El médico que introdujo el cannabis en Inglaterra

William Brooke O´Shaughnessy

A comienzos del siglo XIX existió un tremendo interés por las propiedades terapéuticas del cannabis. Los franceses trabajaron con las propiedades del hachís en sus posesiones africanas y los ingleses con el cannabis indio. La ciencia en este tiempo se caracterizaba por su deseo de clasificar y categorizar; y entre ellas estaba nuestra planta amiga.

Por Iñigo Montoya de Guzmán

William Brooke O´Shaughnessy era un médico militar nacido en Limerick (Irlanda) en 1809. A la temprana edad de 20 años se licenció en la facultad de medicina de la Universidad de Edimburgo en 1829. Tenía un gran talento en el campo de la química y la toxicología. Un año después se trasladó a Londres. En 1831, con 22 años, como no podía ejercer de médico, viajó a Newcastle-upon-Tyne, donde comenzó a estudiar con el doctor Thomas Latta acerca de la composición de la sangre en el cólera. Introdujo de manera efectiva líquidos por vía intravenosa y realizó la terapia de reemplazo de electrolitos para el tratamiento del cólera.

A la edad de 30 años fue a la India -en 1833- como médico cirujano empleado por las Compañía de las Indias Orientales Británica en Calcuta, donde permaneció nueve años como cirujano, médico, profesor de química y científico. Estaba muy influenciado por los nuevos inventos modernistas y fue el introductor del telégrafo en la India y de los medicamentos a base de cannabis en Inglaterra. Pero también desarrolló investigaciones en farmacología botánica, en química, en electricidad galvánica y en conducciones submarinas. Fue miembro de la Sociedad Médica y Física de Calcuta. En la India observó a doctores hindúes que usaban medicinas con compuestos de cannabis para curar varias enfermedades. Él fue el que validó los usos populares del cannabis en la India y descubrió nuevas aplicaciones, y finalmente recomendó su uso para una variedad de propósitos terapéuticos.

 

Su trabajo en la India

En 1839, el doctor O´Shaughnessy era ya profesor británico en la Escuela Médica de Calcuta. En 1841 publicó un manual de química; posteriormente fue nombrado catedrático de Química del Medical College (Colegio Médico) de Calcuta. Publicó el primer artículo (de unas cuarenta páginas) sobre las propiedades analgésicas, antiespasmódicas y relajantes musculares del cannabis (incluido para el tétanos) basadas en su propia experiencia. En 1842 fue publicado en The Transactions of the Medical and Physical Society of Calcuta (Anales de la Sociedad Física y Médica de Calcuta). Es un artículo sobre las preparaciones de cáñamo indio (cannabis indica) y sus efectos en el sistema animal y su utilidad en el tratamiento del tétanos y otras enfermedades convulsivas. Afirmaba que era conocido en Sudáfrica, Sudamérica, Turquía, Egipto, Asia Menor, India, Malasia, Birmania y Siam; y que formaba parte de la medicina de esas naciones. En Europa Occidental –explicaba- era prácticamente inexistente, a excepción del consumo de las juventudes de Marsella y el vino de cannabis realizado por el doctor Mahneman. El cáñamo europeo -afirmaba en su tratado- carecía de la resina que tiene las propiedades medicinales. Escribió que había realizado una tintura de cannabis que se preparaba hirviendo los cogollos en alcohol hasta que la resina se disolvía. La tintura así obtenida se evapora al hervirlo. Esta solución de cannabis y alcohol se tomaba de forma oral como un analgésico eficaz (O´Shaughnessy, 1838-1840: 42l-461).

A partir de 1843, O´Shaughnessy realizó un estudio más profundo sobre el cannabis que interesó a sus compañeros de profesión ingleses. Realizó una breve historia del uso de cannabis en la India y los países árabes. También describió los experimentos que había dirigido en animales (carnívoros, peces, gatos, cerdos, buitres, cuervos, caballos, ciervos, monos, cabras, ovejas y vacas). El primero de los estudios de O'Shaughnessy se centró en los animales: “un perro de tamaño medio” que “consumió diez granos de charas nepalés” y otro perro más pequeño que ingirió un dracma de majoun. En los dos casos, los perros tuvieron lo que O’Shaughnessy definió como “embriaguez”, pero se recuperaron completamente. Se administraron dosis parecidas a otros animales. Ninguno de los animales murió o resultó dañado, aunque sí comentó que “se produjo un notable resultado. Que, mientras que los animales carnívoros, y los peces, perros, gatos, cerdos, buitres, cuervos y marabúes (una especie grande de cigüeña) manifestaban invariable y rápidamente los efectos intoxicantes de la droga, los granívoros, como el caballo, el ciervo, el mono, la cabra, la oveja y la vaca, experimentaron unos efectos triviales independientemente de las dosis que les administramos” (Green, 2003:185). Ese año, 1843, fue elegido miembro de la Royal Society.

También lo aplicó a humanos, en pacientes con reuma. Vio que era un eficaz tratamiento contra el dolor y el aumento notable del apetito y proporcionaba alegría a sus pacientes. Trató a un paciente terminal de rabia. Su paciente, aunque murió, en su fase agónica consiguió que comiera un poco de arroz y zumo. Experimentó en sus pacientes de cólera, tétanos y epilepsia. Sus enfermos tuvieron un alivio sintomático de estos desórdenes. Alivió con éxito los dolores reumáticos y puso fin a las convulsiones de un bebé. O’Shaugnessey se impresionó de sus propiedades como relajante muscular y lo llamó “un remedio anticonvulsivo de gran valor” (Conrad, 1998:33).

En sus tratados escribía las dosis correctas para cada dolencia. Así, podemos leer que, en el tratamiento frente al tétanos, se ofrece la tintura de cannabis al paciente cada media hora hasta que los paroxismos cesaran. En casos de cólera se dan diez gotas de tintura de cannabis cada media hora. La experiencia de O´Shaughnessy lo llevó a preferir dosis pequeñas del remedio para excitar, en lugar de narcotizar al paciente.

A su vuelta a Inglaterra, en 1842, O´Shaughnessy trajo cannabis a un farmacéutico, Peter Squirel, que tenía su farmacia en Oxford Street, Londres, para que crease de la resina un extracto medicinal y con ello un medicamento. Fue así como se logró el “Squire´s Extract” (o “Extracto Escudero”, que era una tintura de cannabis disuelto en alcohol). Este fue el mayor proveedor de extracto de cannabis de Inglaterra (de venta al por mayor a través de la Sociedad de Boticarios en 1871). Hubo otros farmacéuticos que realizaron extractos de cannabis, como Smith en Edimburgo, De Courtive y Personne en París, y Gastinel en El Cairo (O´Shaughnessy, 1842:421-461).

El “Extracto Escudero” se comercializó y fue muy conocido durante el siglo XIX. Los médicos comenzaron a prescribirlo para cualquier dificultad física. Se utilizó para aliviar los espasmos musculares del tétanos y la rabia. Aunque el cannabis no podía curar esas enfermedades, los médicos se daban cuenta de que reducía los síntomas de espasticidad y el sufrimiento de los pacientes (Conrad, 1998:33). Se utilizó mucho en los partos; el cannabis era un medicamento efectivo para las mujeres en los últimos meses del embarazo porque aumentaba la fuerza de las contracciones uterinas y reducía el dolor del parto. El doctor John Grigor, pionero en el uso obstétrico del cannabis, afirmaba que era eficaz para reducir el dolor de parto en las mujeres (Grigor, 1852:124-125).

En 1844 volvió a la India, donde trabajó en diversos cargos del gobierno británico, pero siempre relacionados con la farmacología y la investigación. Es por esa época cuando comienza a trabajar con diversos instrumentos telegráficos. Después de un breve regreso a Inglaterra, en 1852 fue nombrado Superintendente de Telégrafos en 1853. Así, en dos años instaló 6.000 kilómetros de líneas de telégrafo por toda la India y escribió numerosos manuales e informes sobre sus inventos telegráficos.

En 1856 fue nombrado caballero por la reina Victoria, que le distinguió con el título de Sir por su trabajo en el telégrafo de la India. También fue nombrado Director General de Telégrafos en ese momento. Durante esos años se entusiasmó con el nuevo invento, dejó de lado sus investigaciones con el cannabis, y llegó incluso a publicar un libro de códigos privados para el cifrado en telegrafía. Finalmente, se jubiló en Inglaterra en 1860 a la edad de 51 años por una enfermedad. Allí permaneció en el olvido hasta su muerte, en enero de 1889.

 

En busca del principio activo

Los estudios de O´Shaughnessy resucitaron el uso medicinal del cannabis en Occidente (Herer, 1999:164). Simultáneamente, un doctor francés llamado Aubert-Roche estaba haciendo el mismo redescubrimiento de las aplicaciones del cannabis en el ámbito médico de Oriente Medio. Ensayó en el hospital de Alejandría las capacidades terapéuticas del hachís, y desde 1834 logró curar varios casos de peste. En el Cairo conoció al doctor Moreau de Tours, unos de los padres de la moderna psiquiatría, autor de un clásico tratado sobre el hachís aparecido en 1840, que usaba el fármaco en el hospital psiquiátrico de Bicètre. Moreau de Tours estuvo muy relacionado con el Club del Hachís de París.

Pero muchos doctores eran reticentes a utilizar cannabis, ya que eran variables e impredecibles sus efectos, y existían problemas en su dosificación. Por lo tanto, no fue ampliamente utilizado. Entonces muchos químicos intentaron identificar y extraer el principio activo del cannabis para que pudiera estandarizarse la pureza y la potencia de los extractos de cannabis. Los primeros estudios químicos se efectúan en los años 1838-1839 por obra de Raleigh, Esdale y O´Birest; y hasta finales del siglo XIX no se consigue cierto éxito con el descubrimiento del cannabinol (este compuesto no se aisló hasta 1895). Durante los sesenta años siguientes se editaron más de un centenar de estudios científicos sobre esta planta y sus propiedades.

