Los intentos por prohibir el cannabis en el mundo islámico (Segunda Parte)

© Isidro Marín Gutiérrez

Madraza del Sultán NajmMadraza del Sultán Najm

Salvo en órdenes místicas ligadas al sufismo (que gracias al cannabis se puede conseguir la revelación divina e interior y la comunión con Alá) el cáñamo no tuvo connotaciones religiosas en el mundo árabe.

El Islam es una fe monoteísta demasiado “perfecta” para admitir instituciones de comunión, y ningún fármaco puede servir de vehículo místico. La autoridad política-religiosa nada dice a favor o en contra, como acontece al opio. Los sabios, alfaquíes y ulemas veían al cannabis como un mal grave; sin embargo no encontraron ninguna amenaza al opio, e incluso algunos gobernantes musulmanes, como el sultán otomano Murad III (1574-1595), disfrutaban de su consumo. Habría que esperar hasta el siglo XVII para que se adoptasen medidas contra el opio (Lozano, 1998:16).

La autoridad legal Ibn Taymiyah (1263-1328) se oponía al hachís, ya que lo relacionaba con los invasores mongoles, así lo podía mejor condenar ya que los mongoles saquearon Bagdad (Matthews, 2002:102). El alfaquí y Ibn Ganim al-Maqdisi afirmaba que los sufíes no cumplían sus obligaciones culturales ni religiosos, buscaban el libertinaje, no se encontraban en las mezquitas, no rendían culto a Alá en las mezquitas, ni practicaban el ascetismo. Además eran comedores de hachís (Lozano, 1998:14). El alfaquí, sufí de la orden Suhrawardiyya, tradicionalista, Qutb al-din al-Qastallani (1218-1287) escribió Enaltecimiento de quienes viven en la prohibición del hachís, es un claro exponente de la hostilidad del Islam ortodoxo hacia el hachís (Lozano, 1998:27). Al-Qastallani comentó los principios legales que fundamentan la prohibición del hachís.

Pero al margen de prohibiciones en Egipto se consumía el llamado Sira, que eran hojas de cáñamo hembra, se reducían las hojas a polvo, se ponían en un papel húmedo y se recubrían con cenizas calientes hasta que formaba una pasta. Se prensaba y se hacía una torta delgada, se cortaba en pequeñas pastillas y se dejaban secar para luego ser fumadas en narguile (Lozano, 1990: 158).

La prohibición brutal de Egipto

En el año 1253 los musulmanes egipcios intentaron prohibir el consumo quemando las plantaciones de El Cairo. Uno de los lugares de recolección de la planta de cannabis para los usuarios de hachís en Egipto era los jardines de Cafour o Kafur (dentro de la ciudad) en el Cairo. Las autoridades toleraban esta actuación hasta que el sultán de Egipto, Najm ul Din Ayyub, ordenó al gobernador del Cairo, Musa ibn Yaghmur que lo eliminara en 1253; se pidió a las tropas que cogieran todo el cannabis que había crecido en los jardines, lo cortasen, lo recogieran, lo amontonasen a varios kilómetros de la ciudad y le prendieran fuego.

Con la prohibición de cultivar en la ciudad nada se dijo de plantar a los alrededores de la ciudad; así que los agricultores de los alrededores viendo la oportunidad de hacer dinero fácil y rápido sembraron cannabis para los consumidores de la ciudad. Al principio la empresa era legítima ya que los cultivadores pagaban un impuesto. Pero en 1324 el nuevo gobernador decidió que la situación se le había ido de las manos. El ejército volvió a actuar destruyendo en un mes todas las plantas de cannabis que había alrededor de la ciudad pero la producción continuó y esta vez ya no pagaban impuestos. Así que se tuvo que recurrir al contrabando y a los sobornos para adquirir hachís.

