El triptófano y la depresión (1ª parte)

Por J. C. Ruiz Franco

Seguimos tratando sustancias estimulantes manejables y de efecto suave. En esta ocasión le toca el turno al triptófano, un aminoácido que, además de aportar energía y mejorar el estado de ánimo, realiza funciones vitales para el cuerpo humano.

Aunque últimamente existe menos optimismo sobre la bondad de la psicofarmacología y el estudio de la psique tiene en cuenta otros factores, no podemos negar la importancia de los neurotransmisores para las funciones del sistema nervioso central. En el presente artículo nos vamos a ocupar de la serotonina —seguramente el más conocido— y de su optimización mediante el consumo de un aminoácido, el triptófano.

La serotonina, un neurotransmisor fundamental

La serotonina juega un papel importante como sustancia neurotransmisora en fenómenos tan dispares como la agresividad, la regulación de la temperatura corporal, el estado de ánimo, el sueño, el deseo sexual y el apetito. Unos niveles más altos o más bajos de serotonina parecen influir positiva o negativamente en estas características tan humanas. A su vez, el nivel de serotonina aumenta al atardecer para que la glándula pineal sintetice melatonina, la hormona reguladora del sueño, al caer la noche. La serotonina también influye en el funcionamiento de otros neurotransmisores, como por ejemplo la dopamina y la noradrenalina.

De todas las características mencionadas, ninguna es tan interesante como el estado de ánimo, y un adecuado funcionamiento de este neurotransmisor se asocia a bienestar, buen humor y ausencia de estados depresivos. Si nuestro objetivo es regular el nivel de serotonina, parece que la solución más fácil sería administrárnosla. Sin embargo, si se ingiere no entra a las vías serotoninérgicas del sistema nervioso central porque no cruza la barrera hematoencefálica, y lo mismo sucedería si se inyectara.

Los antidepresivos de uso psiquiátrico

La solución que nos ofrece la psicofarmacología —y la psiquiatría como representante suyo en el ámbito de la medicina— consiste en modificar algún mecanismo neuronal para potenciar la acción de la serotonina. En las dos últimas décadas del siglo XX se confió bastante en la utilidad de regular y modificar los niveles de neurotransmisores; tanto que la hipótesis aminérgica era la predominante a la hora de explicar los trastornos afectivos. A pesar de que en la actualidad las expectativas son menos optimistas, el funcionamiento correcto de estos mecanismos es sin duda importante para el equilibrio mental y el normal desempeño de las actividades cotidianas. Por eso los antidepresivos más utilizados de las últimas generaciones de psicofármacos inciden de una u otra forma sobre el metabolismo de la serotonina:

-                     Los ISRS, inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina

Han sido los más utilizados desde que en 1987 saliera al mercado el famoso Prozac® (fluoxetina), su buque insignia. Como su nombre indica, sólo modifican la metabolización de la serotonina, y aumentan su acción al inhibir la recaptación de este neurotransmisor después de ser liberado en las sinapsis que hay entre las neuronas. Además de la fluoxetina, los más comúnmente prescritos en las consultas de psiquiatría y medicina general son la paroxetina, la sertralina y la fluvoxamina.

-                     Los IRSN, inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina

Este grupo de antidepresivos actúa sobre la serotonina y la noradrenalina. La venlafaxina es un ejemplo de este tipo de fármacos.

-                     Noradrenérgicos y antidepresivos serotoninérgicos específicos (NaASE)

Actúan aumentando la liberación de noradrenalina y serotonina, y tienen un efecto tranquilizante debido a sus propiedades antihistamínicas. Un ejemplo de este tipo de antidepresivos es la mirtazapina.

-                     Potenciadores selectivos de la recaptación de serotonina (PSRS)

La tianeptina es su principal representante. Aunque por su estructura es un tricíclico, no tiene relación con ese grupo en lo relativo a sus propiedades. Su acción se debe al aumento de la recaptación de la serotonina en las terminales nerviosas serotoninérgicas de la corteza, el hipocampo y el sistema límbico, sin unirse a ningún receptor, lo cual disminuye los posibles efectos adversos. Además de su potente efecto antidepresivo, ofrece un efecto ansiolítico adicional que no llega a producir sedación.

-                     Antidepresivos tetracíclicos

Componen un grupo heterogéneo cuyos miembros tienen en común su estructura molecular. El más famoso es la trazodona, si bien en las últimas dos décadas se ha utilizado muy poco.

-                     Otros antidepresivos

Otros grupos de antidepresivos modernos son los inhibidores selectivos de la recaptación de dopamina (ISRD), los inhibidores selectivos de la recaptación de noradrenalina (ISRN) y los inhibidores selectivos de la recaptación de dopamina y noradrenalina (IRDN), que son utilizados en menor medida que los descritos en primer lugar. También se prescriben muy poco los antidepresivos de las primeras generaciones, que eran menos específicos y afectaban a un gran número de neurotransmisores, por lo que el número de efectos secundarios era mayor:

-                     Antidepresivos tricíclicos

Los antidepresivos tricíclicos impiden la recaptación de la serotonina y la noradrenalina, lo que da lugar a un aumento de sus niveles en el cerebro. El primero fue la imipramina, que se conoce desde mediados de la década de los cincuenta. Prácticamente no se utilizan debido a sus numerosos efectos secundarios.

-                     Inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAOs)

Actúan bloqueando la acción de la enzima monoaminooxidasa. Fueron los primeros antidepresivos existentes en el mercado. Prácticamente están abandonados debido a que son poco selectivos: al inhibir la MAO actúan sobre numerosas funciones, no sólo sobre la depresión, lo cual conlleva más efectos secundarios, algunos bastante graves, que se evitan en parte con los IMAOs selectivos y reversibles.

