La crisis del Rif revela el fracaso del desarrollo en Marruecos

El 28 de octubre de 2016 moría Mohcine Fikri aplastado por un camión de basura cuando intentaba recuperar la mercancía que le habían confiscado las autoridades en Alhucemas, al norte de Marruecos. El movimiento Hirak (“el Movimiento”), que nació a raíz de este acontecimiento, atraviesa por una fase de inactividad tras la detención de sus principales líderes en mayo. Ante la vitalidad de las protestas, ¿sabrá el poder marroquí evolucionar para adaptar sus respuestas a las reivindicaciones de su población?

Desde octubre de 2016 a mayo de 2017 el Palacio ha demostrado una pasividad sorprendente. Mohamed VI, que se enfrentaba a un movimiento social de una magnitud inédita desde 2011 y que le interpelaba cada vez más directamente, eligió la vía del silencio. Representantes del Estado de ámbito local llevaron a cabo intentos infructuosos de negociación, pero como no respondieron a las reivindicaciones del movimiento Hirak, no han podido apagar la revuelta.

Cuando el viernes 26 de mayo el líder de Hirak, Nasser Zefzafi, interrumpió un sermón que identificaba el movimiento social con una fitna 1, el Estado encontró un pretexto para cerrar la página web de Hirak. Desde entonces muchos activistas han sido encarcelados (más de 200 a día de hoy) y las manifestaciones han sido sistemáticamente dispersadas. [Nasser] Zefzafi fue detenido el 29 de mayo y actualmente está siendo juzgado en Casablanca junto a otros participantes del movimiento. La represión ha cortado por lo sano las esperanzas de resolver la crisis.

Un repertorio de protestas que va de lo local a lo nacional

Además de la demanda de levantar el "bloqueo económico" que padece la región, “existe una reivindicación agraria y campesina relacionada con los problemas del agua y la tierra. Los campesinos exigen también que se anulen las órdenes de detención de los cultivadores de cannabis. En general los pequeños explotadores agrícolas de las zonas marginadas de Marruecos padecen desigualdades y diferentes formas de discriminación en los ámbitos de la vida social (trabajo, educación, transporte, etc.)”, relata Kenza Afsahi, socióloga de la universidad de Burdeos y autora de varios trabajos sobre el Rif 2.

Aunque la mayoría de las reivindicaciones que defiende Hirak son locales, los modos de acción utilizados provienen de un repertorio de protestas nacional en continua evolución inervado por las experiencias de unos y otros. Para Mounia Bennani-Chraïbi, de la universidad de Lausanne, “estas protestas demuestran que las autoridades ya no pueden administrarlas únicamente por medio de la represión y/o la distribución clientelista de los escasos recursos”. Según esta politóloga, “lo que ocurre en las periferias marroquíes se inscribe en un tiempo histórico. En los albores de la independencia  la construcción del Estado nación se hizo en la violencia ( física y simbólica ). L a s zon a s rurales y de forma más general la s periferias recalcitrantes pagaron un alto precio . El centro de gravedad de las protestas se desplazó poco a poco a las grandes ciudades. Pero tras la liberalización política de la década de 1990 el ámbito de las protestas se extendió progresivamente de las metrópolis a las ciudades medianas y pequeñas , y después a las localidades rurales” 3.

El final del reinado de Hassan II Marruecos conoció un proceso de decompresión autoritaria que estuvo acompañado del auge de una sociedad civil cuya emergencia permitió el Estado debido a la necesidad de “establecer el relato del " c ambio político "”  4. Se fue constituyendo progresivamente un espacio de protestas. La priorización por parte Mohamed VI de una agenda social como lugar de intervención privilegiada y la construcción pública de una “cuestión social” engendraron una multiplicación de señales. Se avivaron las expectativas lo que llevó a los habitantes de las regiones periféricas o marginadas a protestar dentro de coordinadoras y colectivos sociales contra las desigualdades de las políticas de desarrollo.

El Movimiento del 20 de febrero, que surgió en los albores de las primaveras árabes en 2011, se basó en unos modos de organización y de movilización ya existentes al tiempo que aportaba innovaciones a las protestas. Su herencia no se manifiesta solo en los modos de acción que ha adoptado el Hirak, sino también en el discurso de sus líderes. En efecto, el Hirak articula unas demandas y unas reivindicaciones locales con una intención más amplia, más nacional, con el descrédito de la política en Marruecos, lo que en parte podría explicar el apoyo que tiene más allá del Rif.

Si los movimientos contestatarios anteriores habían expresado una desconfianza similar respecto a la política, en el caso de Hirak esta desconfianza constituye la propia identidad del movimiento y su lucha. Al rechazar a los partidos políticos “quienes protestan afirman alto y claro que lo esencial del poder está en manos del rey” con el fin de “poner al “buen rey” contra la espada y la pared” y desnudar al poder, durante mucho tiempo refugiado tras el manido mito según el cual “el rey es bueno y la clase política mala”, escribe Mounia Bennani-Chraïbi.

