Dime qué comes y te diré quién eres

Reconocida por la Organización Mundial de la Salud por su eficacia, simpleza y práctica milenaria, en épocas donde las noches son más largas que los días, nos ponemos al resguardo de la tradicional medicina Ayurvédica.

Por Dra. Andrea Cinthya Mindlin

Las noches se alargan. El abrasador calor del sol empieza a hacerse desear, las hojas de los árboles se caen y todo parece volverse más gris. Si bien es cierto que el paisaje es solo un estado de ánimo, hay que tener un cierto espíritu para pasar el implacable invierno.

Es esa época del año en que lo más reparador es quedarse al resguardo de un cálido hogar, fumando un canutillo y, por qué no, acompañado de una rica copa de vino, y si es con alguien que nos eleve la temperatura corporal, tanto mejor.

Pero, aunque el único deseo sea hibernar, como lo hacen algunas especies animales, la cruda realidad capitalista nos obliga a enfrentar las inclemencias climáticas.

Más allá de los condicionamientos personales y sociales, hay cosas que se pueden hacer, hábitos que se pueden cambiar, y tal vez aprendamos nuevas formas de cuidados para sortear con hidalguía y placer las inclemencias del tiempo.

En Occidente, donde lo que predomina es la cultura del fast, desde el fast food, hasta el fast health, donde el cuidado de la salud es rápidamente emparchado con alguna pastillita -eso sí, con receta-, es sorprendente ver cómo señoras con algunos muchos o pocos saludables kilitos de más tienen una piel fina y tersa gracias a la Mac-grasa que ingieren.

Por suerte, existe un contrapunto geográfico y cultural: Oriente, donde se pueden observar señoras, en esos climas nada amigables, cuyos cuerpos caben holgadamente en un asiento de colectivo y sus pieles lucen una tersura tal que es imposible adivinar la edad que acusan.

 Evidentemente, el factor de la alimentación es decisivo a la hora de preservar la piel, y particularmente en invierno lo que ingerimos cobra más importancia.

Al órgano mas extenso del cuerpo, la piel, se la debe cuidar y proteger por fuera y nutrir por dentro.

Cada vez con más frecuencia, vemos que aparecen nuevas teorías de alimentación desde la new age, veganismo, raw food (comer comidas que no son sometidas a ningún tipo de cocción), slow food (lo contrario del fast food). La filosofía común entre todas estas corrientes es que la alimentación debe nutrir, curar y balancear.

 Pero nada más sabio que ir a las fuentes de todas estas teorías; por ejemplo, la medicina ayurvédica, (ayur: vida, y veda: conocimiento). Básicamente es una filosofía de cuidado de la salud.

La forma de alimentarse también es de una extensa sabiduría y denota un gran conocimiento del ser humano, como se evidencia en la medicina ayurvédica. Quién no se ha preguntado por qué, después de una gran comilona, algunos terminan desahuciados y otros están listos para seguir la parranda. Parece que hay determinados tipos de comidas para determinados tipos de caracteres de las personas. Es una concepción holística de la medicina, lejos de ese concepto capitalista y judeo-cristiano de la enfermedad.

Todo mal que aqueja a una persona es producto de un desequilibrio que puede ser emocional, psíquico, físico, o con el medio ambiente.

Trinidades

Como todo, el ayurveda tiene su base de convenciones. Se clasificarán en tres tipos físicos o energéticos puros y sus posibles combinaciones. Estos sistemas de energía o metabólicos, que el Ayurveda llama doshas, son formas en que la energía actúa en una persona, dando una contextura física, una forma de digestión, de circulación, etc.: prana o aliento de vida, agni o el espíritu de luz o fuego, y soma, manifestación de armonía y amor.

Estos doshas o tipos energéticos, cuando se combinan con los cinco elementos de la naturaleza: agua, aire, tierra, fuego y el éter, van a dar los tres tipos de humor: vatta, pitta y kapha.

Los individuos generalmente son preponderantemente de un tipo de humor en particular. Un desequilibrio entre estos tres tipos de humor es lo que para la medicina ayurvédica provoca la enfermedad.

 Hay una correlación física y de carácter para cada uno de estos tres tipos.

Vatta: es el que provoca el movimiento. Habitualmente corresponde a personas delgadas, de cabellos lacios o poco enrulados. Tienen tendencia a la ansiedad, al nerviosismo, con problemas de piel y de digestión, especialmente intestinales.
Pitta: robustos, rubicundos, musculosos, más relacionados con enfermedades cardiacas, úlceras, "todas aquellas que revelan un problema en el manejo del poder".
Kapha: tendencia a la obesidad y sobrepeso, en apariencia tranquilos, pasivos, lentos. Sus enfermedades son las metabólicas y endocrinológicas, asma, etc.

Como cada pueblo tiene su sabiduría y sus sabios, el médico, rabino y teólogo, Maimónides, ya en el 1100 legó un escrito un compendio de salud donde vuelca exactamente los mismos preceptos que sustentan la medicina ayurvédica y donde el desbalance de los humores se va a producir por una digestión incorrecta. Una correcta alimentación, sana, natural y principalmente basada en vegetales y frutas, será el fundamento para vivir saludablemente.

Lo interesante de esta filosofía de vida es que no solo la alimentación acorde con el humor sanará a quien cumpla con estos preceptos, sino que el cuerpo es un todo de energía, interconectada. El correcto balance de energía es lo que mantendrá o restaurará un estado saludable.

 Picaportes… pero de energía

Los chakras son puntos energéticos localizados hipotéticamente en el cuerpo. Son siete, y están ubicados desde el ano, a lo largo de toda la toda la columna vertebral, hasta el séptimo, ubicado en el tope de la cabeza.

 Para la filosofía ayurvédica, los chakras son como válvulas, las cuales abren o cierran un estado psíquico y emocional, estable. Consecuentemente, una buena salud corporal requiere que todos los chakras estén abiertos. Cuando alguno de los chakras está cerrado, es cuando va a aparecer una dificultad emocional o física, ya que la energía de nuestro cuerpo no estará fluyendo libremente.

Se trabó el picaporte…

La mejor manera de hacer fluir la energía es a través de unas sabias manos que, utilizando aceites esenciales, masajeen estos puntos energéticos, los chakras.

¿Me lo unto o me lo fumo?

Nuestro elixir oleoso, el aceite de cannabis sativa, va a energizar fundamentalmente el sexto y primer chakra, relacionados con el útero o la glándula prostática y con la percepción extrasensorial, respectivamente. El sexto chakra, por su ubicación entre los dos ojos, se denomina “tercer ojo”. En la filosofía ayurvédica, la idea es que se interconecte energéticamente el primer y el sexto chacra para lograr una armonía sexual, mental y emocional.

Para cada ojal, su botón

 La piel en el invierno necesita tantos o más cuidados que en verano. Hidratar la piel con un buen aceite es fundamental. Siguiendo los consejos de la madre de todas las curaciones, la ayurveda, untarse la cara y las manos, que son las partes del cuerpo que están expuestas cuando llega el frío, es de vital importancia.

 El aceite de cannabis es un muy buen emoliente (aporta elasticidad a la dermis), y combina muy bien para los tres tipos de humores, justamente por tener intervención en el primer y sexto chakra.

Consumir aceites también va a proteger del frío. Se necesita nutrir las capas lipídicas de la dermis e hipodermis (capa inmediatamente inferior), que es la que contiene los sensores del frío. En especial, el aceite de cannabis sativa, por su alto aporte de omega3 y omega6.

Una mezcla, a partes iguales, de aceite de cannabis y de aceite de germen de trigo, es especial para cocinar los alimentos, porque la combinación hace que aumente el punto de ebullición del aceite de cannabis, y por su gran aporte de vitamina E. que evita que nuestro bienhechor aceite de cannabis se oxide y pierda sus propiedades nutricionales. De todas maneras, lo aconsejable es hacer la cocción sobre una plancha de amianto, para evitar que sobrepase una temperatura mayor a los 60°C.

El frío cambia el humor

El viento y el frío también tienen el efecto de aumentar Vatta. Esto es más fácil de comprender si se recuerda que Vatta tiene las características principales de seco, frío, ligero e irregular. Por esta razón, las siguientes medidas de reducción de Vatta se recomiendan especialmente en invierno.

En la medida de lo posible, hay que tomar comidas calientes y nutritivas (guisos, pastas, postres), productos lácteos (nata, arroz con leche), frutos secos (almendras, nueces), frutas secas en remojo (dátiles, pasas, higos).

Reducir el consumo de alimentos crudos, ensaladas, tubérculos como repollo, coliflor, brócoli, etc., y de alimentos secos como la avena cruda.

Tomar mucha agua caliente en forma de té, para hidratarse de adentro hacia fuera, también disminuirá el Vatta.

A mimarse

¿Quién puede discutir que los masajes son mimos para el cuerpo?

Para la medicina ayurvédica son más que eso; son uno de los componentes para mantenerse saludable.