Mejorar la serotonina por medios más naturales

El enfoque convencional de los psiquiatras consiste en prescribir antidepresivos que modifiquen la forma en que se metaboliza la serotonina en las sinapsis neuronales. Dejando aparte los efectos secundarios de esos productos —bastante numerosos—, el principal problema es que con su uso estamos realizando modificaciones neuronales que más adelante, una vez abandonado el fármaco, tal vez no vuelvan a su estado original. Si la depresión es de carácter endógeno, se debe a que hay un desequilibrio interno, y por tanto está justificado recetar antidepresivos; pero si se padece un bajón de ánimo producido por algún factor externo (por ejemplo, la muerte de un familiar, la ruptura de una pareja, dificultades para la vida social, frustración o similares) no será apropiado tratar químicamente algo que tiene una causa personal, vital o social. No resolverá el problema, y aunque se logre elevar el estado anímico, con el tiempo podrá surgir un problema médico que antes no se tenía por haber tomado fármacos sin necesitarlos. En realidad, la prescripción indiscriminada de antidepresivos y tranquilizantes se debe más a los intereses comerciales de las compañías farmacéuticas y a que las salas de espera de las consultas están llenas de personas que no tienen ningún padecimiento físico, sino somatizaciones de origen psíquico.

Si de todas formas estamos convencidos de que debemos tomar algo para mejorar nuestro tono vital, será menos agresivo aumentar el material con el cual el organismo produce su propia serotonina. Puesto que los neurotransmisores se sintetizan a partir de ciertas sustancias, parece lógico potenciar los niveles de dichos precursores. Dos precursores de la serotonina, el aminoácido triptófano y el 5-hidroxitriptófano, un derivado suyo, pueden cruzar la barrera hematoencefálica y elevar el nivel de serotonina en el cerebro. Éste puede ser un enfoque más adecuado cuando el problema no tiene un origen biológico claro, ya que es más natural aumentar la cantidad de las sustancias utilizadas para sintetizar el neurotransmisor que modificar el proceso por el cual, después de liberado en el espacio sináptico y cumplida ya su función, se reabsorbe por las vesículas presinápticas.

La eficacia de este planteamiento está demostrada por muchos estudios, que no obstante son menos numerosos que los que aconsejan la aplicación de antidepresivos psiquiátricos, por motivos comerciales que el lector podrá adivinar. Por tratarse de productos que no pueden patentarse, los aminoácidos precursores son sustancias menos interesantes para las multinacionales farmacéuticas, las entidades que más fomentan la prescripción de psicofármacos por parte de psiquiatras y médicos de cabecera, mediante los distintos métodos de que disponen: anuncios publicitarios en revistas médicas, artículos supuestamente científicos que en realidad son publicitarios, visitadores que acuden a las consultas con maletines llenos de folletos y cajas de medicamentos de muestra, simposios patrocinados por compañías farmacéuticas, etc. En cuanto a la población general, esta publicidad llega a través de carteles y revistas de farmacia, artículos de prensa y publicidad directa e indirecta en prensa, radio y televisión. De hecho, la mayor parte del presupuesto de esta industria no se destina a la producción de medicamentos ni a la investigación, sino a estudios de mercado, publicidad y marketing.

La medicalización de la vida cotidiana

Vamos a permitirnos hacer una reflexión sobre lo que estamos diciendo. Actualmente no sólo se consideran cuestiones médicas ciertos problemas que antes eran parte normal de la vida (ánimo bajo por alguna pérdida familiar o afectiva, que ahora se ha incluido dentro de la elástica categoría de “depresión”; tensión por exceso de responsabilidades o de trabajo que ahora se denomina “estrés”; el envejecimiento, la menopausia…), sino que las compañías farmacéuticas inventan enfermedades, y curiosamente cuentan con la solución para ellas: medicamentos fabricados por las mismas empresas que antes no tenían indicaciones terapéuticas definidas. Pero no sólo eso, sino que cuando el supuesto problema de salud no puede llegar a considerarse enfermedad, queda catalogado como trastorno. Éste tiene una entidad menor que una enfermedad porque no existe una causa biológica clara, pero —también curiosamente— siempre existe alguna pastillita milagrosa para tratarlo.

(Continuará)

Bibliografía

Las referencias que ofrezco a continuación no sólo son los documentos utilizados para elaborar el artículo, sino lecturas muy asequibles con las que el lector puede ampliar información sobre este tema tan importante.

Blöch, Jorg, Los inventores de enfermedades, Ediciones Destino.

Jara, Miguel, Traficantes de salud, Icaria Editorial, 2007.

Pérez Álvarez, Marino y González Pardo, Héctor, La invención de trastornos mentales, Alianza Editorial.

Snyder, Solomon, Drogas y cerebro, Prensa Científica, 1992.

Stahl, Stephen, Psicofarmacología esencial, Ariel Neurociencia.

Szasz, Thomas, El mito de la enfermedad mental, Amorrortu Editores. La fabricación de la locura, Editorial Kairós.

Wikipedia. Entrada “Antidepresivo” (http://es.wikipedia.org/wiki/Antidepresivo).

  Advertencia: El propósito de este artículo es ofrecer información sobre sustancias legales y disponibles en establecimientos, sin recomendar su uso. Tan sólo citamos principios activos, no marcas concretas, para evitar hacer publicidad de fármacos. Antes de consumir cualquier medicamento, consulte a su médico.

 

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