Drogas y emociones

Por José Carlos Bouso

En los últimos años ha ido ganando terreno una nueva disciplina científica conocida como “neurociencia afectiva”, en oposición –o más bien complemento- a la clásica “neurociencia cognitiva”. Si la neurociencia cognitiva se ocupa de estudiar cuáles son los mecanismos biológicos subyacentes y las conductas resultantes del procesamiento mental de la información (por ejemplo, de los procesos cognitivos básicos como percepción, atención y memoria, o de otros más complejos como son los conocidos como funciones ejecutivas); por su parte, la neurociencia afectiva haría lo propio con las emociones. El procesamiento afectivo es esencial en la conducta humana. Todas nuestras acciones y decisiones, por muy frías y extremadamente calculadas que queramos que sean, necesariamente se producen en un contexto emocional, por lo que todos los procesos cognitivos y racionales se encuentran coloreados por nuestro estado de ánimo. A la inversa, los factores cognitivos también modulan de manera crítica las respuestas afectivas; un ejemplo obvio de esto son los efectos del aprendizaje en las emociones morales y sociales.

Antonio Damasio, en su libro El error de Descartes, popularizó esta idea, que ya llevaba años circulando entre la comunidad científica en forma de evidencia: las emociones y los sentimientos son más importantes que el pensamiento lógico en la conducta humana, sobre todo y fundamentalmente en los procesos de toma de decisiones.

Durante los últimos 15 años han proliferado las investigaciones que se han ocupado de explorar el procesamiento afectivo y las interacciones entre las emociones y la cognición. La generalización de las tecnologías de neuroimagen está además permitiendo observar el cerebro “en directo” mientras realiza este tipo de procesamientos. Por último, el conocer mejor los mecanismos biológicos subyacentes a los procesos afectivos y a las reacciones emocionales permite a su vez comprender mejor qué procesos pueden estar viéndose alterados en personas con trastornos afectivos, por ejemplo, los trastornos del estado de ánimo como la depresión; u otro tipo de trastornos relacionados con el procesamiento emocional de la información, como son los trastornos de ansiedad, entre los que se encuentran el trastorno de ansiedad generalizado o el trastorno por estrés postraumático.

Existen algunos paradigmas, o tecnologías, específicos para medir y evaluar precisamente lo que en neurociencias se llama “Cognición Afectiva”, que operacionalmente se define como la interfaz en la que la emoción y la cognición se integran para generar comportamientos, que incluyen un número importante de subprocesos. Así, por ejemplo, el reconocimiento de la valencia emocional (si algo es agradable o desagradable) es vital para muchas tareas. También es muy importante en el funcionamiento cotidiano el poder etiquetar o categorizar las expresiones emocionales de los otros. De este modo, la neurociencia emocional utiliza una serie de tareas en las que se presentan a los voluntarios de los experimentos imágenes con fotografías de contenido emocional o fotografías de caras expresando emociones y se pide que se categorice, o se mide el registro del electroencefalograma o también se mira la respuesta en imágenes recogidas mediante resonancia magnética, por ejemplo. También se trata de saber si el reconocimiento o la categorización emocional de un determinado estímulo se trata de un proceso sensorial, atencional o cognitivo. Esto, que puede parecer superfluo, no lo es tanto, ya que, dependiendo del proceso psicológico en el que se adscriba, nos dirá mucho acerca de su valor biológico de cara a la supervivencia. Por último, los neurocientíficos emocionales también han diseñado tareas en las que los voluntarios tienen que tomar decisiones más relacionadas con la ética o con la moral (decisiones morales), de tal forma que podamos también entender mejor cómo nuestro cerebro procesa las decisiones que se toman teniendo en cuenta condicionantes éticos, y cuáles -si es que las hay- son las bases biológicas tanto de los condicionantes como de los procesos de toma de decisión.

Si en los últimos 15 años la neurociencia afectiva ha ido consolidándose como disciplina científica explorando los diferentes subcomponentes subyacentes implicados en el procesamiento de las emociones humanas, en los últimos 2 ó 3 años también está habiendo un interés creciente por entender cómo las drogas afectan a dicho procesamiento. Tradicionalmente, el estudio de los efectos agudos de las drogas se ha centrado en entender qué aspectos cognitivos alteraba. Es decir, si las drogas, por ejemplo, ralentizan los tiempos de reacción, si producen déficits en la memoria de trabajo, si en pruebas de atención sostenida dificultan la concentración, o si en pruebas de funciones ejecutivas dificultan, por ejemplo, la flexibilidad de la conducta o por el contrario la rigidizan.

De los estudios cognitivos que se han realizado o se están realizando con alucinógenos nos ocuparemos en el artículo próximo. Veremos a continuación qué estudios hay hoy día de neurociencia afectiva que nos permitan comprender mejor lo de siempre: por un lado, cómo afectan determinadas drogas al procesamiento emocional, y por otro, cómo entendiendo la forma en que se producen estas alteraciones emocionales, comprenderemos mejor las áreas cerebrales encargadas de procesas dichos fenómenos emocionales, y así comprender mejor cómo funciona nuestro cerebro; en este caso qué áreas cerebrales y qué procesos neuronales están implicados en qué conductas emocionales. Nos centraremos, como siempre, en las drogas que más nos interesan: los alucinógenos y los entactógenos/empatógenos.

El primer estudio de este tipo evaluó los efectos de la MDMA sobre la conducta prosocial y la identificación de estados emocionales en los otros[1]. A un grupo de 21 voluntarios se le administró, por vía oral, 0,75 mg/kg de MDMA; 1,5 mg/kg de MDMA; 20 mg de metanfetamina y un placebo, en 4 sesiones separadas por un intervalo de siete días. Los tratamientos fueron aleatorizados, de tal forma que cada sujeto recibió en días distintos cada uno de los fármacos. Los fármacos se administraron también en forma de doble ciego, de tal forma que ni investigadores ni sujetos conocían qué estaba tomando cada voluntario en cada sesión. Los voluntarios tenían que puntuar en una Escala Analógica Visual (EAV) -de las que ya hemos explicado en artículos previos- el grado de acción sobre efectos como “estimulado”, “aburrido”, “solitario”, “sociable”, “confuso”, etc. También se les pasó una prueba de reconocimiento afectivo facial y otra de reconocimiento afectivo auditivo. En la primera de estas pruebas, a los sujetos se les presentaban fotografías de caras expresando cuatro emociones básicas: ira, miedo, alegría y tristeza. Cada imagen se presentaba partiendo de una emoción neutra, y la forma iba cambiando a intervalos de un 10%, hasta alcanzar la emoción final completa. También se administró una prueba especialmente diseñada para detectar estados emocionales en los otros, conocida como “Test de Leer la Mente en los Ojos”. “Leer la mente en los ojos” es una tarea que hacemos continuamente. Como seres sociales, nuestra supervivencia depende de ser capaces de atribuir estados emocionales a los demás, así como de “adivinar” sus intenciones. Estos procesos son los que en psicología se conocen como “teoría de la mente”. La “teoría de la mente” es precisamente esa capacidad que tenemos los humanos para “leer” la mente de otras personas, para saber que son seres humanos como nosotros, dotados de sentimientos, emociones e intenciones, como nosotros. La teoría de la mente quedaría representada por la expresión “yo sé que tú sabes que yo sé”. Las miradas de complicidad, el conmovernos viendo una obra de teatro o una buena película, o el emocionarnos viendo a otra persona llorar -en definitiva, el “sentir con”- es un producto más de esa capacidad de poder entender que los demás somos nosotros. La teoría de la mente es un proceso cognitivo que queda dañado cuando se padecen algunas enfermedades mentales, como ocurre con la esquizofrenia, y es la base para trastornos graves del desarrollo, como son los trastornos del espectro autista. De hecho, precisamente el “Test de Leer la Mente en los Ojos” fue específicamente diseñado para evaluar la gravedad de la enfermedad en personas con trastorno del espectro autista. Es una prueba que se compone de 36 imágenes solamente de la mirada de personas, y los sujetos deben elegir una emoción de entre las 4 que se ofrecen que mejor crean que se corresponde con la emoción expresada en la mirada[2].

En este estudio se encontraron varios resultados interesantes. Como era de esperar, la MDMA a dosis de 1,5 mg/kg aumentó significativamente, en comparación con los otros tratamientos, las puntuaciones en las escalas de “amoroso” y “amigable”. Pero lo más interesante de todo es que esa misma dosis de 1,5 mg/kg de MDMA redujo de manera robusta el reconocimiento de expresiones emocionales temerosas, sin modificar el reconocimiento de otras emocionales faciales ni vocales. La implicación de este hallazgo es reveladora: la MDMA se ha considerado siempre una droga prosocial porque facilita la comunicación entre las personas y disuelve la ansiedad social. Este estudio vendría a revelar que ese proceso estaría mediado por un efecto específico de la MDMA sobre el reconocimiento de emociones negativas en los otros. Esto es, un decremento en la habilidad para identificar emociones negativas en los demás, particularmente señales amenazantes como las que se corresponderían con la expresión de miedo, podría ser la explicación a ese efecto prosocial propio de la MDMA.

