Cannabinoides sintéticos ¿Valen la Pena?

A menudo se dice que algo es bueno porque es natural, mientras que lo artificial se considera malo o perjudicial: es la llamada “falacia naturalista”. Para demostrar que se trata de un argumento incorrecto, basta con citar un par de contraejemplos. Por una parte, la amanita phalloides es natural; sin embargo, se trata de una seta extremadamente tóxica. Por otra parte, las gafas son artificiales, y sin embargo nadie se empeñaría en argumentar que por ello son malas.

A pesar de esto, puestos a elegir fuentes de cannabinoides para el disfrute de sus efectos sobre la mente, parece que la planta del cannabis es superior en muchos aspectos a sus “imitaciones” sintéticas (pero no por el simple hecho de ser natural, por supuesto). Veremos el porqué en este artículo, y en el camino daremos un paseo por el universo de los cannabinoides, hablaremos de aquellos creados por la mano del hombre y finalmente compararemos su potencial recreativo con el del cannabis. Comprobaremos que, ciertamente, el consumo de la planta suele ser más placentero y menos arriesgado que el de los cannabinoides sintéticos.

Spice, K2... el fenómeno de los Legal Highs

La venta de plantas secas sin interés psicoactivo, cuidadosamente empaquetadas y comercializadas como “alternativas legales” al cannabis, no es un fenómeno nuevo. Sin embargo, en 2004 se detectó la venta online de un producto parecido, denominado Spice, vendido como incienso y etiquetado como no apto para el consumo humano, pero que al ser fumado producía potentes efectos de tipo cannabinoide. Ello hizo sospechar que el producto contenía algo más que hierbas secas, pero no fue hasta el año 2008 cuando se consiguió demostrar la presencia de cannabinoides sintéticos en dichas mezclas. Se trataba de JWH-018 y JWH-073, dos drogas no fiscalizadas en aquellos tiempos en ningún país del mundo. En definitiva, la materia vegetal triturada es un mero excipiente inactivo, sobre la cual el fabricante añade potentes sustancias, que son las responsables de los efectos percibidos por el usuario.

El producto tuvo éxito, y rápidamente surgieron otros similares. La rápida expansión del negocio no es sorprendente si uno reflexiona acerca del número de potenciales clientes: se calcula en el mundo hay 150 millones de consumidores de cannabis, la inmensa mayoría expuestos a riesgos legales y a los vaivenes del mercado negro. La promesa de un producto de efectos parecidos al cannabis, legal y fácilmente accesible vía Internet, es pues apetitosa, sobre todo para el consumidor pobremente informado acerca de la verdadera naturaleza de lo que se plantea consumir.

Debido a la rápida diseminación de ese tipo de productos, algunos países procedieron a prohibir su venta. Los productores reaccionaron reemplazando los cannabinoides prohibidos por otros más desconocidos, aún no fiscalizados, que las autoridades prohibieron nuevamente, y así sucesivamente, hasta el día de hoy.

Pero, ¿de dónde salen tantas nuevas sustancias? Para responder a esa pregunta, es necesario dar el prometido paseo por el universo de los cannabinoides.

¿Qué es un cannabinoide?

Muchas sustancias químicas ejercen sus efectos sobre el cuerpo humano uniéndose a los receptores situados en sus células. Usando un símil cotidiano, el proceso es parecido a intentar introducir una llave en un cerrojo. Como todos sabemos, al realizar dicha acción puede acontecer: a) que la llave no quepa en el cerrojo, b) que la llave entre en el cerrojo y permita abrir la puerta, y c) que la llave entre en el cerrojo, pero no abra la puerta, impidiendo así la entrada de la llave correcta. Las células son capaces de secretar sustancias que se unen a receptores de otras células, y mediante ese mecanismo logran comunicarse entre ellas. La mayoría de las drogas ejercen sus efectos sobre la mente ocupando esos mismos receptores, y los cannabinoides no son una excepción.

De entre los centenares de receptores distintos que habitan las células del cuerpo humano, hay dos que nos interesan particularmente: los receptores cannabinoides CB1 y CB2. Se hallan distribuidos de modo diferente por el cuerpo: los CB1 predominan en el cerebro y el sistema reproductor, mientras que los CB2 se encuentran principalmente en las células del sistema inmune. Por definición, un cannabinoide es cualquier compuesto químico capaz de activar alguno de esos receptores. Se pueden dividir en tres grupos: endocannabinoides (producidos por las propias células del cuerpo), fitocannabinoides (producidos por plantas) y sintéticos.

Fitocannabinoides presentes en la planta del cannabis

Los efectos de cualquier droga dependen de tres factores: el contexto en el que se produce el consumo, el sujeto consumidor (su estado de ánimo y de salud, sus expectativas) y la propia sustancia (dosis, forma de administración, pureza). La planta del cannabis tiene más de 70 cannabinoides, pero la naturaleza de sus efectos psicoactivos va a depender principalmente de dos: THC y CBD. Esto es así porque los demás no tienen efectos psicoactivos o no están presentes en cantidad suficiente como para producirlos.

El THC activa de manera parcial los receptores CB1, por lo que produce euforia, distorsión de la realidad y del pensamiento, risas... pero también a menudo efectos indeseables como ansiedad, taquicardia, miedo, paranoia o dificultad para concentrarse. El CBD bloquea indirectamente la activación de los receptores CB1, y por sí solo casi no es psicoactivo. Su importancia radica en que atenúa los efectos indeseables del THC.

Aquí, como en otros aspectos de la vida, la clave es la armonía y no la cantidad, ya que, habitualmente, a más dosis de THC, más efectos secundarios. En cambio, que la marihuana o el hachís lleve un poco de CBD junto con el THC dará lugar a menos taquicardias, ansiedad, etc., haciendo el consumo más agradable y llevadero para la mayoría de personas. Cantidades mayores de CBD atenuarán los efectos psicodélicos y estimulantes del THC, y elevarán a un primer plano la sedación, relajación y bienestar corporal. Por eso es interesante conocer la composición de la marihuana o el hachís que nos planeamos consumir, para ver si se ajustan a los efectos deseados. La asociación Energy Control ofrece un servicio de análisis y asesoramiento gratuito para ese fin (http://energycontrol.org/analisis-de-sustancias/servicio-analisis.html).

Cannabinoides sintéticos: una gigantesca sopa de siglas

Algunos fitocannabinoides presentes en la planta de cannabis tienen interesantes propiedades terapéuticas, aunque muchos factores limitan su uso en medicina. Uno de ellos es precisamente lo que anda buscando el consumidor recreativo, ya que a dosis terapéuticas muchos producen efectos psicoactivos. Estos son referidos como desagradables por la mayoría de los pacientes, a quienes no les apetece ir colocados todo el día. Asimismo, también existe el riesgo de desencadenar episodios psicóticos en sujetos predispuestos, o de empeorar el curso de enfermedades mentales ya existentes. Por ese motivo, ya en 1940 algunos investigadores empezaron a sintetizar nuevos cannabinoides, con la esperanza de disociar sus efectos terapéuticos de sus efectos psicoactivos.

El descubrimiento en los años 1980 de los receptores CB1-CB2, y de su implicación en multitud de enfermedades, alentó aún más la búsqueda de nuevos cannabinoides, con la esperanza de hallar prometedores fármacos patentables que superasen las propiedades terapéuticas de los fitocannabinoides. Estos compuestos se identifican con las siglas del investigador que los descubrió, o con el nombre de la universidad en la que se sintetizaron por primera vez, seguidos de un número. Por ejemplo, algunos de los principales grupos, junto a sus más famosos representantes, son:

  • JWH (John W. Huffman): JWH-018, JWH-073
  • AM (Alexandros Makriyannis): AM-2201
  • HU (Hebrew University): HU-210
  • CP (Charles Pfizer): CP 47,497
  • WIN (Sterling-Winthrop, Inc.): WIN 55,212-2

En total, suman centenares de nuevas moléculas la síntesis y mecanismo de acción de los que se describió (y se sigue describiendo) en decenas de artículos científicos, y hay que añadir a la lista todos aquellos creados por químicos “clandestinos”. Ahora que ya queda claro de dónde salen tantos nuevos cannabinoides, veamos sus efectos y sus riesgos; en definitiva, su potencial recreativo.

Efectos y riesgos

Los cannabinoides sintéticos añadidos en productos vendidos para simular los efectos del cannabis tienen una serie de características en común:

  1. Han sido sintetizados en las últimas décadas, principalmente por laboratorios de investigación científica, pero también por químicos anónimos.
  2. Se unen a los receptores CB1 y producen efectos psicoactivos de tipo cannabinoide.
  3. Los datos relacionados con sus potenciales riesgos para la salud son inexistentes o, en el mejor de los casos, muy escasos. No han sido investigados en seres humanos, con lo cual se desconoce su toxicidad.
  4. Pueden ser comprados a través de Internet y en muchos países no ha sido prohibida su venta, lo que permite al fabricante evadir consecuencias de tipo legal.