Entre 1378 a 1393, el emir Soudum Sheikoumi de Yoneima tuvo el mismo problema salvo que los agricultores y consumidores decidieron resistirse para conservar su negocio unos y su consumo los otros. La ira del emir subió de tono y finalmente arrasó los campos y decretó el cierre de las tiendas donde se vendía el hachís y que los comedores de haschisch fuesen castigados con la extracción de un diente cada vez que se les sorprendiera comiéndolo o fumándolo (Escohotado, 1999: 263-470) (Lewin, 1970: 264); se les arrancaría los dientes por los soldados en la plaza del pueblo a la vista de todo el pueblo (Rosenthal, 1971:136). Pues bien, muchos consumidores de hachís siguieron consumiendo hasta quedarse sin dientes.

Esta norma sólo tuvo carácter local y después de este periodo se volvió a producir y consumir sin problemas. También en el siglo XIV, un tratado jurídico presenta al hachís como algo introducido en el mundo árabe “por los tártaros”, que constituye la peor de las drogas y que es la que ocasiona más de 120 perjuicios entre los que se incluyen: “ser complaciente con los cuernos, muerte súbita, lepra y sodomía pasiva”. En 1393 el negocio de hachís estaba proscrito y el historiador egipcio Maqrizi escribe que como consecuencia del uso del hachís existía corrupción de modales general, desapareció tanto el pudor como la vergüenza y las bajas pasiones se complacían abiertamente.

Ilustración de Edmund J Sullivan Illustrations del Rubaiyat de Omar Khayyam 1933Ilustración de Edmund J Sullivan Illustrations del Rubaiyat de Omar Khayyam 1933

La primera mezcla de tabaco y hachís

Dentro de tanto desorden hubo médicos que vieron las bondades del cannabis. El Makhzan-el-Adwiya, texto médico musulmán del siglo XVI, subraya sus virtudes medicinales: “Las hojas reducidas a polvo y aspiradas purifican el cerebro. El jugo de las hojas aplicado en la cabeza elimina la caspa y los parásitos. Algunas gotas del jugo introducidas en la oreja alivian el dolor y destruyen los gusanos y los insectos. Es útil para la diarrea y la gonorrea, limita la emisión seminal y es diurética. El polvo es recomendable para las aplicaciones externas sobre las heridas. Los empachos de raíces hervidas y hojas óptimas para las inflamaciones, las erisipelas y los dolores neurálgicos”.

La primera alusión a la mezcla de hachís con tabaco se da en 1616 escrita por Ibrahim al-Laqqani, y comenta: “Cuenta un adicto al hachís: yo vivía en una casa de alquiler cuyo dueño era uno de esos pesados alfaquíes. Un día me agobió y me exigió con gran insistencia que le pagara el alquiler. Entonces le dije que no enturbiara mi alegría, alo que me respondió que nada lo alegraba a él excepto el tabaco. Lo cité para el día siguiente y, llegado el momento, le ofrecí tabaco mezclado con hachís. Lo fumó y estuvo bajo sus efectos desde el mediodía hasta la tarde. Desde aquel día me rebajaba del alquiler de la casa el precio del hachís y del tabaco que yo le facilitaba” (Lozano, 1990). Un siglo después los magistrados de la ciudad de Alepo prohibirían a veces el uso público del narguile ya que el tabaco era mezclado con hachís (Lozano, 1998:20).

El vino, otro producto prohibido

En el Corán se prohíbe taxativamente el consumo del vino (jamr). No obstante el Corán nos transmite una cierta ambigüedad, y en una de las primeras suras del Corán se dice acerca del vino que era un regalo: «De las frutos de las palmeras y de las vides obtenéis una bebida embriagadora y un bello sustento. Hay en ello, ciertamente, un signo para gente que razona» (Sura 16, 67). Y también se concebía como un premio que se encontrará en el Paraíso: «Habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino, delicia de bebedores y arroyos de depurada miel» (Sura 47, 15). Sin embargo, el Corán ve ahí una ocasión de pecado y una fuente de utilidad, y así, asimilado a los juegos de azar, dice: «Te preguntarán acerca de los embriagantes y los juegos de azar. Di: en ambas cosas, el vino y el juego de azar, hay gran perjuicio y también alguna utilidad para los hombres, pero el perjuicio que causa es mayor que su utilidad (Sura 2, 219)»".