Fue interesante también encontrar que con los 20 mg de metanfetamina los voluntarios también puntuaron significativamente alto en la escala de sociabilidad, no diferenciándose de la dosis de 1,5 mg/kg de MDMA, puntuando a su vez los sujetos en “soledad” con la dosis de 0,75 mg/kg de MDMA. En este estudio en concreto, los sujetos no fueron más hábiles a la hora de reconocer emociones mediante la lectura de ojos, en ninguna de las condiciones activas respecto al placebo.

En este mismo estudio, aunque publicado en otro artículo, este mismo grupo de investigación utilizó técnicas de neuroimagen para estudiar la respuesta neuronal subyacente a estos peculiares efectos de la MDMA sobre el reconocimiento de las emociones[3]. Se vio que la dosis de 1,5 mg/kg de MDMA atenuó la respuesta de la amígdala ante caras de enfado y aumentó la actividad del estriado en respuesta a expresiones de felicidad. La amígdala es la estructura que se activa cuando la persona se siente potencialmente amenazada, y el estriado la que se activa cuando la persona experimenta una recompensa placentera. El hecho de que la amígdala no se active cuando la persona percibe caras amenazantes, y de que el estriado se active cuando ve caras de felicidad, está indicando un sesgo claro en cuanto al efecto de la MDMA sobre el reconocimiento de emociones: de nuevo “incapacita” a la persona para percibir emociones negativas en el otro, mientras que potencia el placer que se obtiene de la recompensa social; esto es, del mero hecho de disfrutar de estados positivos con otras personas.

Este estudio no sólo demuestra cómo bajo los efectos de la MDMA las personas se sienten felices hablando con otras personas, todas ellas sonriendo con la cara de felicidad típica del smiley extasiado (J), sino que aporta la explicación neurobiológica subyacente a ese peculiar efecto.

Un último estudio ha profundizado en el “Test de Leer la Mente en los Ojos”, aplicándolo de nuevo, pero en esta ocasión a un grupo mayor de voluntarios. Para poder encontrar resultados en variables psicológicas es necesario tener una muestra de sujetos de estudios muy amplia. Muchas veces, la ausencia de resultados no implica ausencia de efectos, sino simplemente que no se ha evaluado a una muestra lo suficientemente amplia como para poder encontrar dichos efectos. Esta vez sí se encontraron efectos en este test. 125 mg de MDMA, administrados a 48 sujetos (24 hombres y 24 mujeres), afectaron diferencialmente del placebo la precisión para decodificar estados mentales: aumentó la capacidad de decodificación de estímulos positivos (por ejemplo, imágenes de ojos expresando amigabilidad) y perjudicó la de decodificar estados mentales negativos (por ejemplo, hostilidad). No hubo diferencias entre la MDMA y el placebo en la decodificación de estímulos neutros[4].

En el próximo artículo explicaremos cómo afecta la psilocibina, un alucinógeno clásico, en el rendimiento de estas pruebas, así como en otras de carácter más cognitivo.


[1] http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2997873/

[2] Algunos ejemplos de este test se pueden encontrar aquí: http://www.romankrznaric.com/outrospection/2010/01/30/359

[3] http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3328967/

[4] http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22277989

 

El loto azul

Por Eduardo Hidalgo

 El presente artículo es el sumario de la investigación llevada a cabo por el autor acerca del loto azul. Si, ha leído usted bien: el loto azul. ¿Que le suena, pero no sabe muy bien lo que es? Pues razón de más para que se empolle este texto; y luego se lo cuenta a los colegas en el Tweeter. Un, dos, tres, ¡ar!

Riiiing… riiiing… El teléfono… Es el Raúl… A ver qué quiere éste ahora…

- ¿Siiiiii?

- ¿Qué passsa, mariquita?

- Nada, foshador de la pradera, no pasa naaaaaada.

- Oye, al tema: ¿has oído o leído algo de loto “asul”?

- ¿Del asul, asul como el sielo asul?

- Si, cabronaso, de ese mismo.

- Claro –como el cielo claro-, en su día algo leí, ¿por?

- Joder, Edu, ¿pues por qué va a ser?

- Paraaaaaaaaa… paaaaaaaa… raaaaa… ¿que investigue… tal vez? ¡Si! Me estás encargando otro caso… es eso, ¿verdad?

- Elemental, querido Watson, por eso te llamo [Dios Santo… pero si este menda no se entera de un carajo, ¡en qué momento se me ocurrió nombrarle investigador!]

- Ah, pos fale. Dalo por hecho. En cuanto tenga el informe te lo mando. Muchas gracias, jefe. El loto azul, me has dicho, ¿no?

- Si, tío, si, el loto asul.

- Mu guien. Hasta luego, tron.

- Hasta luego, maricón.

Clic.

Clic.

Joder, cada vez entiendo menos mis colaboraciones con esta revista. ¿Pero esto no era un rollo de fumetas? ¿Y por qué me encargan a mí estas movidas tan raras? ¿A cuento de qué vienen estas investigaciones tan estrambóticas? Además, si el caliginefóbico del Alejo Alberdi ya trató este tema en sus artículos sobre “Tintín y los estados modificados de consciencia”. En fin, si es lo que quiere el jefe, pues a sacar el curro adelante y punto pelota. A ver qué dicen en Wikipedia:

«El Loto Azul (Le Lotus bleu) es el quinto álbum de la serie Las aventuras de Tintín, creada por el historietista belga Hergé. Se publicó por entregas en el suplemento Le Petit Vingtième entre el 9 de agosto de 1934 y el 17 de octubre de 1935, a un ritmo de dos páginas semanales en blanco y negro. La primera edición en álbum, también en blanco y negro, apareció en 1936 en la editorial…»

Madre del amor hermoso… ¡menudo bodrio! Pasemos directamente a copiar y pegar del Alejo:

«Si bien El Loto Azul (1934) tiene como argumento principal la búsqueda de un antídoto para el radjaïdjah –sustancia enloquecedora que hace su primera aparición en la anterior aventura–, el tráfico de opio sigue desempeñando un papel importante. Esta vez es Mitsuhirato, un agente japonés que redondea su sueldo trabajando para Rastapopoulos, quien inunda el mundo, y especialmente China, con esta “droga mortal”. Como es lógico, Tintín terminará con el negocio ayudado por otra sociedad secreta –esta vez “buena” – llamada “Los Hijos del Dragón”, lo que da pie a Hergé para ilustrar con exquisito detalle el fumadero de opio que da nombre a la historia».

«El fumadero bautizado como El Loto Azul se parece poco a los antros -opium dens- descritos por las publicaciones sensacionalistas de la época, y se nos muestra como un local limpio y lujosamente decorado donde clientes tan distinguidos como el embajador de Poldavia disfrutan de sus ensueños opiáceos sin meterse con nadie. El propio Tintín, convenientemente disfrazado de chino en su primera visita al establecimiento, finge que fuma de una pipa –aunque digo yo que seguro que le da alguna caladilla para despistar- bajo un cartel que reza “Buenos augurios”. Otros lemas que figuran en los carteles del fumadero (siempre en caracteres chinos) son: “Que la prosperidad y la longevidad sean contigo”, “La felicidad consiste en hacer lo que a uno le gusta” y “En un camino ascendente, cuanto más subes, más deseas subir hasta lo más alto” (una clara advertencia contra el excesivo gusto por el opio, o reducción de daños avant la lettre)».

Bueno, pues ya está, ¿no? El que quiera saber más que se lea el tebeo, digo yo, vamos. Ahora adjunto unas fotillos y asunto acabado… Google Images, loto azul… ¿Eiiiiiiiin?, ¡Pero si aquí sólo salen flores y plantas! ¿Y Tintín? Bueno, venga, vamos a ver de qué va esto…

«Nymphaea caerulea, también conocida como “Loto de Egipto”, “Loto azul egipcio” o “Nenúfar azul”, es una especie de planta acuática perteneciente a la familia de las ninfáceas».

Pues mira tú qué bien…

«Su hábitat original puede haber sido a lo largo del Nilo y otras áreas del Este de África. Se extendió ya en tiempos antiguos a otros lugares como Tailandia y el Subcontinente Indio».

Fascinante, oiga.

«Históricamente ha sido conocido como el "loto azul" y el "loto sagrado", sobre todo por su veneración entre los antiguos egipcios, nubios, abisinios y otras civilizaciones del África histórica del mundo antiguo».

No, si cada cual venera lo que le viene en gana, y está en su derecho, eso está claro.

«Las hojas son ampliamente redondas, de 25-40 cm de ancho, con una muesca en la hoja del tallo. Las flores son de 10-15 cm de diámetro».

Me pregunto cómo puedo haber vivido hasta ahora sin saberlo...