Muchas de estas sustancias activan los receptores CB1, y por lo tanto producen efectos similares al THC presente en el cannabis. Hay, sin embargo, grandes diferencias. Una de ellas es que los sintéticos suelen ser potentes activadores del receptor CB1, y hemos visto que el THC lo activa sólo parcialmente. Esto da lugar a efectos secundarios mucho más frecuentes e intensos, y no son raros los consumidores habituales de marihuana que refieren aparatosos ataques de pánico o intensas paranoias después de fumar un cannabinoide sintético. También se han descrito efectos adversos asociados a su consumo, que no provoca el cannabis, algunos de ellos graves: vómitos, agitación, arritmias cardíacas, dolor torácico, daño miocárdico, ataques epilépticos o coma. Al ser sustancias mayoritariamente desconocidas, los servicios de urgencias y los profesionales de la salud tendrán grandes dificultades para tratar cualquier problema derivado de su consumo.

Algunos de estos cannabinoides también son potentes activadores del receptor CB2, que hemos visto que se hallaba en células del sistema immune, y no se sabe si su consumo podría dar lugar a enfermedades de tipo immunitario. Finalmente, se cree que algunos podrían dar lugar a compuestos altamente cancerígenos al ser combustionados y metabolizados por el hígado. Debido a la completa ausencia de estudios en humanos a medio y largo plazo, no es posible confirmar o descartar estos u otros riesgos graves para la salud.

En definitiva, los limitados datos de los que se dispone hoy en día apuntan a que se trata de sustancias mucho más tóxicas que el cannabis. Pero no solo su consumo es más arriesgado, sino que muchos usuarios lo describen como menos placentero que el de cannabis. Esto ha sido descrito en un reciente estudio, en el que de 975 usuarios que habían probado cannabinoides sintéticos, 93% referían preferir los efectos del cannabis.

Cómo reducir riesgos con los cannabinoides sintéticos

Lo que hace muy arriesgado consumir estas sustancias es que no sabemos prácticamente nada sobre ellas. Esto imposibilita que el consumidor pueda tomar una decisión sopesando adecuadamente los placeres con los riesgos, ya que los segundos son mayoritariamente desconocidos. De todas formas, los escasos datos de los que disponemos hoy en día apuntan a que el consumo de la planta del cannabis es más placentero y menos arriesgado que el de los cannabinoides sintéticos que se han vendido hasta ahora. Es por ello que mucha gente opina que si el cannabis fuera legal, probablemente nadie compraría cannabinoides sintéticos en lugar del presente en la naturaleza. Esto fundamenta la principal recomendación que es: no consumirlos.

Aun así, si entendiendo plenamente lo arriesgado de su consumo, alguien decide experimentar con cannabinoides sintéticos, es imperativo seguir algunas recomendaciones:

  • Para empezar, es primordial analizar aquello que vamos a consumir, ya que este tipo de productos no pasa por ningún control de calidad. Conocer la composición permite tener una idea de los efectos que se van a sentir, valorar mejor el riesgo o descartar el consumo si se trata de una sustancia especialmente tóxica. Energy Control ofrece un sistema de análisis donde se pueden analizar gratuitamente esas y otras drogas; para más información, http://energycontrol.org/analisis-de-sustancias/descripcion.html
  • Una vez que se conocen la o las sustancias que contiene el producto, antes de decidir si consumir o no, es conveniente leer el máximo de información posible, sobre todo en lo referente a efectos, dosis, duración y efectos secundarios. A falta -muchas veces- de información científica comprobada, hay que recurrir a lo que cuentan otros consumidores sobre efectos adversos o inesperados, dosis desaconsejadas, problemas encontrados, etc. Un buen punto de partida es Erowid (http://www.erowid.org/) y los foros Drugs-forum (www.drugs-forum.com/) y Bluelight (www.bluelight.ru/). También es posible contactar con Energy Control para un asesoramiento personalizado.
  • Hay que ser muy prudente al experimentar con esas sustancias, y conviene realizar pruebas con dosis muy pequeñas en un ambiente familiar y seguro, acompañado de alguien sobrio que pueda actuar en caso de problema. Puesto que los riesgos a medio y largo plazo son desconocidos, conviene no pasar de un consumo estrictamente experimental y ocasional. También hay que tener en cuenta que cualquier mezcla con otras drogas hará aún más impredecibles la experiencia y los riesgos, por lo que no se aconseja hacer esto.
  • Finalmente, hay situaciones en las que el consumo pone en riesgo la vida de otras personas, o en las que determinados problemas de salud hacen especialmente probables los efectos adversos graves, y en estos casos no hay que consumir. Son las denominadas contraindicaciones: embarazo, lactancia, conducción de vehículos o manejo de maquinaria peligrosa, problemas cardiovasculares, de hígado, riñón, diabetes, trastornos psicológicos, o si se está pasando por una mala racha.

 

 

Spanish fly

Cuarto caso. Cuarto Informe. Esta vez la cosa va de sexo, insectos, afrodisíacos, venenos, estafas, chinos, aspiradoras, robots… todo ello, por supuesto, abordado desde una perspectiva de género. No se lo pierdan.

Por Eduardo Hidalgo

Riiiiing, riiiiiing…

-       Alloooooo

-       ¿Edward Highdalgo?

-       Highdalgo… ¿y eso, mi tron?

-       Nada, se me acaba de ocurrir, como siempre vas puesto de algo…

-       Ja, ja, ja, ¡como te pasas, mamonazo! Además, como si tú no pusieras tu granito de arena. A ver, si no, Raúlsito, para qué me llamas. Venga, dilo, ¿qué quieres que me tome ahora?

-       Spanish fly.

-       En cristiano: mosca española.

-       En efesto.

-       Cantaridina.

-       Tú lo has dicho.

-       Pues lo llevas claro si te crees que me vas a poner a follar para tu revista.

-       Lo que quiero es un informe, Highdalgo, lo que tengas que hacer para elaborarlo ni me va ni me viene. Así que, tú mismo.

-       Perfecto, pues.

-       Aunque, espera… eso que has dicho de follar para mi revista no suena nada mal. Hmmm, pero nada mal… igual te defenestro como investigador y te pongo al cargo de una sección verde-marihuana, algo moderno, en plan porno para tías, que es lo que se lleva ahora. Déjame que le de un par de vueltas y te digo.

-       Ha, ha, ha, ha que te folle un facha, cabronazo. Clic.

-       ¡¡¡Mecagüen… -pedazo sección que le ofrezco y el tontolapolla me cuelga el teléfono…- su puta calavera!!! Clac.

Ja, ja, ja, el Raúl y sus ocurrencias, tremendo friky. Éste, más que ir siempre puesto de algo, se debió de caer en la marmita de ponche de ácido lisérgico cuando aún era un chaval, porque regir, lo que es regir como la gente normal, yo no le he visto hacerlo en mi vida. Pero, oye, ahí va, el tío… Bueno, ¿qué cojones “ahí va”?, si el menda es mi puto jefe. Joder, creo que debería pensar un poco sobre todo esto, que seguro que “significa” algo…, peeeeero tendrá que ser en otro momento, que ahora tengo que tomarme la spanish fly y luego hacer el informe. Andando pues a la sex-shop.

Bueno, quien dice andando, dice clicando, total, me va a costar lo mismo si pago el tren de ida y vuelta que si me lo traen a casa los de MRW… De modo que, alabados sean Internet y el sedentarismo.

Google: “comprar spanish fly”. Ya está, en esta web lo tienen, mira tú qué rápido.

Descripción del producto:

«Ahora gozar es doble con el Spanish Fly. Este legendario filtro del amor, que desde hace siglos es famoso por su nombre y como estimulador de la lujuria, está ahora disponible en 10 fragancias distintas. Estos sabores estimulan aún más el deseo y el transporte tuyo y de tu pareja, dando una atmósfera paradisíaca y añadiendo lujuria a ambos. El Spanish Fly tropical kiwi, por ejemplo, es ideal en bebidas de fiesta al borde de la piscina para hacer el amor mucho más intensamente y para una lluvia de dulces besos. Elige ahora tu sabor preferido: caramelo, fresca manzana, chocolate, mix de arándano, placer de piña, sueño de fresa, romántica frambuesa, kiwi tropical, plátano del atardecer y cola. Dosificación: Aplicar 1 ml (5 a 7 gotas) debajo de la lengua, aproximadamente 30 minutos antes de la actividad sexual. No apliques más de 2 veces en 24 horas».

No sé, no sé… ¿plátano del atardecer o cola? Ehmmmm… Creo que mejor cola, sí, cola, que el plátano igual es demasiado empalagoso. Pues, hala, no se hable más: cola, se ha dicho. Doble clic y en un par de días lo tengo en casa. Mientras llega, seguiremos el procedimiento habitual y nos documentaremos un poco sobre el asunto. Esta vez empezaremos por los testimonios de los “presuntos” usuarios, y luego entraremos en materia, en la teoría pura y dura, quiero decir; para, finalmente, acabar con la práctica en toda regla. Vamos, pues, a ver qué cuenta la peña…

«Soy albañil, pero, a pesar de eso, nunca tenía suerte con las mujeres en la vida real. Hasta que descubrí el Spanish Fly y ya no hay noche en que no trinque. Sencillamente, las chatis no se me resisten». Saturnino Barragán, 37 años.