Los seres humanos necesitamos tocar y ser tocados. Los individuos privados de contacto físico son inseguros, inestables y más propensos a contraer enfermedades.

Con técnicas especiales y aceites esenciales para cada humor, los masajes van a abrir los chakras para que fluya libremente la energía corporal y se restablezca el balance energético, en una situación de no-salud.

Los tipos Vatta tienden a pasar frío fácilmente, tienen una energía variable, y sufren de emociones como el miedo, nerviosismo y ansiedad, y por eso, se benefician mucho de un masaje de aceite de sésamo caliente. El masaje de aceite debe darse lentamente, con menos presión que la normal, ya que la gente Vatta es delicada en su estructura ósea, y tienden a ser más sensibles emocionalmente.

El masaje no sólo es una práctica para controlar el Vatta, sino que también tiene efecto sobre la mente. Los masajes terapéuticos no son los que generalmente nos damos cuando se está corriendo todo el día y para relajarse, y nos tiramos agotados en una camilla, pretendiendo que el masaje nos deje como nuevos. Se requiere de toda una preparación tanto del que da como del que recibe. Es casi una ceremonia de entrega.

 Los masajes terapéuticos se deben dar preferentemente por la mañana, en ayunas, con el estomago vacío, y darse una ducha previa, sin joyas y sin ropa.

Cosmética de adentro hacia fuera

Para la filosofía ayurvédica, la piel, al ser el órgano que recubre todo el cuerpo, tiene influencia sobre los tres tipos de humores. Un masaje con aceite elimina la suciedad de la piel colaborando indirectamente con la acción de los pulmones, del intestino grueso y de los riñones. La circulación de la sangre mejora y facilita la exfoliación de las células cutáneas superficiales muertas, tonifica la piel y contribuye al proceso de rejuvenecimiento de la misma, ayudándole a mantener su elasticidad y fuerza.

 Obviamente, para el cuidado de la piel también se recomiendan masajes. El humor también esta estrechamente relacionado con los tipos de pieles, y hay aceites que favorecerán más a unas dermis que a otra.

Para pieles Vatta: (personas con tendencia melancólica) la mezcla ideal es:

Aceite de palta,

Sésamo

Aceite de flores de jazmín

Aceite de Cannabis Sativa

Aceite de almendras dulces

Sándalo.

 

Para pieles Pitta (personas del tipo coléricas):

Caléndula

Aceites de flores de jazmín

Lavanda

Aceite de Girasol

Aceite de Aloe Vera

Aceite de coco.

Para pieles Kapha (personas del tipo flemáticas):

Papaya

Lemongrass

Jojoba

Cassia

Aceite de avellana

Aceite de semillas de uva.

Por algo se empieza

Si bien la medicina ayurvédica es un estilo de vida milenario que requiere un amplio estudio del tema, hay algunas recetas que podemos empezar a aplicar, al menos en la cara, fácil y divertida para empezar, por lo menos para familiarizarnos con los ingredientes de esta sabia y profunda manera de encarar el mundo.

Mezclar 1 cucharada sopera de leche en polvo, 1 cucharada sopera de miel, 1 cucharada de jugo de limón y ½ cucharada sopera de aceite de almendras. Aplicar en la cara y lavar después de 10-15 minutos.

 

Medir lo subjetivo o cómo evaluar los efectos psicológicos de una droga

Por José Carlos Bouso

El principal problema al que se enfrenta el estudio de los efectos de las drogas sobre el ser humano es el de evaluar los efectos psicológicos que producen. La investigación farmacológica tiene métodos muy sofisticados para, por una parte, estudiar qué es lo que hace una droga concreta al organismo, lo que técnicamente se conoce por farmacodinamia; también para, por otra, estudiar qué es lo que le hace el organismo a la droga, o farmacocinética. Los métodos para medir la experiencia psicológica son más problemáticos, sobre todo para el caso de sustancias de perfil psiquedélico y entactógeno. Este tipo de fármacos se caracteriza por ser escurridizo a la descripción verbal de los efectos. La ciencia psicofarmacológica ha diseñado tres tipos de estrategias para evaluar los efectos psicológicos de las drogas. Este artículo describe el primero de estos métodos, lo que se conoce como Escalas Analógico Visuales (EAVs). El siguiente artículo (que saldrá dos meses después de este) explicará el segundo de los métodos, las escalas de autoinforme. Y el tercero (habrá que esperar dos meses más) repasará otras estrategias, como estudiar las reacciones a la presentación de estímulos con contenido emocional y métodos relacionados.

Efectos de las drogas sobre el organismo y forma de medirlos

Las drogas producen una serie de efectos sobre el organismo que son muy interesantes de estudiar. En general, las drogas englobadas en las mismas categorías farmacológicas producen un patrón similar de efectos sobre todos esos parámetros fisiológicos. Así, por ejemplo, los psicoestimulantes suelen incrementar la tensión arterial y el ritmo cardíaco, aumentar el diámetro pupilar, reducir el cansancio o mejorar el rendimiento psicomotor. Para la mayoría de variables de orden fisiológico se dispone de instrumentos muy útiles y precisos para medirlas, así como de métodos analíticos sofisticados (para analizar, hormonas o células inmunitarias).

También se dispone de métodos precisos para estudiar qué le hace el organismo a una droga, esto es, cómo la destruye, el tiempo que tardan en excretarse el principio activo y sus metabolitos.

También se dispone de métodos sofisticados para evaluar efectos más psicofisiológicos. Por ejemplo, se puede medir el efecto de una droga sobre el electroencefalograma (EEG), o utilizar otras medidas psicofisiológicas, como los potenciales evocados (PEs). Por último, las modernas técnicas de neuroimagen también permiten mirar qué áreas concretas del cerebro se están poniendo en marcha cuando se está bajo los efectos de una determinada droga, o sobre qué receptores cerebrales actúa.

Mediciones objetivas en estudios con ayahuasca

Todas estas mediciones no solo sirven para caracterizar los efectos concretos de una droga; también sirven para poder encuadrarlas dentro de categorías farmacológicas concretas, y también para poder definir características diferenciales entre ellas. Por ejemplo, en una serie de estudios farmacológicos desarrollados con ayahuasca en el Centro de Investigación de Medicamentos del Hospital de Sant Pau, en Barcelona, se observó que la ayahuasca, administrada a voluntarios sanos y con experiencia previa en el consumo de alucinógenos, producía efectos que de alguna manera se parecían a los de los psicoestimulantes. Por ejemplo, en algunas escalas de efectos subjetivos (que explicaremos más adelante) producía activación, incrementaba ligeramente la presión arterial y aumentaba el diámetro pupilar, algo que hacen normalmente los psicoestimulantes. Sin embargo, para cualquier psiconauta, es obvio que los efectos subjetivos de los psicoestimulantes son muy diferentes a los de los alucinógenos. Pero hay que pensar que la comunidad científica no necesariamente tiene por qué ser psiconáutica, por lo que es necesario poder caracterizar los efectos de las drogas de tal forma que puedan ser comprensibles por aquellos que, por lo que sea, no quieren o no tienen necesidad de tomarlas, sino que simplemente están interesados en sus efectos objetivos.

Este grupo de investigación lo que hizo entonces fue, en un estudio a doble ciego y controlado con placebo, administrar a un grupo de voluntarios, de manera aleatoria, un día placebo, otro ayahuasca y otro d-anfetamina, y compararon los efectos de estos tres fármacos (el placebo es un fármaco igualmente, si bien no bioactivo) sobre una serie de variables fisiológicas y psicofisiológicas. Una de estas pruebas psicofisiológicas fue el EEG. Lo que se encontró fue que había una diferencia en el espectro del EEG de tal forma que había un efecto específico para la ayahuasca sobre lo que se conoce como ondas beta, ondas relacionadas con estados de alerta y activación. Sorprendentemente, la anfetamina, un psicoestimulante clásico, no se diferenció del placebo en esta variable. Luego se concluyó que hay un efecto activante del sistema nervioso que es específico para los alucinógenos y que es diferencial respecto al que producen los psicoestimulantes (1). Si bien uno puede pensar que este no es un gran hallazgo, lo cierto es que -desde un punto de vista estrictamente farmacológico- poder observar los efectos objetivos que produce una droga, y además encontrar un efecto diferenciador de esa droga con relación a otra, por poco explicativo que este hecho pueda ser, ya es mucho. Quizás no se puedan realizar especulaciones adornadas de conceptos, medio esotéricos y medio científicos, que permitan explicar cualquier fenómeno psicológico asociado con este efecto diferencial encontrado entre la ayahuasca y la d-anfetamina sobre el EEG. Aun así, se trata de pequeños avances que permiten comprender mejor los efectos sobre el cerebro de los psiquedélicos, aunque sean avances tan modestos como una simple respuesta diferencial en una banda concreta del EEG.