«El loto azul se consideró muy importante en la mitología egipcia, ya que se abría con la luz y se cerraba con la oscuridad».

¡¡¡Ohhh la la!!!

«En la cosmogonía de la Ogdóada, se creó el montículo sobre el cual engendraron el huevo del que surgió otro dios solar: Ra. Fue también el símbolo del dios egipcio Nefertum. Esta planta se emplea en perfumería y aromaterapia».

De nuevo, apasionante…

«Estudios recientes han demostrado que tiene propiedades psicoactivas, por lo que se piensa que pudo haber tenido un uso ritual en el Antiguo Egipto y en algunas culturas antiguas de América del Sur».

¡¡¡Hostias!!!

«Las dosis de 5 a 10 gramos de flores inducen una ligera estimulación, un cambio en los procesos de pensamiento y un aumento de la percepción visual».

¡¡¡Su puta madre!!!

«Nymphaea caerulea es una pariente lejana del loto sagrado (Nelumbo nucifera), y tiene principios activos similares. Una planta y la otra contienen alcaloides: nuciferina y aporfina. Sus efectos psicoactivos hacen del loto azul uno de los candidatos a ser identificados como la planta de los lotófagos de La Odisea».

Lotófagos, dice… como los opiófagos… amos a ver, Edu… que ya estás tardando en catar esto. Marchando un pedido y os cuento. Mientras me llega, a buscar en Erowid se ha dicho. Un momento, ¡no!, antes vamos a mirar qué se cuentan en La Odisea:

 «Arribamos a la tierra de los Lotófagos, los que comen flores de alimento. Descendimos a tierra, hicimos provisión de agua y al punto mis compañeros tomaron su comida junto a las veloces naves. Cuando nos habíamos hartado de comida y bebida, yo envié delante a unos compañeros para que fueran a indagar qué clase de hombres, de los que se alimentan de trigo, había en esa región; escogí a dos, y como tercer hombre les envié a un heraldo. Y marcharon enseguida y se encontraron con los Lotófagos. Éstos no decidieron matar a nuestros compañeros, sino que les dieron a comer loto, y el que de ellos comía el dulce fruto del loto ya no quería volver a informarnos ni regresar, sino que prefería quedarse allí con los Lotófagos, arrancando loto, y olvidándose del regreso. Pero yo los conduje a la fuerza, aunque lloraban, y en las cóncavas naves los arrastré y até bajo los bancos. Después ordené a mis demás leales compañeros que se apresuraran a embarcar en las rápidas naves, no fuera que alguno comiera del loto y se olvidara del regreso. Y rápidamente embarcaron y se sentaron sobre los bancos, y, sentados en fila, batían el canoso mar con los remos».

Wawwww, dicen que los que lo tomaban ya no querían regresar a informar. Igual si le cuento esto a Raúl se anima de una vez por todas a mandarme de viajecito a algún sitio (de hecho, la propia Ítaca –en Tortosa- no estaría nada mal; otra cosa es que la Familia Ulises me aguantara más de lo que dura una fiesta). Aparte de que, en este caso sólo tendría que pagarme el billete de ida… Bueno, me lo pensaré. Ahora a ver qué dicen en Erowid:

«El examen de los registros artísticos y míticos de la India y del sudeste asiático indica que el famoso psicótropo de los antiguos arios fue el loto, Nelumbo nucifera. Los epítetos, las metáforas y los mitos de los Vedas que describen las características físicas y comportamentales de la planta del “soma” como un sol, una serpiente, un águila dorada, etc., guardan relación, individualmente o como totalidad, con el loto».

«La información sobre el loto en la sociedad maya y los recientes datos sobre la química de esta planta sugieren que debemos reconsiderar el rol del loto. En una reevaluación de las fuentes literarias e iconográficas de la antigüedad, parece que tanto los hongos como el loto emergen como importantes psicotógenos rituales».

«Las referencias contemporáneas sobre el rol del loto y la mandrágora en los procesos curativos egipcios, así como el subsiguiente estudio de la iconografía del loto en los rituales chamánicos mayas sugieren la importancia de estas plantas en las curas chamánicas del Egipto dinástico. Sobre la base de una revisión en profundidad de estas dos plantas en la inconografía y los rituales mayas y egipcios, se argumenta que los segundos desarrollaron una forma de trance chamánico inducido por el consumo de estos vegetales».

Lotus Nelumbo nuciferaLotus Nelumbo nucifera

Lo dicho: aquí hay temita. Fijo. Así que, esperamos a que llegue el pedido, lo degustamos y, entre teoría y práctica, otro caso finiquitado con éxito. Además, la factura del loto se la puedo pasar a Belén, que es muy enrollada y seguro que no me pone pegas. Y así me sale el negocio redondo. Joer, si es que esto de ser investigador es un puntazo (¡no sabe el Bouso ni ná!).

Envío recibido.

Pues no. No me ha llegado el pedido… (hijos de la Gran… Bretaña –es que la web era angla, no más-) y el plazo de entrega del artículo ha llegado a su fin. He esperado hasta el último momento y no tengo un plan B ni un “As” bajo la manga… De modo que, no pudiendo ofrecer un testimonio personal, me veo obligado a recurrir al de otras personas, lo cual, bien mirado, multiplicará la fiabilidad de mi informe por tres, por la sencilla razón de que ellos son tres y yo uno. Ahí van (tomados de Erowid, ¿de donde si no?):

Alex. Perfecto éxtasis somático.

«Ésta ha sido probablemente la experiencia enteogénica más positiva que haya tenido jamás. Treinta minutos después de ingerir la tintura de semillas de loto sentí un cálido resplandor de felicidad, alegría y energía recorrer todo mi cuerpo, recargando mis circuitos como una pila caliente».

Knoflicted. Basura azul.

«Compré un gramo de extracto x25. Puse el polvo marrón en alrededor de tres onzas de agua caliente. Lo dejé reposar durante diez minutos, después bebí el infecto líquido (con el estómago completamente vacío y sin haber consumido otras drogas). Y… nada ocurrió. Nada de nada».

Tintin - El Loto AzulTintin - El Loto Azul

Noloheb. Suave y agradable.

«Me recordó vagamente tanto a la marihuana como al opio, aunque menos arrebatador. No me quería mover, y algunas cosas parecían diferentes. Específicamente, una figurilla que hay en mi habitación me pareció de vital importancia, como si estuviese tratando de decirme algo. Me di cuenta de que no podía estar enfadado, triste o feliz. Mis emociones estaban desconectadas. Sedado –como me quedo con el opio-. También me di cuenta de que en este estado era capaz de contestar honestamente a algunas cuestiones profundamente personales que venía rumiando desde hacía tiempo. Fue una experiencia muy liberadora que me llevó a un nuevo plano psicológico. […] Definitivamente, volveré a consumirlo y se lo recomendaré a todo el mundo…»

Vamos, lo de siempre: a unos les sube mucho, a otros poco y a otros nada… a unos bien, a otros fatal y a otros normal. Pasa hasta con los porros… De tal manera que, ¿qué les vamos a contar? Si alguien quiere saber cómo le pega el loto sagrado, basta con que haga un pedido. Ahora bien, que nadie espere que yo sugiera dónde, porque, de momento, es más que evidente que carezco de autoridad moral para hacerlo.

Sea como fuere, buena suerte y feliz año.

 

El caso de las momias psicoactivas

El presente artículo es el sumario de la investigación llevada a cabo por el autor para confirmar o desmentir la veracidad de una serie de recientes testimonios que, tanto en Internet como en la calle, vienen a afirmar que en el pasado estaba relativamente extendido el consumo de momias con fines psicoactivos.

A finales del último verano, el redactor jefe de esta revista, Raúl del Pino, volvió a ponerse en contacto conmigo vía telefónica:

- ¿Qué tal, homosexual?

- Se ha equivocado.

- Ah… pe… peeer… done…

- Jaaaaaaaaaaaaaaa priiiiiiiingui, ¡has picado!

- ¡Qué capullo! No, si ya me…

- Venga, venga, menos rollos. ¿Qué querías, querido?

- Nada, te llamaba por una cosa de curro. Es que el otro día me comentaron que antes la peña fumaba momias para colocarse. Así que, bueno, ya sabes…

- Ya sé, ¿qué, Raúl? Te juro que no lo pillo.

- Pues que quería que investigaras el asunto.

- Ah, ¡coño! Que me estás encargando otro caso. Disculpa, no sé en qué estaría pensando. OK. OK. A ver qué encuentro en Google.

- No, killo, esta vez quiero hacerte un regalito por lo bien que te curraste la otra investigación… Te vas a Atacama. He conseguido unos billetes baratos…

- ¡¡¡Non fotis, tío!!! ¿Lo dices en serio?

- Ahhhhhhhh pringaooooooooooooo, ¡has picado!

- ¡Pero qué hijo de Dios!

- Ja, ja, ja… Venga, va, te miras el asunto ese, ¿vale? Ja, ja, ja. Clic.