«Como taxista uno se pasa la vida llevando gente a hoteles, pero a nosotros nunca nos toca. Sin embargo, una vez, un cliente me recomendó el Spanish Fly y todo cambió. Ahora soy yo el que se deja llevar a los hotelitos por las complacientes pasajeras». Javier Garcés, 45 años.

«Yo era un simple NERD, todo el día con la PC y tocándome. Mi miembro parecía un joystick. Había perdido toda esperanza, pero un día recibí un SPAM del Spanish Fly y nunca más volví a ser el mismo. Desde que lo uso tengo una jauría de teens, MILFs y matures esperándome después del laburo». Anakin Simpson, 28 años.

«Estos testimonios demuestran que Spanish Fly puede cambiar tu vida. ¿A qué esperas para hacer el pedido? Promoción: si mencionas el foro no solo te llevarás el frasco de 33 ml para un mes, sino que también te llevarás otro, para un mes más, de REGALO. Oferta limitada por tiempo y unidades. Si además lo compras hoy, te llevas gratis el libro de Jorge Annet, Cómo seducir a las mujeres de tus amigos. Aprovecha esta OPORTUNIDAD ÚNICA».

Increíbles testimonios –y nunca mejor dicho-, pero es bien cierto que son sólo de tíos y el Informe debería ser lo más completo y comprehensivo posible. De modo que, para no pasar por alto la perspectiva de género, hagamos una breve incursión en la web enfemenino.com y veamos qué se cuentan en ella:

«Hola, compré los afrodisíacos “Spanish fly desire” y “Spanish fly hot pasion”, y ni mi novio ni yo notamos nada. Quería saber si alguien los ha probado para ver qué tal le ha ido. Graciasss». NoeliaTc.

«Hola wapa, yo también los compré y tampoco surtieron efecto. Aunque es el más utilizado no tengo buenas referencias». Suzy-Love.

«¿Tu aspirador es tu peor pesadilla? Aspiradoras vs Robot Aspiradores. Ventajas e inconvenientes. Descúbrelos: 1 - Un inconveniente de las aspiradoras es que no avisan de qué zonas de la casa están más sucias. Los robots inteligentes si. 2 - Seguro que más de una vez has dado un golpe con la aspiradora a una mesa o a algún jarrón... ¡Con los robot aspiradores nunca te pasará! 3 – Gracias a su capacidad de programación, los robots te permiten tener más vida social. Después de haberte informado, ¿Tú con cual te quedas?».

Vaya, pues ahora me ponen en una disyuntiva. Yo, que siempre he sido de aspiradora de toda la vida, igual debería actualizarme, que esto de los robots promete… y mucho, a tenor de lo que cuentan Saturnino Barragán y otros compadres, casi tanto como la Spanish fly. Pero, en fin, dejemos la domótica para otro momento y, ahora, si les parece, pasemos a ver qué dicen sobre “la mosca española” los científicos, historiadores, eruditos, sabihondos en general, y demás ratas de laboratorio y biblioteca.

Pues, de entrada y jodiendo la marrana como siempre, resulta que comienzan por decirnos que la mosca española ni es una mosca ni es española. Así que… empezamos bien. Al parecer es un escarabajo y habita otros tantos países, además del estado español y Catalunya. Por lo demás, resulta que el bicho en sí es de un color verde metálico, casi fosforito, lo cual, según los códigos de la naturaleza, ya nos pone sobre aviso: YU-YU. Ya que, por norma general, ahí fuera, los colores chillones equivalen a sustancias tóxicas. Y, en efecto, eso es lo que contienen estos insectos (Lytta vesicatoria, cantárida en castellano llano) y toda su familia (Meloidae, compuesta por más de 1.500 especies de coleópteros que, por lo demás, pueblan casi todo el orbe), un tóxico: la cantaridina. Un compuesto fuertemente irritante, tanto como para producir la muerte de una persona o un caballo si se consume la dosis suficiente (LD 50 en humanos: 0,5 mg/Kg, siendo 10 mg una dosis potencialmente letal). Los bichos, de una parte, lo usan como sistema de defensa cuando se sienten amenazados; y, de otra, lo utilizan como método de protección en la puesta de huevos. En concreto, en época de apareamiento, los machos muestran a las hembras sus glándulas de cantaridina. Si están rebosantes, la hembra acepta el envite, ya que en la cópula recibirá una buena cantidad de sustancia tóxica que terminará recubriendo los huevos y los preservará de los depredadores. Por el contrario, si las glándulas del macho son pobres en cantaridina, sencillamente no habrá temita ni rollito. Es decir, que, en última instancia, el potencial de este producto para asegurarse el éxito con las damas está fuera de toda duda -siempre que hablemos de escarabajos, claro está-.

Otra cosa es si hablamos de personas… Entre nosotros, los humanos, el uso de la cantárida se remonta hasta tiempos de Mari Castaña. Por lo menos hasta la época de los griegos, los romanos y demás clásicos, entre quienes era usado para crear ampollas (y, con ello, extraer líquidos corporales y “eliminar o equilibrar los humores” del organismo), aparte de como veneno y abortivo. Actualmente, aunque la FDA norteamericana y la Agencia Española del Medicamento no le reconocen ninguna utilidad (y aunque, por lo que se da a entender en la Red, en muchos países su uso debe de estar directamente prohibido), todavía es dispensado por algunas farmacias como ingrediente de una fórmula magistral destinada a eliminar verrugas y tatuajes (y con esto lo decimos todo sobre su poder “corrosivo”). Últimamente también es objeto de estudio e investigación por sus supuestas propiedades anti-tumorales (más de lo mismo).

La cuestión es que, si aplicada por vía tópica produce ampollas, administrada por vía oral produce irritación del aparato gastrointestinal y genito-urinario, e inflama todas las mucosas con las que entra en contacto, entre ellas la uretral, lo cual, a su vez, genera picor e inflamación de los genitales (y, en los varones, incluso erecciones espontáneas, duraderas y… dolorosas). Estos últimos efectos, que perfecta y comprensiblemente pueden ser interpretados como un claro caso de «no veas como me pica el chichi, qué cachonda estoy», son los que le dieron a esta sustancia fama de afrodisíaco total. Y, de hecho, como tal fue empleado durante siglos, hasta que terminó por caer en desuso debido a los frecuentes envenenamientos –a veces de consecuencias fatales- asociados a su utilización.

Hoy en día, la cantaridina pura y dura puede comprarse a proveedores de productos químicos que operan por Internet, pero, por lo general, el cliente debe acreditar que los va a usar para investigación y cosas parecidas. Evidentemente, también hay webs chinas que la venden por kilos y toneladas, aunque -igual de evidentemente- su fiabilidad y calidad son… pues eso, “del chino”. En cualquiera de los casos, se lo tomen ustedes como se lo tomen, no seré yo quien me tome las molestias de adquirir cantaridina para experimentar un posible priapismo, y de paso jugarme el riñón, los intestinos y la vida misma. En su lugar, no obstante, me ocuparé de catar la versión moderna, light, segura y políticamente correcta de la Spanish fly. Esa con sabor a fresa, a chocolate mix y a kiwi tropical. Esa que, a día de hoy, se comercializa, se distribuye, se compra y se vende a raudales y que únicamente está compuesta de vitamina C, L-arginina y polladas por el estilo. Esa misma que encargué y que, esta vez sí, me llegó puntualmente y que hace un rato me acabo de administrar vía sublingual. De modo que, si me disculpan un momento, me retiraré a mis aposentos y luego les cuento.

Ya está. De tal manera que, como había prometido, les cuento. Nada, que me metí en YouPorn a ver unos videos de glam-core (perdón, pero es que eso de de salir a follar de verdad me daba palo, que luego me salen novias y ya no tengo más casas, hijos ni pensiones que darles, ha, ha, ha) y… tenían razón las chicas de enfemenino.com. Vamos, que fantástico, como siempre, pero sin ningún añadido extra. Y es que, aun cuando la L-arginina pueda tener alguna utilidad en el tratamiento de los problemas de erección (que ni lo sé ni me importa), pues yo no me he enterado, supongo que porque, a pesar de fumar Fortuna, no los tengo. En fin, que un timo. Bueno, relativamente, porque el liquidillo tiene el mismo sabor que esos antiguos y exquisitos caramelos rectangulares de cola. Así que, gotita a gotita, me lo estoy pasando como un enano. Igual o mejor que el sexo, oigan, y mucho menos sudoroso.

 

¿Puede generar dependencia el cannabis?

