Marihuana tratada con LSD

 Cazadores de Mitos

Se dice, se cuenta, se comenta que algunos traficantes y cultivadores tratan la marihuana con LSD para aportarle potentes efectos psicodélicos. ¿Será verdad? ¿Será mentira? ¿Qué será... será? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

En un artículo anterior de ésta misma serie les estuvimos hablando del Jenkem y concluimos que la cantidad de metano obtenible mediante este sistema resultaba insuficiente para producir efectos asfixiantes y, por consiguiente, para dar lugar a estados alterados de consciencia mínimamente significativos y apreciables. Es posible, sin embargo, que algunos de los lectores dudaran de nuestro veredicto, en tanto en cuanto las noticias sobre esta particular droga venían avaladas por numerosas menciones aparecidas en los más diversos medios de comunicación (desde el New York Times hasta el último periodicucho de Zambia) y habían sido corroboradas por reputados reporteros e, incluso, por las autoridades locales anti-droga y por alguna que otra ONG.

No obstante, decirles que no sería la primera ni la última vez que los medios de comunicación y las instituciones preventológicas alertan masivamente sobre hechos inexistentes, haciendo circular universalmente bulos absurdos y sin base real alguna, sería quedarse corto. El kioskero de mi calle, que vive, precisamente, de vender periódicos, lo explica muy bien: «No me los leo. Nunca. Ninguno. ¿Te vas a creer algo de lo que dicen?»

Pues, desde luego que, si hablan de drogas, NO, ya que, lo habitual es que lo que se cuente sobre ellas en los medios al uso sea una absoluta patraña. Para muestra: un eslabón, el último (a la hora de escribir estas líneas) de esta infinita cadena de soplapolleces que, en lo que a nosotros nos ocupa, se vierten, día sí, semana también, en la radio, en la tele y en la prensa nacionales.

En su edición del 16 de febrero de 2011, el Diario Las Provincias incluía una noticia con el siguiente titular: «Manipulan cannabis con alucinógenos para incrementar sus efectos.» Es decir, la chorrada que todos llevamos escuchando desde hace años de boca de los chavales de 15 tacos y ante la que todos nos hemos despollado y hemos zanjado el asunto con un «espabila, guapín, que a lo que le echan LSD es a las calcomanías, que la marihuana ya coloca por sí sola». Únicamente que, esta vez, quien escuchó la mamarrachada fue el señor Agustín Durán, psicólogo del Plan Municipal de Drogodependencias de Valencia, todo un experto en el asunto (a la vista está), que no dudó en ponerse en contacto con el rotativo levantino para alertarle del novedoso y terrorífico descubrimiento, y, con ello, cubrirse de fama y de gloria para el resto de sus días y los que después vendrán.

El preventólogo en cuestión, anunciaba que, actualmente, hay quienes se dedican a abonar las matujas con setas alucinógenas, LSD y otros productos con la finalidad de «conseguir una mayor cantidad de THC», y llegaba a puntualizar que «se pretenden alcanzar niveles del 200% de THC cuando un canuto adulterado tiene entre un 50 y un 60%».

¡Joooooder con el experto! Lo dicho, machote, te has cubierto de gloria (y si no tú -que también es posible que hayan desvirtuado tus palabras, algo harto frecuente en la prensa-, la mema que redactó el informe, una tal Beatriz Lledó, quien, en caso de ser usted inocente, es la que debería darse por aludida por nuestros próximos comentarios; de otro modo, vayan para los dos por partes iguales).

Y es que, en apenas un par de frases no sabe uno ni por donde empezar a meter mano… Comencemos, pues, por el principio: ¿Quiere usted decirnos que si abonamos una planta de cannabis con LSD o psilocibes producirá más THC? Pues la verdad, no sé si es que es usted tonto de remate o un absoluto genio de la química orgánica…

Pasemos, ahora, al segundo punto: ¿Dice usted que, en un canuto o en una planta de maría se pueden –o se pretenden- alcanzar niveles de THC del 200%? Es decir, que, según usted, por cada parte de cannabis habría o podría llegar a haber dos partes de THC… Asunto aclarado: definitivamente, es usted tonto de remate.