La madre que… pero, ¿cómo puedo ser tan pardillo? Y, por otro lado, ¿a este tío qué le habrá dado? Caníbales, zombis, momias… que esto es el Cannabis Magazine, cojones, no Cuarto Milenio. En fin, al tajo. Vídeo de YouTube al canto para ver qué dice el Iker Jiménez, y así vamos entrando en materia. A ver, a ver, qué hay… las momias de la cripta, las momias del pantano, las momias descuartizadas, las momias del terror, la niña momia de Cádiz, las momias malditas de Cuenca… Aaaa haha… Espera un momento que llame por teléfono a éste...

Riiiing

Riiiing

- ¿Si?

- Oye, Raúl, que soy Eduardo.

- Dime, tío, ¿qué pasa?

- Nada, que me he enterado de que en Cádiz hay momias y estaba pensando que igual ahí si me podíais mandar, ¿no?

- Buaaaaaaaa, qué malo… No pico. Cúrratelo mejor, chavalote. Clic.

Seeerá… Pues mira, ahora soy yo el que no quiere ir. Me quedo aquí tranquilamente a ver el video conquense y tan contento. No se hable más. Play:

Friker: «Bla, bla, bla… Da la impresión de que, quien se mete en este mundo de las momias -y voy a decirlo muy claramente- queda como hechizado o bajo su influjo».

¡No jodas! Menos mal que no he ido a Cuenca, que ya tengo bastante con haberme metido en el submundo de las drogas como para ahora quedarme además hechizado con el ultramundo de los muertos. ¿Sabes lo que te digo? Que ni siquiera voy a seguir viendo más cosas de estas, que sólo falta que salga el Cabrera y entonces sí que no pego ojo en toda la noche. Así que cambio de tercio y vuelta a los foros de drogatas de toda la vida, que ahí me muevo como pez en el agua, sin miedo y con soltura, porque más hondo ya no puedo caer.

Dedos de momiaDedos de momia

Bueno, a ver qué cuentan los coleguis por la Red…

Pijamasurf:

«Fumando faraones: el uso de momias como drogas.

Por varios siglos en Europa la práctica de usar momias como una droga milagrosa estuvo ampliamente difundida; trazos de una psicodinámica en el consumo de cuerpos momificados.

Hace un par de siglos un hombre podía llegar con su “dulce boticario”, como Shakespear llamaba a los dealers, y pedir un poco de momia para consumirla en casa y obtener múltiples beneficios. Mind Hacks nos comparte un artículo del Proceedings of the Royal Society of Medicine que documenta el uso de momia como una droga desde el siglo 12 al siglo 18, por lo menos. […]

Todo esto podría relacionarse, aunque algo alargadamente, con el hecho de que el cerebro humano produce naturalmente la sustancia psicodélica análoga a la serotonina, el DMT».

Lisergia.org:

 Comentarios que se hacen eco de la noticia:

«Sobre el articulo no opino, pq tengo k decir k no lo he leído todo, solo por encima, pero ahora estoy en busca de una momia pa probar :-DDDD jejejeje (tendré k hacer una visita a algún museo jajajaja) saludos!

-          Audrey».

«Ostia, qué bueno, macho... “Dulces boticarios”. Ja, ja, este Shakespeare... La verdad que es muy curioso... pero lo de momificar para vender en el mercado negro ya es pasarse. Además, creo que no se sabe cómo momificaban los egipcios a los difuntos, lo que muy seguramente si las momias eran egipcias tomaron loto. Pero fumar muerto tiene que dar cosilla... Siempre me pareció muy misteriosa e interesante la alquimia, me gustaría leer algún antiguo libro sobre ella...

-          Psicoactivo»

«Te imaginas yendo a piyar?

-          Juan-oxa»

Hmmm, lo imaginaba… Sabía que los colegas ya estarían al tanto de la movida, si es que no se les escapa una. Ahora bien, ojo al dato… que el único que hace mención directa a lo que se cuenta en el artículo dice claramente que no se lo ha leído todo, sólo por encima (vamos, que ni lo ha mirado). De modo que mejor tomémonos la insufrible molestia de consultar el texto original.

A ver, se trata, en efecto, de un artículo publicado en 1927 en la revista Proceedings of The Royal Society of Medicine, y titulado “Mummy as a drug”. En él se dice, ciertamente, que, desde la Edad Media y a lo largo de varios siglos, las momias fueron un importante artículo en el stock de los boticarios. No obstante, el autor del documento (Warren R. Dawson) pone todo su empeño en aclararnos que las propiedades atribuidas a estos peculiares objetos realmente no serían tales, puesto que el consumo de momias tendría su origen en algo así como un error lingüístico, terminológico, conceptual o todas las cosas a la vez e incluso alguna más. A ver cómo se lo explicamos en diez simples pasos:

1 - En la antigüedad, el betún del Mar Muerto y de otros lugares como Babilonia gozó de gran popularidad a modo de remedio para un sinfín de dolencias (cataratas, lepra, disentería…).

2 - La palabra “momia” deriva del persa “mumiya”, término que originariamente significaba “cera”, pero que también era empleado para designar al betún natural obtenido de las montañas locales. Más adelante, el vocablo “mummia” fue adoptado por los árabes, que lo utilizaron específicamente para denominar al betún.

3 – Cuando los árabes conquistaron Egipto, emplearon también el término “mummia” para referirse a los cuerpos embalsamados, puesto que pensaban que habían sido tratados con betún (probablemente debido a que muchos de estos cuerpos tienen una apariencia negra y lustrosa que puede recordar a este producto). De modo que, el vocablo terminó por aplicarse no sólo a la sustancia con la que los cuerpos eran embalsamados sino también a los cuerpos en sí, es decir a las momias.

4 – Al tomar prestado el sustantivo que las denominaba –mummia-, las momias adquirieron también las propiedades del betún, en tanto en cuanto habían sido fabricadas con él y, por tanto, eso es lo que, en última instancia, venían a ser: betún.

5 – El conocimiento de las bondades del betún pasó de los griegos, de los romanos y de las antiguas culturas orientales a Europa, cuyos boticarios hace más de mil años que lo importaban como remedio curalotodo.

6 – En el siglo XII algunos comerciantes de Alejandría empezaron a exportar momias egipcias molidas como una variedad, o presentación más, de betún.

7 – Con el tiempo se alentó y promovió la creencia de que la mummia –es decir, el betún- no era eficaz, a no ser que proviniese de un cuerpo humano, en otras palabras, de una momia.

8 – La demanda de momias egipcias se multiplicó exponencialmente, hasta que el gobierno local tomó cartas en el asunto y prohibió este tráfico de cadáveres.

9 – Los proveedores buscaron entonces otras alternativas para satisfacer la demanda: enterramientos procedentes de Libia, momias guanches de las Islas Canarias… y más adelante, según fue agotándose el suministro, cuerpos de esclavos, delincuentes ajusticiados, etc., debidamente desecados y condimentados. Hasta que, finalmente, cualquier tipo de carne animal terminó por ser susceptible de ser convertida en “mummia”.

10 – El caso, a pesar de todo este follón, o para liarlo aún más, es que el proceso de embalsamamiento en Egipto no se realizaba con betún, sino con resinas que en nada se le asemejaban. De modo que, siendo las propiedades de las momias las propiedades del betún, sólo cabe concluir que ni eran tales ni eran ninguna más allá que aquellas que la credulidad y la estupidez humanas les quisieran otorgar.

Esto es, en resumidas cuentas, lo que se dice en el artículo y lo que cualquiera puede entender si se toma la molestia de leerlo.

La cuestión, de todos modos, no termina aquí, pues lo cierto es que a las momias les fueron otorgadas muchísimas virtudes y durante muchísimo tiempo (impresiona constatar que aún en el año 1908 la compañía E. Merck ofrecía en su catálogo «auténtica momia egipcia a 17 marcos el kilo mientras duren las existencias»). El caso es que dichas virtudes -ya fuesen falsas y fruto de la credulidad popular, o verdaderas y derivadas, bien de méritos propios, o de los méritos del betún (puesto que buceando un rato por Internet es imposible dilucidar certeramente si los egipcios lo empleaban o no en el embalsamamiento, aunque parece que va a ser que no)- hacían invariablemente alusión al tratamiento de dolencias médicas: epilepsia, abscesos, fracturas, parálisis, migrañas, tos, palpitaciones, molestias estomacales, nauseas, úlceras, hemorragias, problemas hepáticos, quemaduras, envenenamientos… Bueno, invariablemente tampoco, ya que, como no podía ser de otra manera –y volvemos al tema de la credulidad popular-, también se daban usos mágicos como, por ejemplo, los destinados a reconciliar parejas mal avenidas untando a uno de sus miembros con un poco de pomada de momia (vamos, los amarres de toda la vida y cosas parecidas que otros consiguen cociendo pelo de gato y ancas de rana, o poniendo un clavo y un limón debajo de la almohada del ser odiado, amado, o ambas cosas). En otras palabras, que en ningún momento se hace alusión alguna a propiedades psicoactivas –y mira que ya es raro, si es que las tuvieran, por mínimas que fueran-; y es que, aquí está la clave de todo, cuando en los textos anglosajones mencionan el uso de momias “as a drug”, están haciendo referencia al empleo de momias como medicamento, puesto que, en inglés, “drug” significa tanto droga como medicina (joder, es que, a estas alturas, hasta da vergüenza aclararlo).