Y en otro lugar dice el Corán: «El Demonio quiere crear sólo hostilidad y odio entre vosotros valiéndose del vino y del maysir, e impediros que recordéis a Dios y hagáis la azalá. ¿Os abstendréis pues? (Sura 5, 91). Después llega a la prohibición relativa: No os acerquéis a la oración en estado de embriaguez, (sino esperad) hasta que sepáis lo que decís (Sura 4, 43). Finalmente, se formula la prohibición explícita y universal: Ciertamente, el vino...es abominación y procedente de la actividad de Satanás. ¡Evitadlo! (Sura 5, 90).

El sufismo, la tradición mística del Islam, ha usado el símbolo del vino como la representación del elixir del amor, y la embriaguez como la unión del alma con Dios. El sufismo como la poesía trasciende las cadenas de la religión, y defiende las bondades del vino. Alá es llamado con frecuencia entre los sufíes «Vino Eterno», porque la intuición de su inmensidad produce un vértigo que permite escapar de las condiciones que el mundo nos impone. Los sufíes, rigurosos en la práctica del Islam, emplean una palabra extraída del mismo Corán, que como ya dijimos, habla del «vino puro», más allá de la muerte, que beberán en el jardín.

El poeta del vino, Omar Jayyam

Al modo sufí: «Antes de que el mundo existiera, viña, racimo o uva, nuestra alma estaba embriagada de vino inmortal». En este aspecto destacan sobremanera algunos miembros de la corriente religioso- filosófica sufí, como Omar Jayyam (1048-1131) gran matemático, astrónomo y poeta persa que se formó en Naishapur, y tuvo como compañeros a Nizam Mulk y a Hassan Sabbah, el futuro fundador de la secta de los «Asesinos», quien nos ha legado una importante obra poética en su Rubaiyat, que constituye no sólo un testimonio personal de sus problemas existenciales, sino también un testimonio de la problemática más profunda del Islam. En esta obra encontramos un profundo sentido humano que canta los deleites del amor y los goces de la vida que con las transposiciones de amargura y optimismo, conforman el carácter del individuo acentuado en su realidad. La vida exige al hombre duros sacrificios porque es esclavo de sus propios prejuicios. Entre tantos absurdos no disfruta de su efímera existencia. Khayyam quiere convencer al hombre de que está equivocado y lo invita a que se desnude de dogmas y doctrinas para que aproveche de los valores tangibles de la naturaleza. En estos poemas cantó al vino y ensalzó sus virtudes, siendo uno de los mayores entusiastas del vino. En uno de ellos, de crítica política y social, el poeta se dirige a un hombre que ha perdido el sentido auténtico de la vida y lo enfrenta a la sociedad, incitándolo a beber vino: “¡Bebe vino! Ya te hice ver mil veces, mil veces te aconsejé: ¿Qué tienes de común con esa turba inexpresiva, qué pueden interesarte esa división de clases, todas esas jerarquías?”

El poeta recomendaba beber vino como signo de humanidad, no sólo por placer y evasión, como el dijo de sí mismo: “Quiero apenas respirar, olvidar mi alma. Solamente por eso bebo y me embriago”. Omar Jayyam se opone a la sociedad clasista y jerarquizada que establece diferencias absurdas entre los seres humanos: “Deja ya tu egoísmo; no temas la pobreza. No persigas el oro. Y bebe, que una vida tan llena de pesares, hay que pasarla toda en un sueño profundo o embriagado de vino”.

En numerosas oportunidades, también por ejemplo cuando hace referencia a la religión y a las sectas, Ornar Jayyam inicia sus poemas alabando el vino. En otro lugar el poeta apela al «carpe diem», como aptitud liberadora de las amenazas, las enfermedades, las aflicciones y otros males, es una idea constantemente expresada con gran intensidad, y probablemente esto es lo que ha seducido a los escritores que introdujeron la obra y la comentaron en Occidente. Existen cientos de referencias al vino, entre ellas extraigo las siguientes: "En placeres y alegrías, aprovecha, amigo, tu corta vida! Haz lo que te venga a la cabeza. Ahora sí, no pienses en el pasado, no pienses en el futuro y menos en el más allá...”, “No olvides que tus días sobre la tierra están contados, y que bien pronto volverás al polvo. Trae vino, busca un lugar al abrigo de importunos, y deja que la vid te consuele” o "Si los amantes del vino y del amor van al infierno..., vacío debe estar el paraíso". "Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Coge un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizá la luna te busque en vano". "Un jardín, una cimbreante doncella, un cántaro de vino, mi deseo y mi amargura: he aquí mi paraíso y mi infierno. Pero, ¿quién ha recorrido el cielo o el infierno?". "No dudes de disfrutar del vino y de las mujeres, pues tarde que temprano tendras que dormir bajo la tierra, y no le cuentes esto a nadie. La Amapola marchita no vuelve a florecer."