Desconfianza hacia los partidos y las políticas de desarrollo

Las cuestiones locales planteadas por el movimiento tienen también implicaciones políticas. Los programas de desarrollo local, a menudo decididos por el rey, en general no son objeto de deliberación alguna ni en el ámbito institucional ni respecto a las poblaciones. La nueva Constitución adoptada a raíz de las manifestaciones de 2011 “insistía en los mecanismos de democracia participativa y de rendición de cuentas. Ahora bien, las poblaciones consideran que ellas expresan unas necesidades que no se tienen en cuenta y que se les imponen unos modelos de desarrollo concebidos por “expertos” que son ajenos a sus realidades. Las poblaciones se sienten marginadas de las decisiones cuando se trata de establecer unas políticas públicas de desarrollo. El Hirak señala también la ausencia de élites locales susceptibles de llevar a cabo los programas de desarrollo y de tener en cuenta a las fuerzas vivas existentes”, analiza Kenza Afsahi.

La desconfianza se manifiesta también el rechazo de toda intervención de los partidos políticos y de las élites locales. Los espacios de mediación, concebidos por el poder como herramientas de desmovilización y de racionalización de las protestas, le habrían permitido debilitar al Hirak. Así fue como la estrategia de fragmentación y de clientelizacion de los grupos movilizados pudo desactivar en 2008 las protestas en Sidi Ifni, al sur de Marruecos.

El movimiento también ha sido una fuente de emulación. Organizados bajo la bandera de un “Hirak” local los habitantes de la ciudad de Zagora, al sur del país, se manifestaron durante varias semanas contra la escasez de agua potable y en octubre lograron volver a la normalidad. “La sobreexplotación de los recursos en agua es la misma en el norte y el sur de Marruecos”, señala también Kenza Afsahi, “pero para los explotadores de cannabis simplemente es más difícil reivindicar directamente el agua por temor a la represión ya que recurren a las capas freáticas para una actividad ilegal”.

“Por ejemplo, hay similitudes entre la producción de sandía en la región de Zagora (en parte responsable de la escasez de agua potable en la ciudad) y el cultivo de cannabis en el Rif. En ambos casos las poblaciones han abandonado unos cultivos tradicionales, una parte de los cuales se dedicaba a la horticultura y a la autosuficiencia, para producir a gran escala nuevos productos destinados a la exportación, lo que refuerza la monetarización de los intercambios en un entorno que suele ser frágil. Esta sobreexplotación de los recursos […] no solo constituye una traba para el desarrollo sino que también es una fuente de conflicto debido a la escasez de agua y al agotamiento de los suelos, además de plantear problemas de seguridad alimentaria”, revela la socióloga.

La efímera república de Abdelkrim

La protesta en el Rif, ampliamente cubierta por los medios nacionales e internacionales, y por las redes sociales, ha sido objeto de relatos muy contrastados que ponían de manifiesto las distorsiones del relato oficial y contribuían a reforzar el apoyo al Hirak más allá del Rif. En esencia, el poder y sus altavoces mediáticos relacionaron al Hirak con un movimiento secesionista o criticaron gravemente su falta de moderación” a pesar de que Nasser Zefzafi no había dejado de insistir en su carácter pacífico y de predicar la autolimitación. En Marruecos esta reprobación de la intemperancia en política adquiere un sentido particular. En el momento de la transición en la década de 1990 se dirigió contra los defensores de los derechos humanos, los actores islamistas y los de extrema izquierda, a quienes se reprochaba no haber sabido contener sus reivindicaciones. El imperativo de moderación delimita las formas legítimas y toleradas de la actividad pública, y excluye de ella ciertas prácticas y a determinados actores portadores de conflicto politizado, como revelaba el politólogo Frédéric Vairel.

Por lo que se refiere a la acusación de secesionismo, está directamente relacionada con la aparición de la bandera de la República del Rif, una República efímera establecida por Abdelkrim El-Khattabi entre 1921 y 1927. El hecho de que se desplegara esta bandera en las manifestaciones se ha interpretado como una negación de la unidad nacional y la expresión de un regionalismo exacerbado. ¿Confirman esta hipótesis la recuperación de símbolos surgidos de la memoria colectiva del Rif y la (re)constitución de un imaginario militante a partir de experiencias pasadas y de episodios de resistencia? Parece que no. A semejanza de otros movimientos de protesta obedece principalmente al imperativo de “crear comunidad” y de inscribir las luchas actuales en un relato de resistencia que supere las discontinuidades históricas, aunque la corta experiencia de la República del Rif cristalizara en su momento una tensión entre el modelo monárquico y el modelo republicano, y el Rif siempre haya experimentado un sentimiento regional bastante fuerte.

Ante una memoria oficial que ha excluido todas las referencias que se oponen a la preeminencia de la monarquía, a la que se presenta como actriz principal de todas las luchas habidas en Marruecos, parece inevitable la aparición de tales relatos. Desde la independencia y de manera más asertiva con Hassan II, la monarquía ha ocupado los terrenos de la memoria colectiva y del relato nacional con el fin de fabricar una conciencia histórica a medida, que en muchos aspectos ha resultado ser fragmentaria y ha ocultado el papel que desempeñaron otras figuras, a menudo regionales, papeles oportunamente reivindicados por aquellos movimientos que se consideran sus herederos.