De modo que, llegados a este punto, estamos en disposición de concluir que las supuestas propiedades psicoactivas de las momias de las que se han venido hablando últimamente en las webs, en los foros y en la calle, no son sino el resultado de la columpiada de algunos lectores hispanohablantes que, al leer por encima un artículo en inglés que hablaba del antiguo uso de “mummys” (momias) “as a drug” (como medicamento), concluyeron, entusiasmados, que el consumo de cuerpos embalsamados proporcionaba experiencias psicoactivas. Y de ahí, a explicar su posible fundamentación farmacológica: que si la DMT, que si el loto…

¡La madre que nos parió! Y luego nos quejamos de Friker Jiménez… Esperad a que las cosas se normalicen un poco y ya veréis la de chorradas y descuelgues con los que acabaremos entreteniendo al personal gracias a programas al uso, pero específicos, de temática drogota. Material no nos va a faltar; el título nos viene dado (El cuarto gramo), y para dirigir y presentar el cotarro, pues de cajón: el Agustín, la Belén y el Raúl, que, con eso de dirigir la revista y montar ferias aquí, allá y acullá, ya están más que curtidos en estas lides.

Lo que me voy a reír con el programa, y seguramente con lo que de aquí a unos años pasará a convertirse en otro imperecedero mito psiconáutico; porque, seamos sinceros, lo que en estas páginas se haya dicho de muy poco o de nada servirá para contrarrestar y frenar la más que esperable propagación online y no-online del cuento chino de que fumar faraones coloca porque contienen DMT.

 

 

 

Duto & Kisha II

Las horas bajas de una unión eterna e imperecedera.

Este artículo es la segunda y última parte de la serie en la que nos ocupamos de analizar la evolución del mercado de la heroína y de la cocaína –y de los hábitos de sus consumidores- en el ámbito más hardcore del uso de drogas de la ciudad de Madrid a lo largo de las últimas décadas.

Por Eduardo Hidalgo

Gota sobre plata by Eduardo HidalgoGota sobre plata by Eduardo Hidalgo

Pusimos el punto y final al artículo anterior aludiendo a que a finales del primer decenio del 2000 se produjo un cambio drástico y radical en el mundillo del yonkarreo cocainita, tan sólo que no llegamos a contarles en qué consistió dicho cambio en concreto. De tal manera que será ahora cuando lo hagamos:

El asunto en cuestión consistió en que, llegado determinado momento, en las zonas céntricas de trapicheo, la heroína desapareció virtualmente del mapa. De modo que, a día de hoy y desde hace ya unos pocos años, los mismos traficantes subsaharianos que han estado vendiéndola durante lustros ya no la despachan más. Así pues, en Gran Vía y en sus calles aledañas es casi imposible conseguir caballo; la coca cruda es un producto escaso y de calidad muy variable aunque tirando a bastante baja salvo contadísimas excepciones (como siempre, a fin de cuentas); y la que campa a sus anchas, monopolizando todo el terreno, es la base.

A su vez, en los poblados, cuyo epicentro está, actualmente, en la Cañada Real Gitana (aún cuando siguen en pie otros pequeños reductos en lugares como Pitis o Barranquillas) el producto estrella vuelve a ser el crack; aunque hay también, siempre, coca cruda (de una pureza notablemente inferior a la de antaño); y caballo (también bastante malo), con la salvedad de que en algunas casas ya sólo lo venden en mezcla, y en otras ni tan siquiera eso (aunque lo común y corriente sigue siendo que cuenten con este producto y que lo sigan despachando como siempre lo han hecho).

En otras palabras, que a día de hoy, en el terreno más duro del consumo de drogas, la base se ha hecho con la mayor parte del tradicional mercado del yonkarreo cocaínita, convirtiendo a la heroína en un producto residual en los hipermercados de la droga y desplazándolo hasta hacerlo virtualmente desaparecer en las zonas céntricas de trapicheo.

Las razones de ser de este fenómeno serán harto complejas, se nos escapan en gran medida y superan con creces los objetivos y las posibilidades de argumentación que nos ofrece este artículo. No obstante, tenemos muy claro que no se trata simplemente de una falta de suministro mantenida durante varios años. Suministro lo hay, está en los poblados como lo ha estado siempre, y aun cuando el fenómeno descrito también pueda hundir sus más profundas raíces en motivaciones geopolíticas del más alto calado (desarticulación de redes, creación de nuevas alianzas y competencias entre narcos de distintas nacionalidades, altibajos en el abastecimiento debido a la guerra o a los problemas con el cultivo en la media luna de oro, etc.), no se nos escapa que, si los traficantes africanos del centro de Madrid quisieran vender heroína, la venderían, al igual que lo llevaban haciendo desde, al menos, los primeros años 90. La cuestión, en nuestra modesta opinión, es que, sencillamente, no quieren hacerlo. ¿Los motivos? ¿Quién sabe? A nosotros, al menos, se nos ocurren dos, que les detallaremos a continuación con la simple intención de tratar de aportar nuestro granito de arena a la explicación de unos hechos que, como ya hemos apuntado, no dudamos que tendrán unas razones de ser infinitamente más complejas y variadas. Sea como fuere, ahí van nuestras aportaciones:

1 – La mala prensa que, últimamente y a diferencia de lo que sucedía antaño, hemos podido constatar que tiene la heroína entre los propios consumidores y traficantes magrebies y subsaharianos: «el caballo es muy malo, da mono físico, es mejor la base», nos han dicho muchos de ellos. Es decir, que, ya de entrada, ciertos clientes potenciales se abstienen voluntariamente de consumir jamaro (aunque damos fe de que muchos otros lo tomarían inmediatamente de no ser porque les resulta imposible acceder a ello de primera mano y sin tener que desplazarse a las afueras del centro urbano).

2 – El hecho irrefutable de que una y otra sustancia liman mutuamente sus respectivas aristas, aportando, en el caso de un consumo combinado, una experiencia psicoactiva más equilibrada. El hecho incontestable de que los efectos de la base duran apenas unos minutitos, produciendo, a continuación, un considerable bajón, que, para los aficionados acérrimos a esta sustancia, resulta tan insoportable como incontenible resulta el deseo de volver a experimentar los efectos placenteros, lo cual suele terminar traduciéndose en el embarque del usuario en auténticos atracones que no cesan hasta que se agota el material, el dinero o la resistencia física y psíquica del interesado. El hecho irrebatible de que la heroína produce unos efectos mucho más duraderos y que, a diferencia de la base, sacia, en el sentido de que llega un determinado momento en el que no se necesita ni se desea consumir más (y en caso de que no llegase ese momento, lo mismo da, pues, tarde o temprano los efectos narcóticos dejarán al consumidor literalmente dormido). El hecho incuestionable de que la heroína aplaca los efectos ansiógenos de la cocaína y aminora las ansias por seguir consumiendo. Ya lo dijimos antes: equilibra la experiencia, de tal manera que, llegado un punto, el consumidor se queda a gusto y satisfecho y se va tranquilamente a dormir. Lo cual, también lo hemos dicho, en el caso de la base (o de los usuarios compulsivos de base) difícilmente sucede, puesto que, el cese del consumo no suele darse por haber alcanzado el punto de saciedad sino por haber terminado absolutamente con todos los recursos disponibles o por haber acabado completa y literalmente exhausto.

De los dos puntos anteriores, se deriva la suposición, absolutamente personal, de que, a quien esté interesado en hacer dinero fácil y rápido, como lo están, clarísimamente, los traficantes subsaharianos que trapichean en el centro de Madrid, les sale más a cuenta vender sólo crack que crack y heroína, puesto que, el usuario de ambas sustancias alcanzará antes su punto de saciedad y se retirará antes a casa, gastando en una misma noche –y seguramente, a medio y largo plazo- bastante menos que el usuario exclusivo de base. Conclusión: a quien trapichee temporalmente en la calle o en pisos francos para una clientela de este tipo le conviene más vender sólo una sustancia (la coca) que las dos.