Tercer y último punto: Afirma que un peta adulterado contiene entre un 50 y un 60% de THC. ¡Virgen Santa! ¿Pero qué narices se pincha usted? -Páseme aunque sea una puntilla, se lo ruego, que debe de ser brutal- ¿Cree, acaso, que con unas concentraciones de tal calibre haría falta alguna abonar las plantas con alucinógenos? ¡Pero, tío, si eso tumbaría de un plumazo hasta al mismísimo Bob Marley!

Vamos a ver, majete… Tradicionalmente, los especialistas en la materia han considerado que el contenido de THC prototípico y característico del hachís va del 10-15% (Iversen) al 10-20% (Cabrera), mientras que, en el caso de la marihuana, el rango iría del 1-3% para el kiff, bagga y bhang; el 3-6% para las sinsemilla; y el 4-8% para la ganja (Iversen). El aceite de hachís tendría, según Cabrera, una concentración típica del 15-30%, y del 20-60% según Iversen.

Por su parte, en el año 2004, el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías publicó un riguroso estudio en el que atestiguaba que la concentración media de THC del cannabis que se consumía en Europa era del 6 al 8%, aunque en casos como el de Holanda había aumentado, en los últimos lustros, hasta el 18%.

En lo que a España se refiere, las Memorias de la Sección de Drogas del Instituto Nacional de Toxicología constatan y demuestran que la concentración media de THC del hachís hispano había aumentado desde el 5,5% del año 1992 hasta el 11,8% en 2005 (7,2% en el caso de la marihuana).

Por último, en el año 2003, el colectivo Energy Control, en colaboración con el Instituto de Investigaciones Médicas de Barcelona, realizó un análisis exhaustivo a un pequeño número de muestras de hachís, marihuana y aceite de hachís procedentes del mercado ilegal o donadas por selectos cultivadores. Resultado: la concentración media del hachís comercial fue del 15% de THC, la del hachís de autocultivo del 28,25%, la de la marihuana de autocultivo del 13,32%, y la del aceite de hachís del 57,2%.

En resumidas cuentas, que si quiere usted fumarse un porro con una cantidad de tetrahidrocannabinol del 50-60% tendrá que hacérselo con aceite de hachís, un material que el 99% de los usuarios de cannabis no lo ha visto ni lo verá en su vida. Si se fuma usted un porro corriente y moliente, lo habitual es que, con suerte, tenga una concentración entre el 10 y el 15%; y si fuma un material proveniente de un cuidadoso cultivador podrá llegar a alcanzar concentraciones del 10 a -tirando por lo alto- el 40% en el caso del hachís; y del 5 al –siendo muy optimistas- 25% en el caso de la marihuana.

Se lo resumiremos para que lo entienda mejor:

  • Los porros provenientes del mercado ilícito marroquí (“canutos adulterados”, como dice usted), es decir, lo que fuma toda la basca: 10-15% de THC.
  • El material más exquisito obtenido por los mejores cultivadores: 10-40% si se trata de hachís; 5-25% si se trata de marihuana.

En otras palabras, que eso de que el «canuto adulterado tiene entre un 50 y un 60% de THC» no lo verá usted ni en sus mejores sueños de preventólogo; y lo del porro abonado con LSD y con un contenido de THC del 200% no es ya que no lo vaya a ver, es que ni existe en el universo cuántico paralelo en el que parecen vivir usted, la tal Beatriz Lledó, o ambos.

Otra cosa es que, efectivamente, el contenido en tetrahidrocannabinol de las distintas presentaciones del cannabis que se consumen hoy en día haya aumentado considerablemente en comparación con lo que circulaba años atrás. Ya lo dijimos antes: en 1992, el contenido medio era del 5%, y en 2005 del 11%. De hecho, en los análisis realizados por Energy Control se encontraron muestras de resina con un 36,9% de THC, y marihuana con un 22,1% (ambas procedentes del autocultivo). Ahora bien, junto a estos ejemplares, había otros con un 4,9% (marihuana) y con un 18,8% (hachís), aparte de las muestras comerciales con contenidos que iban del 5 al 21%.