Por Doctor Fernando Caudevilla

Desde la Antigüedad se sabe que algunos psicoactivos pueden generar dependencia, pero a lo largo de la historia esta idea se ha considerado como una más de sus múltiples características, y no como la consecuencia inevitable de su uso. En los textos de la Grecia Clásica, el opio es una sustancia sagrada, tremendamente útil en medicina, y no existen referencias a personas esclavizadas por su uso, ni a problemas sociales derivados de su consumo. Los textos médicos advierten que en personas no acostumbradas los efectos pueden ser demasiado fuertes, y explican que hay que habituarse a la droga poco a poco. Según Teofrasto, “algunas drogas son tóxicas por falta de familiaridad, y quizá sea más exacto decir que la familiaridad les quita su veneno, porque dejan de intoxicar cuando nuestra constitución las ha aceptado y prevalece sobre ellas”. Es decir, los clásicos veían en el fenómeno de la tolerancia farmacológica (los efectos de una sustancia disminuyen a lo largo del tiempo si no se incrementa la dosis) más una ventaja adaptativa que un inconveniente o un problema.

Incluso una droga adictiva, neurotóxica y hepatóxica como el alcohol tenía su propia divinidad tanto para los griegos (Dionisos) como para los romanos (Baco). En el Mundo Antiguo, el alcohol era considerado en primer lugar, al igual que el opio, una medicina. Aunque en el siglo X los alquimistas árabes destilaron por primera vez el alcohol con el alambique, facilitando la aparición de bebidas con alta graduación alcohólica, más tóxicas y con mayor potencial de generar dependencia, el procedimiento sólo se generalizó hacia mediados del siglo XVI en Europa. A lo largo del los siglos XVIII y XIX, el alcoholismo constituía ya un problema de salud pública de primera magnitud. Ante esta situación surgieron grupos de presión durante el primer tercio del siglo XX que, partiendo de posiciones de tipo moral, ensayaron la prohibición total del alcohol en algunos países (Rusia, Finlandia, Islandia, Noruega y Estados Unidos), con resultados desastrosos.

Así, la ecuación “drogas=drogodependencia” es una representación social relativamente reciente en la historia de la Humanidad. Durante el último tercio del siglo XX, la difusión del uso de heroína por vía intravenosa en los países de Occidente ha servido para reforzar esta idea que ha quedado grabada con fuerza en el inconsciente colectivo. El fenómeno de la heroína, con su complejidad y sus matices, ha contribuido de forma sustancial a crear una imagen social en la que, para el público general, las drogas (ilegales) son sustancias malas cuya característica principal es generar irremediablemente adicción.

La cuestión de si el cannabis puede o no generar dependencia es una de las más controvertidas y discutidas en torno a esta sustancia. Teniendo en cuenta que se trata de la droga ilegal más consumida en todo el mundo y en todos los segmentos de población, parece importante tener claro si la adicción es uno de los riesgos asociados a su uso. Pero no se trata de una cuestión con una solución sencilla, y hay que tener en cuenta muchos matices. Por otra parte, como ya sabemos, en las cuestiones relacionadas con drogas ilegales entran en juego con frecuencia elementos de tipo moral que dificultan un tratamiento racional del asunto.

La primera cuestión que tendríamos que definir de forma detallada es qué entendemos por “dependencia”. Una frase muy conocida en el ambiente sanitario dice que “bebedor excesivo es aquel que bebe más que su médico”. La broma contiene una enseñanza interesante, señalándonos que, cuando una persona juzga los hábitos de otra, lo hace desde su subjetividad y tiende a considerar como “normal” las conductas que son similares a las propias y “anormales” aquellas que son distintas. Teniendo en cuenta que, de forma general, los profesionales sanitarios tienen una mayor tolerancia social hacia el alcohol que hacia el cannabis, es más probable que tiendan a considerar como patológico cualquier patrón de uso recreativo de esta sustancia. Por otra parte, palabras como “dependencia”, “adicción”, “estar enganchado”, etc. están tan manoseadas y son tan habituales en el lenguaje común que han perdido parte de su significado original. Originalmente, la dependencia aparece como una característica de algunas sustancias psicoactivas Pero en los últimos tiempos –supuestamente-, una gran cantidad de conductas y situaciones (desde el chocolate hasta los teléfonos móviles, pasando por las compras o los videojuegos, los chicles o el cybersexo) son susceptibles de “enganchar”.

Sin embargo, la “dependencia a sustancias” es un diagnóstico médico claro que puede hacerse en base al cumplimiento de una serie de criterios. El DSM-IV (la clasificación de enfermedades mentales más frecuentemente utilizada) define la dependencia a sustancias como “un patrón desadaptativo de consumo de la sustancia que conlleva un deterioro o malestar clínicamente significativos”. Es decir, la forma en que la persona utiliza la sustancia tiene que dar lugar a cierto grado de intranquilidad o disarmonía, y a consecuencias negativas objetivables. Estas consecuencias negativas se expresan en una serie de criterios distintos. Para hablar con propiedad de una dependencia, tienen que cumplirse tres o más de estos criterios en un periodo de un año:

  • tolerancia farmacológica (necesidad de incrementar la dosis para conseguir los mismos efectos)
  • síndrome de abstinencia propio de la sustancia: conjunto de signos y síntomas que aparecen al suspender el consumo de la sustancia de forma brusca
  • consumo en frecuencia o cantidad mayores de lo deseado
  • existencia de un deseo persistente o de esfuerzos infructuosos por interrumpir o controlar el consumo de la droga
  • empleo de mucho tiempo en actividades relacionadas con su obtención o consumo, o bien en reponerse de sus efectos
  • reducción del tiempo de actividades sociales o laborales debidas al uso de la sustancia
  • consumo, a pesar de problemas físicos o psicológicos causados o exacerbados por el uso de la sustancia

Volvamos a repasar estos criterios de dependencia en relación con el cannabis. El primer criterio, la tolerancia farmacológica, es una circunstancia muy típica en usuarios habituales de cannabis. Si un novato y un usuario experimentado están fumando unas caladas de una variedad muy potente de marihuana, el primero experimentará los efectos con mayor intensidad que el consumidor habitual. De la misma forma, si una persona fuma exactamente la misma cantidad de cannabis a lo largo del tiempo, notará cómo, poco a poco, los efectos disminuyen al cabo de unos meses. En este sentido, la tolerancia al cannabis es una característica inherente a la sustancia y un criterio de dependencia que se cumple en la práctica totalidad de usuarios habituales.

No puede decirse lo mismo del síndrome de abstinencia al cannabis, cuya existencia es mucho más discutible. Cuando un usuario habitual de alcohol, opiáceos o benzodiacepinas suspende su administración de forma brusca, aparecen una serie de signos objetivos (fiebre, cambios en el tamaño de las pupilas, diarrea, convulsiones…) que constituyen un cuadro clínico definido llamado “síndrome de abstinencia”. En el caso del cannabis no se ha descrito claramente cuáles serían estos signos del supuesto síndrome. Además, el cannabis es una sustancia muy liposoluble, que se deposita en las grasas del cuerpo y se elimina de forma lenta del organismo, por lo que la supresión brusca no es fácil. Algunos científicos hablan de un cuadro de intranquilidad, irritabilidad, insomnio, ganas de fumar cannabis, que aparece unos días después de fumar el último porro, que probablemente aparecerá con más frecuencia en adolescentes a quienes sus padres les han sorprendido fumando y han sido arrastrado de las orejas a alguna asociación tipo Proyecto Hombre, donde les enseñarán a cambiar de amistades y les harán mear en un bote como medidas terapéuticas para combatir este síndrome.

El resto de los criterios hacen referencia, en esencia, a la capacidad de control del individuo sobre la sustancia. Y en este sentido, de forma general, para la mayoría de las personas suele ser más sencillo mantener el control sobre el cannabis que sobre otras drogas. Pensemos en un fumador de tabaco que se queda sin cigarrillos a las once de la noche. La mayoría de ellos no dudarán en bajar al bar de la esquina, o incluso ir en coche hasta la gasolinera, aunque llueva o haga frío. Para el fumador de cannabis medio que se ve en esta circunstancia suele resultar más sencillo esperar hasta el día siguiente. Lo mismo sucede con el uso compulsivo de la sustancia. Muchas personas con problemas de alcohol o cocaína pueden mantenerse en abstinencia con relativa facilidad, pero una vez que empiezan a consumir les resulta muy complicado parar. Este tipo de descontrol sobre la sustancia es posible con el cannabis, pero mucho menos frecuente en términos estadísticos.

Otro aspecto a la hora de valorar la dependencia al cannabis tiene que ver con la forma y la vía de administración de la sustancia. Las vías de administración en las que las sustancias llegan al cerebro de forma rápida (intranasal, inyectada o fumada) generan dependencia con más rapidez y facilidad que cuando la droga se administra por vía oral. Al fumar una droga, la superficie de absorción es muy grande (recuerde el lector lo que le contaban en Biología en bachillerato: la superficie de los alvéolos pulmonares equivale a un campo de fútbol). Pero además una gran mayoría de fumadores de cannabis lo son también de tabaco, que es una sustancia con un potencial de adicción muy elevado. Los porros suelen hacerse con hachís o marihuana mezclados con tabaco, e independientemente del potencial de adicción de los cannabinoides, el de la nicotina es indiscutible. Algunas personas que dicen tener dificultad para dejar el cannabis, lo que echan de menos en realidad son los efectos farmacológicos y rituales asociados al tabaco.