El caso de los hipermercados de la droga, dada su magnitud y volumen de negocio, y sus demás peculiaridades –clanes familiares dedicados al tema desde hace decenios, clientela heroinómana fija desde hace los mismos años, integración casi atávica en la redes internacionales del tráfico de heroína, etc.- es claramente distinto al de los morenos de Gran Vía, de modo que sus intereses podrían coincidir con ellos en algunos puntos y ser divergentes en otros. Aún con todo, no cabe duda de que también en los poblados la base es la que manda y de que, también en los poblados, hay determinados “establecimientos” que han optado por no vender heroína en absoluto o por venderla únicamente mezclada con coca. Sus razones tendrán…

Una de ellas es que, de nuevo, también en estos enclaves, el volumen de ventas de la heroína es y ha sido siempre notablemente inferior al volumen de ventas de la cocaína –los usuarios la compran en menores cantidades y con menor frecuencia diaria, teniendo ambas drogas exactamente el mismo precio-, con el agravante añadido de que los ingresos obtenidos con el caballo han tenido que ir disminuyendo, progresiva e indefectiblemente, a lo largo de los últimos años, sobre todo desde que, bien entrados los 90, la mayor parte de la población heroinómana pasó a estar en programas de mantenimiento con metadona, lo cual tuvo que traducirse necesariamente en la reducción de los ingresos obtenidos con esta sustancia, reducción que, ni de lejos ha podido verse compensada con las aportaciones económicas de lo cuatro gatos que, actualmente, se han ido iniciando en el consumo esporádico de heroína para tomarla como guarnición final después de sus pasotes en fiestones y raves (un perfil de consumidor, a fin de cuentas, muy diferente en todos los sentidos al prototípico yonkarra cocainita de los años dorados de los asaltos indiscriminados a entidades bancarias).

A esto, sumémosles problemas añadidos de cualquier otro tipo –como los apuntados en relación a cuestiones geopolíticas y a los vaivenes del narcotráfico internacional- y el resultado viene a ser el mismo: en los hipermercados de la droga, la heroína, aun siendo un negocio millonario, no le llega ni a la suela de los zapatos al negocio de la cocaína, hasta el punto de que, por primera vez en varias décadas, hay clanes que han optado –al menos en estos momentos- por prescindir de comerciar con caballo o por venderlo sólo mezclado con coca, posiblemente porque de otra forma o no llega a compensarles del todo o porque les entorpece y quebranta, en cierta medida, el business de la base.

A fin de cuentas, los negocios, todos, funcionan según la ley de la oferta y la demanda y se rigen por los beneficios económicos obtenidos. De tal manera que, ni los traficantes ni nadie dejarían por sí mismos de vender un producto ampliamente solicitado y altamente lucrativo. De lo cual podría deducirse que, en última instancia, para muchos traficantes, simplemente, el negocio de la heroína ha dejado de ser tan rentable como lo era antes –y para algunos ha dejado de serlo por completo- bien porque la clientela no es lo suficientemente amplia, fiel y asidua; bien porque, en último término, no les aporta muchas más ventajas (o incluso les supone un engorro y un quebranto), que limitarse a vender cocaína; bien por ambos motivos (y, seguramente alguno más). De otro modo, no lo duden, tanto en Gran Vía como en cualquier chabola de los poblados madrileños seguiría habiendo caballo a mansalva, como hasta hace apenas unos años siempre lo hubo.

Aún así, esto no significa que el negocio de la heroína haya desaparecido o que lo vaya a hacer en breve. No lo hará, seguramente, jamás. Lo que resulta incuestionable es que, al menos en los tradicionales espacios del narcotráfico madrileño, su volumen se ha reducido mucho y que, en determinados enclaves donde siempre se habían vendido duto y kisha, ya sólo se vende kisha. Eso es todo y estos han sido los motivos que nosotros hemos sido capaces de intuir que pudieran estar detrás del fenómeno descrito. Nada más.

Ahora, que cada cual haga su propia lectura del asunto. En lo que a nosotros respecta, únicamente quisiéramos hacer un comentario final: si bien desde una perspectiva de reducción de riesgos puede parecer una absoluta aberración recomendar a alguien el consumo de heroína, lo cierto es que en el caso de esta población en concreto (que ya está en el límite de la marginación y de la exclusión social y que vive diariamente por y para una mísera pipa de base) creemos que nada bueno podrán ni podremos esperar de su actual abstinencia opiácea. A fin de cuentas, la heroína, sobre todo consumida vía inhalada (chino) podrá crear muchos problemas, pero salvo casos extremos y excepcionales asociados a infecciones de diverso tipo, la cabeza te la deja en su sitio, mientras que la base, tomada según los patrones de uso que llevan a cabo estas personas, crea los mismos problemas que el caballo –salvo el mono físico- y, de paso, te deja el sistema nervioso completamente frito, exponiendo al consumidor a sufrir todo tipo de patologías psiquiátricas (psicosis tóxicas, depresiones, trastornos de ansiedad…) que, ciertamente, ya se daban entre los consumidores tradicionales de duto y kisha pero que, a buen seguro, se darán con mayor frecuencia y gravedad entre los usuarios exclusivos y compulsivos de crack (que buena parte de ellos no es ya que no tomen heroína, es que ni roches, ni trankimazines ni nada que les aplaque su sobreexcitación cocaínica…). En fin, tiempo al tiempo…

 

 

 

Duto & Kisha I

Las horas bajas de una unión eterna e imperecedera.

Como afirman desde la asociación de reducción de riesgos británica Lifeline, la heroína (duto) y la cocaína (kisha) se compaginan tan bien como el arroz y el curry, como el Yin y el Yang o como la mujer y el hombre. Es por ello que, en los ámbitos más hardcore del consumo de drogas, ambas sustancias han compartido tradicionalmente los mismos escenarios… al menos hasta hace bien poco, puesto que, de un tiempo a esta parte las cosas han ido cambiando de forma considerable, a veces, incluso, radicalmente. Veámoslo a continuación.

Por Eduardo Hidalgo

Al efecto, tomaremos como ejemplo el caso de la ciudad de Madrid y trataremos de analizar la evolución que a lo largo de las últimas décadas ha ido sufriendo el ámbito del yonkarreo cocainita, tanto en lo referente al mercado ilícito en sí mismo, a su localización, a lo productos que comercializa y distribuye como a los hábitos y patrones de consumo de los usuarios.

 

Retrocedamos, pues, hasta los años 70, ya que, aun cuando el origen del uso de estas drogas se remonte bastante más atrás, es en la mencionada década cuando se gestó el fenómeno de su consumo tal y como lo conocemos hoy. Por aquel entonces, en los años 73 y 74, había ya un pequeño círculo de iniciados en el empleo hedonista de la heroína ilícita. Generalmente se trataba de jóvenes pertenecientes a la clase media-alta que se las apañaban trapicheando entre ellos mismos con el género que unos u otros iban trayendo periódica y esporádicamente de lugares como Tailandia o Ámsterdam. Todavía, por tanto, no existía –o no puede hablarse de la existencia- de un mercado heroico propiamente dicho y bien asentado. El suministro era escaso y la clientela estaba circunscrita a un entorno muy reducido. Había, no obstante, un espectro más amplio de usuarios de estratos sociales más dispares y variados que consumían más o menos habitualmente todo tipo de opiáceos farmacéuticos con fines lúdicos y que empleaban, ya en aquel momento, la vía endovenosa.

 

Después, con el pasar de los años, la presencia de la heroína fue ganando terreno lenta y paulatinamente, hasta que, según indican todas las fuentes formales e informales, en 1978 se produciría la primera gran eclosión del consumo, en la que se verían implicados, fundamentalmente, ciertos sectores juveniles pertenecientes a las clases obreras y trabajadoras. A finales de los 70, puede hablarse ya, en consecuencia, de la instauración de un mercado ilícito en toda regla, con puntos de abastecimiento fijos, redes con cierto nivel de organización y un aprovisionamiento y distribución fluidos y estables. Y, al menos desde ese preciso momento –si no antes- el mercado heroico quedó indisolublemente unido y asociado al mercado cocaínico, en el sentido de que, desdé entonces, ahí donde se vendía heroína se vendía y se seguiría vendiendo cocaína.

 

Estos son años en los que la comercialización y los puntos de venta están muy diversificados, aunque predominan, sobre todo una vez que se inicia la década de los 80, la venta y el trapicheo entre los propios usuarios en las localizaciones más dispares del centro de la ciudad y la incipiente presencia de clanes, que terminarían dedicándose al narcotráfico durante décadas, principalmente en asentamientos marginales situados en la periferia.

 

Por aquel entonces se crea, pues, un mercado de drogas perfectamente asentado que, sin embargo, discurre de forma completamente aislada y desvinculada del resto del mercado de sustancias psicoactivas ilegales. Se trata de un mercado en el que se venden, única y exclusivamente, heroína y cocaína, y en el que los consumidores que en él se abastecen toman primordialmente, una y otra sustancia –ambas por vía endovenosa, tras haber realizado los primeros contactos con la vía esnifada-, aún cuando la opinión pública les considerara –y les siga considerando- puros y duros heroinómanos.