En fin, ejemplos como este hay muchos, y si se tercia ya los iré describiendo en sucesivas entregas de esta serie. El problema principal de todos los estudios con drogas psicoactivas no es tanto la medición de variables objetivas, como el análisis del EEG, la determinación de hormonas o la de parámetros cardiovasculares. El problema principal, al menos para los interesados en los efectos psicológicos de las drogas, es, precisamente ese: ¿cómo podemos medir lo que una persona está experimentando bajo los efectos de una droga? Esta pregunta se hace radicalmente difícil de responder cuando nos interesan drogas con efectos subjetivos tan espectaculares, y tan poco dados a la descripción verbal como son los de las drogas alucinógenas.

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Cómo medir los efectos subjetivo-cualitativos de una droga

El principal problema que nos encontramos a la hora de evaluar los efectos subjetivos de una droga es el de cuándo preguntar por los efectos. Cuando se está bajo los efectos de un alucinógeno, las palabras pueden, desde no tener el significado que le damos en los estados ordinarios de conciencia, hasta perder cualquier tipo de significado. Pero el lenguaje es lo único de lo que se dispone para que las personas nos cuenten cómo fue la experiencia por la que atravesaron, así que, finalmente, en investigación, básicamente se hacen dos cosas: una, hacer que los voluntarios respondan a preguntas sencillas y fácilmente comprensibles mientras están bajo los efectos; y dos, una vez que los efectos han desaparecido y los voluntarios pueden interaccionar normalmente con el entorno, hacerles que respondan a cuestionarios estructurados. Una tercera opción es mirar su respuesta a la presentación de estímulos que provocan respuestas psicológicas. Para la primera estrategia se utilizan lo que se conoce como Escalas Analógicas Visuales (EAVs).

Las EAVs son listas de adjetivos que los voluntarios tienen que puntuar de acuerdo a lo que están experimentando. Al lado de cada adjetivo se presenta una raya de 100 mm en la que en un extremo aparece la palabra “en absoluto” y en el otro “extremadamente”. Cada cierto tiempo se le presenta a los sujetos la lista de adjetivos, para que marquen en la línea lo más cerca o lejos de cada extremo que se encuentran en un momento determinado. Esta lista de adjetivos se pasa cada cierto tiempo con el objetivo de estudiar el curso temporal de los efectos.

En el Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM), situado también en Barcelona, se viene estudiando desde hace más de 10 años la farmacología de la MDMA (“éxtasis”) en voluntarios sanos a los que se administra el fármaco. En uno de los primeros estudios de este grupo de investigación, para caracterizar los efectos subjetivos de la MDMA, aparte de escalas de autoinforme (de las que, como se ha dicho, me ocuparé en el siguiente artículo de esta sección) se utilizaron EAVs. A un grupo de voluntarios se le administró en forma de doble ciego 75 mg de MDMA, 100 mg de MDMA, 40 mg de anfetamina y un placebo. Cada sesión estaba separada por una semana de intervalo y cada uno de los voluntarios recibió la secuencia del tratamiento de forma aleatoria. Para este estudio concreto se eligió una lista de 28 adjetivos: “estimulado”, “colocado”, “ningún efecto”, “buenos efectos”, “efectos negativos”, “me gusta el fármaco”, “borracho”, “somnolencia”, “activo”, “pasivo”, “nervioso”, “tranquilo”,”concentrado”, “rendimiento”, “cambios en las distancias”, “cambios en los colores”, “cambios en las formas”, “cambios en las luces”, “alucinaciones - ver luces o manchas”, “cambios en la audición”, “alucinaciones - escuchar sonidos o voces”, “mareado”, “alucinaciones - ver animales, cosas, insectos, o personas”, “confusión”, “miedo”, “depresión o tristeza”, “sensación del cuerpo diferente, cambiada o irreal”, y “lo de alrededor me parece diferente o irreal”. Esta lista de adjetivos se pasó a los 15, 30, 45, 60 y 90 minutos tras la administración de cada uno de los fármacos, y a las 2, 3, 4, 6, 8, 10 y 24 horas postingesta.

Como resultados generales, se observó que los efectos subjetivos para la MDMA alcanzaban su máxima intensidad entre los 90 minutos y las 2 horas, y que se volvía a la normalidad hacia las 4 horas. La dosis de 125 mg de MDMA y la de 40 mg de anfetamina se diferenciaron del placebo en el adjetivo “estimulado”, si bien no la dosis de 75 mg. En “estimulado” no hubo diferencias entre los 3 tratamientos activos ni entre la dosis de 75 mg y la anfetamina. Solo la dosis de 125 mg de MDMA se diferenció del placebo en “colocado”, y también la sensación de “colocón” fue mayor para la dosis de 125 mg de MDMA que para la anfetamina. Idénticos efectos se encontraron para el adjetivo “buenos efectos”, siendo por tanto la dosis de 125 de MDMA el tratamiento subjetivamente mejor tolerado. De hecho, solo la dosis de 125 mg de MDMA se diferenció del placebo en “me gusta el fármaco”, y además también la dosis de 125 mg de MDMA gustó más a los voluntarios que la dosis de 75 mg y la de 40 mg de anfetamina. Para esta misma variable, la dosis de 75 mg de MDMA y la de anfetamina gustaron igual. Solo la dosis de 125 mg de MDMA produjo “cambios en las sombras”, “cambios en las luces”, o “cambios en la audición” y “confusión” con relación al placebo, diferenciándose además de la dosis de 75 mg de MDMA y de anfetamina en “cambios en las sombras” y en “cambios en las luces”. En el resto de estos últimos adjetivos mencionados no hubo diferencia entre la dosis de 125 y la de 75 mg, pero sí entre la dosis de 125 mg y la anfetamina, no habiendo diferencias entre la dosis de 75 mg y la de anfetamina. Las dos dosis de MDMA se diferenciaron de placebo en “sensación del cuerpo diferente, cambiada o irreal”, no habiendo diferencias entre ellas, pero sí entre la dosis de 125 y la de anfetamina, siendo mayor para la primera. Ningún tratamiento produjo alteraciones en “lo de alrededor me parece diferente o irreal”, lo cual indica que son fármacos que subjetivamente no tienen potencial psicotomimético, al menos administradas de manera aguda en condiciones de laboratorio (2).

En los próximos dos artículos pondremos algunos ejemplos más de estudios en los que se han evaluado EAVs y se expondrá en profundidad también la forma de evaluar efectos subjetivos más complejos, medidos por lo que se conoce como instrumentos de autoinforme.

Referencias:

  1. http://www.maps.org/w3pb/new/2011/2011_Dos_23196_1.pdf
  2. http://www.maps.org/w3pb/new/2000/2000_cami_496_1.pdf

 

Hipotensión ortostática: el amarillo cannábico

En el mundo sanitario, al hablar sobre los riesgos de las drogas suele presentarse una ensalada de efectos adversos y efectos tóxicos, sin tener en cuenta su frecuencia o gravedad. En este número de la serie sobre cannabis y salud abordaremos uno de los riesgos más frecuentes. Aunque los cuadros de hipotensión no suelen revestir gravedad, conviene saber qué hay que hacer y que no, así como diferenciarlos de otras posibles situaciones más peligrosas.

Por Dr. Fernando Caudevilla

Un grupo de adolescentes ha quedado en casa de un amigo para escuchar música. La tarde transcurre plácidamente, entre conversaciones insustanciales, risas flojas y la sensación de relajación y placidez inducida por los porros de hachís que uno de ellos ha preparado. Lourdes, que no es fumadora habitual como el resto de sus amigos, se lo estaba pasando muy bien hasta que, sin venir a cuento, ha empezado a sentir un zumbido de oídos que en cuestión de pocos segundos se ha ido haciendo notablemente molesto. Mantiene la calma pensando que se trata de un efecto pasajero, pero cuando nota que el zumbido se desplaza desde sus oídos hacia la nuca primero, y el resto de la cabeza después, impidiéndole pensar, empieza a ponerse nerviosa. No sabe si es por sus nervios, pero comienza a sentir el latido del corazón a toda máquina, primero en el pecho y luego en la cabeza. Siente mucho frío y se pone a sudar, aunque estamos en el mes de julio y hace treinta grados a la sombra. De repente, todo se vuelve negro. Cuando abre los ojos, lo primero que ve son las caras de sus amigos. Al parecer, se ha desmayado. En pocos minutos se encuentra bien, aunque el susto ha sido bastante gordo y le quitará las ganas de fumar para una buena temporada.

                El ejemplo anterior pretende ilustrar una de las complicaciones más frecuentes asociadas al uso de cannabis. Chungo, amarillo, chino, blanca, pálida, pájara, blancazo… son algunos de los nombres con los que se conoce esta incómoda situación a la que casi todos los usuarios de cannabis se han visto expuestos alguna vez en su vida. El hecho de que se trata de un accidente pasajero que pocas veces da lugar a consecuencias graves hace que la mayoría de los usuarios lo considere un inconveniente inevitable que sucede de forma ocasional y al que no hay que prestar más importancia. Desde luego, suele tratarse de mareos o desmayos leves, sin trascendencia posterior, pero desde una perspectiva de reducción de riesgos vamos a dedicar este artículo a explicar qué es, qué hacer, qué no hacer, y cuándo debemos buscar ayuda ante este tipo de situaciones.