Los científicos franceses estaban muy interesados por los potenciales terapéuticos del hachís. En 1847 la Sociedad Farmacéutica de París anunció un premio para el aislamiento del principio activo del cannabis que se consiguió parcialmente en 1857. En 1848, la primera tesis doctoral sobre el cannabis escrito por De Courtive (el escritor francés Baudelaire utilizó dicha tesis para informarse sobre el hachís). Demostró que las farmacias realizaban el extracto llamado cannabina. El proceso de De Courtive era el siguiente: mezclaba las hojas y las flores (cogollos) con alcohol a una temperatura de 75 grados durante 3 horas y se deja reposar 24 horas en el recipiente. Luego se filtra, y se obtiene un líquido verde oscuro y se vuelve a filtrar hasta que la materia deje de colorear el alcohol. En vez de dejarlo que se evapore hasta el final, se le echa agua fría, que se apodera de la clorofila y la materia extractiva, mientras que la resina permanece en la superficie. Posteriormente se purifica, se lava varias veces y se obtiene la cannabina o haschischina (Escohotado, 1999).

En 1857, los hermanos Smith de Edimburgo empiezan a comercializar una tintura basada en extracto de cannabis. Fue muy usada como medicamento para la tos, y para otros medicamentos que fueron muy utilizados hasta bien entrado el siglo XX (Conrad, 1998:35). En 1859, el doctor P. Encanezca, futuro presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana, describió sus experiencias clínicas con el cannabis (Gray, 1860: 80-89). Pero el descubrimiento del principio activo del cannabis, el Δ9-Tetrahidrocannabinol (THC), no se consiguió hasta el siglo XX por el investigador judío Raphael Mechoulam. Esa será otra historia que contar.

BIBLIOGRAFÍA

 

  • Abel, E.L. (1980) Marihuana: The first 12,000 years. Plenum Press, Nueva York.
  • Conrad, C. (1998) Cannabis para la salud. Martínez Roca, Barcelona.
  • Escohotado, A. (1999) Historia general de las drogas. Espasa Calpe, Madrid.
  • Gray J.P. (1860) “On the use of cannabis indica in the treatment of insanity”. American Journal of Insanity, 16.
  • Green, J. (2003). Cannabis, una enciclopedia ilustrada. RBA Integral, Barcelona.
  • Grigor, J. (1852) “Indian Hemp as an Oxytocic”. Monthly Journal of Medical Science 15.
  • Herer, J. (1999) El emperador está desnudo, Castellarte S.L., Castellar de la Frontera.
  • Mikuriya, T.H. (1973) Marijuana Medical Papers 1839-1972. Medi-Comp Press, Oakland, California.
  • O´Shaughnessy, W. B. (1840), “On the preparation of the Indian Hemp or Gunjah (cannabis indica): The effects on the animal system health, and their utility in the treatment of tetanus and others convulsive diseases”. Transactions of the Medical and Physical Society of Bengal, Bombay 8.
  • O’Shaughnessy, W.B. (1842) The Bengal Dispensatory. Londres.
  • Wood, G. B. y Bache, F. (1854) The dispensatory of the United States, Lippincott Branbo & Co., Filadelfia.

 

Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas

Es posible que detrás de este genial autor se escondieran aficiones no muy bien consideradas para un clérigo de la Iglesia de Inglaterra del siglo XIX, como eran: el teatro, la literatura, la fotografía, las niñas…y ¿por qué no? También el cannabis.

Por Íñigo Montoya de Guzmán

El nombre verdadero de Lewis Carroll era Charles Lutwidge Dodgson, y nació en Daresbury (Cheshire), Inglaterra, en 1832. Fue el hijo de una familia numerosa de once hermanos con problemas en el habla (eran tartamudos). El joven Dodgson era considerado un "tipo raro". Y se refugiaba en la lectura, hasta que empezó a escribir para distintas revistas. Una de sus obsesiones era el tiempo, y además padecía de insomnio. A los 18 años entró en la Universidad de Oxford, donde pasó 47 años (no es que repitiera mucho, sino que una vez acabada la carrera de matemáticas acabó siendo profesor). Fue ordenado diácono -como su padre- de la Iglesia Anglicana. Pero no llegó nunca a ordenarse sacerdote por su tartamudez, sus dudas doctrinales, y por no someterse a ciertas reglas impuestas por la costumbre a los que se ordenaban sacerdotes, como por ejemplo el no acudir a los teatros. Fue profesor de Matemáticas en Oxford hasta 1881 y publicó tratados matemáticos como "Euclides y sus rivales modernos" (1879). En 1865 publicó "Alicia en el país de las maravillas"; en 1872, "A través del espejo y lo que Alicia encontró allí", "La caza del Snark" (1876), y la novela, "Silvia y Bruno" (en dos volúmenes, 1889-1893). Murió en Guilford (Surrey), en 1898.

Sus aficiones

Dodgson no se sentía muy bien con personas de su misma edad, pero con los niños (especialmente con las niñas) era espontáneo y afectuoso. Las invitaba a reuniones, jugaba incansablemente con ellas, se disfrazaban, las invitaba a merendar, realizaban pequeñas excursiones e inventaba historias y rompecabezas para distraerlas. Sus dos libros principales son alegorías en las que están fundidos dos temas: su inexpresado amor por Alicia Liddell y la atracción que sentía por los misterios matemáticos relacionados con el tiempo.

A medida que Carroll se fue haciendo mayor, se hizo más susceptible, más intolerante y difícil de tratar. Fue evadiéndose cada vez más del mundo real a otro imaginario de juegos, rompecabezas y paradojas lógicas. Como padecía de insomnio crónico y su salud era excelente, tenía tiempo sobrado para llevar hasta sus últimas y absurdas consecuencias cualquier inofensiva fantasía.

Apasionado de la fotografía, que conoce en 1856 (año del primer encuentro entre Alicia y Carroll), descubrimos en él una fijación por la fotografía de posados, incluso de posados eróticos, con la salvedad de que sus modelos son niñas. En 1880 abandona la fotografía, irritado por ciertos comentarios mal intencionados respecto a su gusto por los desnudos infantiles, y empieza a dibujar desnudos de niños en compañía de la artista Gertrude Thomson.

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Alicia en el país de las maravillas

Su gran musa, principal protagonista de la obra que lo encumbró, fue Alicia Liddell, una de las hijas del decano de su Universidad (la Christ Church College de Oxford). La historia comienza en 1856 cuando él era un joven de 23 años y ella una niña de 4 años. En los días buenos solía ir a remar con Alicia y sus hermanas por el río. Los padres dejaban que sus hijas visitaran a Carroll, y ellas disfrutaban dejándose fotografiar y comiendo. Sin embargo, en 1865 se rompe la relación con los padres de la niña, por lo que no volverá a verla hasta 1891. Una de las teorías para saber qué fue lo que paso procede de David R. Slavitt, en su obra Alicia a los ochenta (1984), donde se nos dibuja un Carroll como un monstruo en el arte de la pederastia; a Alicia como una anciana cuya triste y octogenaria vida ha consistido en guardar silencio sobre remotos acontecimientos que su hermana Edith -siendo ambas niñas- relató a la madre.

"Alicia en el país de las maravillas" se publicó en 1865; "A través del espejo" siete años más tarde. Ambos tuvieron un gran éxito; dieron fama a Carroll, a quien no le gustaba ser el objeto de las miradas del público, cosa que le aterraba. Gracias a su éxito consiguió una pequeña fortuna que gastaba regalando relojes de oro a jóvenes "sobrinos y sobrinas", y atendiendo a la diversión, e incluso a la educación, de los numerosos niños a los que adoraba.             

Su amor por Alicia aparece reflejado en la obra, cuando en boca de la Duquesa afirma:

“Así es -dijo la Duquesa-, y la moraleja de eso es: ‘¡Ah, el amor, el amor pone en marcha el mundo!’

-Alguien dijo -susurró Alicia- ‘¡que marcharía mejor si cada cual se ocupara de sus propios asuntos’.

Esto vendría a corroborar su amor por Alicia, no entendido por la sociedad adulta. También aparecen unos versos recitados por el Conejo Blanco que dicen:

“Pues esto siempre es o debe ser

un secreto, cual pacto se sella

entre tú y yo, los dos. Guárdalo bien”

Su fijación por Alicia Liddell, a la que jamás olvidó, le llevó incluso a cartearse con ella cuando era ya una mujer casada.

 

¿Consumidor de hachís?

El mundo de Lewis Carroll es absurdo y disparatado. Cabe formularse una pregunta malintencionada: “¿era así o además tomaba algo para estar así?”. Y esta persona singular, profesor y diácono, introvertido, soñador de países maravillosos, de mundos de espejo, y al mismo tiempo destacado matemático, mente lógica donde las hubiere, amante del teatro y aparente misógino, era miembro de la Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Order of Golden Dawn).

Lewis Carroll escribe textos en los que la experiencia del hachís se encuentra encriptada; en apariencia su escritura resulta convencional, pero una serie de índices, de marcas genéricas y de claves socioculturales permiten descubrir la presencia del fármaco cannábico. En su obra hay una lógica onírica; una matemática demente parece gobernar sus textos. Todos los acontecimientos parecen regidos por reglas a las que solo el lector no puede acceder. Carroll incorporó una oruga que fumaba una cachimba con hachís, sentada en un champiñón mágico, en su Alicia en el país de las Maravillas, que es la historia de un sueño en el que se trata el tema del deseo y del temor a crecer, desde la perspectiva de la mente infantil de la protagonista, ajena a cualquier prejuicio, libre, transgresora de tradiciones y convenciones sociales, que es transportada a un mundo fantástico donde todo se deforma a través de la ironía, y los animales y objetos se humanizan.

Pocos años después de la aparición de "Alicia en el país de las maravillas” (1865), Lewis Carroll publicaría, como segunda parte, “A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado” (1872), superior a la primera en la utilización de la técnica narrativa y el dominio de las formas expresivas. Los juegos de palabras, las parodias ocultas y las paradojas lingüísticas son llevados hasta sus últimas posibilidades, de tal manera que la fórmula literaria del absurdo llega al agotamiento con este último viaje de Alicia. Un cuento pensado para los niños, pero leído por los adultos.