 

Valga, a modo de ejemplo ilustrativo al respecto de lo dicho, una declaración del protagonista de una celebradísima obra de carácter antropológico en la que se da cuenta del surgimiento y de la evolución del fenómeno del consumo de heroína en Madrid durante este período:

 

«La verdad es que éramos mas yonkis de la farlopa que de otra cosa. La heroína la tomábamos solo dos o tres veces al día, para quitarnos el rebote».

 

El libro en cuestión se llama La historia de Julián, y se subtitula Años de heroína y delincuencia, aun cuando, como acabamos de ver, el propio interesado declare taxativamente que era más yonki de la cocaína que de la heroína. Y como él, cientos y miles más, puesto que, como ya hemos dicho, ahí donde se vendía jako se vendía también zarpa, y las más de las veces, quien se chutaba caballo se chutaba también coca.

 

Más adelante, según fue llegando a su fin la década de los 80, el trapicheo que realizaban los propios consumidores y los traficantes de medio pelo en los puntos más variados de la ciudad (los hijos de los militares de la calle Alenza, la camarera del quiosco del Dos de Mayo, los buscavidas de Montera y Carretas, etc.) fue cediendo terreno cada vez de forma más acusada al negocio montado por los gitanos en los conocidos como hipermercados de la droga, normalmente localizados en lugares o barrios más o menos periféricos que, con la entrada de los años 90 terminaron por acaparar el 90% del business en emplazamientos como el Cerro de la Mica, Jauja, Torregrosa, Los Focos, La Celsa, La Rosilla, Pitis, el Salobral, Las Barranquillas… Sitios, todos ellos, en los que se vendía –y se vende en los que aún siguen en pie- únicamente heroína y cocaína, con la salvedad de que, según fue avanzando la década, los clientes fueron paulatinamente abandonando el uso inyectado del caballo y cambiándolo por el uso fumado en plata (chino). De tal manera que se chutaban la coca y se fumaban el jamaro.

 

Por lo demás, estos fueron años en los que el consumo de heroína experimentó un cierto repunte, y en los que los consumidores provenían de todos los sectores sociales posibles. El mercado, como ya hemos comentado, quedó capitalizado, fundamentalmente, en los hiper de la droga, aun cuando siguieron existiendo otros puntos de abastecimiento, especialmente en la zona centro, en las calles aledañas a Gran Vía, al principio de la década en la mismísima Plaza de España, y un unos años más adelante en la zona comprendida por las calles Valverde, Desengaño y demás. No obstante, el trapicheo en estas zonas pronto fue monopolizado por los inmigrantes subsaharianos, siendo cada vez menos frecuente la presencia de camellos autóctonos, que finalmente terminaron trabajando para los africanos a modo de machaquillas.

 

La venta, por aquel entonces, se realizaba en plena calle, y las sustancias despachadas eran, de nuevo, la heroína y la cocaína de toda la vida. A finales de los 90, sin embargo, fue haciendo acto de presencia la cocaína base (crack), y los usuarios, en general, hicieron con la coca lo mismo que ya hicieran en su momento con el caballo, dejar la chuta y pasar a fumarse la base.

 

De hecho, según entró la década de los años 2000 se produjo un curioso fenómeno: en estos enclaves céntricos de trapicheo fue siendo cada vez más difícil encontrar cocaína cruda (nombre que pasó a recibir la coca de siempre una vez que hizo acto de presencia el crack), hasta que, en algunos momentos llegó incluso a desaparecer (fenómeno que fue constatado, igualmente, en entornos de consumo similares de países como Inglaterra y Estados Unidos). En el centro de la ciudad, por tanto, se vendía y se consumía fundamentalmente cocaína base y heroína, y los consumidores hacían uso de ambas sustancias principalmente por vía fumada (comúnmente en plata el jako, y en pipa la base). En los hiper de la droga, por el contrario, siguieron despachando la coca y el burro de siempre, únicamente que ahora ampliaron la oferta con base y con mezcla (mitad caballo, mitad farlopa).

 

En cualquiera de los casos, por mucho que hubieran cambiado la presentación de las sustancias y su forma habitual de consumo, la antigua unión del duto y la kisha en estos ámbitos del uso de drogas seguía siendo tan indisoluble como siempre… hasta que, a finales de la primera década del 2000, la situación dio inesperadamente un giro drástico y radical (pero eso lo veremos en el próximo número de esta revista).

 

 

 

El cannabis y la adicción desde la perspectiva del uso, del abuso y de la dependencia ¿de qué estamos hablando?

Nos acercamos en esta ocasión a un tema bastante peliagudo, que en algún número anterior hemos esbozado casi por encima. Ahora iremos de lleno al meollo sobre si es posible realizar un uso inteligente sin que se planteen problemas.

Por Psicotar

C. es un varón de 26 años, actualmente desempleado, que consume cannabis con una frecuencia variable entre los 5 y los 13 porros diarios. L. es un varón de 31 años que trabaja en una empresa consultora y que fuma uno o dos porros diarios. J. es un varón de 33 años que consume muy esporádicamente cannabis para aprovechar el aumento de creatividad que le aporta para su trabajo de índole intelectual. Ninguno de los tres dice tener problemas con el consumo, aunque conociendo personalmente a los sujetos, esta afirmación no puede tomarse como cierta al 100%.

Tres personas diferentes, tres usos diferentes, una misma sustancia. Pregúntese el lector si es posible que alguno de ellos tenga algún problema serio con el cannabis. Con esa respuesta, aplíquese un razonamiento circular: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Cuando crean haberlo resuelto, plantéenlo de nuevo, pero de otra forma… ¿qué fue antes, el problema o el cannabis?

Iremos desgranando a lo largo de este artículo las tres situaciones y las diferentes formas en las que el cannabis está actuando. Conceptualizaremos el cannabis como una herramienta y por ello, no hablaremos de que sea mala en sí misma, sino que lo vamos a enfocar desde el punto de vista del usuario y del uso que éste le quiera o pueda dar. Eliminaremos los demonios ficticios para analizar los demonios personales que en ocasiones pueden ser los culpables de un mal uso de cualquier herramienta.

El agua es un elemento imprescindible para la vida en la tierra, pues las células la necesitan como uno de sus principales componentes. Pues bien, voy a aplicar una regla especial por la cual voy a demostrar que el agua es malísima, veneno puro y que quien la consume es un adicto sin remedio. Como se habrá imaginado el lector, estoy aplicando las reglas del prohibicionismo, sólo que esta vez en vez de referirme a drogas, lo estoy haciendo con el líquido elemento…

Mi razonamiento es sencillo: si se bebe usted cincuenta litros de agua seguidos, sin parar a procesarlos, usted morirá de una situación de hipoosmolalidad. La diferencia es que, al hacerle la autopsia, nadie señalará al agua como maligna, a pesar de haber provocado la muerte. Todo el mundo aceptará que en ese caso concreto ha sido la inadecuada conducta de la persona el error que le ha originado el fallecimiento. Se busca la causa de la conducta para poder tratarla y así eliminar el comportamiento de riesgo, pero nadie hablaría de prohibir el agua (1)

Con las sustancias psicotrópicas pasa algo parecido, sólo que el razonamiento está planteado de una manera muy diferente. Si al sujeto le ocurre algo y se descubre que se ha ingerido alguna sustancia, se intentará echar la culpa de lo ocurrido a la sustancia, sin ni siquiera esperar a tener resultados fehacientes de autopsia o si se tienen, no se les dará el mismo bombo que al hecho de la muerte.

Se entenderá automáticamente que esa sustancia es problemática porque ha generado un problema. Ni siquiera se planteará el debate público de si realmente el problema está causado por la persona o por la sustancia. Aquí, parece que la responsabilidad del sujeto queda secuestrada por la sustancia y, por lo tanto, hay que eliminar todo psicotrópico malvado de la circulación para evitar que caigan en sus redes los indefensos ciudadanos. Pero Usted, señor lector, sabe que esto no es cierto.

Si tenemos que poner en común unos conceptos, hagámoslo con los conceptos de usar, abusar y depender.

Según la Real Academia de la Lengua Española (2):

Usar : 1. Hacer servir una cosa para algo; 2. Dicho de una persona: Disfrutar algo; 3. Ejecutar o practicar algo habitualmente o por costumbre.

Vemos que este concepto de usar incluye varias conductas interesantes para lo que estamos diciendo. Por un lado, tenemos el servirse de una cosa con un objetivo, lo que permite que mucha gente que consume cannabis para algo quede dentro de esta acepción.

Se puede hablar de que muchas personas también disfrutan del cannabis en momentos concretos, así como de las sensaciones que produce, por lo que en este consumo también haríamos algo perfectamente voluntario.

Respecto al hecho de la costumbre o la habitualidad, tenemos que incidir en los contextos en los que se produce el consumo, porque si uno fuma por la costumbre, puede que se haya perdido el objetivo inicial o la intención primaria y lo que tengamos un consumo más automático que voluntario, que habrá que analizar con el usuario para ver si éste le favorece o se puede trasladar a otro momento o contexto.

