habitualmente en clínica y en investigación para evaluar síntomas de depresión y ansiedad. Este artículo se publicó en septiembre de 2010 en una prestigiosa revista psiquiátrica y dio lugar a titulares del tipo: “Hongos alucinógenos son efectivos en el tratamiento del cáncer”[3]. Uno de los autores principales del estudio incluso escribía en la prestigiosa revista de divulgación Scientific America (publicada en España como Investigación y Ciencia): “Aunque el estudio fue demasiado pequeño como para arrojar conclusiones definitivas, fue alentador: los pacientes mostraron disminución de la ansiedad y les incrementó el estado de ánimo, incluso meses después de la sesión con psilocibina. Al igual que ocurrió con estudios realizados hace años, los pacientes también refirieron menos miedo de cara a impedir la muerte” (traducción mía del original)[4]. De hecho, debido a la publicidad mediática que ha recibido este estudio, entre la comunidad psiquedélica ha vuelto a circular la información alentadora de que hay un estudio que demuestra que la psilocibina es eficaz para el tratamiento de la depresión y la ansiedad en enfermedades terminales, tal y como uno mismo puede comprobar si se toma la molestia de bucear un poco por los foros y los facebooks frecuentados por iniciados…

Si bien no se puede decir que nada de esto no sea cierto, también se puede decir que es un poco falso. No es, en definitiva, ni más ni menos, que publicidad, por no decir propaganda, que han lanzado los autores y amigos de los autores al mundo para autopromocionarse ante unos datos que, en el mejor de los casos, lo que se puede decir es que son un poco débiles. Veamos qué es lo que hay publicado exactamente en el artículo en el que se publican los resultados. Como se ha dicho, se administró, a forma de doble ciego, una dosis de 0,2 mg/kg de psilocibina y se compararon los efectos fisiológicos con un placebo activo (niacina). Efectivamente, tal y como han explicado los autores, tanto en su artículo como en los artículos periodísticos y de divulgación que se han hecho eco de este estudio, la psilocibina se mostró segura para los pacientes. Se tomaron medidas de tolerabilidad como fueron presión arterial y frecuencia cardiaca, y si bien hubo incrementos, comparado con placebo, ambas mediciones fueron modesta y transitoriamente incrementadas por la psilocibina, si bien entre parámetros carentes de riesgo. De hecho, la monitorización cardiovascular constante a la que estuvieron sometidos los pacientes no arrojó síntomas de cardiotoxicidad. La divergencia entre lo difundido mediáticamente y lo publicado científicamente aparece en relación a la eficacia para reducir las medidas de ansiedad, de depresión y de estado de ánimo. El estado de ánimo se evaluó con una escala llamada POMS y si uno va a las gráficas publicadas en el artículo, ve que hay una tendencia a la baja entre el día previo a la administración de psilocibina y a las 6 horas, 1 día después, 2 semanas después y los meses 1, 2, 3, 4, 5 y 6, tras la administración. Esto es, que una tendencia es sólo una tendencia: no hay diferencias “reales” (estadísticamente significativas) antes y después de las sucesivas mediciones. Si vamos a las mediciones de ansiedad, sólo hay disminuciones en el mes 1 y 3, y solo de uno de los dos tipos medidos de ansiedad, conocido como “ansiedad rasgo”, esto es, el tipo de ansiedad más estable a lo largo del tiempo y de las situaciones, no encontrándose diferencias en la “ansiedad estado”, esto es, la que depende más de la situación concreta en la que se encuentra la persona. Ni un día después de la sesión con psilocibina, ni en los meses 2, 4, 5 y 6, hay disminución de la ansiedad “rasgo” y la “estado” no disminuye en ningún punto temporal. Estas fluctuaciones en ansiedad “rasgo” son difíciles de interpretar, pero lo que arroja claramente (y como obvia interpretación) es que no hubo una disminución ni permanente ni estable de la ansiedad en los pacientes. Si por fin nos vamos a las mediciones de depresión, nos encontramos que solo hay una disminución estadísticamente significativa al sexto mes después del tratamiento. Por cierto, de los 12 pacientes que iniciaron el estudio, solo 8 completaron los 6 meses de seguimiento, 11 los cuatro primeros meses y los 12 iniciales los 3 primeros meses. En resumen: no hubo disminución objetiva del estado de ánimo desde que se administró la psilocibina hasta los 6 meses de seguimiento, hubo una disminución en los meses 1 y 3 de la ansiedad “rasgo”, la ansiedad “estado” no se modificó a lo largo del tiempo y la depresión solo disminuyó al sexto mes, cuando 4 de 12 pacientes habían tristemente fallecido. No es objeto, ni mucho menos, de este artículo, ensañarse con unos resultados cuando menos modestos de un estudio piloto pionero y valiente en el ámbito de la psicoterapia psiquedélica. Sólo es una advertencia a la moderación para los entusiastas. Si empezamos pronto a promulgar la eficacia contrastada de estudios con resultados más que modestos, de nuevo, como ya ocurrió en el pasado, corremos el riesgo de perder credibilidad frente a la comunidad científica. Los autores del estudio escriben, en su artículo científico, que los resultados modestos encontrados pueden deberse a lo pequeño de la muestra (cosa que puede ser cierta, dadas las tendencias observadas en las mediciones es posible que con una muestra mayor los resultados podrían haber sido más espectaculares, no lo sabemos). También a que se utilizaron dosis bajas. De nuevo, es cierto que de haber utilizado dosis más altas los resultados hubieran sido otros. Tampoco lo sabemos. Lo que sí sabemos es que este estudio estaba diseñado para evaluar seguridad de la psilocibina en enfermos en fase terminal y que eso efectivamente sí se demostró. Lo que no sabemos es por qué se ha querido dar tanta publicidad a una eficacia que no es tal cuando hubiera sido más honesto publicitar lo que se encontró: que es un fármaco que se muestra seguro en una población fisiológicamente muy debilitada, un hallazgo ya lo suficientemente importante por sí mismo. De hecho, al menos hay ahora mismo otros 3 estudios en los que, con dosis más altas, se está investigando la eficacia de la psilocibina para el tratamiento de la ansiedad y de la depresión en enfermos terminales, precisamente por la capacidad demostrada de la psilocibina para inducir experiencias cumbre y poder ayudar a este tipo de pacientes a afrontar las fases finales de su vida. También hay un estudio terminado con los mismos objetivos con LSD, y que actualmente está en fase de análisis estadístico de los resultados. También hay un estudio en marcha con psilocibina para tratar la adicción a la nicotina. A medida que estos estudios se vayan publicando los iremos comentando en esta misma sección.