La otra tiene momentos memorables, como los del Gato de Cheshire o la loca tertulia del té, y extiende y complica en los capítulos finales el relato del proceso judicial. Al mismo tiempo, parece como si el progresivo alejamiento físico de Alicia Liddell dejara espacio libre a una mayor afluencia de juegos lingüísticos y lógicos, y a la entrada de temas más «universales».

Alicia en el país de las maravillas es un juego de palabras; mejor dicho, una gigantesca (y a veces pesada) broma que Carroll le juega a la lengua inglesa. «Una lengua no es más que un juego social, con unas reglas arbitrarias que se establecen por convenio social». Pues bien, lo que Carroll hizo fue cambiar estas reglas, cambiar el sentido convencional de las palabras y darles un nuevo sentido, para que todo el mundo pudiera reírse y disfrutar de este «nuevo juego» que había inventado Carroll; para que los ingleses, en definitiva, se rieran de sí mismos.

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El cannabis en Alicia en el país de las maravillas

Leyendo entre líneas podemos encontrar información para los consumidores de cannabis, como por ejemplo no perder la paciencia, en la historia del cangrejo:

“¡Cierra la boca, mamá!- le cortó la joven-. ¡Tú eres capaz de hacer perder la paciencia a una ostra!”

Descubrimos también los efectos ópticos que produce el cannabis (enmascarado en los botes de bebida que hacen a uno crecer y los pastelitos que hacen a uno empequeñecer):

“Si como uno de estos pastelitos, seguro que se produce en mi algún cambio de tamaño; y como no puedo crecer más, me hará decrecer, supongo”.

El momento de la obra donde se descubre el consumo de hachís es el encuentro de Alicia con la oruga azul que va fumando un gran narguile. Uno de los efectos del cannabis es la falta de concentración:

“No puedo recordar las cosas como antes… ¡y no conservo el mismo tamaño ni diez minutos seguidos!”

Otro efecto del cannabis es el sueño: “Alicia aguardó pacientemente a que la Oruga decidiera hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos, se quitó el narguile de la boca, bostezó una o dos veces y se desperezó. Luego descendió de la seta y se internó en la hierba”.

Otros efectos del cannabis son las visiones extrañas; en este caso es la transformación de un bebé en un cerdo:

“El niño volvió a gruñir, y Alicia lo observó con ansiedad por ver qué le ocurría. No cabía la menor duda: su nariz era muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una auténtica nariz, y sus ojos se le volvían extremadamente pequeños, impropios de un bebé…De haber crecido así-se dijo así misma-se habría vuelto un niño feísimo; como cerdo, en cambio, creo que es bastante guapo”.

Otro sentimiento muy común entre los consumidores es la de sentirse loco. En una conversación entre el Gato y Alicia:

“-Pero yo no quiero andar entre locos-observó Alicia.

-Ah, no podrás evitarlo-dijo el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco, tú estás loca.

-¿Cómo sabes que estoy loca?- dijo Alicia.

-Tienes que estarlo-dijo el Gato- o no habrías acudido aquí”

Otro rasgo característico de los consumidores de cannabis es la risa:

“-Muy bien-dijo el Gato; y esta vez se esfumó muy lentamente, empezando por la punta de la cola y concluyendo por la sonrisa, que se demoró por un rato cuando ya había desaparecido el resto”

Pero no sólo hay referencias al cannabis, sino también al consumo de setas alucinógenas:

“…mordisqueó un poco del que tenía en la mano derecha para probar su efecto. Al instante sintió un fuerte golpe bajo la barbilla ¡había chocado con los pies!”

Otro efecto del cannabis son los diálogos de besugos que se crean, a veces muy chistosos. En la obra, Alicia mantiene una conversación absurda con el Sombrerero y con la Liebre de Marzo (en España existe una editorial llamada Los Libros de la Liebre de Marzo. Una de sus colecciones se llama Cogniciones, y reúne textos que se pueden incluir bajo el tema de los estudios de sustancias psicoactivas):

“-Si conocieras el tiempo como yo -dijo el Sombrerero-, no hablarías de emplearlo o perderlo. Él es muy suyo.”

Otro diálogo de besugos es el mantenido por Alicia con el Grifo y la Falsa Tortuga:

“-¿Qué más les hacían aprender?

- Bueno había mucha Escoria- contestó la Falsa Tortuga, llevando la cuenta con las puntas de las aletas-, Escoria antigua y moderna, con Mareografía; luego había clases de Bellas Tardes…El profesor de Bellas Tardes era un viejo congrio que solía venir después de comer una vez por semana: él nos enseñaba toda clase de tapujos, y también a escupir y a pitar al estilo eolio”.

El sentido del tiempo se altera, tal como leemos en la conversación de Alicia con el Sombrerero: “El Tiempo no soporta que lo marquen ni que lo clasifiquen. En cambio, si estuvieras con él en buenos tratos, haría casi todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, imagínate que fueran las ocho de la mañana, justo antes de empezar la clase: bastaría una simple insinuación tuya, ¡y el reloj giraría en un santiamén!”

Por último, otra característica del cannabis es la somnolencia:

“¡Despierta, Alicia, cariño!-dijo su hermana-¡Vaya si has llegado a dormir!

-¡Oh, si vieras qué sueño más curioso tuve!-dijo Alicia”

Recordad que detrás de las grandes fantasías y los sueños oníricos se encuentra nuestra verde y vieja amiga.

BIBLIOGRAFÍA

  • James R. Newman. (1994) "Lewis Carroll" en SIGMA. El mundo de las matemáticas. Ed Grijalbo. 1994. pp. 333-337
  • Carroll, L. (1999). Alicia en el país de las maravillas. Bibliotex, Barcelona

 

El cannabis a finales del siglo XIX

El cannabis se usó en los Estados Unidos después de su guerra civil, pero como una sustancia rara y exótica, con muy pocos consumidores. El Scientific American en 1869 describía al hachís como una droga que procedía del cannabis indica, que era un producto resinoso cultivado en el oriente de la India y en otras partes de Asia y utilizado por sus propiedades embriagantes (Scientific American, 1869:183).

Por Isidro Marín

Al año siguiente, en 1870, el cannabis aparece en la farmacopea americana como medicina para varias enfermedades. Pero el desarrollo y la influencia del cannabis fueron en aumento gracias a los marineros. La primera vez que se fumaron porros en la América del hemisferio norte fue en esta misma década, en las Antillas (Jamaica, Bahamas, Barbados, etc.), y este hábito cannábico llegó a los Estados Unidos con la inmigración de miles de hindúes importados como mano de obra barata. Alrededor de 1886 marineros mejicanos y negros, que comerciaban con las islas Antillas tuvieron un primer contacto con el cannabis y propagaron su uso por todas las Antillas y Méjico (Herer, 1999:171). Resulta que en México, por esas fechas, ya aparecía en los periódicos como algo muy mal visto por la sociedad, pero también se vendía regularmente en las farmacias en forma de tónico y otros remedios de la época (Pérez, 1997:191-192). En las Antillas se fumaba cannabis para aliviar el pesado trabajo de los campos de caña, también para soportar el calor, y para relajarse por las tardes sin que luego tuvieran la resaca de alcohol mañanera.

La influencia del cannabis comienza a aparecer en la literatura estadounidense. En 1871, el reverendo metodista Jonathan Townley Crane (1819-1880), firme activista a favor del movimiento de la templanza, en contra del alcohol y demás sustancias psicoactivas, escribió Arts of Intoxication (“Las artes de la intoxicación”) (Townley Crane, 2006), una crítica de corte negativo hacia las bebidas alcohólicas de cualquier tipo y el cannabis. Parafraseando las experiencias del escritor Bayard Taylor (1825-1878) en su artículo “La visión del hachís”, se dedicó a desmontarlas meticulosamente, tachando al propio Taylor de “necio” ya que su: “experimento a punto estuvo de costarle la vida. Esto ilustra el proceso completo de embriaguez, los placeres ensoñadores y carentes de sentido de los primeros efectos, y el horror, la angustia que tan pronto entierra en las tinieblas y el sufrimiento que genera el recuerdo de los deleites anteriores y efímeros”. Crane también tuvo nefastas palabras para Fitz Hugh Ludlow (1836-1870), quien había muerto un año antes víctima de la tuberculosis. Decía: “Hace unos años, un estudiante del Union College, Nueva York, se hizo adicto al veneno y, tras huir de ese enemigo, plasmó su experiencia en un volumen titulado The Hasheesh Eater. La conclusión de Crane era que: “El cáñamo intoxicante es un veneno aborrecible. El que flirtea con él camina por el borde de un abismo alumbrado por refulgentes llamas y habitado por todas las formas del mal”. Y concluía con la siguiente sentencia: “Añadiré que los elaboradores de medicinas patentadas, aquí en nuestra tierra, están usando este abominable intoxicador en la preparación de sus productos. Ésta no es una afirmación baladí. Que el lector adopte en consecuencia las medidas oportunas” (Green, 2003:115-116).

Otro autor a favor del prohibicionismo y la templanza es James F. Johnston, quien publicó Química de la vida común (1885), libro que tendría un enorme éxito, ya que de él se vendieron doce ediciones. En el segundo volumen de la obra habla por extenso de los “narcóticos que consentimos”, y el capítulo XVI trata sobre “nuestra debilidad humana”: “Somos, en verdad, criaturas débiles... cuando un grano de haschisch puede vencernos, o unas pocas gotas de láudano postrarnos; pero ¡cuánto más débiles de espíritu cuando – al saber los males a que nos conducen – somos incapaces de resistir las tentaciones fascinantes de esas insidiosas drogas!” (Escohotado, 1999:590; Johnston, 1855: 165). A mi entender, no merece la pena leer a aquellos que escriben de lo que no saben.