Por lo demás, a la variación en las cantidades de THC hay que añadir la variabilidad en el contenido de otros cannabinoides y terpenos presentes en el cannabis, especialmente (por ser los más conocidos), del CBD y del CBN, sobre los que hay claros indicios de que pueden modular los efectos del THC. De tal manera que, por ejemplo, una muestra con altas concentraciones de THC y bajas de CBD sería mucho más psicoactiva que esa misma muestra con altas concentraciones de CBD.

Y esto, estimado señor Durán (y su aplicada reportera) es lo que explica la existencia de hachís y marihuana de potentes efectos que rayan con la psicodelia pura y dura y que muchos, en razón de ello (sobre todo si carecen de tolerancia al cannabis), denominan “marihuanas triposas”.

Las marihuanas triposas no son, pues, más que eso: marihuanas potentes, variedades y ejemplares con altos contenidos de THC (normalmente inferiores al 20%) y bajos de CBD (generalmente inferiores al 1-2%). Lo cual viene a ser precisamente lo contrario que lo que circulaba por el mercado hispano hasta hace apenas unos años: hachís marroquí con concentraciones bajas de THC y altas de CBD.

A su vez, este incremento en la psicoactividad, el rendimiento y la concentración de THC de las plantas vino dado por la mejora en los cuidados y en las técnicas de cultivo; así como por una concienzuda labor de ingeniería botánica llevada a cabo, principalmente, por los grandes bancos de semillas holandeses y norteamericanos. Los cuales, por lo demás, se limitan, básicamente, a realizar lo que desde siempre se ha venido haciendo en la botánica y en la jardinería: hibridar unas plantas con otras con la intención de obtener variedades con los atributos buscados y deseados (florecer antes, resistir mejor a las plagas, ser más frondosas, producir más lo que sea, etc., etc.). De este modo es como se han obtenido ejemplares de cannabis más potentes. Así, y estudiando y utilizando los abonos y substratos que aporten, de la manera más eficiente posible, los nutrientes que necesita la planta: potasio, manganeso, hierro, fósforo…

Lo de abonarlas con setas alucinógenas o con tripis, lo de inyectarlas LSD líquido o lo de injertarlas secantes en los tallos no son más que estupideces que cuentan los chavales en el parque y en los talleres sobre drogas que les dan en el cole. Alguno le dirá que lo ha probado y le funcionó –en Internet hay testimonios a patadas de personas que dicen colocarse con pasta de dientes, telarañas y coca-cola con aspirina…-, pero créame, las cosas no son tan sencillas como regar con paracetamol los tomates y luego tomártelos para quitarte el dolor de cabeza o, como dice alguno por ahí, con darle chocolate a las gallinas y obtener huevos de hash doble-cero o Kinder sorpresa en función del tipo de chocolate con las que hayan sido alimentadas.

En fin, dejemos la teoría y pasemos a la práctica… fumemos LSD y veamos qué pasa. Cojamos un secante, mezclémoslo con tabaco de liar y hagámonos un porrete lisérgico. Primero nos fumaremos medio blotter cortado en pedacitos. Acto seguido nos fumaremos el otro medio cortado en dos cuartos.

Dicho y hecho

Hmmm… la verdad es que no es como fumarse un cigarrillo normal. Se percibe un ligero pitido de oídos y un lejano bullir neuronal. La percepción se trastoca sutilmente, muy, muy, muy sutilmente, como si el tripi estuviese apunto de subir…. Y ahí se acaba la cosa. En definitiva, un ácido tirado a la basura. Cualquier canuto con un 5% de THC coloca infinitamente más que esto. Es decir, que aún en el más que improbable supuesto de que regando, abonando, espolvoreando, injertando o inyectando LSD a una planta de marihuana se lograse que dicha planta contuviese dietilamida del ácido lisérgico entre sus componentes, a la hora de fumarlo se echaría a perder en su práctica totalidad, hasta el punto de no aportar nada o apenas nada, en términos psicoactivos, a la experiencia en sí de fumar cannabis. Tanto que, puede concluirse que, a la hora de emplear la vía fumada, resulta más efectivo echarle marihuana al LSD (tripis marihuanosos) que LSD a la marihuana (marihuana triposa).

 

 

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