Por otra parte, es cierto que a nivel neurobiológico el cannabis actúa en zonas del cerebro asociadas a las conductas básicas para la supervivencia de las especies, los circuitos de recompensa y placer, y áreas del sistema nervioso implicadas en los procesos de adicción y dependencia. Pero la relación es menos clara que en el caso de otras drogas como la cocaína, los opiáceos, la nicotina o el alcohol. Aun así, es posible entrenar a animales de experimentación para que se hagan adictos al cannabis, lo que suele mostrarse como prueba del potencial adictivo de esta sustancia. Sin embargo, en general, los seres humanos somos más complejos en nuestras conductas que las ratas, las ardillas y los monos. Observe el lector el comportamiento sexual, o los modales a la hora de comer, de su mascota, y compárelos con los propios.

La mayoría de los estudios en humanos en los que se investiga la dependencia al cannabis con criterios estrictos encuentran unas frecuencias en torno al 4-10% de todos los consumidores. Es decir, para la mayoría de las personas, el uso de cannabis no conlleva problemas, pero existe una pequeña proporción a quienes les resulta complicado controlar o manejar sus consumos. Factores como la edad, la relación que se establece con la sustancia, el contexto del consumo, sus motivaciones, las características psicológicas de la persona… son tan importantes como la farmacología del cannabis a la hora de valorar estos problemas. Ante este tipo de situaciones, es importante reflexionar sobre el lugar que ocupa el cannabis en la vida de uno, y si la forma en la que se utiliza le permite hacer las cosas que quiere hacer y llevar la vida que quiere llevar. En muchas ocasiones, detrás de una dependencia a cualquier sustancia se encuentran otro tipo de problemas o situaciones estresantes de tipo emocional o psicológico, de los que el problema con la droga es sólo la punta del iceberg.

 

Cannabis y esterilidad

Por Dr. Fernando Caudevilla

“Mi marido y yo llevamos tres años buscando un embarazo. Mantenemos relaciones sexuales con suficiente frecuencia, pero no lo hemos conseguido. Empieza a suponer un problema en nuestra relación de pareja, ya que mi marido desea un niño y yo me siento fatal. Tampoco sabemos si es un problema mío o suyo. Además, nos casamos tarde; yo tengo casi cuarenta años y no puedo perder mucho más tiempo. El médico de familia nos envió a la consulta del ginecólogo, para lo que tuvimos que esperar tres meses. De allí, el ginecólogo nos envió a la consulta de esterilidad del hospital, pero tuvimos que esperar casi un año porque la lista de espera es muy grande. Cuando por fin nos recibió el ginecólogo del hospital, nos estuvo haciendo muchas preguntas. Entre otras cosas, nos preguntó si fumábamos porros. Yo nunca he tenido un problema con esas cosas y le contesté la verdad: que sí, que fumaba todos los días un par de petas. Parece que no le sentó muy bien, y nos dijo que probablemente esa era la causa de nuestro problema, ya que, según nos dijo, el cannabis puede producir esterilidad”.

Éste es el resumen del caso real de una paciente que acudió a la consulta de quien escribe estas líneas, hace unos meses. Lo grave del asunto es que, convencido de haber encontrado la causa del problema, el ginecólogo no se molestó en pedir pruebas o análisis a los pacientes para averiguar la causa de la esterilidad, y se limitó a citar nuevamente a la paciente al cabo de seis meses, “siempre que hubieran dejado de fumar cannabis, porque si no, no tenía ningún sentido que volvieran”. Según su criterio, el consumo de cannabis era un factor tan importante en la esterilidad de la pareja que no merecía la pena seguir estudiando el caso hasta que dejaran de utilizarlo.

¿Cuáles son las evidencias de que el cannabis produce infertilidad en humanos? Esta idea se ha transmitido a partir de estudios científicos realizados sobre todo entre los años 50 y 70 del siglo pasado, y aparece en muchos de los textos y libros clásicos de medicina como uno de los múltiples riesgos y problemas asociados al consumo de cannabis. Pero, como sucede casi siempre en relación con las drogas ilegales, debemos analizar el asunto con cierta profundidad antes de extraer conclusiones definitivas.

El aparato reproductor de los varones y las hembras está controlado, entre otros muchos factores, por unas hormonas (prolactina, hormona luteinizante, hormona foliculoestimulante) que se segregan desde una parte del cerebro llamado adenohipófisis. El correcto funcionamiento de la adenohipófisis es necesario para que los testículos y los ovarios produzcan las células reproductoras de forma eficaz, así como para controlar el desarrollo de los caracteres sexuales físicos primarios y secundarios (tamaño de las mamas, vellosidad, musculatura, tono de voz…). Pues bien, tanto la adenohipófisis como los órganos sexuales (testículos, útero, próstata y ovarios) presentan en su superficie receptores específicos para el sistema cannabinoide endógeno. Los receptores de la adenohipófisis y los ovarios son del tipo CB-1, y los de los testículos son mayoritariamente del tipo CB-2. Además, los receptores de cannabinoides de los órganos sexuales tienen la particularidad de poder sintetizar o degradar anandamida, uno de los cannabinoides endógenos que aparecen de forma natural en los vertebrados. Todos estos datos indican que, de alguna forma, el sistema cannabinoide endógeno contribuye a la regulación de la función reproductora, y que, al menos en teoría, la administración de cannabinoides de la planta puede tener algún efecto. De hecho, existen muchas investigaciones en relación con algunos tipos de infertilidad y su relación con variantes del receptor CB-2, que podrían ser de utilidad para algunas personas que sufren este problema.

Pero los primeros informes científicos completos (más bien, pseudocientíficos) sobre el tema son anteriores al descubrimiento del sistema cannabinoide endógeno. Casi todos los libros de texto y publicaciones sobre drogodependencias hacen referencia a las Monografías del NIDA, equivalente americano de nuestro Plan Nacional sobre Drogas, que ya en el año 1988 publicó un completo informe sobre los efectos endocrinos y reproductivos de la marihuana (1). Pero ya se sabe, fiarse de un informe del NIDA viene a ser como preguntarle a Belén Esteban por Jesulín o la Campanario. Objetividad pura, oiga.

Y es que el famoso informe del NIDA incluye -entre menciones al potencial del cannabis para dañar los cromosomas, producir aberraciones genéticas, facilitar la aparición de cáncer, malformaciones y otros horrores múltiples- una revisión sobre los efectos del cannabis sobre los sistemas reproductores de varones y hembras. La lista de posibles efectos en este sentido es para agarrarse: ginecomastia (desarrollo de las mamas en varones), disminución de los niveles de testosterona en varones, disminución de la capacidad de producir espermatozoides y de su movilidad, disminución de las hormonas cerebrales que regulan la capacidad de reproducción, inducción de anomalías en espermatozoides, aparición de anormalidades fetales en el embarazo, alteración de los ciclos menstruales, alteraciones hormonales, incremento de partos prematuros…

Dicho así, parece que poco más nos quedaría para cerrar este artículo y darle la razón al ginecólogo que atendió a nuestra paciente. Pero sucede que prácticamente ninguna de las situaciones descritas previamente están documentadas en estudios con humanos. De hecho la gran mayoría de los estudios y experimentos que justifican la lista de enfermedades y alteraciones tienen a las ratas como sujetos de investigación. Y claro, sucede que los humanos (al menos la mayoría) son mucho más complicados que esos pequeños roedores, y lo que le sucede a un mamífero de 100 gramos al que se inyecta por vía intravenosa una cantidad salvaje de un extracto de cannabinoides sirve de muy poco para conocer el efecto del cannabis en las personas. A menos que el único objetivo del informe fuera aterrorizar al personal, que estos chicos del NIDA ya se sabe que son muy gamberros…

Además del tema de las dosis, casi ninguno de estos experimentos en animales ha conseguido replicar los resultados cuando se administran de forma repetida. La pauta de consumo humano de cannabis no es de una megadosis ocasional, sino de dosis frecuentes a lo largo del tiempo. Y una característica típica del cannabis es el desarrollo de tolerancia farmacológica (desaparición de un efecto determinado) con el paso del tiempo. Pues bien, los organismos aprenden a manejar los efectos endocrinológicos y sexuales de los cannabinoides cuando se administran de forma continuada, y muchas de estas alteraciones desaparecen cuando los experimentos duran más de tres o cuatro días, en lugar de atizar un jeringazo de extracto de cannabis a la pobre ratita.