El cannabis empezaba a tener mala prensa por culpa de los consumidores compulsivos (que siempre los ha habido y siempre los habrá), aunque aún quedaba lejos la prohibición. Pero lentamente el cannabis se constituyó como una amenaza para los ciudadanos de los Estados Unidos. A escritores como Taylor o Ludlow, defensores del cannabis, siguieron muchos más. En 1877 W. Laird-Clowes escribió en la revista Belgravia defendiendo la inocencia del cannabis, en relación con el tema de si el hachís inspira violencia o no. Por su propia experiencia, afirmaba que nunca había tenido impulsos de matar a nadie y terminaba diciendo que “quizás yo no soy de naturaleza violenta” (Laird-Clones, 1877:353). Los primeros pasos de la prohibición se empezaron a dar, y en este mismo año el estado de Nevada (EE.UU.) promulgó la primera ley anti-opio de venta al por menor para propósitos no medicinales (Bonnie & Whitebread, 1970). A este paso prohibicionista le siguieron muchos más, y en 1880 se prohibió la venta y distribución de opio para propósitos no médicos en todos los estados de la costa oriental de los Estados Unidos.

El hachís comienza a convertirse en un producto de las élites de los países occidentales. En 1881 aparece en un artículo en la revista francesa Encéphale que afirma que, de todas las sustancias psíquicas, el hachís es la más inofensiva si se sabe usar (Escohotado, 1997: 120) (Bonnie & Whitebread, 1970). En 1883 se abrieron legalmente salones para fumar hachís en Nueva York, Boston, Filadelfia, Chicago, San Luis, Nueva Orleans, etc. En esta década el Boletín Oficial de la Policía calculó que había 500 salones para fumar hachís en la ciudad de Nueva York (Herer, 1999:168). Se afirmaba que había una comunidad grande de consumidores de hachís y de locales donde se consumía. Estos salones de hachís estaban cerca de Broadway y había desde nacionales a extranjeros, hombres y mujeres, de clases altas, etc. El número de clientes asiduos iba en aumento. Se calculaba que había en Nueva York unos 600 clientes asiduos. En la revista Harper’s New Monthly Magazine aparece un articulo sobre estos curiosos fumaderos de hachís, el artículo se titulaba: “Un fumadero de hachís en Nueva York; las curiosas aventuras de un individuo que fumó algunas pipas de cáñamo, un narcótico”.

Aparecen durante este periodo noticias sobre la cultura del hachís en otras partes del mundo. El 15 de marzo de 1895, en el periódico estadounidense New York Herald se publica un artículo sobre los nuevos comedores de cáñamo. El reportero se trasladó al pueblo de Latakieh, en el nordeste de Siria. Afirmaba que en las montañas de Nosairie viven los “asesinos” modernos, comedores de cáñamo. En la noche de luna llena se encuentran en un sagrado roble de una colina equidistante entre Latakieh y el valle de Orontes, cerca de un pueblo diminuto habitado por una tribu de veinte personas. Se mata a una oveja y se bebe en un cuerno una infusión hecha con cáñamo. Se toca un tambor grande; luego se come carne de carnero. Entonces comienzan a aumentar los latidos, la sangre parece agolparse en la cabeza; se tiene un sentimiento de flotabilidad, las extremidades se vuelven pesadas. Las mujeres cantan y bailan, y los hombres se rasgan las vestiduras (como los gitanos). Esta misma publicación muestra este año un salón de hachís en Nueva York. A los que no les gustaba el acto de fumar se les ofrecía caramelos de hachís.

La moda del hachís también llegó a Inglaterra, y en 1886 en los dormitorios de la Universidad de Cambridge algunos estudiantes habían conseguido “el deleite” turco, se excedieron con la dosis y se pusieron “enfermos”. Oxford también tenía su pequeña comunidad de usuarios de cannabis; aunque la droga favorita era el alcohol (Albutt, 1900:903).

Los pantalones fabricados con cáñamo

Los famosos pantalones vaqueros Levi’s no fueron inventados por Levi Strauss, y las primeras versiones de los originales Levi’s 501 eran de cáñamo. Levi Strauss nació en 1829 en Buttenheim, Bavaria (Alemania), y en 1847 viajó con sus dos hermanas y su madre hacia América. Levi Strauss creó una empresa mayorista de mercería cerca de la costa de San Francisco. Jacob Davis era un judío emigrante de Letonia y sastre de Reno (Nevada), que le compraba piezas de tela muy gruesa, de fabricación genovesa, hechas de cáñamo al por mayor. Después de romper varias agujas, Jacob tuvo la genial idea de utilizar remaches de cobre para reforzar los puntos de tensión, principalmente en los bolsillos de los pantalones que creaba para leñadores, mineros y trabajadores del ferrocarril. El primer “Blue-jeans” se convirtió en una realidad.

Jacob no tenía dinero para comprar la patente, así que en 1872 escribió a Levi Strauss para que invirtiera en su negocio. Así, el 20 de mayo de 1873 lo patentaron llamándolo “Gold-miners” y recibieron la licencia número 139.121 de la Oficina de Patentes de San Francisco. Con este número tenían derecho a venderles a los mineros en exclusiva sus pantalones de resistente tela vaquera hecha de cáñamo y con bolsillos ribeteados en metal, para soportar cualquier peso (Broeckers, 2002: 106). En 1902 Levi Strauss falleció a los 73 años sin descendencia, y sus sobrinos heredaron su gigantesco negocio. Aún podemos encontrarnos pantalones vaqueros de aquella época. Por ejemplo, en el año 2002 la compañía Levi’s Strauss compró, en una subasta por Internet, los pantalones vaqueros más antiguos descubiertos hasta la fecha, que son de los años 80 del siglo XIX, por 46.532 dólares, realizados -cómo no- con tela de cáñamo.

La industria del cáñamo y la marijuana mejicana

Hasta 1883, del 75% al 90% del total del papel era a base de cáñamo. La industria del cáñamo llegaba a nuestro país hasta el último cuarto del siglo XIX, en donde se mantuvo en la Vega de Granada una rotación del cultivo que se ha llamado “antigua”, en la que, junto a los cereales -cultivo preeminente- jugaban un papel importante el lino y el cáñamo. La importancia del cáñamo en la Vega de Granada llegó hasta el refranero popular; como ejemplo: “El cáñamo que se siembra en marso, pesa como un permaso”. Su traducción sería que el cáñamo, para que dé buen peso al venderlo, hay que sembrarlo en marzo.

También tenemos las primeras constancias escritas del uso de cannabis en Méjico (Blum y col., 1969: 69-70). El uso lúdico de cannabis de forma perceptible no se remonta en los Estados Unidos hasta la entrada de los obreros mejicanos de 1910 a 1920 (Séller y Boas, 1969:14). Según Jack Herer, en 1895 por primera vez se utiliza la palabra marijuana por los seguidores de Pancho Villa (cuyo nombre verdadero era Doroteo Arango) (Herer, 1999). Pero este dato es muy dudoso, ya que este prócer de la Revolución Mexicana nació en 1887, por lo que es poco probable que a los 8 años ya tuviera seguidores que fumaran mota. Este hombre se dio a conocer a partir del inicio de la Revolución, en 1910.

BIBLIOGRAFÍA

  • Albutt R. C. (1900). A system of medicine, MacMillan, New York.
  • Blum, R. H. and Associates (1969). Drugs I: Society and Drugs: Social and Cultural Observations, San Francisco: Jossey-Bass Inc.
  • Bonnie, R. J. y Whitebread, C. H. (1974). The marihuana conviction: A history of Marijuana Prohibition in the United States” University Press of Virginia. Charlottesville.
  • Broeckrs, M. (2002). Cannabis. Editorial Cáñamo, Vicenza.
  • Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid.
  • Herer, J. (1999). El emperador está desnudo, Castellarte S.L., Castellar de la Fra.
  • Laird- Clowes W. (1877). An Amateur Assassin, en Belgravia 31.
  • Pérez Montfort, R. (1997). Hábitos, normas y escándalo: Prensa, criminalidad y drogas durante el porfiriato tardío, Plaza y Valdés, Méjico.
  • Rudgley, R. (1999). Enciclopedia de las substancias psicoactivas, Paidos Divulgación, Barcelona.
  • Townley Crane, J. (2006). The Art of Intoxication: Its Aims and Results. Biblioteca Universitaria de Michigan, Ann Arbor.

 

 

Louise May Alcott y los caramelos de hachís

Louisa May AlcottLouisa May Alcott

Lejos de considerarse una droga peligrosa, el cannabis se consideraba algo nimio durante el siglo XIX en los Estados Unidos. Tanto es así que hasta se vendía como un caramelo; se consumía por placer o para relajarse. La compañía que lo comercializaba era Gunja Wallah, de Nueva York, durante la segunda mitad del siglo XIX. Se anunciaba como “La gunje árabe del hechizo en forma de confite: un estimulante agradabilísimo e inocuo”, que “inspiraría nueva vida y energía a todas las clases”. Este caramelo se comercializó durante cuarenta años sin ningún tipo de queja social o médica (Robinson, 1999: 145).

He localizado un anuncio publicitario del caramelo de hachís importado por la Compañía Gunjah Wallah, de Nueva York, aparecido en la revista Harper Weekly el 16 de octubre de 1858. Una peculiar forma de consumirlo entre los jóvenes era masticarlo con polvo de betel y enrollado en una hoja de tabaco.

En el editorial del Medical and Surgical Reporter del 12 de mayo de 1866 aparece un anuncio publicitario: “Candy Hasheesh, fortalece los pulmones y protege contra toda enfermedad”. Este producto vuelve a aparecer en la revista Vanity Fair, en el número 160 de agosto de 1862 (en su página 74), donde anunciaba los Candy Hasheesh como un producto medicinal maravilloso para la cura del nerviosismo, la debilidad, la melancolía o la confusión de pensamientos. Un estimulante agradable e inofensivo. Su precio era de 25 centavos por una caja de ocho unidades. Alertaba sobre las imitaciones que estaban llegando al mercado, y afirmaba que la importación sólo estaba autorizada para la Compañía Gunja-Wallah de Broadway.

La medicina moderna ha demostrado que el cannabis es un eficaz agente antiespasmódico, así como un sedante. También a lo largo de la historia el cannabis ha sido utilizado por pacientes en los manicomios (probablemente debido a su efecto sedante), como por ejemplo Jean-Martin Charcot, fundador de la neurología, o Moreau de Tours, psiquiatra que trabajó en el hospital psiquiátrico de Bicêtre en 1840. Usó cannabis en pacientes mentales y escribió en 1845 sobre los beneficios físicos y mentales que proporcionaba el cannabis.