El otro estudio estrella sobre psicoterapia psiquedélica publicado recientemente es el que ha investigado la eficacia y la seguridad de la MDMA en el tratamiento del Trastorno de Estrés Postraumático en personas refractarias a tratamientos convencionales y para las cuales los tratamientos previos han fracasado. Pero esta historia la dejaremos para el próximo número de esta sección. Hasta dentro de dos meses.

 


[1] Una revisión detallada de la historia de la investigación en terapia psiquedélica, así como de las investigaciones modernas realizadas a fecha de 2007 puede encontrarse en: Bouso JC y Gómez-Jarabo G (2007): “Psicoterapia e investigación clínica con drogas psicodélicas: pasado, presente y futuro”. En: J.C. Aguirre: Cartografías de la experiencia enteogénica. Madrid: Amargord, pp:

[2] http://www.maps.org/w3pb/new/2010/2010_Grob_23136_1.pdf

[3] http://pijamasurf.com/2010/09/hongos-alucinogenos-son-efectivos-en-el-tratamiento-del-cancer/

[4] http://www.maps.org/media/ScientificAmerican-2010_copy.pdf

 

El nacimiento de la Psicodelia

Sentar las bases de un movimiento tan generalizado, que abarca tantos ámbitos y materias, y que se prolongó a lo largo de más de tres decenios es, cuanto menos, complicado.

Aunque con la mayoría de palabras pasa que el significado etimológico pierde valor conceptual con el transcurso del tiempo y el uso, en el caso del término Psicodelia (Psychedelia en su originario inglés) conserva gran parte de su esencia. Las palabras griegas que la componen son psyche (ψυχή) que significa “alma” y diloun (δηλοῦν) que podría interpretarse como “manifiesto” o “manifestar”. Humphry Osmond, psicólogo británico, acuño por primera vez el término en 1957, definiéndolo como “aquello que el alma manifiesta”.

Fue el propio Osmond quien proporcionó varias dosis de mescalina a Aldous Huxley en 1953, y este, a su vez, basándose en la experiencia con uno de los alcaloides alucinógenos más potentes del mundo, escribió Las puertas de la percepción en 1954.