                En general, el mareo y el síncope pueden estar provocados por muchas causas diferentes: desde un problema neurológico hasta un desequilibrio del oído interno, pasando por problemas metabólicos, hormonales, cardiológicos o psiquiátricos. No es nuestra intención hacer un repaso diagnóstico de todas las posibles causas y características de los mareos (somos conscientes de que esta es una revista sobre cannabis, y no un manual de Medicina Interna), pero sí tenemos que hacer mención a la idea de los bajones de azúcar (técnicamente, hipoglucemias). Muchas personas piensan que ésta es la causa del chungo cannábico, aunque enseguida veremos que esto no es así.

                La glucosa es la fuente principal de las neuronas del sistema nervioso central. En condiciones de estrés, otros tejidos del organismo se las pueden arreglar para mantener sus funciones utilizando otros combustibles, pero el cerebro es muy sensible a la falta de glucosa. En algunas circunstancias (ejercicio físico intenso, ayuno prolongado, dosis elevadas de insulina en diabéticos…) los niveles de glucosa pueden caer rápidamente en la sangre y el cerebro será el primer órgano afectado. En la mayoría de los casos, las primeras manifestaciones externas de la falta de glucosa son mareo, sudoración, taquicardia, desmayo… El aspecto externo del mareo por hipoglucemia puede ser muy parecido al que produce el cannabis. Como aquel, suele recuperarse en pocos segundos, y por este motivo muchos consumidores piensan que la causa del amarillo cannábico es “un bajón de azúcar”.

                Pero esta creencia es falsa. Y no se trata de una cuestión técnica o teórica, sino que tiene consecuencias en el manejo del mareo por cannabis. SI no hay disminución de los niveles de glucosa en sangre, no tiene sentido dar una bebida azucarada, ni mucho menos meter un caramelo en la boca, a alguien que tiene un bajo nivel de conciencia y que, por este motivo, podría tener los reflejos respiratorios alterados y atragantarse con fatales consecuencias. Afortunadamente, en la mayoría de los casos esto no sucede, y la experiencia muestra que después de dar algo de beber o de comer a alguien que ha sufrido un amarillo, éste se recupera. Pero recordemos que el hecho de que dos cosas sucedan una detrás de otra no implica que una sea la causa de la otra, y ya que el bajón por cannabis dura unos pocos minutos, la persona se recuperará independientemente de que le hayamos dado o no algo de comer.

No existe ninguna prueba de que el cannabis produzca alteraciones significativas en las concentraciones de glucosa en sangre. Los experimentos con animales en laboratorios, y en voluntarios sanos a los que se administra cannabis para conocer sus efectos, no han demostrado esta alteración. Por otra parte, el THC sintético y una mezcla de cannabinoides para administración sublingual están patentados como fármacos, y la ficha técnica de ninguno de los dos productos hace referencia a la hipoglucemia como posible efecto adverso, ni advierte sobre precaución alguna en este sentido.

Tampoco parecen tener fundamento científico algunas recomendaciones sobre el uso de la aspirina para contrarrestar este efecto no deseado del cannabis del cannabis. En algunas páginas y blogs se sugiere el uso de este fármaco como remedio para este tipo de situaciones, basándose en una supuesta interacción entre el ácido acetilsalicílico y el cannabis. La página web del Colegio de Médicos de Barcelona (http://www.farmaceuticonline.com/es/el-medicamento/607-cannabis) explica que “los antiinflamatorios como la indometacina y el ácido acetilsalicílico reducen los efectos del THC”, aunque esta interacción no está recogida en las bases de datos sobre interacciones farmacológicas más relevantes. El hecho de que se haya descrito una interacción teórica no implica que tenga efectos biológicos, ni que una aspirina elimine los efectos de un porro. Además, hay que tener en cuenta que la aspirina tiene sus propios riesgos (puede producir una reacción alérgica, está contraindicada en asmáticos y en personas con patología de estómago). La evolución natural del amarillo cannábico es a resolverse en pocos minutos, por lo que la administración de cualquier fármaco por vía oral para combatirlo no está indicada en ningún caso. A modo de curiosidad, señalaremos que en un ensayo clínico se demostró que el rimonabant (un antagonista de los receptores CB-1) sí es eficaz para evitar este tipo de situaciones. Pero se trata de un fármaco experimental que, a los pocos meses de ser comercializado en el tratamiento de la obesidad, se retiró porque inducía cuadros depresivos graves con riesgo de suicidio.

                En realidad, la causa física de chungos, blancas, pálidas y amarillos tiene que ver más con las leyes de la mecánica y la fontanería básicas que con el metabolismo. El corazón debe bombear sangre con suficiente fuerza para llevar sangre al cerebro, que se encuentra en una posición más elevada que éste. La sangre debe mantener unos niveles de presión (tensión arterial), que dependen, entre otros muchos factores, de la fuerza con la que el corazón bombea y de la resistencia de las arterias. El sistema cannabinoide endógeno contribuye a la regulación de estos mecanismos y, al activarse, produce una relajación de los vasos sanguíneos que disminuye la presión arterial. De la misma forma que, cuando hay una fuga de agua en un edificio, ésta no llega a los pisos superiores, la caída de la tensión afecta en primer lugar a los órganos que están por encima del corazón, principalmente el cerebro. Para intentar contrarrestar la caída de presión, el organismo genera una serie de respuestas compensatorias (el corazón late con más fuerza y rapidez, y se liberan hormonas que colocan al organismo en estado de alerta, lo que produce temblor, frío y sudoración).

                El conocimiento de estos fundamentos nos permite deducir cuál es la primera medida que debe tomarse cuando una persona ha sufrido un episodio de hipotensión relacionado con cannabis. Al tumbar a la persona -mejor con las piernas ligeramente elevadas- favoreceremos que la sangre llegue al cerebro de forma adecuada, y el problema se solucionará en pocos minutos. Si es posible, giraremos ligeramente su cabeza hacia un lado para evitar que se atragante si tuviera ganas de vomitar. La medida también es válida cuando es uno mismo quien nota los síntomas: sentarse, agacharse o tumbarse ante las primeras señales de un mareo son la mejor prevención para evitar golpearse en la cabeza. Los chichones y moratones (o peor: roturas de dientes, heridas sangrantes en el cuero cabelludo…) son las complicaciones más frecuentes después de sufrir un mareo, ya que en ocasiones la disminución de tensión es brusca y produce la pérdida total de conciencia durante unos segundos.

                Como ya hemos comentado, los cuadros de hipotensión son, probablemente, el efecto adverso agudo más frecuente en usuarios de cannabis, hasta el punto de que es raro el usuario que no lo ha sufrido en alguna ocasión. Existen algunos factores que predisponen a que aparezca: las dosis y/o frecuencias elevadas, así como el uso de hachís o marihuana de elevada potencia favorecen su aparición, así como el uso en ayunas o a primeras horas de la mañana. La vía fumada facilita que los cannabinoides ejerzan sus efectos de forma rápida y contundente, al contrario que la vía oral, en la que el inicio de acción es más gradual. Las mujeres están más expuestas que los hombres a este riesgo, ya que, por motivos constitucionales, son más susceptibles a la hipotensión ortostática de cualquier causa. La tolerancia farmacológica es otro factor importante: los organismos de las personas habituadas al cannabis manejan mejor sus efectos que quienes carecen de experiencia.

                Podría darse la circunstancia de que, unos minutos después de haber tomado las medidas básicas, la persona no mejore, o incluso empeore. La relación entre el blancazo y la tensión arterial es tan clara que, ante esta situación, deberíamos plantearnos que quizás a la persona le esté pasando otra cosa y sea prudente el buscar ayuda especializada. Ya hemos señalado que el mareo es uno de los síntomas más inespecíficos que existen en medicina y puede estar provocado por causas muy distintas, desde las más leves hasta las más importantes. Volviendo a la cuestión filosófica de las causas y los efectos, el hecho de haber dado unas caladas a un porro no implica necesariamente que todo lo que suceda después esté provocado por éste. Por estos motivos, un amarillo que no mejora al tumbar y levantar las piernas debería ponernos en alerta.

                En resumen, hemos visto que el cannabis puede producir episodios bruscos de disminución de la tensión arterial. Esta propiedad puede llevar a la falsa creencia de que el cannabis “sea bueno para la hipertensión” o implique menos riesgos de tipo cardiovascular que otras drogas. Pero las fluctuaciones bruscas de presión arterial llevan al organismo a desencadenar respuestas automáticas (como son la taquicardia o la hipertensión de rebote) que pueden implicar riesgos adicionales en individuos con problemas cardiovasculares. Por ejemplo, existen casos descritos en los que un amarillo cannábico puede precipitar un episodio de arritmia en personas susceptibles. Este tipo de riesgos en personas con patología previa deberían ser valorados de forma individualizada.