El cannabis es inofensivo porque ninguna persona ha muerto consumiendo hachís, pero su sabor no es muy agradable; al contrario, tiene un sabor terrible, pero consumido en forma de caramelo y con azúcar, pierde su sabor amargo. El cannabis se ha utilizado para fortalecer los pulmones y para tratar el asma. Los caramelos de hachís se vendían en las farmacias, como las pastillas de regaliz de Juanola, y también se podía comprar en el catálogo de Sears-Roebuck. Por lo tanto, los anuncios de los caramelos de hachís decían la verdad, no era pura charlatanería. Si uno tenía dinero, en Chicago podía visitar la tienda “Candy”. Lo podemos leer en el Chicago Daily Tribune del 26 de abril de 1864. Un lugar muy transitado en la ciudad.

Mark Twain, un enamorado de los caramelos de hachís

Un enamorado de los caramelos de hachís es Mark Twain (1835-1910), conocido sobre todo por su novela Las aventuras de Tom Sawyer. En el Chronicle de San Francisco del 18 de septiembre de 1865 aparece un artículo que alude al consumo de estos caramelos: “parece que la manía del hachís ha estallado entre los bohemios”. Mark Twain fue visto caminando con su amigo Tremenheere Lanyon Johns por la calle Clay bajo la influencia de los caramelos de hachís. Fueron seguidos por la policía por si organizaban disturbios. Mark Twain era muy amigo de Fitz Hugh Ludlow, autor de Un Comedor de Hachís, que opinaba sobre él: “Mark Twain me hace reír más que ningún otro californiano… es una escuela por sí mismo”.

En una crítica de Twain a una obra de teatro llamada La Gacela Blanca, para el periódico Alta California (3 de marzo de 1868), concluye: “La escena final, de gran transformación, es una visión de tal magnificencia que ningún hombre podría imaginárselo a menos que se hubiera comido un barril de hachís”.

Twain buscó la esencia de esos caramelos de hachís que tanto le gustaban y viajó a Oriente para tener una experiencia directa con el hachís. En su colección de cartas de viaje, que compiló en 1869 bajo el título Los inocentes en el extranjero, relata una experiencia decepcionante en un baño turco, con una pipa de agua, en Constantinopla. Sin embargo, en un capítulo no publicado de esta obra describe su impresión sobre el Alcázar de Sevilla, después de una noche fuera de la ciudad: “No puedo describir en mi memoria sus salones y jardines, que será siempre una ilusión del hachís. Su Salón de los Embajadores es un sueño maravilloso”. Mark Twain decía: “Contra la fuerza de la risa, nada se opone”. Y qué mayor risa que la que ofrece el cannabis.

Litografia original de MujercitasLitografia original de Mujercitas

Aparición en la literatura de Alcott

Louisa May Alcott (1832-1888) es famosa por ser la autora de Mujercitas (1868). Hija de Abigail May, defensora del abolicionismo y del sufragio de las mujeres, su padre era Amos Bronson Alcott, filósofo trascendentalista y reformador social. Alcott compartió la pobreza y los ideales trascendentalistas de su familia.

Era una chica muy comprometida con su familia y a los quince años ya contribuía a los ingresos familiares trabajando de maestra, dando clases particulares, como costurera o sirvienta. También escribía en la revista Atlantic Monthly. Durante la guerra de Secesión se enroló como enfermera voluntaria en Georgetown en 1862-1862, y fue allí donde contrajo neumonía tifoidea. Se intentó curarla con medicamentos que contenían mercurio, que acabaron por empeorarla. Para aliviar su dolor físico se trataba con opio puro.

El 13 de febrero de 1869, en la revista anunciada como “la revista de la gran familia de los Estados Unidos”, Chimney Corner, de Frank Leslie, Louise May Alcott publicó una pequeña novela de forma anónima, bajo el seudónimo A. M. Barnard: Juego Peligroso (Perilous Play), en la que describe los efectos de los bombones de hachís (Kimmens, 1977:228). El cuento relata las aventuras de unos jóvenes de la alta sociedad que toman caramelos de hachís para combatir el aburrimiento. Dos de ellos se pierden en un velero, sobreviven y encuentran el verdadero amor. La historia termina cuando regresan sanos y salvos a la fiesta. Empieza hablando una joven, Belle Daventry, que lanza:

«-¡Si alguien no me propone una diversión nueva e interesante, me moriré de aburrimiento!”

Un miembro del grupo, el Dr. Meredith saca de su bolsillo una cajita de carey y oro, y…:

-¡Qué enigmático! ¿Qué es? ¡Quiero ser la primera en verlo, déjenmela!- Belle abrió; su aspecto era ahora el de una niña curiosa-. ¡Son sólo caramelos, qué tontería! Si esto es lo único que le ocurre, no es suficiente, señor. No queremos comer caramelitos, sino divertirnos.

-Si come seis de estos caramelos que ahora rechaza, le aseguro que se divertirá como nunca lo ha hecho, de una forma nueva, deliciosa, maravillosa- dijo el joven doctor poniendo media docena en una hoja verde y ofreciéndoselos.

-Pero, ¿qué son? Preguntó mirándole con recelo.

-Hachís. ¿Es que nunca ha oído hablar de él?

-¡Oh, sí! ¿No es esa sustancia india que provoca fantásticas visiones? Siempre había querido conocerla y probarla, y ahora podré hacerlo, dice Belle, mordisqueando una de las seis grageas de corazón verde.   (…)

-¿Cómo se siente uno?- Preguntó Belle, comiéndose ya el segundo confite.

-Envuelto en un ensueño celestial, en el que uno parece flotar por los aires. Se tiene una gran sensación de tranquilidad y todo alrededor es bonito; no existe el dolor, la preocupación, ni el miedo, y bajo sus efectos uno se siente como un ángel medio dormido. (…)

Done se tendió sobre el duro sofá e intentó dormir, pero sus nervios estaban desquiciados, cada latido de su corazón sonaba como un constante martilleo y percibía todo lo que le rodeaba doblemente intensificado y exagerado con una fuerza terrible. La lluvia torrencial le parecía un huracán salvaje; la extraña habitación, una selva habitada por fantasmas atormentadores, y todas sus experiencias vividas pasaban ante sus ojos como si fuese una procesión sin fin: se estaba volviendo loco». (Alcott, 1869).

El relato se centra en los afectos (potenciados por el hachís) de otra muchacha, Rase, y su admirador, Mr. Done. Éste le roba un beso, se produce una situación comprometida, se comparten ciertas intimidades y acaba con un final feliz:

«-Ah, señor, Done, ¡apárteme de sus ojos y de sus preguntas cuando pueda! Estoy tan agotada y nerviosa que me traicionaré. ¿Me ayudará? – Y se volvió a él con una mirada confiada curiosamente contrastante con el dominio de sí que normalmente tenía.

-   Te defenderé con mi vida si me dices por qué tomaste hachís – dijo él, deseoso de saber su destino.

-   Esperaba que me hiciera suave y adorable, como las demás mujeres. Estoy harta de ser una estatua solitaria – titubeó ella, como si le arrancara la verdad un poder superior a su voluntad.

-   Y yo tomé a fin de cobrar valor para declararte mi amor. Rose, hemos estado juntos cerca de la muerte; compartamos la vida, y ninguno de los dos volverá a estar solo o a tener miedo.

Él extendió su mano hacia ella, con la felicidad brillando en su rostro, y ella le dio la suya, con una mirada de tierna sumisión, mientras él decía apasionadamente: ¡Loado sea el hachís, si sus sueños acaban así!» (Alcott, 1869).

La verdad es que esto no se parece mucho a la azucarada vida de las hermanas March (de Mujercitas), aunque es posible que éstas hubieran estado de acuerdo con aquellas sociedades femeninas proclives a la templanza que, en la década de 1890, promovieron el uso recreativo del hachís en lugar del alcohol: éste fomentaba el maltrato a las mujeres, y el hachís no (Green, 2003:118). Sabemos que Louisa May Alcott consumió dichos caramelos de la Gunja Wallah Company’s, compuestos por azúcar de arce y hachís, un dulce muy popular desde la década de los años 60 del siglo XIX.

Cura de morfinaCura de morfina

Otras influencias

También pudo estar inspirada por una obra anónima suya titulada A Modern Mephistophes (1877), en donde se explican de forma más amplia los efectos del hachís, y donde Jasper Helwyse, un opiómano, seduce a Gladys, la joven esposa de un amigo llamado Felix Canaris, con una bombonera de carey y plata en la que había media docena de confites blancos de agridulce sabor. Los efectos son claros: “Con los ojos brillantes, las mejillas brillaban con un profundo rosa y una indescriptible expresión de bendición en su rostro que ahora era a la vez brillante y soñadora… Ella comenzó a deslizarse rápidamente en el escenario inconsciente del sueño del hachís, cuya llegada no se puede predecir”.

Louisa May Alcott comenzó a utilizar opio para aliviar las secuelas de la fiebre tifoidea contraída durante el servicio como enfermera durante la Guerra Civil Americana. Alcott, como hemos comentado anteriormente, experimentó con el hachís, ya que no tenía el mismo estigma que el opio. Estaba convencida que sus dolencias después de las fiebres tifoideas fueron resultado del tratamiento con calomel, un producto medicinal realizado a base de mercurio, altamente tóxico, y más si era para uso habitual. Así que consumió opio, que le ayudó a eliminar el malestar y los efectos secundarios. Alcott conoció los males del hábito del opio (durante el siglo XIX se desconocía el concepto de adicción), y veía que era un tema controvertido y un problema moral.

Alcott murió de un cáncer intestinal. Sabemos que en estos últimos momentos de su vida consumió morfina para aliviar sus fuertes dolores, ya que lo había suplantado primero por láudano y anteriormente por opio, en dosis masivas para aliviar su malestar. Descubrimos que el opio comenzaba a tener mala prensa, mientras que el hachís se vendía como una distracción para todos los públicos. Cómo cambia la historia.