Así que se trataba de evitar el consumo de todo aquello que produjese embriaguez, por las repercusiones y desordenes que ello producía. Y muchas veces sobre su prohibición no se insiste tanto en el incumplimiento de un mandamiento de la Ley de Dios, como en las consideraciones negativas que produce, pues se asocia a calamidades, a episodios de muerte y de crítica, a personas cuyo ejemplo de vida no es muy recomendable, mientras que la abstinencia se une a aquéllas que llevaban una existencia modélica desde el punto de vista moral o religioso.

Manuscrito del Rubaiyat traducido por Morris Burne JonesManuscrito del Rubaiyat traducido por Morris Burne Jones

Castigos ejemplares para los borrachos

El consumo del vino estaba extendido por todas partes. Incluso algunos eminentes musulmanes sostienen que el propio Profeta, degustó vino o un sucedáneo de él, el nabidh o vino de dátiles, durante su vida. Obviamente los ortodoxos sostienen que el nabidh, en este contexto, era sólo agua endulzada con jugo de dátiles, pero lo normal era que el jugo fermentase.

Para que una persona que hubiese ingerido cualquier bebida embriagadora fuese merecedora de tal sanción, habían de concurrir en ella varios requisitos. El culpable había de ser: musulmán, pues al infiel no se le prohibían las bebidas alcohólicas; pertenecer a la escuela malikí; ser púber; estar mentalmente sano; debía tratarse de un acto voluntarlo; de haber consumido vino sin necesidad, es decir, sin necesitarlo por haberse atragantado; sin justificación, pues quien bebe una bebida prohibida creyéndola lícita no incurre en delito alguno. La prueba del delito se obtenía por confesión del acusado o por testimonio de dos testigos honorables acerca de la comisión del hecho imputado y del olor percibido.

Cuando el califa Abu Bakr tuvo que intervenir cuando encontraban a un borracho, a la muerte de Mahoma, aconsejado por los compañeros del Profeta, y basándose en un hadiz en el que Mahoma ordenó que aplicaran unos azotes a un hombre que le fue presentado en estado de embriaguez por haber bebido vino, fijó el hadd del vino en ochenta azotes.

El condenado al castigo por consumo de vino deberá hallarse sentado, pero sin ataduras ni en el cuerpo ni en las manos. Los azotes, en el número exacto, ni uno más o menos, eran aplicados en la espalda y en los hombros después de haberlos dejado al descubierto. Si se trataba de una mujer, la aplicación del castigo es idéntica, con la salvedad que ésta recibía los azotes con algo que le cubriese, pero que no le protegiese de los golpes.

BIBLIOGRAFÍA

  • Escohotado, A. Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid (1999) 
  • Lewin,L. Phantastica. Payot, París (1970)
  • Lozano Cámara, I. Solaz del Espíritu en el hachís y el vino y otros textos árabes sobre drogas. Universidad de Granada, Granada (1998)
  • Lozano Cámara, I. Tres tratados árabes sobre el cannabis indica, AECI, Madrid (1990)
  • Matthews, P. La cultura del cannabis. Alianza Editorial, Madrid (2002)
  • Rosenthal, F. The herb-Hashish versus medieval Muslim Society, E. J. Brill, Leiden (1971)
  • López Pita, P. (2004). “El vino en el Islam: rechazo y alabanza” en Espacio, Tiempo y Forma, Serie III, Hª Medieval, t. 17, pp. 305-323
  • Marín Gutiérrez, I. (2003) Historia conocida o desconocida del cannabis. Megamultimedia. Málaga.

 

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