El doble juego de la mayoría

Tras haber condenado el 14 de mayo el movimiento de protesta, los partidos de la mayoría gubernamental eligieron suavizar el tono tras las protestas suscitadas por ese episodio. El jueves 1 de junio publicaron un comunicado en el que incitaban al gobierno a “interactuar más positivamente con el movimiento de protesta”. Los partidos de la mayoría se reducen a cogestionar las consecuencias de una crisis social sobre la que no tienen control y a tener que justificar una represión que no han decidido, ya que Palacio mantiene el control sobre el aparato de seguridad. Trataron de limitar los costes vinculados a una postura tajante a favor o en contra de las protestas y evitar así servir de fusible a la monarquía o evitar que los abrume aún más el Hirak. Pero al hacerlo han expuesto al rey. ¿Fue eso lo que impulsó a este último a atacar a los partidos políticos en el enésimo discurso en el que sacaba a relucir su inanidad? El 29 de julio Mohammed VI reprochó a la clase política que se “apresurara a ocupar el primer plano para hacerse con los beneficios políticos y mediáticos de los logros realizados. Pero cuando el balance es decepcionante, se ocultan tras el Palacio real y le hacen responsable de ello”.

Este método es cuanto menos contraproducente: con sus críticas recurrentes y a veces virulentas de la clase política el rey se expone más y se pone en posición de que los movimientos sociales lo soliciten al ser el único actor político capaz de responder a sus demandas.

Recuperación de las reivindicaciones

Con motivo de la apertura del año judicial el 13 de octubre Mohamed VI pronunció un discurso que bien habría podido ser el del líder del Hirak, sin mencionar en ningún momento al movimiento de manera explícita. Insistió en “la necesidad de ajustar las políticas públicas a las preocupaciones de los ciudadanos, en función de las necesidades y las especificidades de cada región”, puso énfasis en “un desarrollo equilibrado y equitativo, garante de la dignidad de todos, generador de ingresos y de empleos, sobre todo a beneficio de los jóvenes”, afirmó la necesidad de erigir “una justicia equitativa y eficaz”, así como “la generalización de la cobertura médica y facilitar el acceso digno de todos a buenos servicios sanitarios”.

Este procedimiento está lejos de ser nuevo. Recordemos los discursos que pronunció al principio de su reinado en los que el soberano se apropió de las reivindicaciones de la sociedad civil y las reformuló en un tono más de consenso y menos politizado bajo la forma de un “nuevo concepto de la autoridad”. También encargó dos investigaciones sobre el retraso en la realización de los proyectos de desarrollo en Alhucemas a raíz de las cuales destituyó a cuatro ministros y expresó su “no satisfacción” respecto al trabajo de los cinco ministros anteriores, a los que “no se confiará ninguna función oficial en el futuro”, según un comunicado del gabinete del rey.

Estas medidas, que una parte de la opinión pública interpretó como una “victoria del Hirak”, habían revivido la esperanza de que quedaran en libertad los presos del movimiento. Pero hay que relativizar la victoria: se utilizaron las reivindicaciones del movimiento social rifeño para debilitar al Parti du progrès et du socialisme (PPS, Partido del Progreso y del Socialismo) — los dos principales ministros del partido fueron destituidos — al que el palacio no perdonó una toma de postura crítica respecto a Fouad Ali El-Himma, amigo de infancia y consejero del rey. También se utilizaron para proseguir con la purga del aparato de seguridad.

Al prometer trazar las grandes líneas de una nueva agenda de reformas a escala nacional y anunciar que había solicitado al Tribunal de Cuentas que auditara los proyectos de desarrollo emprendidos en diferentes regiones del reino, ¿acaso quiso el rey situar sus acciones no como respuesta a las reivindicaciones del Hirak, sino dentro de un calendario que no fuera el resultado de las presiones de la calle? Esta preocupación se transparentaba particularmente en el momento elegido, casi un año después del inicio de las manifestaciones.

Con todo, este reajuste ha legitimado algunas reivindicaciones del Hirak. La monarquía ha podido así evaluar tanto la falta de eficiencia de su política de desarrollo como los límites de sus programas sociales. Sus logros no son acordes con la propaganda de la que son objeto, lo que refuerza el sentimiento de exclusión en las periferias. ¿Sabrá la monarquía sacar lecciones similares respecto a sus arrebatos autoritarios? Y es que si el ámbito de las protestas ha experimentado una evolución que se hace eco de las mutaciones de la sociedad, entre las que se incluyen “la erosión continua del miedo a las autoridades, la relajación acelerada del control que ejercen los intermediarios clásicos, el fortalecimiento de la capacidad de coordinación de acciones colectivas, pacíficas y duraderas”, como escribía en junio Mounia Bennani-Chraïbi, las respuestas de Palacio, que oscilan entre los intentos de fragmentar los movimientos sociales y el sometimiento por medio de la represión, siguen sin adaptarse a las nuevas realidades del país.

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