 

Bibliografía

  • Alcott, L.M. (1869). Perilous Play. En Proyecto Gutenberg de Australia (http://gutenberg.net.au/ebooks06/0603031h.html entrada 3/11/2012).
  • Green, J. (2003). Cannabis, una enciclopedia ilustrada. RBA Integral, Barcelona
  • Kimmens, A. C. (1977). Tales of hashish, Wm. Morrow, New York.
  • Robinson, R. (1999). El gran libro del cannabis. Lasser Press Mexicana, México.

 

El comedor de hachís: Pasajes de la vida de un pitagórico

Ludlow es una especie de Dante Alighieri que una vez que ha consumido hachís comienza un viaje inverso al de La Divina Comedia: primero visita el paraíso y termina en el infierno. Sus visiones son cuadros de Salvador Dalí en los que se mezcla lo sublime y lo grotesco en un extraño surrealismo. Merece la pena ser leído en su integridad, y más con un peta en la mano.

© Isidro Marín Gutiérrez

Salt Lake City en 1910Salt Lake City en 1910

Cuando Ludlow comenzó su interés por las drogas embriagadoras, el uso medicinal y recreativo de las drogas como el éter, láudano (opio) o el óxido nitroso ya eran un fenómeno social en Europa y en América, así como el alcohol, que había sido durante mucho tiempo parte de la cultura. Ludlow (y la sociedad americana en la que vivió) conocía el hachís de forma vaga gracias a los cuentos de las Mil y una noches, en donde aparece el cuento de los dos comedores de hachís. Ludlow conocía La secta de los Asesinos de los viajes de Marco Polo, que utilizaban una sustancia para que se les abriera temporalmente el paraíso. Otra referencia que tenía Ludlow era la novela de El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, donde el hachís se describe como un afrodisíaco. Y por último las visiones del hachís de Bayard Taylor en Damasco, en su obra “La visión del hachís”, publicada en la revista Putnam unos meses antes de que Ludlow consumiera hachís por primera vez.

Su obra cumbre, El comedor de hachís

Ludlow publicó en forma anónima el libro Hasheesh Eater: Being Pasajes from the Life of a Pythagorean (El comedor de Hachís: Pasajes de la vida de un pitagórico) (1857) cuando contaba veintiún años de edad. El libro fue todo un éxito editorial. Ludlow afirmaba que la lectura de Thomas de Quincey, Confesiones de un inglés comedor de opio, le dio fuerzas para hacer lo mismo con el hachís. Este intento ya lo había logrado Baudelaire con su obra Sobre el vino y el hachís en 1851. Ludlow, al igual que de Quincey, creía en una cierta adicción desconcertante al hachís. El hachís no es adictivo, como puede ser el opio, pero sí crea un hábito, de la misma forma que lo puede ser ver la televisión, jugar con la consola o comer pistachos. Sin embargo, Ludlow le dio una pincelada terrible que posteriormente utilizaron los prohibicionistas para proscribir esta planta. Ludlow escribía que no existían síntomas físicos en su abstinencia, pero afirmaba que tenía terribles pesadillas. Finalmente lo sustituyó por el tabaco, que le ayudaba a padecer menos su “sufrimiento”.

Ludlow escribe El comedor de hachís de una forma metafórica, con la que intenta explicar procedimientos para dejar de consumirlo, como de Quincey con el opio. Es evidente que Ludlow reconoció, con una visión notable, la mayoría de los efectos subjetivos característicos del cannabis. Los motivos iniciales de su consumo, incluso los rasgos de su propia personalidad y su temperamento, la racionalidad constante, el uso compulsivo a pesar de los efectos rebeldes obvios, la progresión a un estado de intoxicación casi continua, la incapacidad para reducir su dosis gradualmente, el intenso deseo y depresión después del retiro abrupto: todo ello se describe claramente. Ludlow también reconoció la falta de síntomas físicos durante la abstinencia y las diferencias con la desintoxicación del opio. Otras características son la euforia y las alucinaciones, similares a otras sustancias alucinógenas. A través del hachís había vislumbrado, por las rendijas, su prisión terrenal. El comedor de hachís estaba escrito como un libro de consejos médicos para dejar el hábito.

El comienzo del libro

Cuenta que su amigo, el boticario Anderson, tenía en su farmacia un nuevo producto, en una fila de cilindros de cartón, llenos de frasquitos con varios extractos preparados por Tilden & Co. El producto era de color marrón-oliváceo, de la consistencia de la brea y con un fuerte olor aromático. Cuando fue a probarlo, su amigo Anderson se lo prohibió, ya que afirmaba que era una sustancia letal. Ludlow creía que Anderson estaba equivocado. Así que, cuando no le podía ver, tomó 0,64 gramos para probar su efecto. Al cabo de las dos horas no pasó nada. Así que al día siguiente consumió 1,03 gramos con la misma suerte. Hasta que un buen día consumió 1,94 gramos y se fue a casa de un amigo íntimo a escuchar música y charlar. Cuando estaba en mitad de la conversación tuvo un estremecimiento. Empezó a ver rostros de gente querida y a reírse. Su amigo debió quedarse de piedra al ver a Ludlow desvariar. Ludlow comienza a descubrir que la sensación consistía en que el tiempo se alargaba y que una frase podía durar años. También tiene la sensación como si alguien le estuviera observando. En mitad del tremendo colocón, abandona la casa de su amigo para no preocuparlo más. En el camino de vuelta a su casa vio a un ser fantasmal que tenía el pelo blanco y que le miraba fijamente con una maldad salvaje. Este ser se acercó a él y le tocó. Sintiendo un miedo atroz, se revuelve y sale corriendo. Cuando llega a casa tiene que saludar de manera cordial a un familiar que estaba de visita. A cuántos habrá ocurrido que, en mitad de un colocón, aparece en su casa un familiar o amigo, y uno tiene que aparentar que está normal. Suceden siempre situaciones hilarantes. Finalmente llega a su cuarto y descubre que el corazón le palpita tanto que tiene la sensación de que va a morir, y tiene la genial idea de salir de casa y buscar un doctor. Cuando llega a casa del doctor, le cuenta que ha tomado una dosis alta de hachís. El médico lo mira, lo ausculta y llega a la conclusión de que no tiene nada. Para que se tranquilice, le da unos polvos para que pueda dormir. Así que Ludlow vuelve a casa, se mete en la cama, comienza a dormir y sueña. Los efectos del colocón duraron varios días.

Esclavos negrosEsclavos negros

Los efectos del hachís

Además, indicó las dosis y cómo afectaban al cuerpo. También le llamó la atención la importancia de las condiciones psíquicas y cómo afecta el hachís a los sentimientos del usuario. La misma dosis en personas de igual peso, estatura, edad, sexo, etc. puede provocar efectos opuestos. En personas con temperamento nervioso, el hachís produce efectos más fuertes que en personas más tranquilas (Grinspoon, 1971:96): “El hachís tiene un efecto muy poderoso en las personas que tienen un temperamento nervioso y sanguíneo extremo; en aquellas de temperamento bilioso, su efecto es casi tan poderoso como el caso anterior; mientras que las constituciones linfáticas apenas se ven influidas, excepto de un modo físico, experimentando por ejemplo vértigos, náuseas, desmayos o la rigidez muscular”.

A Ludlow le llamó la atención un fenómeno conocido como la “tolerancia inversa”. Las características de esta condición son que, al consumir regularmente hachís, el usuario se vuelve más sensible a él, así que cada vez que toma cannabis necesita menos dosis para alcanzar el efecto deseado. El hachís, en lugar de exigir aumentar cada vez más la dosis (como ocurre con el resto de drogas), exige más bien una disminución. Ludlow ensalzó el consumo de esta sustancia como una forma de hacer aventuras mentales, aunque también advertía que su consumo nunca debería ser excesivo (Laurie, 1994:101): “La tendencia de la alucinación provocada por el hachís suele ser siempre hacia lo sobrenatural o las formas más sublimes de lo natural. Como el Cristo del milenio, he acabado con todas las discordancias de este mundo; mediante una palabra, he unido a toda la humanidad con las ligaduras eternas de la hermandad… Pero, aunque hallé en lo sobrenatural un agente de la felicidad, también fue muchas veces motivo del más amargo dolor. Si exulté en cierta ocasión pensando que era el Cristo del milenio, también, debido a una dilatada agonía, me he sentido como el crucificado”.

La estilográfica de Ludlow rebosa de imaginación. Es una bendición para su creatividad: “Rebota en aquel momento sobre el papel como un relámpago, esforzándose por correr pareja con mis ideas”. Ludlow llegó a un punto en que tuvo serias dificultades para encontrar palabras con las que describir sus experiencias: “el pensamiento acabó cobrando una velocidad tan increíble que ya no pude escribir más” (Plant, 2001: 173).

Ludlow exagera la acción del hachís cuando afirma que esta sustancia establecía en su mente los contenidos de las alucinaciones que tenía. Afirmaba que existía un nivel de experiencia alucinatoria básica independiente de las preconcepciones culturales y personales de quien la consumiera (Plant, 2001:249).

Actuaba Ludlow de forma extraña. Estaba viviendo en un mundo interior maravilloso. Aumentaba la respiración, jadeando, una energía eléctrica le giró adelante. Las vibraciones de su corazón golpeaban el cielo del cráneo. Aumentaban las pulsaciones de su corazón, comienza con sus pensamientos nefastos sobre su propia muerte. Multitud de pensamientos le vienen a la cabeza, como que es inmortal. No sentía ningún dolor. Existe una intensa susceptibilidad sensorial como producto del hachís. La intensidad de la emoción interior había afectado el extremo a través de la oreja interior. Escuchaba el sonido del mar movido con un esfuerzo maravilloso: “Yo me agobio en una marabunta insondable del tiempo, pero me apoyé en Dios y era inmortal a través de todos los cambios” (Ludlow, 2003).

El primer psiconauta estadounidense

Durante un tiempo parecía que nunca estaba libre de la influencia del hachís. Cuando cerraba los ojos se encontraba de pie en la puerta de color de plata de un lago translúcido, ilimitado por donde parecía simplemente haber sido transportado. También había una pequeña playa y un templo. Había personas con túnicas fluidas.