Habrá quien describa la Psicodelia como un movimiento contracultural cuyo desenvolvimiento tuvo especial relevancia entre el 1965 y el 1975, lo que nos remitiría al movimiento Hippie y a uno de sus máximos exponentes mediáticos, Timothy Leary. Otros quisieran partir de Albert Hofmann, cuando sintetizó el LSD por primera vez en 1938. Sin embargo, si nos remitimos a la creación del pensamiento, a la argumentación, propiamente dicha, de este movimiento, no existen otros orígenes que los literarios.

Aldous huxleyAldous huxley

En la década de los cincuenta confluyeron un conjunto de pensadores americanos que compartían una visión común, caracterizada por la repulsión hacia su sociedad; el uso de diferentes sustancias psicoactivas para el conocimiento personal y el desarrollo del pensamiento; el libertinaje y la desinhibición sexual como contestación a los valores clásicos y, por último, el concienzudo estudio de las diferentes filosofías orientales para una posterior aplicación mediada en occidente.

La “Generación Beat” nació arropada, de nuevo, por otro concepto, el de la “Beatitud”. Fue Jack Kerouac quien, en 1959, la asoció a esta concepción en relación a la naturaleza de la conciencia, la meditación, el diálogo interno y el pensamiento oriental.

Si tuviéramos que resaltar a sus máximos exponentes estaríamos de nuevo ante una tarea complicada pues el propio Huxley se haya excluido de esta generación por su origen inglés y es quizás uno de los pilares fundamentales del pensamiento Psicodélico. Sin embargo, dejándonos llevar por los puristas, podríamos afirmar que Allen Ginsberg, William S. Burroughs y, especialmente, Jack Kerouac fundamentan los pilares de la “Generación Beat” y a la vez, la semilla que eclosionará a lo largo de esta década y crecerá sin cesar hasta finales de los años setenta, dando lugar al movimiento Hippie y sentando las bases literarias y científicas para autores como Ken Kesey, Carlos Castaneda y Terence McKenna.

Si queremos llegar a algún lugar, dada la extensión, debemos olvidarnos de Huxley por su complejidad y escasa relación con los “Beats”. Hablemos pues del libro que muchos han designado “La Biblia de los Hippies”, el libro que Kerouac tituló En el camino (On the road) y que representa la génesis del pensamiento Psicodélico, que posteriormente se convertirá en el movimiento contracultural más importante de la historia.

Escrita en 1951 y publicada en 1957, es una obra reconocidamente autobiográfica (al menos en parte) que narra los viajes del autor y sus allegados a lo largo de Estados Unidos y México, provocando, con ello, la posterior mitificación de la “Ruta 66”.

Una significativa parte de los lectores del libro afirman que no encuentran ese contenido profundo y trascendental que la convirtió en obra de culto y que continúa promoviendo la reimpresión de más de 100.000 copias al año, sino, más bien, una simple narración de las variopintas andanzas de un grupo de amigos un tanto peculiares.

Precisamente es aquí donde radica su encanto, donde la narración se convierte en el testimonio de una generación despierta, inconformista y revolucionaria, una generación que ya no concibe un mundo planificado, repleto de horarios y obligaciones. Esta contestación no es tan obvia al formularse la obra como un monólogo interior, con una ausencia prácticamente total de críticas directas o divagaciones demagógicas sobre lo que es bueno o no lo es.

La obra, el propio discurso en sí, es la visión desprejuiciada de una realidad muy diferente al habitual de aquella sociedad. En el camino es libertinaje, libre pensamiento, desorden; es drogas, es vivir por el simple hecho de vivir y disfrutar eligiendo cada momento e incluso es ciertas dosis de caos, de ese caos originario, que conforma nuestra propia esencia como seres humanos, como partícipes del universo caótico en el que nos hallamos.

Carlos CastanedaCarlos Castaneda

Solo queda recomendar encarecidamente su lectura, liviana y llena de significado, para que cada cual juzgue y extraiga de ella lo que quiera. Recordad que hasta aquí, la Psicodelia, no ha hecho más que comenzar. Continuaremos argumentándola en los próximos números.

“Al fin y al cabo, somos nosotros los herederos de este gigante del pensamiento que no consiguió exterminar por completo la sociedad imperialista, asesina y cruel en la que nos hayamos inmersos, por haberse silenciado, cayendo poco a poco en el olvido de las obligaciones y las preocupaciones impuestas.”

 

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