Con respecto a los humanos, los resultados son confusos y contradictorios. Con cualquier fármaco es posible diseñar un estudio, compararlo con placebo sobre una población y medir un determinado efecto. Pero la investigación con drogas es mucho más complicada, porque por motivos éticos (la cursiva indica ironía) no se permite hacer estudios con algo que es una sustancia ilegal, maléfica y tóxica, aunque cientos de millones de personas la compren en la esquina de su casa y la consuman sin ninguna garantía sanitaria. De paso, se asume esa “falta de datos científicos” como un argumento más para disuadir a la población de que la utilice. ¿Entienden la jugada? Pero volviendo al tema que nos ocupa, algunos estudios muestran que en los humanos se pueden presentar alteraciones de ciertos parámetros relacionados con la fertilidad (número y volumen de espermatozoides, disminución de los niveles de hormonas sexuales masculinas y/o femeninas, alteraciones de la movilidad de células sexuales…)

La mayoría de estas alteraciones suelen ser discretas y no parecen suficientes para explicar por sí solas un problema de infertilidad. Además, no siempre se repiten en todos los experimentos y, de hecho, ni siquiera puede afirmarse con total seguridad que el uso de cannabis sea su causa. Por otra parte, en las distintas sociedades que componen la población mundial existen patrones de consumo muy distintos de cannabis. Si su uso tuviera un impacto significativo en la fertilidad humana, cabría esperar, por ejemplo, que los esquimales fueran más fértiles que los nativos de otras latitudes en las que el uso de cannabis es mucho más común. Finalmente, el consumo de cannabis en las sociedades occidentales se ha incrementado en las últimas décadas y ningún servicio de salud pública y epidemiología en el mundo ha detectado disminución en la fertilidad humana achacable al consumo de cannabis.

En definitiva, parece que nos encontramos básicamente ante una de tantas leyendas con las que las autoridades antidroga y muchos profesionales sanitarios castigan a los usuarios de drogas ilegales. No existen evidencias convincentes sobre la relación entre el uso de cannabis y la infertilidad en humanos, y así lo reconocen las guías clínicas sobre el tema que usan la ciencia, y no la política, como método (2-4). Pero tampoco sería prudente desechar de forma absoluta todos los datos e indicios de investigación básica en animales, puesto que existen algunas situaciones en las que podrían tener alguna repercusión en humanos.

La primera de las circunstancias sería el uso de marihuana por parte de adolescentes antes de la pubertad. Es muy poco probable que el uso de cannabis tenga repercusiones sobre el sistema reproductor de un adulto, pero los datos de investigación básica sugieren que es posible cierto efecto en prepúberes. Esto no implica daño irreversible, ni afectación en todas las personas, pero sería un motivo más para no recomendar el uso de hachís o marihuana a adolescentes jóvenes que no han terminado su desarrollo madurativo.

Por otra parte, es posible que determinadas personas puedan ser, por motivos genéticos, más sensibles a este tipo de efectos. O que en una pareja con dificultades para conseguir un embarazo por cualquier motivo, el uso de cannabis pueda ser un factor más que contribuya a este problema. En ese sentido, y en el contexto del estudio y evaluación de un caso de esterilidad, sí puede ser adecuado aconsejar la abstinencia de cannabis, al menos durante un tiempo; tiempo que deberá aprovecharse para emprender todos los estudios analíticos, hormonales, de pruebas de imagen y funcionales de los que se compone un estudio completo de infertilidad. En el caso que presentamos al principio, la mala práctica médica consiste en atribuir al uso de cannabis el problema de esterilidad, sin hacer otro tipo de investigaciones, lo que a su vez constituye una cruel forma de castigar al paciente por hacer algo que su médico considera que no está bien. Y a los médicos no nos pagan por castigar a los pacientes, sino por ayudarles a resolver sus problemas de salud.

 

  1. “Marijuana Effects on the Endocrine Reproductive Systems”. NIDA Research Monograph Series nº 44, 1988. URL disponible en: http://archives.drugabuse.gov/pdf/monographs/44.pdf
  2. Hall W, Solowij N, Lemon J., “The Health and Psychological Consequences of Cannabis Use”. National Drug Strategy Monograph Series Nº 25. Canberra: Australian Government Publishing Service, 1994.
  3. Murphy L., “Hormonal system and reproduction”. In: Grotenhermen F, Russo E, eds. Grotenhermen, F., Russo, E. (eds.): Cannabis and cannabinoids. Pharmacology, toxicology, and therapeutic potential. Haworth Press, Binghamton/New York 2001, in press.
  4. House of Lords Select Committee on Science and Technology. Cannabis. The scientific and medical evidence. London: The Stationery Office, 1998.

 

Medir lo subjetivo o cómo evaluar los efectos psicológicos de una droga (II)

En el artículo anterior de esta misma sección introdujimos los distintos métodos de medir lo subjetivo que se utilizan en investigación psicofarmacológica con drogas, y se explicó, de entre las distintas formas de hacerlo, la más sencilla: utilizando Escalas Analógico Visuales. Pusimos el ejemplo de un estudio con MDMA y anunciábamos para el capítulo de este mes el otro método de evaluación de efectos subjetivos más habitual: el basado en cuestionarios de autoinforme.

Por José Carlos Bouso

 

Un cuestionario de autoinforme suele construirse preguntando a personas que tienen experiencia con drogas si pueden describir los efectos. Una vez se tiene un número aceptable de relatos, se extraen los temas principales y se tratan de poner en forma de afirmaciones. Las afirmaciones unas veces van en positivo -indicando que si se está de acuerdo es porque se ha producido un determinado efecto- y otras en sentido negativo, de tal forma que si se está de acuerdo es que el efecto no ha aparecido. Normalmente se dan respuestas en una escala de 1 a 5 para diferenciar la magnitud del efecto experimentado, aunque también hay cuestionarios de “verdadero” / “falso”. Existen diferentes escalas para evaluar diferentes tipos de drogas. La más conocida es la escala ARCI (Addiction Research Center Inventory –Inventario del Centro de Investigación en Adicciones). Consta de 49 ítems agrupados en 5 subescalas finales que dan una puntuación total para cada una de ellas: “sedación”, “euforia”, “disforia”, “eficiencia intelectual” y efectos de tipo “anfetamínico”. Esta escala permite diferenciar categorías de drogas en función de la puntuación que se obtenga en cada una de las escalas concretas. También hay una escala específica para evaluar efectos de los derivados del cannabis llamada PSI (Psychotomimetic States Inventory –Inventario de Estados Psicotomiméticos) y que tiene como subescalas: “pensamiento ilusorio”, “distorsiones perceptivas”, “desorganización cognitiva”, “anhedonia”, “manía” y “paranoia”. Esta escala permitiría diferenciar también los efectos del cannabis de los de otros alucinógenos, como por ejemplo ketamina, así como los efectos de diferentes variedades de cannabis. Por ejemplo, quizás sea útil para diferenciar variedades con diferentes índices de psicoactividad, aunque hasta donde yo sé nunca se ha probado esta escala en ese sentido.

Existen dos escalas para evaluar efectos específicos de alucinógenos: el APZ (Aussergewöhnliche Psychische Zustände –Estados Alterados de Conciencia) y el HRS (Hallucinogen Rating Scale -Escala de Evaluación de los Efectos Subjetivos de los Alucinógenos). El APZ tiene como subescalas “inmensidad oceánica”, “miedo a la disolución del ego” y “reestructuralización visionaria”. El HRS, por su parte, tiene las subescalas “somatoestesia”, “afecto”, “volición”, “cognición”, “percepción” e “intensidad”. Por último, también existe una escala específica para evaluar efectos de los entactógenos/empatógenos llamada VESSPA (Valoración de Efectos Subjetivos de Sustancias con Potencial de Abuso). El VESSPA, desarrollado en el Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques de Barcelona (IMIM), tiene como subescalas “sedación”, “somatización ansiosa”, “cambios de percepción”, “placer y contacto social”, “energía y actividad” y “sintomatología psicótica”. De entre todos estos cuestionarios, se encuentran disponibles en español, que sepamos, el ARCI[1], el HRS[2] y el VESSPA[3].

Bien, una vez llegados a este punto quizás el lector ande algo confuso. Puede que los nombres de las escalas no le digan nada, o que no entienda para qué se utilizan concretamente. En cualquier caso -pensará el lector- no sé en qué punto esto tiene relación con las cosas que yo experimento cuando tomo alguna sustancia. Y, efectivamente, no puedo por menos que darle la razón. Intentaré aclararle un poco las ideas poniendo un ejemplo con un estudio que realizó nuestro grupo de investigación y que tenía como primer firmante a nuestro siempre querido y educativo Dr. Fernando Caudevilla. El estudio tenía como objetivo caracterizar los efectos psicológicos que induce el 2c-b (4-bromo-2,5-dimetoxifeniletilamina; “afro”, “nexus”). También conocer los patrones de consumo de la sustancia, en una época en la que empezaba a conocerse más y a estar más accesible entre el mundillo de iniciados. Si alguien está interesado en consultar la publicación que se realizó con los resultados de este estudio, puede encontrarla aquí: http://es.scribd.com/doc/78622353/2CB-Caudevilla-2012.