 

Testosterona

Esnifar cocaína. Ingerir codeína. Inyectarse morfina. Fumar nicotina. Tomar Prozac. Comer anfetaminas. Tomar Heptamyl. Beber alcohol. Cambiar al Subotex. Volver al Special-K. Meterse heroína. Pasarse con la novocaína. Liarse con el crack. Fumar cannabis. Tragar éxtasis. Tomar aspirina. Aspirar piedras de cristal. Tomar Lexomil… Aplicarse Testogel. Toxicidad aristocrática.

 

«La testosterona es como el dinero: gratificación inmediata, plataforma abstracta de producción de poder: pero sin la caída en picado de la coca, sin el agujero en el estómago que sigue al paso del cristal, sin la ridícula autocomplacencia que deja el Prozac. Sólo hay otra droga como la testosterona: la heroína».

¡¡¡Pero, pero, pero… pero qué me dices!!! ¿Que la testosterona es una droga? ¿Comparable a la heroína? ¡Ahí va, la hostia! Y yo que pensaba que era cosa de ciclaos, chulo-putas y atletas que la tomaban, simplemente, para ponerse cachas, lucir musculitos o superar sus plusmarcas deportivas. Y ahora resulta que no, que eso es toxicidad aristocrática. Y yo jugándome la exclusión social durante décadas en los poblaos marginales… menudo pringao.

¡¡¡CABRONAZOS!!! ¿Nadie podía haberme avisado?

Está bien, no pasa nada. Nunca es tarde, si la dicha es buena, y, en este caso, si la cuestión es que hemos descubierto una nueva droga, la dicha, más que buena, resulta cojonuda. De modo que, ¡qué narices!, pongámonos a investigar el asunto ahora mismito.

Para ello, empezaremos por ponerles en antecedentes. En primer lugar, hemos de hacerles saber, que los dos primeros párrafos de este artículo han sido transcritos del libro Testo Yonqui, de Beatriz Preciado. Lo más probable es que, a estas alturas, todos ustedes la conozcan o hayan oído hablar de ella. En mi caso, las cosas como son: no había escuchado su nombre en mi puta vida. La primera vez que tuve ocasión de saber de ella fue este verano, en casa de un colega, en Barcelona. Había ido a visitarle para tomar ayahuasca, acudir a una fiesta y ponernos cerdos de todo. Al poco de llegar, vi en la mesa del salón el mencionado libro y supuse que sería un análisis literario de las letras de Robe Iniesta o alguna pollada por el estilo. Se lo comenté a mi amigo y me dijo que no, que iba sobre la teoría queer.

«¿Lo queeeeeee?», le dije.

«Si, hombre, esta peña que dice que el género no existe, que es una construcción cultural».

«¿Queeeeeeeee? Menuda gilipollez, ¿no?»

«Pues, no sé».

«¿Cómo que “no sé”? El género, tronko: las tías, los tíos, los sapos, las ranas… ¡amos, no me jodas! ¿Cómo cojones va a ser una construcción cultural? Pura biología, chaval».

«Yo qué sé, es lo que dice esa gente. Sinceramente, me la suda, yo me voy a sobar, que mañana toca madrugar».

«¿Que te la suda? Pues a mí me deja completamente descolocao… ¿Te importa si me tomo otra pasti? »

«Haz lo que quieras, capullo, pero reserva alguna para el finde».

En fin… que me comí otra rula, o dos, y me puse a ojear el libro de la menda esta. ¡Puto descubrimiento! No había leído nada igual jamás de los jamases: biomujeres, tecno-hombres; genderhackers; cyborgs sexuales; farmacopornografía; biotecnopolítica; pansexualidad transgénero; testomono… Joooder, me sentí como Alfredo Landa en Cateto a Babor: ¿estos líos se hace la banda con el tema del fucking-fucking? Pues no veas si soy básico y cafre (y así me luce el pelo, claro ja, ja, ja, ja). Pero, oye, la verdad: ¡me encantó! Es más, he de reconocer que, no sólo no me hizo daño leer a Bea, sino que fascinado me quedé con ella. Por su lenguaje, por su discurso, por su actitud y por su experiencia vital; por, por, por… por que sí. Porque me puso delante de los morros el alegato más transgresor que haya oído jamás en mi vida, con un verbo, unos argumentos y una dialéctica realmente demoledores. Un auténtico gancho pugilístico-metafísico-literario en la boca del estómago. Un puto obús lingüístico y conceptual, que, además, muy lejos de ser mera teoría, no venía sino a dar voz a una realidad, a un colectivo, a una peña cargada de… de… de… convencimiento en su forma de entender y vivir la vida en radical e insoslayable enfrentamiento con el orden social imperante. En definitiva: punk en estado puro y elevado a su enésima potencia. El último resorte de la fricción entre individuo y sociedad. ¡Qué coño fricción! Del enfrentamiento a muerte y sin concesiones ni piedad. Y todo ello contado y explicado por una zorra con la inteligencia y las dotes narrativas de un premio Nobel (perdón por lo del Nobel). Una tía con la integridad, la coherencia y la transparencia suficientes como para dinamitar el binomio hombre/mujer utilizando su propio cuerpo (o entidad bio-pisco-socio-política-sexual) como campo de operaciones y experimentación. Una tía que no es tía… ni tío… ni nada que se le parezca… sino un puto cyborg, una genderhacker de la cabeza a los pies. Y todo gracias a… la testosterona.

Bueno, pues eso, a lo que íbamos –que me voy por las ramas-: la testosterona, que es lo que nos interesa. Porque, siendo sincero, una vez que regresé a mi keli, el libro, lo que es el libro de la Preciado, no lo volví a coger; y la curiosidad intelectual al respecto de las pajas políticopornográficas del rollo queer, como que se fue diluyendo cual el pentotal en la mucosa intranasal. Vamos, que, en honor a la verdad, me olvidé del tema casi por completo (y que conste que molar, me mola, pero eso, que, fuera por lo que fuera, me olvidé de que molaba tanto). Sin embargo, mira tú por donde, que, en apenas dos o tres días, sin yo haberla demandado, ni solicitado en primera instancia, la testosterona se me presentó en bandeja, lista para ser catada… como, de hecho, lo fue: catada.

Seis sobrecitos de Testogel, administrados en una pauta de 3, 2, 1 en días sucesivos. Eso fue todo. Vamos, como fumarse un peta y no tragarse el humo, imagino. Porque, cuando uno ve lo que se meten los trans, los ciclados y los atletas, flipa en colores. Ahora bien, también es cierto que esta banda se tira tomando testo durante semanas, meses o años, y, la verdad, en mi caso, después de más de cinco lustros consumiendo drogas que te ponen en el acto, en cuestión de unos pocos segundos, a lo máximo una hora, o poco más, como que ya no estoy para tirarme semanas de consumo para notar “algo”, y menos aún, si, además, tengo que ingerir más pastillas que mi abuela, no para colocarme sino para evitar todos los posibles efectos secundarios de la droga principal: para que no me salgan tetas, para que no me salgan granos, para que no se me caiga el pelo, para que no se me encojan los huevos, para que no me reviente el hígado, para que mi organismo no deje de producirla una vez que cese la administración exógena… Demasiada movida y autodisciplina para un yonki de letras como yo, sin pretensión alguna de trabajar de portero de discoteca. Así que, lo dicho, me valía con catarla y ver, si, efectivamente, producía un cambio en el estado de ánimo («definido como más alerta, lleno de energía, enérgico, simpático o con sensación de bienestar»), pues, a fin de cuentas, el resto de efectos esperables no me interesaban lo más mínimo: mejor masa corporal magra; menor masa corporal grasa; mayor densidad mineral ósea en cadera y columna vertebral (no, no se me ha ido la pinza, sigo hablando de la hormona masculina por excelencia, no es que me haya puesto a transcribir el texto de los envases de las lonchas de pavo Campofrío); función sexual restaurada (sinceramente, visto lo ocurrido con el Ecce Homo de Borja, mejor me quedo como estoy); disfrute de la actividad sexual (¿cuál? Ha, ha, ha).

Así que nada, tomé esas microdosis durante tres días, y, por el momento, eso me bastó. Y, efectivamente, me encontré bien, de buen ánimo, como ligeramente estimulado, como más vigoroso, como si me hubiese metido un estimulante y me hubiese quedado a medias, como si me fuese a subir algo, lo cual, lógicamente se traducía en que, lo que me pedía el cuerpo, era más dosis, salir de marcha y ponerme hasta arriba de cualquier otra cosa. Imposible discernir el inevitable efecto de las expectativas; del cachondeo que traía consigo, comentarle la jugada a las amistades, y de la emoción y el orgullo derivados de haber hecho una pequeña incursión en el selecto mundo de la toxicidad aristocrática, pero el caso es que así es como me sentí. Fue algo muy sutil. Fue “otra cosa”, “distinto a los estimulantes en toda regla”, como ya me había comentado mi proveedor. Pero, fuera lo que fuera, fue. Y, mientras duró, me lo pasé de puta madre.

Llamé a una amiga y, así, a bocajarro, le solté: «Hola tronkita… que sepas que estás hablando con un auténtico machote ibérico».