Abusar : 1. Usar mal, excesiva, injusta, impropia o indebidamente de algo o de alguien; 2. Hacer objeto de trato deshonesto a una persona de menor experiencia, fuerza o poder.

De estas dos acepciones podemos derivar una parte del problema que estamos tratando. A la hora de considerar problemático el asunto de las drogas en general y del cannabis en particular, tenemos que hacer referencia a la conducta del sujeto, pues es esta y no otra causa, la que origina el problema o no. Las herramientas pueden usarse bien o pueden usarse terriblemente mal. Un martillo que en principio nos sirve para fabricar un mueble al clavar los clavos que unen las tablas, se puede usar para pegarle a una persona romperle un hueso. No creo que nadie que lea estas líneas se vaya a poner a culpar al martillo y lo malo que es del problema, ¿verdad? Sin embargo, esto es lo que se hace con las sustancias psicotrópicas.

Depender : […] 2. Producirse o ser causado o condicionado por alguien o algo […] 6.Colgar o pender de alguna cosa.

En estas acepciones, depender refleja ya un problema en tanto en cuanto la persona introduce un intermediario entre su propia percepción/ autoestima y la realidad exterior. Este catalizador puede servir a muchas funciones, todas ellas con un objetivo y razón, sin los cuales el consumo se haría innecesario.

En esta situación, la dependencia incide sobre todo en el apremio de obtener un estado mental diferente desde el que afrontar las diversas realidades que nos toca vivir. Toda dependencia se considera, en principio, mala para el individuo. Más allá de las definiciones, la dependencia genera malestar cuando no puede ser afrontada y por ello el individuo buscará con mayor o menor energía acabar con ese estado de excesiva activación. En ese sentido y siguiendo con el razonamiento bizarro del principio del artículo, diremos que somos absolutamente dependientes del agua y que la raza humana tiene un serio problema con ella, ya que la necesitamos para calmar el malestar que nos surge a medida que estamos privados de ella.

¿Les parece una tontería lo que estoy diciendo? Bueno, es simple, dejen de beber agua ya y me lo cuentan dentro de tres días. Somos todos unos adictos.

Ahora bien, de este extraño razonamiento podemos extraer algo bueno: no es la sustancia lo que sirve de base a la adicción, sino el individuo y el manejo que éste hace de sus estados mentales. Ahí es donde tenemos que empezar a plantear el análisis y el cambio.

El caso de C., que citamos al principio, parece ser un claro caso de dependencia a una sustancia. Pero lo que no podemos hacer decir que la sustancia en sí misma es adictiva, ya que en este caso no es así. C. consume desde hace 11 años para aplacar la ansiedad que siente de manera crónica y que no es capaz de solucionar por otros medios.

Si C. fuera al médico, tendría que tomar benzodiacepinas de manera crónica, lo cual no sería más que un cambio de “camello” si se me permite la expresión, pues pasaríamos a depender de otra sustancia sin más, sin arreglar nada. La diferencia estriba en que en este segundo caso, la dependencia sería a una sustancia recetada por un médico y por ello, a una sustancia que permitirá el lucro de unas cuantas empresas. Pero realmente no hemos arreglado nada.

Para ayudar a C, debemos ver sobre qué base se produce el consumo y tratar de cambiar esa base. Si se fuma para afrontar el malestar ante las relaciones sociales, hay que entrenar a la persona en habilidades sociales y permitir que poco a poco se reduzca el malestar mediante la práctica constante. Así, el porro llegará a hacerse innecesario y la persona no provocará tanto rechazo.

Si el problema es dormir, está claro que el cannabis puede servir de hipnótico, el problema es que una vez o dos o tres no pasa nada, pero si es constante y diario, ese consumo tampoco estará bien planteado, por lo que sería interesante empezar a plantear algo diferente para mejorar los patrones de sueño. Nuevamente aquí la psicología tiene herramientas claras para la intervención eficaz. Si hacemos innecesario ese o esos porros por la noche, el descanso será poco a poco más natural porque, aunque el cannabis es una sustancia natural, lo más natural es que nuestro cerebro produzca todo lo que precise para relajarse y no que tengamos que introducirlo desde fuera. Ojo, no hablamos desde el punto de vista de prohibición como puede ahora parecer, préstenos atención y en unas líneas comprenderá todo nuestro proceso de razonamiento.

Por ello, tenemos que conocer y analizar el para qué se utiliza el cannabis y plantearle a la persona llegar a ese mismo destino de otra manera, a ser posible desarrollando nuevas habilidades personales y recursos que siempre podrán ser utilizados por el sujeto. De hecho, no son pocas las voces autorizadas para señalar que es posible un uso razonable y adecuado (3)

Estamos convencidos que esos 5 a 13 porros diarios no son todos bien elegidos y no todos se disfrutan, pues algunos de ellos son consumidos para aplacar el malestar o intermediar en una situación de conflicto. En esos momentos, se traslada la responsabilidad de hacer algo al porro, mientras que la persona se hace cada vez más incapaz y limitada porque no se entrena en el día a día. Esta indefensión es la que tenemos que combatir y no el porro, porque si no fuera el porro, sería el alcohol, si no sería el juego, internet, etc… la adicción está reflejando el problema del individuo de tomar las riendas de su malestar. Es esto lo que precisa ayuda.

Ahora veamos a L., 31 años, que consume uno o dos porros al día por la tarde/ noche y que tiene un trabajo con exigencias intelectuales moderadas. En el caso de L., no hay problema alguno, pues esos porros los toma cuando ya ha cumplido con todas las responsabilidades que tiene durante el día.

Puede estar perfectamente sin fumar un tiempo, aunque dice que su ocio está mediatizado por el cannabis y que aunque puede no fumar, le gusta hacerlo porque en parte es costumbre. En su trabajo no tiene demasiadas exigencias intelectuales, por lo que si está algo atontado algún día que ha fumado más la noche anterior se dedica a alguna otra actividad menos complicada y así va adaptándose.

Aunque no hay una dependencia ni abuso, el caso es que L. preferiría fumar menos pero el problema es que tiene pocas alternativas de ocio, ya que gusta de quedarse en su casa por las tardes leyendo o viendo la TV y dice que ahí poco puede hacer por cambiarlo.

Exponiéndole la posibilidad de abrirse a otras alternativas, se valora que en casa consumirá sin duda por lo que se le plantean actividades fuera de casa en las cuales pueda elegir si fuma o no. L. ha catalogado su patrón de consumo como de mal uso y por ello, de abuso, ya que sabe que esos dos porros son derivados de la costumbre y falta de alternativas y de que quiere eliminarlos. A la hora de plantear ese cambio, debe ser siempre el sujeto quien lo escoja y valore pros y contras a corto y largo plazo, de dejar de fumar o de seguir fumando como hasta el momento. Lo importante es que la persona entienda el consumo como algo que puede elegir y cambiar a voluntad, sólo que es necesario hacer el esfuerzo.

L. ha elegido pasar algo de malestar al quitarse la costumbre y ha pasado a no fumar entre semana para así aprovechar las tardes fuera de casa, reservando el consumo de cannabis para el fin de semana, donde tratará de disfrutar de esa elección.

Con J. tenemos una situación completamente distinta, ya que J. fuma unas cuatro veces al año y siempre en momentos concretos cuidadosamente elegidos. J. no señala problema alguno con este patrón de consumo y lo que señala es la impresionante utilidad que observa le trae el cannabis.

Elige siempre momentos en los que pueda estar tranquilo y sin tener que rendir en nada exigente, sin tener que comprometerse en uno o dos días con tareas complejas. Y siempre mantiene en mente que esto es un medio para un fin, que es una herramienta para ver las cosas desde otra perspectiva y por ello, lleva una hoja con los temas sobre los que le gustaría reflexionar.

Si aplicamos técnicas creativas en estas sesiones, se pueden obtener resultados cuanto menos, curiosos, tanto en un aspecto de crecimiento personal como en un aspecto terapéutico. Lo importante es que en este caso concreto, las personas que llegan de esta manera a conclusiones, saben que el cannabis ha sido simplemente una herramienta que nos ha permitido realizar un trabajo, como el martillo y la sierra bien usados son usados para crear un bonito mueble.

Por lo tanto, es el individuo quien debe elegir el tipo de uso o consumo que puede tener ante todo el abanico de sustancias que nuestro mundo nos proporciona. Abogamos por la responsabilidad de cada uno para usar adecuadamente toda herramienta, así como sugerimos a quien pueda estar teniendo problemas para cambiar algo que acuda a buscar un apoyo o ayuda profesional.

NOTAS:

  1. Potomanía, adicción al agua:

http://www.salud.com/salud-en-general/potomania-cuando-beber-agua-se-vuelve-adiccion-ii.asp

  1. Real Academia Española de la Lengua:

http://www.rae.es/

  1. http://sobredrogues.net/el-catedratico-de-farmacologia-de-la-upv-a-favor-del-cannabis

 

 

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