Ludlow enuncia dos leyes sobre el funcionamiento del hachís. La primera era que, después de la realización de cualquier fantasía, hay un cambio en la acción. En esta transición, el carácter general de la emoción puede permanecer inalterado. La segunda parte es la de la paz y relajación. Es cómo bajarse de las nubes.

Así que Ludlow se volvió un comedor de hachís a lo largo de sus años de universidad. Por seis centavos podía comprar cuatro gramos de hachís que le daban “un billete de excursión por toda la tierra”; pero concluyó:

“El hachís es, de hecho, una droga maldita, y el alma paga un precio más amargo, por fin, por todos sus éxtasis. Nosotros hemos llegado por una senda impropia al secreto de esa infinidad de belleza”.

Los efectos que consiguió Ludlow con el cannabis fueron despersonalización, alucinaciones, percepción del tiempo alterado, ansiedad y pánico. En relación con las alucinaciones, Ludlow escribió que las del cannabis eran mucho más impresionantes que las fantasías de su sobria imaginación. Cuando alcanzaba el punto más intenso, estas alucinaciones parecían tan reales o mucho más reales que los sucesos del mundo con los que el sujeto estaba familiarizado (Plant, 2001:241).

En cuanto al tiempo, escribe: “Lo recordé por primera vez ya que los ciclos que contemplaba en mi reloj para medir el tiempo transcurrido. El impulso me hizo volver a mirarlo. La minutera se hallaba a medio camino entre quince y dieciséis minutos pasadas las once. El reloj tenía que haberse parado; me lo acerqué al oído y no era así, continuaba funcionando. Había viajado por toda aquella cadena inconmensurable de sueños en treinta segundos, “¡Dios mío!”, exclamé, “¡es la eternidad!” (Plant, 2001: 178). Este mismo sentimiento lo describe también Walter Benjamin, quien tras consumir hachís afirmaba que “la eternidad no dura demasiado”.

También descubre la sensación de sinestesia (intercambio de los sentidos), como el olor de los colores o la visión de los sonidos; una risa ingobernable, un flujo rápido de las ideas, una sed inextinguible, se despierta la percepción y se magnifica las sensaciones. Su consumo lo llevó a depender psicológicamente del cannabis. Parte de su juventud lo derrochó bajo un estado de intoxicación cannábica perpetua, como muchos estudiantes hoy día. No obstante, el problema principal de Ludlow fue el opio, sobre el que siempre decía que lo iba a dejar, y sus breves etapas de abstinencia le causaban un sufrimiento enorme. Intentó ir reduciendo la cantidad gradualmente, pero esto no le ayudó (Abel, 1980: 172-175). También hay que señalar que consumía una cucharadita de morfina, en un vaso de whisky, todos los días hacia el final de su vida.

Ludlow escribió que en dosis moderadas el hachís produce una risa moderada del espíritu, o a lo sumo una tendencia a la risa inoportuna. Con dosis suficientes puede inducir a la fantasía; a esto le sigue un intenso sentimiento de felicidad que asiste a todos los funcionamientos de la mente. Cada movimiento es una fuente de goce.

Ludlow estuvo consumiendo regularmente durante tres o cuatro años, decidió renunciar al cannabis, y se dedicó a plasmar sus experiencias por escrito. Al dejar de consumir hachís, Ludlow describe los “horrores” del retiro. Tiene pesadillas y aumenta su consumo de tabaco. Escribe apesadumbrado:

“Odié las flores porque había visto los licores de aguamiel esmaltados del paraíso, maldije las piedras porque eran piedras mudas, el cielo porque se quedó sin música”.

BIBLIOGRAFÍA

  • Abel, E. (1980) Marihuana: The first 12,000 years. Plenum Press, Nueva York
  • Grinspoon, L. (1971) Marihuana reconsidered, Harvard University Press, Cambridge
  • Ludlow F.H. (1957) The hasheesh eater: Being passages from the life of a Pythagorean, Harper & Bros., New York
  • Plant, S. (2001) Escrito con drogas. Ediciones Destino S.A. Barcelona.
  • Ludlow, F.H. (2003) El comedor de hachís. Tf. Editores. Madrid (traducción Cristina Pineda)

 

Ludlow y su relación con el cannabis (I)

Fue el escritor de “El comedor de hachís”, que es un libro incómodo de leer para muchos lectores. Ya que aquel que busque la locura y las depravaciones encontrará las percepciones claras de la realidad y la urgencia con que él lleva la motivación por buscar la verdad en las visiones. Aquel lector que quiera encontrar el “síndrome amotivacional” se llevará una gran decepción, ya que Ludlow fue doctor, profesor, crítico de drama, escritor de música, abogado, editor y autor, viajó por el continente americano antes de cumplir los 30 años. Y tomaba diariamente dosis de cannabis durante su estancia en la Universidad.

© Isidro Marín Gutiérrez

Fitz Hugh Ludlow (1836-1870) nació el 11 de septiembre de 1836 en la ciudad de Nueva York. Fue hijo de un abolicionista norteamericano, un reverendo que tuvo muchos problemas por sus ideas. El venerable Henry G. Ludlow fue abolicionista en un momento en el que luchar por la libertad de los afroamericanos no estaba de moda. Ludlow escribió que, unos meses antes de que él naciera, una turba furiosa había entrado en su casa de Nueva York y había expulsado a su padre, a su madre y a su hermana. Al día siguiente volvieron y encontraron el salón lleno de adoquines de la calle, las alfombras cortadas en pedazos, los cuadros caídos, así como destrozados los muebles y las lámparas. En las paredes de la casa habían escritos insultos racistas.

La familia se trasladó a Poughkeepsie (Nueva York). Ludlow en la escuela tuvo que pelear contra jóvenes sureños, que constantemente le insultaban. El joven Ludlow estaba en contra de la política del Reino Unido y de su Compañía Británica de las Indias Orientales, que mataban de hambre a la población india, obligándoles a cultivar opio en tierras que necesitaban para abastecerse de alimento, y defendía la postura de China, que prohibía su consumo. Su madre, Abigail Woolsey Wells, enfermó siendo Ludlow joven y murió cuando tenía 12 años.

Ludlow marchó a estudiar a la Universidad de New Jersey (ahora llamada Universidad de Princeton) en 1854. Durante los años de universitario, probablemente durante la primavera de 1854, cuando contaba con 18 años se atrevió a utilizar cloroformo, éter y opio, que estaban en la farmacia de su amigo el boticario Anderson. Ludlow quería experimentar, ya que estaba siempre llevado por la curiosidad, y no movido por una necesidad de consumir por consumir. Cuando lo probó todo dejó de experimentar, esto no quiere decir que dejara de consumir.

Un buen día, su amigo, el boticario Anderson, le enseñó un nuevo fármaco, el cáñamo indio oriental, distribuido por la Compañía Tilden & Co. El extracto de Tilden (realizado con cáñamo indio oriental) era de color castaño-aceituna y con cierto olor aromático. Se anunciaba como un anestésico, anti-espasmódico e hipnótico. Aumentaba las ganas de comer, no creaba náuseas y eliminaba el dolor de cabeza. Era utilizado con éxito en la histeria, la cólera, la gota, la neuralgia, el reuma agudo, el tétanos, la hidrofobia (la dosificación de dicho extracto era de 0,13 gramos). Ludlow fue aconsejado por su amigo para que no lo probara, ya que pensaba que era un veneno mortal. Movido por la duda, se llevó un poco del extracto Tilden sin que se diera cuenta su amigo y lo comió. Pero aquello no le hizo ningún efecto, así que aumentó la dosis hasta 1’94 gramos. Así que fue, muy defraudado, a casa de un amigo a charlar y escuchar música. Al par de horas comenzó a tener unas sensaciones muy raras que le produjeron una sensación de pánico, tuvo una emoción súbita, como un susto (Ludlow, 1957). No lo dudó, estaba bajo la influencia del cannabis. Su primera sensación fue un terror ingobernable. Así se convirtió en el primer estadounidense “astronauta del espacio interior” que lo relataba.

Al año siguiente se trasladó a la Union College en Schenectady (Nueva York), por el incendio del edificio principal de la Universidad de New Jersey, donde se graduó en 1856. Allí estudió medicina y en 1857 se convirtió en anestesiólogo. Pero siguió consumiendo cannabis. Afirmaba que con la suma humilde de 6 centavos podía comprar un billete de excursión por toda la tierra.

Fitz Hugh LudlowFitz Hugh Ludlow

Otras obras de su repertorio

Durante la década de los 50 del siglo XIX entra como editor de la nueva revista Vanity Fair, donde se une a los círculos bohemios y literarios de Nueva York. Es admitido en el Century Club. Frecuentaba el Restaurante Pfaff y conoció a escritores de la talla de Walt Whitman o Taylor Bayard. Ludlow era un auténtico cosmopolita y encajó muy bien en tales círculos. Tanto es así que comenzaría a escribir en el Harper, en el New York World, en el Evening Post o en el Atlantic Monthly, entre otros. En Septiembre de 1856, la revista Putnam’s Monthly Magazine publicó su artículo titulado “La revelación del hachís”. Ese mismo año escribe el himno de su Universidad, del Union College. Además se licencia y da clases en la Watertown Academy.

En 1857 Ludlow publicó su obra El comedor de hachís de forma anónima. Según su crítico no tendría mucho éxito, ya que afirmó que Estados Unidos no tenía ningún problema con el consumo de hachís. Cómo se equivocó. Para 1858 estudia con ahínco derecho. En 1859 se casó con Rosalie H. Osborne, una chica que contaba con 18 años. Además es admitido en el Colegio de Abogados de Nueva York. Hacia 1860 viajó a Florida y Cuba, donde escribió artículos para el Commercial Advertiser. Ludlow no paraba de moverse exprimiendo la vida con placer.

En 1861 se imprimió “The Music Essence” por The Comercial Advertiser, que es la historia de un hombre que hace un instrumento musical para su esposa sorda que traduce las notas musicales en luces y colores. Esta historia estaba ciertamente inspirada por la sinestesia que Ludlow experimentó durante sus experiencias con el hachís:

“El comedor de hachís sabe lo que será quemado por el fuego de sal, huele los colores, ve los sonidos y, más frecuentemente, ve los sentimientos”.