Segundos de silencio sepulcral. Supongo que la tía estaría pensando si me había vuelto gilipollas perdido a raíz de una hipoxia derivada de mi penúltima sobredosis de speed… Le di tiempo para que reaccionase, pero no hubo manera, los segundos seguían pasando y la menda continuaba en shock o, al menos, fue lo suficientemente prudente como para no abrir la boca –por si acaso, imagino-. Así que, para romper el hielo, le expliqué:

«Nada, tía, que llevo dos días tomando testosterona».

«JA, JA, JA, JA, ay que me meo, el Eduardín hormonao, JA, JA, JA, JA, lo que me faltaba por oír, JA, JA; JA, pero qué payaso eres, ja, ja, ja, ja».

Y a partir de ahí, pues ya pueden imaginarse ustedes el intercambio de SMS con el que anduvimos entreteniéndonos:

«Hola, gatita, ¿sigues ronroneando bajo el influjo de mis efluvios hormonales? »

«Rrrrrr, rrrrrr, miau, miau, miau… ayns, lo que yo te haría si tú te dejaras y yo me acordara de cómo se hace…»

Y como estos dos, treinta. Descojone continuo.

Como buen psiconauta, no quise salir por ahí y ponerme de otras cosas, para no “enturbiar” la experiencia. Así que me quedé en casa y me entretuve con las TICS (tecnologías de la información y la comunicación). Es decir, que me dediqué a intercambiar SMS con mi amiga y a navegar por internet. Hasta que concluí que, dadas las circunstancias, era el momento ideal para bucear en profundidad en Forocoches.com, un espacio de discusión, que, según la definición de uno de sus usuarios, es un “foro machista, retrógrado, misógino, facha, nazi, comunista, judío, masónico, islamista y alguna cosa más que se me escapa”. En otras palabras, un espacio de discusión en el que se puede conversar con lo mejor de cada casa. La tierra prometida de trolls, grillaos y de los amantes de lo políticamente incorrecto. Un sitio que cuenta con el mérito de figurar en la Frikipedia, sin que haya sido necesario inventar, desvirtuar o exagerar nada de nada: todo lo que se dice (o el 99,9%) es estricta y absolutamente cierto –y aún con esas, sigue siendo más friki y surrealista que la inmensa mayoría de las restantes entradas de la absurda enciclopedia online).

El caso es que entré en un hilo iniciado por una chica –titulado “Asunto muy serio”, o algo así- en el que la chavala contaba y pedía ayuda ante sus problemas con la convivencia familiar. Las respuestas: de migrantes (usando el léxico propio del lugar), como siempre:

«A fregar».

«¿Hace una fanta? »

«Sigue contándonos» (ironía que, traducida a roman palatino, viene a significar que no interesa lo más mínimo lo que estás diciendo).

Y demás burradas que me da vergüenza transcribir, pero que, curiosa y reveladoramente, bajo los efectos de la testosterona resulta que me parecían hasta graciosas (y seguramente aquí esté la clave del estilo y del éxito de la web).

De Forocoches pasé a Vayamierdadevida.com y me seguí deshuevando de mala manera con los contratiempos vitales de la gente:

«Tengo 22 años y mi cuerpo duda entre la adolescencia y la vejez: tengo acné y canas».

Girafo

«He decidido ponerme en forma porque mis amigos dicen que soy una nenaza y un tirillas. Me he comprado un carísimo bote gigante de proteínas para tomarlas durante la puesta en forma. No he conseguido abrir el bote».

TANT

«He descubierto que mi cyber-novia desde hace casi un año es en realidad un niñato aburrido de 14 años».

Iman

Lástima que, después de este experimento, ya se me ha pasado la tontería y he vuelto a ser la persona normal que siempre he sido. No obstante, algún día volveré a disfrutar de estos foros, pero, entonces, será a lo grande y en toda su plenitud -con, al menos, 1000 mg de testosterona intramuscular-, y es que… qué les voy a contar: ¡mariconadas, las justas!

 

Cannabis y bronquitis crónica

Continuamos con la nueva serie sobre cannabis y salud, en la que repasaremos la relación del cannabis con distintas enfermedades. El número anterior lo dedicamos al cannabis y el cáncer de pulmón. Pero nos queda pendiente otra enfermedad respiratoria importante: la bronquitis crónica ¿en qué medida puede el uso de cannabis fumado facilitar la aparición de esta enfermedad?

Por Dr. Fernando Caudevilla

Cuando pensamos en enfermedades respiratorias asociadas al hábito de fumar, el cáncer de pulmón suele ser la primera en la que pensamos. Su dificultad de detección, el infausto pronóstico y el estigma de la palabra “cáncer” hacen que esta patología sea la más temida por las personas que fuman habitualmente.

Sin embargo el cáncer de pulmón no es la enfermedad más frecuente en fumadores. Se estima que el riesgo individual de desarrollar esta patología en un fumador habitual, de una cajetilla de tabaco al día durante más de 20 años, está alrededor del 15%. En términos relativos, el riesgo es muy elevado, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una patología muy rara en no fumadores. Pero en términos absolutos y con fría objetividad, podríamos señalar que la probabilidad de no morir de un cáncer de pulmón, aun siendo fumador, sería de un 85%. Es decir, la mayoría de los fumadores no morirán de esta enfermedad, aunque es de sentido común que el riesgo, aun siendo pequeño, es poco asumible desde un punto de vista lógico.

Existe otra enfermedad pulmonar importante asociada al hábito de fumar, a la que se suele prestar menos atención, pero que, en números absolutos, tiene una mayor importancia que el cáncer de pulmón. La exposición habitual de irritantes respiratorios en el árbol bronquial da lugar a lo largo del tiempo a cambios en su estructura. En condiciones normales, la superficie de los bronquios está recubierta de unos filamentos llamados cilios, que contribuyen a eliminar las sustancias tóxicas que se depositan sobre el árbol respiratorio. En el fumador habitual, los cilios van perdiendo su función a lo largo del tiempo y las secreciones se eliminan peor. Las glándulas productoras de moco crecen y segregan más sustancias, las células se endurecen y pierden flexibilidad (fibrosis), la musculatura que los rodea se hace más fuerte (hiperplasia muscular lisa)… Los pulmones van perdiendo progresivamente su capacidad normal de funcionar y, además, estos cambios facilitan la aparición de infecciones, que empeoran el cuadro. En un primer momento, estas alteraciones son reversibles si se abandona el hábito, pero al cabo de unos años la inflamación se hace irreversible y progresiva. Este conjunto de alteraciones constituyen la enfermedad llamada bronquitis crónica.

La bronquitis crónica está relacionada con distintos factores: la contaminación ambiental o la exposición laboral a determinados polvos y humos (talcos, asbestos…) puede desencadenarla, pero es el tabaco el responsable de más del 80-90% de los casos. El 25% de los fumadores mayores de 65 años padece esta enfermedad. Distintos estudios epidemiológicos calculan que entre un millón y medio y dos millones de personas en España sufren bronquitis crónica. Esta enfermedad y sus consecuencias (neumonías, insuficiencia respiratoria…) son una de las causas principales de gasto sanitario, discapacidad y mortalidad, tanto en nuestro país como en los de nuestro entorno.

Esto nos lleva a plantearnos la relación que pueda existir entre el hábito de fumar cannabis y el desarrollo de bronquitis crónica. ¿Es una enfermedad vinculada específicamente a la planta del tabaco o puede ser producida al fumar otros vegetales? La primera limitación que nos encontraremos es la dificultad para separar dos factores que suelen presentarse asociados: muchos fumadores de cannabis también consumen tabaco, y ya estarán expuestos a este riesgo. Y, entre aquellos que “sólo refieren fumar cannabis”, es muy frecuente que la pauta de consumo habitual suponga mezclar cantidades variables de hachís o marihuana con tabaco.

Un elemento importante en el caso de la bronquitis crónica es la duración e intensidad del hábito. En el caso del tabaco existen evidencias de que la enfermedad es más probable, frecuente y grave cuanto más duradero e intenso sea el hábito. Aunque no existe un “nivel de seguridad cero”, la bronquitis crónica es rara en fumadores de menos de cinco cigarrillos de tabaco al día. Este dato sugiere que muchos patrones de consumo de cannabis (o de cannabis mezclado con tabaco) probablemente están expuestos a un riesgo moderado: fumar más de cinco porros al día es algo posible, aunque poco frecuente.

Otro factor de importancia a considerar es el uso de filtros. En el número anterior y en relación con el cáncer de pulmón, señalamos que el filtro de tabaco no ha demostrado eficacia para disminuir la incidencia de esta enfermedad. Sin embargo, en relación con la bronquitis crónica, existen algunos datos que indican que el filtro puede tener algún efecto protector. En 1995 un equipo de la Universidad Federal de Brasil estudió este aspecto en una muestra de 1053 sujetos mayores de 40 años, en los que se investigó la presencia de esta enfermedad en relación con el tipo de tabaco que utilizaban. Los casos de bronquitis crónica fueron 8 veces más frecuentes entre los fumadores de más de un paquete de tabaco que entre los no fumadores. Pero los fumadores de tabaco sin filtro presentaron tres veces más riesgo de bronquitis crónica que los fumadores con filtro. Desde luego está claro que el filtro no elimina las partículas tóxicas responsables de la enfermedad, pero sí parecen atenuarlas en cierta medida, por lo que parecen una medida de reducción de riesgos lógica, que también es extensible a usuarios de cannabis. Como también señalábamos en la entrega previa, este efecto es relativo y mucho menos importante de lo que la industria tabaquera ha querido hacer creer.