Para poder valorar cuáles son los efectos del 2c-b, primero elaboramos una lista de frases que nosotros considerábamos que podrían reflejar los efectos del 2c-b. Para ello revisamos estudios previos en los que se hubiera preguntado a usuarios de sustancias sobre efectos concretos de las mismas. También revisamos trip reports de diferentes webs de drogas en los que hubiera experiencias narradas tras haber tomado 2c-b. Elaboramos, por tanto, una larga lista con diferentes efectos tanto psicológicos como somáticos, tanto de efectos agudos como en las 48 horas posteriores a la toma, y tanto agradables como desagradables, y preguntamos a los voluntarios que dijeran si habían sentido alguno de los efectos que les presentamos. Así, encontramos que lo más frecuente que experimentaron las personas con las que contactamos fue que “aumenta el sentido del tacto y la percepción del propio cuerpo”, que “las paredes y el suelo ondean” o que “los colores y las formas se ven diferentes”. También hay una “dificultad en fijar la mirada”, “temblores” o “sudoración”. Durante las 48 hs posteriores puede aparecer “insomnio” y “ansiedad”.

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Si bien estos efectos pueden ser característicos del 2c-b, también son efectos propios de otras drogas. Con un cuestionario lo que se consigue es clasificar –primero- el efecto dentro de un grupo de efectos globales, y –segundo- cuantificar la magnitud del efecto. Por ello, a los voluntarios les administramos dos cuestionarios: el HRS y el VESSPA, y comparamos las puntuaciones obtenidas con las obtenidas en diferentes estudios investigando los efectos subjetivos de otras drogas, concretamente con ayahuasca, d-anfetamina, Salvia divinorum y MDMA. De esta forma, obtuvimos un perfil diferencial de efectos subjetivos que nos permitía conocer en qué se parecen y en qué se diferencian estas diferentes drogas, tanto en cualidad del efecto como en su magnitud o intensidad.

La Escala de Evaluación de los Efectos Subjetivos de los Alucinógenos se compone de 71 ítems agrupados en 6 subescalas. La escala “somatoestesia” mide efectos somáticos; la de “afecto” mide sensibilidad a las reacciones emocionales y afectivas; la escala de “volición” indica el grado de dificultad que tiene la persona para interactuar con el entorno; “cognición” refleja modificaciones de los procesos y del contenido del pensamiento; “percepción” las alteraciones en la experiencia visual, auditiva, gustativa y olfativa; y, por último, la escala “intensidad” refleja la fortaleza de la experiencia en general. Los ítems del HRS se responden en una escala de 0 a 4 (0 = en absoluto, 1 = muy poco, 2 = moderado, 3 = bastante, 4 = extremadamente).

Por ejemplo, dentro de la escala de “somatoestesia” hay ítems como: “Flash o Subidón” o “Sensación de electricidad/hormigueo”; dentro de la escala de afecto, por ejemplo: “Modificaciones de la sensación de proximidad hacia las demás personas presentes en la habitación” o “Sensación de asombro, estupefacción”; la escala de “cognición” ítems como: “Nuevos pensamientos o revelaciones/intuiciones” o “La experiencia es similar a los sueños”; la de “percepción”: “Naturaleza caleidoscópica de las imágenes visuales” o “Movimiento de las imágenes visuales”; la de intensidad: “La experiencia viene y va en oleadas” o “Sensación de estar “colocado”; y la de volición “Sensación de control de sí mismo” o “Capacidad de seguir la secuencia de los efectos”.

Por su parte, el VESSPA se compone de 36 ítems agrupados también en seis subescalas: la escala de “sedación” contiene, entre otros, los ítems: “Me siento más débil” o “Me pesa todo el cuerpo”; la de “somatización ansiosa” ítems como “Tengo tensión mandibular” o “Me siento ansioso”; “cambios en la percepción” tiene ítems como “Veo las formas de los objetos o de las personas diferentes” o “Veo figuritas como cuando miro a través de un caleidoscopio”; la subescala de “placer y contacto social” tiene ítems como “Tengo una actitud más positiva ante las cosas” o “Me siento más sociable”, la de “energía y actividad”, por ejemplo, “Me apetece moverme o hacer algo” o “Me siento menos cansado”, y en “sintomatología psicótica” hay ítems como “Me siento vigilado” o “Tengo pensamientos extraños”.

Fue interesante ver cómo cada sustancia evaluada se comportó de una manera diferente en cada una de las subescalas estudiadas. Para el HRS, el 2c-b obtuvo las puntuaciones más altas en la escala de “percepción” y la más baja en la de “somatestesia”. El 2c-b y la S. divinorum no se diferenciaron en las escalas “somatoestesia”, “afecto”, “percepción”, “cognición”, e “intensidad”, pero sí se encontraron menores puntuaciones en “volición” para la S. divinorum, indicando que es una sustancia que permite menos la interacción con el entorno y que claramente dificulta las relaciones con los demás, cosa que no ocurre con el 2c-b, a pesar de que el perfil de efectos psicológicos pueda ser parecido. Las mayores puntuaciones en “volición” fueron para la d-anfetamina, y la ayahuasca también obtuvo puntuaciones más bajas que el 2c-b en esta subescala. Las puntuaciones en “afecto”, “percepción” y “cognición” fueron superiores para la MDMA respecto a la anfetamina, pero inferiores respecto al 2C-B. La menor puntuación en “afecto” para la MDMA respecto al 2c-b puede sorprender un poco, ya que la MDMA tiene fama de ser una sustancia altamente emocional. La razón puede deberse a que los datos para la MDMA se recogieron en estudios de laboratorio, donde el contexto es más frío, y el del 2c-b fue en contextos naturalistas. La mayor diferencia entre ambas sustancias, 2c-b y MDMA, se encontró precisamente en la escala de “percepción”, confirmando el potencial del 2c-b como potenciador perceptivo.

 

Respecto al VESSPA, la subescala en la que el 2c-b obtuvo la puntuación más alta fue en “placer y sociabilidad”, y la más baja “sintomatología psicótica”. Esta baja puntuación en “sintomatología psicótica” es también muy interesante, porque confirma lo que muchos usuarios de 2c-b aseguran: que, a pesar de ser un fármaco visionario, es bastante manejable. En comparación con la d-anfetamina, el 2c-b puntuó más alto en “cambios en la percepción”, en “placer y contacto social” y en “sedación”. No se diferenció, sin embargo, de la d-anfetamina en las subescalas de “somatización ansiosa”, “energía y actividad” y “sintomatología psicótica”. De nuevo, este resultado es interesantísimo, pues muestra cómo el 2c-b tiene un perfil de efectos estimulantes y activadores que no se diferencian de la anfetamina. Si bien, de nuevo este resultado también puede ser engañoso, ya que el estudio con d-anfetamina también se hizo en un contexto de laboratorio, y es posible que en un contexto naturalista la persona esté de entrada más predispuesta a estar activado y alerta, ya que lo que pretende es divertirse, frente al contexto de laboratorio, que puede terminar resultando tedioso para el voluntario. En comparación con la ayahuasca y con la S. divinorum, el 2c-b puntuó también más alto en la subescala de “placer y sociabilidad”, y no se encontraron diferencias en las demás subescalas. De nuevo, este efecto refleja el perfil alucinógeno del 2c-b, pero con un componente de más contacto social que los alucinógenos, digamos, más clásicos. Por último, en comparación con la MDMA, el 2c-b puntuó más alto en “cambios en la percepción” y más bajo en la de “somatización ansiosa”. De nuevo, parece que el 2c-b, a pesar de comportarse de manera activante, no tiene los efectos indeseables de los psicoestimulantes más clásicos. No hubo diferencias en el resto de subescalas entre estos dos fármacos, lo cual refleja un perfil compartido, como muchos consumidores opinan.

 


[1] http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/7956749

[2] http://www.brainvitge.org/papers/riba_dad_2001.pdf

[3] http://www.adicciones.es/files/poudevida.pdf

 

 

El síndrome amotivacional por consumo de cannabis

Por Dr. Fernando Caudevilla

“Desde que comenzó a fumar marihuana, nuestro hijo se transformó en otra persona. De ser un chico dicharachero y extrovertido, pasó a ser un muchacho aislado y solitario. Su forma de vestir cambió de forma radical: los polos, pantalones de pinzas y mocasines castellanos evolucionaron a camisetas rotas de colores estridentes y sandalias; su peinado con raya a un lado, que tanto gustaba a su mamá, se transformó en unas rastas horrorosas. Ahora pasa las horas encerrado en su cuarto, escuchando música y enganchado a las redes sociales… Y, por supuesto, sólo se comunica con gente con sus pintas y de su estilo. Su carácter es indisciplinado, rebelde, contestatario, anarquista… El psicólogo del instituto nos ha dicho que, probablemente, padece un ‘síndrome amotivacional’ producido por los porros.”

Éste podría ser un caso típico de una de las complicaciones supuestamente asociadas al consumo habitual de cannabis: el ‘síndrome amotivacional’ del que tanto hablan algunos psiquiatras, psicólogos y profesionales de las drogodependencias. En todos los manuales, congresos y cursos sobre esta materia se suele hacer referencia a este problema, que es supuestamente característico de las personas que consumen cantidades elevadas de cannabis. En la mayoría de los casos, el síndrome amotivacional comienza en la adolescencia, aunque también puede aparecer en la edad adulta. Retardo psicomotor, dificultad para realizar tareas habituales, pasotismo, bajo rendimiento escolar, falta de interés por las cosas… son algunos de los síntomas asociados a esta condición. Pero ¿cuáles son las evidencias de que el síndrome amotivacional es una enfermedad real? ¿Cuál es su causa y tratamiento? ¿Podemos afirmar con seguridad que el consumo de cannabis es su causa?

