Los beneficios del cannabidiol, la molécula milagrosa

En los últimos años, los derivados de la marihuana han acaparado la atención de los médicos y de los científicos. ¿A qué se debe este «boom»?

a pequeña Charlotte Figi consumía marihuana a los seis años. Y, obviamente, la pequeña Charlotte no fumaba; se le administraba el compuesto por vía oral, a partir de un aceite extraído de la planta.

Charlotte había sido diagnosticada con síndrome de Dravet, o epilepsia mioclónica, provocada por una mutación del gen SCN1A. Las convulsiones diarias que sufría la pequeña eran tan fuertes y numerosas que sus padres pusieron una nota de «no resucitar» en su expediente médico. La habían dado por perdida después de intentar todos los tratamientos conocidos.

Hasta que les sugirieron agotar un último recurso y utilizar el aceite de la «Decepción del Hippie» (como también es conocida esta marihuana, debido a sus efectos psicotrópicos). Consiguieron el aceite gracias a Alan Shackelford, médico de la Universidad de Heidelberg, quien ha dedicado sus investigaciones al tratamiento de varias enfermedades con marihuana medicinal. Desde ese momento, los ataques se redujeron notablemente: ahora solo tiene cuatro al mes y puede hacer vida normal.

La noticia comenzó a circular por redes sociales primero, más tarde se expandió por los periódicos, y la recuperación de Charlotte hizo que cientos de familias se trasladaran a Colorado, donde vive la niña y uno de los 33 estados en los que la variedad terapéutica de Cannabis sativa es legal. De hecho la niña es hoy símbolo para los que proponen la legalización universal del uso terapéutico de los compuestos del cannabis. Algo que, en España, aún no está regulado.

El cannabis ya se utilizaba como medicina hace más de 4.000 años (en Egipto se recomendaba, entre otros muchos usos, para los dolores de hemorroides), y contiene 489 componentes diferentes. Pero solo 70 de ellos son cannabinoides, sustancias químicas que también fabrica nuestro cerebro de modo natural a modo de endocannabinoides.

Estos compuestos están relacionados con el funcionamiento de los neurotransmisores y afectan al control motor, al aprendizaje, a las emociones y a la conducta. Los dos componentes más conocidos de la marihuana son el THC (TetraHidroCannabinol) y el cannabidiol (CBD). Si el primero de ellos es un potente psicotrópico, el CBD tiene efectos anticonvulsivos y antiinflamatorios, entre otros.

El CBD acaba de tener el honor de convertirse, nada menos, que en portada de «The New York Times Magazine» en una sorprendente apuesta periodística sobre las supuestas y múltiples facultades curativas de esta molécula milagrosa.

La lista de bondades atribuidas al CBD no parece caber en una portada de revista. Si se analiza con calma la literatura científica y menos científica al respecto, aparecen supuestas aplicaciones de este derivado de la marihuana para aliviar el Síndrome de Estrés Postraumático, promover la desintoxicación por exceso de opiáceos, tratar el colon irritable, aliviar los síntomas del Parkinson, tratar la depresión, ralentizar el avance de la demencia, detener brotes psicóticos, tratar daños cerebrales, reducir niveles de azúcar en sangre, prevenir la ansiedad, calmar a perros irritables, aliviar síntomas menstruales, ayudar a dormir mejor... Una lista demasiado larga para ser tomada en serio. ¿O no?

La situación legal de la marihuana vive un momento convulso. El año pasado Canadá se convirtió en el primer país del G7 que aprobaba sin excesivas limitaciones la producción y el consumo de la planta. En Estados Unidos hay 10 estados que permiten su uso recreativo y 33 que han legalizado el empleo medicinal. Uruguay legalizó la marihuana en 2013 y Chile discute ahora si se aprueba el autocultivo.

En Europa, además del mítico caso de Holanda, la República Checa ha aprobado su uso terapéutico. En España, la situación es peculiar. Somos el cuarto país de Europa en consumo de cannabis y, según el CIS, el 47% de los españoles está a favor de legalizar la venta y el 87% de la autorización médica. Pero las iniciativas parlamentarias para regular este punto siguen paralizadas.

Muchos países han seguido el mismo camino pautado hacia la legalización. Tras la autorización para el uso medicinal, se ha adquirido la experiencia suficiente para la legalización general. La evidencia científica más sólida admite que componentes como el CBD son de especial interés en el tratamiento del dolor neuropático, la espasticidad, la anorexia, algunos tipos de glaucoma y para aliviar los efectos secundarios de la quimioterapia. Pero no son pocos los expertos que consideran que las pruebas ofrecidas parecen, todavía, insuficientes. A finales de 2018, el Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías elaboró un detallado informe sobre el uso de la marihuana en medicina. El trabajo señala que las evidencias en torno al cannabis terapéutico «evolucionan rápidamente y actualmente son bastante limitadas y fragmentadas». En todo caso, los ensayos clínicos realizados sobre determinadas patologías y síntomas «sugieren que los cannabinoides alivian los síntomas de algunas enfermedades».

La clave está, según la autoridad europea, en la comparación de sustancias como el CBD con otros fármacos disponibles. En el caso de los efectos secundarios de la quimioterapia, por ejemplo, la evidencia al respecto es calificada de «débil». Hay pocos estudios que comparen los cannabinoides con los últimos antieméticos, que son más efectivos que los antiguos para evitar los vómitos y las náuseas. Los ciclos de quimioterapia más modernos producen menos náuseas y hay poca evidencia disponible sobre el uso de cannabis en otros tipos de náusea.

Donde mejor parados salen los compuestos derivados del cannabis es en la reducción de espasmos musculares, el dolor crónico de origen neuropático y la epilepsia infantil.

En España solo hay un medicamento legal que contiene extractos del cannabis: Sativex, un fármaco muy caro que reduce la rigidez muscular en casos de Esclerosis Múltiple. Pero, como dice el doctor Mariano García, portavoz del Observatorio Español de Cannabis medicinal, la presión por aliviar ciertas enfermedades y las evidencias que van llegando sobre las bondades del cannabis fuerzan a algunos pacientes a «usar, desgraciadamente, la peor vía: fumarse un porro».

El consenso no parece sencillo. Y avanzar en la creación de un cuerpo de evidencia científica suficiente para avalar o no el uso medicinal de estas sustancias tampoco es fácil. En España solo dos empresas y tres centros de investigación tienen permiso para cultivar marihuana con fines científicos. El sistema de licencias está mucho más controlado que en el caso de otras sustancias de la naturaleza que puedan tener interés médico.

El camino hacia la marihuana terapéutica aún está por recorrer. Mientras tanto, miles de pacientes de todo el mundo se acercan a modalidades de consumo no reguladas o directamente ilegales mediante canales alternativos, asociaciones de activismo o doctores afines a la causa. Aceites, pastillas, productos gastronómicos que, en muchos casos, aseguran tener beneficios imposibles de demostrar.

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