Entrando en la relación directa entre el cannabis y la bronquitis crónica, nos encontramos con las limitaciones habituales en todos los estudios que tienen que ver con drogas ilegales. La resonancia e impacto que tienen todos los datos que apoyen la hipótesis, tanto en medios de comunicación como en agentes de salud, es muy elevada, ya que muchas veces el objetivo no es conocer la verdad sino aterrorizar al personal y apoyar las ideas preconcebidas. Por el contrario, los datos que rechacen la relación entre cannabis y bronquitis crónica serán silenciados para el público general, aunque también, por qué no decirlo, serán resaltados en el mundo procannábico como defensa de su querida planta.

Existen unos cuantos estudios sobre el tema en cultivos celulares o animales de experimentación. Un estudio de 1990 sobre el condensado de humo de cannabis señalaba que éste contiene más sustancias tóxicas que el tabaco. En el estudio se condensó el humo de cannabis y marihuana y se incubaron distintas fracciones de cada uno en cultivos celulares para medir su toxicidad. Complejas técnicas de laboratorio y unos cuantos ensayos “in vitro” en cultivos celulares de Salmonella permiten concluir a los autores que “el cannabis es siete veces más tóxico que el tabaco”, muletilla que se irá repitiendo en sucesivos estudios a lo largo de los años. Teniendo en cuenta que la investigación estaba financiada y patrocinada por el NIDA (National Institute on Drug Abuse), las posibilidades de imparcialidad parecen escasas y el estudio parece más destinado a poder crear bonitas campañas publicitarias que a conocer los riesgos respiratorios del cannabis.

Ya sabemos que la investigación en humanos es la única que permite ofrecer conclusiones para los humanos. Existen decenas de estudios de este tipo y el tema nos daría para escribir varios artículos (eso sí, muy aburridos). Pero existe una herramienta que nos puede facilitar el trabajo. En el momento actual, en ciencia se considera que las revisiones sistemáticas son el tipo de investigación científica más certera que se conoce. Para resumir la información sobre un determinado problema de salud, se seleccionan los artículos más relevantesy se evalúan con una metodología estandarizada. No se han publicado revisiones sistemáticas sobre el cannabis y la bronquitis crónica, pero sí existe una sobre cannabis, función pulmonar y complicaciones respiratorias (Tetrault JM et al. Effects of marijuana smoking on pulmonary function and respiratory complications: a systematic review. Arch Intern Med. 2007 Feb 12;167(3):221-8.).

            Los autores encontraron un total de 34 estudios en los que se analizaba la asociación entre el cannabis y el uso de marihuana a corto y largo plazo. A corto plazo, once de doce estudios encontraron asociación entre la administración de marihuana y la dilatación de los bronquios. No se encontró asociación entre el uso de marihuana a largo plazo y obstrucción al flujo aéreo (que es uno de los parámetros que se utiliza para diagnosticar bronquitis crónica), aunque sí en síntomas como tos, flemas o ruidos respiratorios. En definitiva, en este estudio los autores no encontraron evidencias definitivas que vinculen al cannabis con la bronquitis crónica, aunque sí con algunos de sus síntomas.

            Uno de los pocos estudios que compara fumadores de cannabis, fumadores de tabaco, fumadores de ambas sustancias y no fumadores, es el realizado por el equipo del Dr Donald Tashkin del Departamento de Salud Pública de la UCLA. En este estudio se seleccionó a los participantes de forma muy cuidadosa, y se les sometió a una espirometría (una prueba sencilla que mide la capacidad pulmonar y que se utiliza en el diagnóstico de la bronquitis crónica). Los 394 participantes en el estudio fueron sometidos a esta prueba durante un periodo de ocho años. Los fumadores de tabaco sólo y de tabaco con marihuana empeoraron sus espirometrías a lo largo del tiempo como era previsible. En los no fumadores, este efecto no se produjo, como también cabía esperar. Pero en los fumadores de cannabis el efecto fue el mismo que en los no fumadores: las espirometrías no empeoraron, sugiriendo una falta de efectos tóxicos a este nivel, ni siquiera entre los fumadores de cannabis más intensivos. Los autores plantean varias hipótesis para explicar este hallazgo: es posible que el distinto tamaño relativo de las partículas componentes del humo del tabaco y el cannabis de lugar a distintos efectos. El humo del tabaco parece afectar a los bronquiolos de menor tamaño, mientras que el del cannabis se deposita en las vías aéreas más grandes (tráquea y bronquios principales). También señalan el posible papel de la broncodilatación inducida por cannabinoides, e incluso especulan con la posibilidad de un efecto inmunológico: la activación del sistema cannabinoide ayudaría a la “muerte programada” de aquellas células que no están sanas.

            En definitiva, la mayoría de la evidencia apunta, desde un punto de vista objetivo, a la ausencia de relación entre el hecho de fumar cannabis y el desarrollo de bronquitis crónica, al menos entre las personas que fuman sólo esta sustancia sin mezclar con tabaco. Pero, como también hemos visto, existen datos que apuntan a que la irritación de las vías aéreas puede dar lugar a síntomas de tipo respiratorio y afectar a la salud. El vaporizador aparece nuevamente como la herramienta más eficaz para anular o disminuir de forma significativa la producción de partículas tóxicas. Existen modelos de vaporizadores en el mercado que han demostrado, a través de estudios científicos, su capacidad para eliminar las sustancias irritantes para el aparato respiratorio. Su elevado precio, tamaño y dificultad para el transporte son algunas de sus limitaciones, pero son, en este momento, los métodos que permiten el nivel más alto de seguridad en el uso de cannabis a nivel respiratorio.

 

 

Cannabis y cáncer de pulmón

En este número de la revista comenzamos una serie en la que analizaremos los efectos del cannabis sobre distintos aspectos sobre la salud. La información sobre el cannabis y la salud es muy amplia, pero en muchas ocasiones es contradictoria. Utilizaremos la revisión de la evidencia científica disponible, huyendo de alarmismos y simplificaciones e intentando utilizar un lenguaje comprensible. Comenzaremos revisando la relación entre el cannabis y una de las enfermedades más graves relacionadas con el hábito de fumar: el cáncer de pulmón.

Por Dr. Fernando Caudevilla

Cancer de pulmonCancer de pulmon

El cáncer de pulmón es un conjunto de enfermedades que se producen por el crecimiento maligno de células del tejido pulmonar. Es uno de los tipos de cáncer más graves y una de las causas más frecuentes de muerte de tipo oncológico en todo el mundo. En varones el cáncer de pulmón constituye la primera causa de mortalidad por cáncer (la tercera en mujeres) y más de la mitad de los pacientes mueren después del primer año del diagnóstico.

Existen evidencias irrefutables de que el hábito de fumar tabaco es el factor de riesgo más importante en el desarrollo del cáncer de pulmón. Más del 80% de los casos aparecen en personas que fuman tabaco. El riesgo disminuye progresivamente al dejar de fumar: se estima que una persona que deje el tabaco antes de los 40 años tendrá en una década un riesgo similar al de una persona que no haya fumado nunca. Por el contrario, cuantos más años en la vida haya fumado una persona, sobre todo si comenzó a fumar desde muy joven, el riesgo se incrementa. Existen otros factores de riesgo (de tipo genético, ligados a la contaminación ambiental o a la exposición a ciertos tóxicos como el asbesto) pero el tabaco es el más importante y frecuente, ya que su uso está muy extendido en la población.

¿En qué medida los riesgos del tabaco pueden extrapolarse al uso de cannabis?¿Están expuestos los fumadores de cannabis a riesgos similares a los del tabaco? ¿Existen dosis seguras? Contestar estas preguntas puede ser extraordinariamente complicado. La cantidad de información es muy grande pero, como sucede casi siempre en el caso del cannabis, la razón se confunde con la ideología y los sentimientos en demasiadas ocasiones. En webs y foros procannábicos se resaltan aquellos estudios e informaciones que defienden que el cannabis es inocuo en este sentido, mientras que en espacios sanitarios tradicionales se acepta a pies juntillas y amplifica cualquier dato que sugiera la toxicidad. Como también suele suceder las cosas no son blancas ni negras sino llenas de matices que conviene valorar en su justa medida.