Escribe “John Heathburn´s Title” (publicado en 1864), que trata de un opiómano y un alcohólico que son curados por un médico paciente a través de una terapia de sustitución con extracto de cannabis. Representa la primera discusión pública con respecto al tema. Recordad que Ludlow estudió medicina. Ludlow también probará el cannabis como una terapia de sustitución para tratar su adicción al opio.

En 1861 viajó hacia el oeste de los Estados Unidos junto al artista paisajista Albert Bierstadt, en tren hasta Kansas y desde allí en diligencia hasta California. Estuvo en Salt Lake City, en el estado de Utah y fueron huéspedes de Brigham Young, fundador de la ciudad y jefe de los mormones. Así que conoció de primera mano las costumbres de los mormones y escribió sobre su cultura de casarse con varias esposas, afirmó que la visión de dos mujeres de un mormón viviendo juntas en armonía le hacía sonrojarse. Ludlow los consideraba unos fanáticos. Pero él también era un poco racista, extraño, ya que su padre y él se consideraban abolicionistas con los afroamericanos, pero consideraba a los nativos americanos como “demonios con cara de cobre”. Ludlow creía que el indio era un ser infrahumano, probablemente porque los indios estaban en contra de la invasión de sus tierras y la eliminación de sus tradiciones. Vamos, que estaban en contra del progresismo de la época. En aquella época no se hablaba sobre la esquilmación al pueblo indio, dueño de la tierra arrebatada por los blancos. Luego viajó a California, concretamente llega en verano a San Francisco, en donde observó de primera mano la afición al opio entre la población inmigrante china en la ciudad. Con la Guerra Civil Americana el opio había conseguido más adictos, sobre todo entre los veteranos de guerra, que comenzaban a ser un problema nacional. Ludlow pensaba que se extendería por la clase obrera, los profesionales, las costureras cansadas, los empleados fatigados, las esposas defraudadas, los borrachos, los braceros y, en general, todas las clases sociales. Y será el primero en ofrecer públicamente remedios contra este hábito, como fue sustituirlo por cannabis, ingresar en un sanatorio aislado y cambiarle su comportamiento, o el elixir del doctor Collins (al que conocerá unos años antes de morir). En este viaje conoce al clérigo unitarista Thomas Starr King, a Bret Harte y, principalmente al capitán de barcos de vapor por el río Mississipi, Mark Twain. Se cuenta que Twain no publicaba nada sin que antes consiguiera la aprobación y corrección de Ludlow. Publica artículos y piezas cortas en la primera revista literaria de California, en The Golden Era.

Durante 1863 sufre, como consecuencia de los viajes y la insalubridad de la época, los primeros síntomas de tuberculosis en el parque Yosemite. Luego, en Oregón sufrió su primer colapso físico por la tuberculosis. Para tratarse de esta dolencia comienza a consumir opio, para sus dolores y contra la tos. En vez de tratarse inmediatamente, comienza su regreso a Nueva York a través de Panamá, la razón de tan largo viaje fue la guerra de Secesión.

A finales de 1864, tras su regreso a Nueva York, su matrimonio tiene problemas. Las razones concretas no se conocen, pero las cartas que han sobrevivido indican un escándalo de infidelidad. Pero también han pasado mella los años y kilómetros de distancia que tuvieron. Rosalie obtuvo el divorcio en mayo de 1866. Unos meses más tarde se casa con Albert Bierstadt. Ludlow tampoco pierde el tiempo y comienza una relación con María O. Miliken, viuda del juez Miliken de Maine, curiosamente ella era diez años mayor que él, y al poco tiempo se casaron. Durante este año escribe sobre sus viajes por el Oeste en el Atlantic Monthly. En 1865 realiza una adaptación de La Cenicienta para representarla teatralmente en la Great Sanitation Fair de Nueva York, utilizando exclusivamente actores infantiles y 30 ponis, para recaudar fondos para las viudas y huérfanos de los soldados caídos de la Unión.

En 1866 publica en el Harper’s Monthly el ensayo “¿Qué deben hacer para salvarse?” el tema giraba en torno a la cura de la adicción al opio. A raíz de este escrito entabla una relación con el doctor Collins, de Indiana, fabricante de un remedio para curar la adicción al opio.

A principios de 1870 escribió su último artículo Homes for the friendless publicado en el New York Tribune. En él el autor solicita una institución que acogiera a hombres sin hogar, adictos al alcohol y otras sustancias. Señalaba que existían instituciones similares que protegían a mujeres y niños, y que existía una creciente clase de hombres sin hogar que necesitaban de asistencia. La idea fue respaldada con entusiasmo en una editorial del Tribune.

Ludlow estaba ya muy enfermo de tuberculosis. Para los dolores tomaba una cucharada de morfina en un vaso de whisky todos los días. Se convirtió en un adicto al opio y la morfina, escribió al respecto: “Una de las pasiones dominantes de mi vida”. Él mismo trató a adictos, como médico que era, suministrando medicinas y dinero a familiares. Así respondía a aquellos que le criticaban por su consumo: “A otros salvé, a mí mismo no me pude salvar”.

En junio de 1870 viajó en un intento de recuperarse de su adicción y la tuberculosis con su hermana Helen y su mujer María. Permaneció mes y medio en Londres, luego viajó a Ginebra (Suiza) a un sanatorio. Pero su salud se resquebrajó. Murió el 12 de septiembre de 1870, con 34 años de edad, víctima, no del hachís, ni del opio, ni de la morfina, sino de la tuberculosis. La revista mensual de Harper publicó el anuncio de su muerte en diciembre de 1870. Finalmente fue enterrado en Poughkeepsie junto a su padre.

Repercusiones de su obra

Su obra El comedor de hachís tuvo cuatro ediciones entre finales de 1850 y principios de 1860, publicadas por la editorial Harper & Brothers. Los críticos contemporáneos pedían a los lectores de El comedor de Hachís que no repitieran la hazaña de Ludlow, ya que “produce una de las ilusiones diabólicas más perjudiciales” calificándolas como “hierba letal”. Pero, aquellos que le conocían personalmente, trataban al autor de una forma amigable.

Sin embargo, su obra y vida cayeron en el olvido tras su muerte y su reputación literaria y personal murieron con él, y ya no se podía defender. De vez en cuando algún relato breve o algún poema se reimprimían en alguna antología. En los diccionarios biográficos afirmaban que su muerte prematura estaba relacionada con su consumo de opio y hachís. Nada más lejos de la realidad, como sabemos. Ludlow era calificado como un “adicto al veneno”. El reverendo J. T. Crane afirmaba que “todo aquel que juega con él (el cannabis) se divierte al filo de un abismo sacudido por fuerzas refulgentes y embrujados con todas las formas del diablo”. En 1893 J. Macdonough Ford, editor de The Golden Era, escribió sobre Ludlow: “Estaba más que medio loco, pero escribió algunas cosas buenas”. H.G. Cole en 1895 escribió que “fue un desafortunado consumidor de opio”.

Hasta que en 1903 otra editorial británica reimprimió la edición original. Esta edición atrajo a dos grandes excéntricos del siglo XX, el ocultista Aleister Crowley, que encontró en El Comedor de Hachís la introspección maravillosa de Ludlow; y H.P. Lovecraft. Crowley empezó a experimentar con hachís como ayuda para la meditación. Así que utilizaba fragmentos de El Comedor de Hachís en su periódico, el Equinox (1909), comparándolos con de Quincey y con Baudelaire. En 1925 se publica la primera tesis doctoral sobre Ludlow por Hugh Sebastian, de la Universidad de Chicago. Con el prohibicionismo del cannabis, los escritos de Ludlow se vieron como los horrores de la alucinación del hachís.

En el Diccionario de Biografía Americana de 1933 podemos leer sobre Ludlow: “(…) y un carácter noble en muchos aspectos se arruinaron por culpa de un hábito que quebró su fuerza física”. Además, en estos diccionarios se lamentaban del trágico desperdicio de lo que pudo haber sido una brillante carrera profesional.

En 1935 el doctor Robert P. Walton, de la Universidad de Mississippi, a petición del gobierno federal, utilizó la obra de Ludlow para crear una base científica y prohibir el cannabis. Los peores extractos, descontextualizados, de su obra fueron utilizados en 1937 por Harry Anslinger, de la Oficina Federal de Narcóticos, para prohibir su consumo. En 1939, en plena era prohibicionista, Franklin Walter escribe: “había sido seducido en medio de su formación teológica por las emociones paganas de la ingestión de hachís”.

Otros vieron y creyeron que el cannabis merecía una segunda oportunidad y distinguieron en Ludlow a un cronista instruido en las alturas místicas que podrían alcanzarse usando el cannabis. En 1960 se reprodujo el texto íntegro en la revista beat The Hasty Papers. En 1966 se publicaron algunas citas suyas en Los papeles de la Marijuana, obra revisada por David Solomon. En 1970 se le rememoró en el diario underground Berkeley Barch, pero la noticia más importante fue la fuga de la cárcel de Timothy Leary, encerrado por posesión de 0,0001 gramos de marihuana. Leary había obtenido un puesto de jardinero en la prisión gracias a que mintió en un test que él mismo había diseñado. Dejó una carta a las autoridades invitándoles a que le encontrasen. Finalmente, y gracias a la Hermandad del Amor Eterno, huyó a Argelia.

Leary, en su exilio en Suiza en 1971, se incluyó en “la tradición alquimio-chamánica de Paracelso, Ludlow y William James”.

Finalmente la obra de El comedor de Hachís de Ludlow ha sido injustamente olvidada, pero está más vivo que nunca. En el 2003 se tradujo la obra por primera vez al español: Tuvieron que pasar algo menos de 150 años para que pudiéramos apreciarlo en lengua castellana. Aunque también siguen vivos la ética puritana y el prohibicionismo.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Ludlow F.H. (1957) The hasheesh eater: Being passages from the life of a Pythagorean, Harper & Bros., New York
  • Ludlow, F.H. (2003) El comedor de hachís. Tf. Editores. Madrid (traducción Cristina Pineda)

 

 

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