En medicina, un síndrome se define como un conjunto de síntomas que caracterizan a una determinada enfermedad que tiene una causa específica. Ambas condiciones (el conjunto que forman los síntomas y la causa definida) deben describirse de forma detallada e inequívoca para poder hablar con propiedad de un “síndrome” con entidad propia. Por ejemplo, el “Síndrome de Down” se caracteriza por una serie de alteraciones morfológicas, cardiológicas y neurológicas producidas por una repetición del cromosoma 21 en el organismo. O el “Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida” (SIDA) consiste en un conjunto de enfermedades inmunológicas bien definidas que están provocadas por la infección por el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH).

El primer problema con el que nos encontramos a la hora de definir el síndrome amotivacional es la imposibilidad de encontrar unos criterios claros respecto a qué nos referimos. Citemos unos sencillos ejemplos médicos para aclararlo. En las enfermedades o síndromes con síntomas físicos medibles existen parámetros objetivos. Un paciente con niveles de glucosa en sangre repetidamente mayores de 120 mg/dl será diagnosticado como ‘diabético’ por cualquier profesional. Para las enfermedades de tipo psicológico o psiquiátrico esto puede ser algo más complicado, aunque también existen criterios que permiten distinguir lo sano de lo enfermo y evaluar su intensidad. Por ejemplo, para la depresión se utilizan escalas o tests (Beck Depression Inventory/BDI, o la Escala de Hamilton) que se consideran válidos de forma internacional para diagnosticar esta enfermedad. Lo mismo podríamos decir de la esquizofrenia, el trastorno maníaco-depresivo, el trastorno obsesivo-compulsivo o los flashbacks producidos por alucinógenos. En todas estas circunstancias existen herramientas que los médicos y psicólogos consideran válidas para caracterizar esa enfermedad.

En el caso del ‘síndrome amotivacional por cannabis’, esto no es así. De hecho, esta entidad no está reconocida en ninguna de las clasificaciones de enfermedades mentales de uso habitual. El CIE y el DSM son los dos manuales de codificación de enfermedades mentales reconocidos a nivel internacional, y ninguno de ellos hace referencia a los criterios que se deberían cumplir para afirmar que se padece esta condición. Al no existir un consenso admitido por la comunidad científica para definir qué es el síndrome amotivacional, cada profesional puede interpretar lo que a él le parezca y se puedan leer cosas de este tipo:

“El uso crónico de marihuana se ha asociado con una entidad denominada ‘síndrome amotivacional’, caracterizado por apatía, pérdida de eficacia en el desarrollo de trabajos complejos, frustración fácil, pobre concentración y sobreestimación de la propia productividad. Tales pacientes suelen tender a ser menos compatibles con familiares y amigos, desarrollar una conducta menos religiosa, más independiente, menos involucrados en instituciones convencionales, más problemáticos en sus reglas y costumbres sociales, tienen mayor tolerancia hacia las conductas desviadas y se ven envueltos con más frecuencia en acciones, cuando menos, problemáticas”

Si el lector aún no se ha recuperado del ataque de risa (o de indignación, si es más susceptible) le invitamos a tomar aire antes de revelar su procedencia. Se trata del capítulo sobre cannabis del Manual de Drogodependencias de la Agencia Antidroga de la Comunidad de Madrid, en su edición del año 2002 (reeditado en el 2005). Lo de la “conducta menos religiosa” parece que está claro, pero no sabemos a qué se refiere el autor con la “tolerancia hacia las conductas desviadas” y las “acciones problemáticas”. ¿Será que los fumadores de cannabis no defraudan a Hacienda como el resto de los mortales? ¿O que no se alegran cuando ‘La Roja’ gana un partido? ¿O que no van los domingos a los centros comerciales? Bromas aparte, el ejemplo nos sirve para valorar el nivel científico de muchos supuestos profesionales que trabajan en el ámbito de las drogas, así como su afán por presentar como ciencia sus prejuicios y postulados de tipo moral.

La falta de criterios uniformes es la primera dificultad para abordar el síndrome amotivacional desde una perspectiva científica, pero no es la única. En medicina, todas las enfermedades deben poder describirse desde un punto de vista molecular, celular, orgánico y funcional. Es lo que se conoce como ‘fisiopatología’: la descripción ordenada de los mecanismos por los que se produce una determinada enfermedad, y que constituye la base científica de las ciencias médicas. Volviendo al ejemplo del SIDA, sabemos que se trata de un retrovirus que se transmite por unas vías determinadas, y que infecta a las células defensoras del organismo inutilizándolas y facilitando la aparición de distintas enfermedades. Sólo comprendiendo cómo se produce una determinada enfermedad es posible encontrar formas de diagnóstico y tratamiento. Pues bien, como el lector ya habrá podido imaginar, la fisiopatología del síndrome amotivacional es desconocida. No existen datos científicos sobre cómo los cannabinoides podrían afectar de forma selectiva sobre los mecanismos cerebrales que producen la ‘motivación’, aparte de unas pocas hipótesis sin ninguna comprobación objetiva. De hecho, es llamativa la falta de datos objetivos y estudios o investigaciones, sobre todo teniendo en cuenta la frecuencia con que los profesionales hacen referencia a esta supuesta enfermedad.

MedLINE es la base de datos médica más importante, donde se almacenan todos los artículos de investigación científica reconocida de forma internacional. Si hacemos una búsqueda con los términos “cannabis + psicosis” o “cannabis + memoria” (por hacer referencia a dos de las cuestiones más controvertidas sobre esta sustancia), obtenemos 993 y 467 artículos científicos, respectivamente, en los que podremos encontrar una gran cantidad de estudios de investigación desde cultivos celulares hasta experimentos en animales e investigaciones en humanos. La cantidad de datos sobre estas dos condiciones permite a los profesionales poder abordar estas cuestiones desde un punto de vista racional. Sin embargo, el número de referencias sobre el síndrome amotivacional que encontramos en MedLINE es de 21. La mitad de ellas son anteriores a 1980, y en su mayoría se trata de editoriales, revisiones o discusiones de expertos.

Existen unos pocos estudios en poblaciones escolares o universitarias que se hicieron a mediados de los años 70 (McGlothin,1968; Kolansky, 1971; Brill, 1974), pero su metodología es muy poco rigurosa y parecen destinados a corroborar las creencias preestablecidas de los investigadores. En este tipo de estudios, los autores parecen confundir el efecto de grandes dosis de cannabinoides sobre la memoria con ese concepto difuso llamado ‘motivación’. Más recientemente, otros autores han mostrado que el uso de cannabis está asociado a peores resultados escolares, absentismo y actitudes negativa hacia la escuela, aunque también señalan que estos resultados se explican mejor por el contexto social desfavorable del entorno donde se realizaron, que por un efecto directo de la sustancia (Lynskey 2000, Fergusson 2003). Otros estudios, sin embargo, no han encontrado esta relación entre el cannabis y el fracaso escolar (Hochman 1973), y en algunos casos los fumadores presentaban resultados ligeramente mejores que los no fumadores (Goode, 1971; Gergen 1972). Por otra parte, otro tipo de estudios pone en duda el supuesto vínculo entre cannabis y motivación. Una encuesta en más de 8000 trabajadores no encontró diferencias de productividad entre consumidores y no consumidores de cannabis, e incluso señalaba que algunos consumidores frecuentes tendían a tener salarios más elevados que los no usuarios (Kaestner, 1984). Los fumadores de marihuana tampoco son más frecuentemente despedidos de sus trabajos que los no fumadores (Parish, 1989; Normand, 1990), según otras investigaciones.

Así pues, no parece que existan más pruebas sobre la relación entre el síndrome amotivacional y el cannabis que las que existen sobre el hecho de que Elvis pudiera fingir su muerte porque estaba harto de ser famoso, y que sobrevive en Las Vegas participando en concursos de imitadores de sí mismo. Pero alguna base debe haber para que esta discusión haya persistido durante tantas décadas. La relación parte probablemente de la observación de que algunos consumidores de cannabis experimentan cambios en su carácter a lo largo del tiempo. En muchas ocasiones, el inicio del consumo de cannabis coincide en el tiempo con la edad adolescente, condición que comparte muchas características (introversión, inconformismo, cambios en el carácter y en las relaciones sociales…) con las del ‘síndrome amotivacional’.

Finalmente, tenemos que considerar que el cannabis, sobre todo con frecuencias de consumo elevadas o frecuentes, y/o en personas susceptibles, sí puede producir algunos efectos de tipo neurocognitivo, sobre todo en lo relativo a la memoria. Tampoco debemos perder de vista que existen personas que establecen relaciones patológicas con las sustancias, y el cannabis no es una excepción. Pero nada de esto tiene que ver con el síndrome amotivacional que, desde un punto de vista científico, está más cerca del mito que de la realidad.

 

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