Uno de los mensajes más frecuentes en medios de comunicación de los últimos años sostiene que “fumar tres porros al día equivale a consumir un paquete de cigarrillos” en lo que al riesgo de cáncer de pulmón se refiere. Este mensaje apareció por primera vez en el año 2006 un informe de la British Lung Foundation, una organización dependiente del London Royal Brompton Hospital dedicada a la divulgación, asistencia y prevención de distintas enfermedades pulmonares. Esta idea ha aparecido en muchos de los mensajes y campañas preventivas antidroga desde entonces, incluyendo varias de nuestro Plan Nacional sobre Drogas (anuncios de prensa, TV y, al menos dos guías) entre los años 2007 y 2009.

La Guía de la British Lung Foundation ha sido reeditada y corregida en el año 2012, insistiendo en esta relación entre el cannabis y el cáncer de pulmón:

“Un riguroso estudio de Aldington y cols. ha hecho progresos significativos en demostrar el vínculo entre el cannabis y el cáncer de pulmón (…) El hallazgo más significativo del estudio fue que fumar cannabis incrementa el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón en adultos jóvenes. El estudio también sugiere que fumar un cigarrillo de cannabis al día incrementa el riesgo de cáncer de pulmón en un 8%. (…). A través de la comparación el mismo estudio sugiere que fumar un paquete de cigarrillos al día durante un año incrementa el riesgo de cáncer de pulmón en un 7%, lo que indica que fumar sólo un cigarrillo de cannabis incrementa el riesgo de cáncer de pulmón tanto como 20 cigarrillos de tabaco al día”.

            Así que ya no serían “tres porros” como se afirmaba en el 2006 sino “uno sólo” el equivalente a un paquete de tabaco diario. Si nos vamos al estudio original de Aldington al que hace referencia el texto de la British Lung Foundation, publicado en el European Rwespiratory Journal en el año 2008 (Cannabis use and risk of lung cancer: a case-control study), nos encontramos con los datos de 78 casos de cáncer de pulmón en menores de 55 años en un periodo de 5 años en Nueva Zelanda, 21 de los cuales eran usuarios de cannabis. Los datos se analizaron mediante complejas técnicas estadísticas (con un modelo llamado regresión logística), pero parece un poco atrevido obtener conclusiones tan generales a partir de tan pocos datos.

                       La divulgación científica puede hacerse de dos maneras muy diferentes. Una de ellas es presentar los datos de forma objetiva, ofrecer argumentos a favor y en contra de una determinada hipótesis, discutir los distintos puntos de vista según las pruebas e indicios que aporten… Otro es retorcer las estadísticas hasta que afirmen lo que nosotros pensamos y ofrecer sólo aquellos argumentos que estén a favor de nuestra idea preconcebida. La British Lung Fundation (y todos los periodistas, médicos y preventólogos que se han dedicado a divulgar la historia del porro y los veinte cigarros) parecen haber optado por la segunda opción.

                       Por ejemplo, los resultados de otros estudios que han aplicado una metodología muy similar no han encontrado esta relación. El doctor Donald Tashkin es un investigador de la Universidad de California que ha desarrollado gran parte de su carrera profesional en relación con el cannabis y ha publicado más de 40 artículos científicos en revistas internacionales sobre esta sustancia. En el año 2006 presentó los resultados de un estudio sobre 2142 sujetos (611 casos de cáncer de pulmón) en los que no se encontró vínculo alguno entre el cáncer de pulmón y el cannabis fumado, ni siquiera en los fumadores más intensivos de cannabis. El humo del cannabis contiene sustancias carcinógenas por lo que los resultados fueron calificados por los autores como “sorprendentes”. Una hipótesis sería considerar que el THC tuviera un efecto protector frente al desarrollo de células tumorales y que podría contrarrestar el daño tóxico de los componentes del humo.

            Otras investigaciones contradicen los resultados de Tashkin y concuerdan más con el estudio de Aldington. Un estudio en Argelia, Marruecos y Túnez (Berthiller J et al, Cannabis smoking and risk of lung cancer in men: a pooled analysis of three studies in Maghreb. J Thorac Oncol. 2008 Dec;3(12):1398-403) ofrece datos de la comparación de 440 casos de cáncer de pulmón y 778 controles. Los resultados apuntan hacia el cannabis como factor de riesgo, pero los autores indican en sus conclusiones que “la concurrencia del hábito de fumar tabaco u otros factores de confusión pueden explicar parte de este incremento del riesgo”.

            El entrecomillado de este último estudio es particularmente interesante, ya que hace referencia a un concepto que se suele olvidar en los estudios sobre drogas: la prudencia. Descubrir la causa de un efecto y su intensidad es una de las cuestiones más complicadas en las ciencias biomédicas en general. Todos estos estudios parten del análisis de los factores de riesgo en personas que ya han desarrollado la enfermedad (en este caso el cáncer de pulmón), pero que, además de fumar o no cannabis, pueden estar expuestas a otra gran cantidad de factores que son muy difíciles de controlar.

            Un abordaje sensato del asunto sugiere utilizar, además de los estudios científicos, el sentido común. Una gran mayoría de los fumadores de cannabis lo son también de tabaco. Y ya están expuestos al riesgo de cáncer de pulmón por este último hecho. Muchos usuarios de cannabis hacen sus porros mezclando cantidades variables de hachís o marihuana con tabaco. Ya que el riesgo de cáncer de pulmón es dependiente de la dosis de tabaco consumida, fumadores muy intensivos de cannabis mezclado con tabaco estarán expuestos a este riesgo.

            Se han propuesto distintas medidas de reducción de riesgos destinadas a mitigar los efectos tóxicos sobre el sistema respiratorio de la mezcla tabaco-cannabis: dar caladas suaves, colocar lo que se vaya a fumar en la parte más lejana a la boquilla y tirarlo tras unas pocas caladas, utilizar cantidades pequeñas de cannabis de alta potencia mejor que dosis elevadas de mala calidad…

El uso de filtros también suele recomendarse como una forma de disminuir la cantidad de productos tóxicos que llegan al organismo. Sin embargo, desde un punto de vista objetivo, no existen demasiadas pruebas que indiquen que sean eficaces en este sentido. Los filtros en el tabaco industrial comenzaron a generalizarse a partir de los años 60 del siglo pasado, al acumularse las evidencias que relacionaban al tabaco con el cáncer de pulmón. La industria del tabaco invirtió grandes cantidades de dinero buscando un filtro que retuviera las partículas tóxicas con resultados infructuosos. La mayoría de los filtros están compuestos de acetato de celulosa, que retienen cierta cantidad de nicotina y alquitrán pero que son permeables a muchas de las micropartículas cancerígenas que componen el humo del tabaco. Los estudios en cultivos celulares y animales de experimentación son contradictorios. Y también se han hecho estudios (en Japón y EE.UU.) comparando las incidencias de cáncer de pulmón a lo largo del tiempo, sin que se haya demostrado una disminución de la frecuencia de la enfermedad atribuible al uso de filtros. En cualquier caso los cannabinoides también atraviesan el acetato de celulosa de los filtros, y su disponibilidad en el organismo no se ve afectada por su presencia, por lo que su uso sigue siendo recomendable ya que eliminan una parte considerable del alquitrán.

El tabaco industrial contiene distintas cantidades de aditivos (productos para controlar la humedad, el sabor, mejorar la conservación…) que pueden producir aún más efectos tóxicos. Existe una lista de más de 1400 aditivos posibles, y ya que el tabaco no se considera oficialmente como una comida ni como una droga, la legislación es muy laxa. Tampoco existen evidencias de que el tabaco de liar sea más “sano” en ese sentido. Es posible que los preparados de tabaco “light” comporten un menor riesgo de dependencia a la nicotina en personas no habituadas a esta sustancia. El efecto no sería apreciable en adictos al tabaco, quienes tienden a fumar más cantidades y con mayor profundidad el tabaco “light” para extraer toda la nicotina posible.

En resumen, la relación entre el cannabis y el cáncer de pulmón es un asunto complejo. No hay pruebas directas de que el uso de cannabis aislado produzca esta enfermedad, aunque algunos datos indirectos sí lo sugieren. El concepto de “dosis” sigue siendo fundamental. El fumador de tabaco medio consume entre 10 y 20 cigarrillos de esta sustancia al día. Muy pocos fumadores de cannabis realizan consumos tan elevados (10 a 20 porros al día). Si existe la relación entre el cannabis y el cáncer, es muy probable que también ésta sea dependiente de la dosis, y los patrones de consumo ocasionales, esporádicos o de baja frecuencia estarán sometidos a un riesgo bajo.

Finalmente, conviene resaltar que la combustión de productos vegetales es el proceso químico fundamental que genera compuestos cancerígenos. Las elevadas temperaturas que se generan al encender un cigarrillo o un porro (alrededor de 600ºC) son las responsables de la producción de muchos de los productos tóxicos. En el caso del cannabis, los vaporizadores permiten obtener concentraciones eficaces de cannabinoides en el organismo a temperaturas mucho menores (150-170ºC). Algunos modelos de vaporizadores homologados han demostrado en estudios científicos la ausencia de producción de cancerígenos. El precio elevado y el hecho de que se traten de aparatos algo voluminosos son sus únicos inconvenientes.

 

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