El consumo decimonónico

Por Lupe Casillas

Eran los años centrales del siglo XVIII, cuando el Neoclasicismo vino a imponerse como el movimiento estético preponderante en Europa. Como abanderado de la corriente filosófica del Racionalismo, sus presupuestos estéticos venían a afianzar todo lo proclamado por la Ilustración. El arte se plagó de imágenes que simulaban las formas del más puro Clasicismo (griego y romano), poblándose de arquitecturas realizadas según rigurosos cánones, que renegaban de la Edad Media, hoy tan querida gracias a las múltiples reinterpretaciones que de ella ha hecho nuestra cultura más popular (best sellers y filmografía como Los pilares de la tierra, El Señor de los Anillos o Juego de Tronos).

El Neoclasicismo había desenterrado el pasado iniciando las primeras excavaciones arqueológicas, como las de Pompeya, y había creado los primeros museos tal y como los conocemos hoy día (por ejemplo, el Louvre en París). Napoleón había sido un gran impulsor del panorama artístico. Sin embargo, esta corriente de pensamiento tan centrada en la Razón como principal elemento analítico y que representaba la mesura y hasta el encorsetamiento, no podía existir sin que se gestara de forma paralela una suerte de “contracultura” que reivindicaba la libertad de acción y la subjetividad como contrapunto. Así, coincidiendo con la decadencia del poder napoleónico, a principios del siglo XIX, el Romanticismo se hizo un hueco, ganándole la partida al Neoclasicismo y prefigurándose como la corriente estética que iba a arrasar los círculos culturales e intelectuales europeos.

El Romanticismo de los libros, el original, ese que no se refiere a los gestos y detalles corteses entre dos enamorados, a pétalos de rosa encima de la cama o un baño preparado con velas, definía a todos esos “locos” que no se sentían parte de un mundo predeterminado, sino que vivían sus propios caminos; definía la búsqueda de libertad y sentimiento, valorando como auténtico lo extraño, lo diferente, lo lejano a la norma. Eran los hippies antes de los hippies. Claro que sus vidas eran más dramáticas, inmersas en la melancolía, tristeza o depresiones que les provocaba el choque de su idealismo más soñador con la realidad más cruda. Anhelaban paraísos exóticos y épocas pasadas que nunca habían conocido. Para los artistas románticos, la persecución de la sublimidad, entendida como la mayor grandeza estética, que incluso puede provocar dolor o euforia y que no deja indiferente a nadie, era una misión vital. Sumado todo esto a la necesidad de evasión de su realidad o escapismo, para lo cual las drogas suponían la herramienta perfecta; desde su comienzo, el Romanticismo estaba claramente ligado al espíritu revolucionario y subversivo. ¿Quién no conoce a esos románticos que, como Mariano José de Larra, se suicidaron jóvenes? ¿O aquellos que murieron a causa de graves enfermedades a edades tempranas?

DelacroixDelacroix

La vida de un romántico estaba llena de desengaños y decepciones. En este contexto, Thomas De Quincey escribió, en 1821, sus Confesiones de un inglés comedor de opio. En esta obra, De Quincey pretendía ilustrar a los desconocedores de la materia, instruyéndolos en el consumo de la sustancia, a la vez que compartía sus experiencias. Para el inglés, el opio era una fuente de placer incuestionable, llegando a afirmar que era “las llaves del paraíso”, capaz de abrir las puertas a un mundo lleno de fantasía. Además, su consumo posibilitaba la materialización de ideas que anteriormente se le habían presentado como vagas, potenciando su creatividad.

Cuando, en 1828, fue traducida al francés, los artistas galos más curiosos se apresuraron a indagar en esos nuevos paraísos que las drogas abrían para ellos. Movidos quizá por el ansia de la prometida fecundidad artística o por el simple placer y experimentación, algunos fundaron un grupo en París, Le Club des Haschichins (1844-1849) integrado por artistas, literatos, filósofos y médicos. Entre sus miembros encontramos a los afamados Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Charles Baudelaire y al popular pintor Eugene Delacroix. Las actividades de sus sesiones estaban centradas en comer una “mermelada” verde, elaborada con hachís, canela, clavo, pistacho, azúcar, zumo de naranja, mantequilla, nuez moscada y cantharis. Para ello, se reunían en el actual Hotel Pimodan, en la Isla de Saint-Louis, un palacio gótico cuya extraordinaria atmósfera era la perfecta gracias a la niebla provista por el Sena, que lo cubría al anochecer. Su cabecilla, Théophile Gautier, había sido motivado por el psiquiatra e investigador francés Jacques-Joseph Moreau de Tour y, a pesar de que dejó de consumir tras un breve periodo (no porque le hubiera perjudicado físicamente, según comentaba, sino porque tenía la premisa de que un verdadero autor no necesita más que de sus sueños para crear), redactó las vivencias de aquellos días en un libro escrito bajo el mismo nombre que aquel con que ellos mismos se habían bautizado.

Doyle Meditation self portraitDoyle Meditation self portraitTanto Alejandro Dumas en El Conde de Montecristo, como Charles Baudelaire, por su parte, en Los paraísos artificiales y Las flores del mal, narraron o se inspiraron en las experiencias con el hachís. Respecto a Baudelaire, durante las reuniones en el hotel, se dice que era sobre todo un observador. Al pintor Odilon Redon debemos las ilustraciones creadas para sus Flores del Mal. Además, Redon compuso otras litografías, entre las que se cuentan Ojo con adormidera (1892), con que adornó la obra de Thomas de Quincey y en la que encontramos un ojo, que representa el modo en que la psique humana y las ideas y creaciones se ven influenciadas por el consumo de la sustancia.

Asimismo, los románticos se sentían especialmente atraídos por lo desconocido y exótico. Este es el modo en que el Orientalismo se configura como una característica definitoria de esta corriente. Populares artistas y literatos viajan en busca de esos paisajes soleados y esas mujeres de tez oscura. Mientras algunos, como Merimée (escritor de la novela en que se basa la ópera Carmen) o el americano Washington Irving (autor de los Cuentos de la Alhambra) viajan al sur de España; otros, como Eugène Delacroix, comienzan su periplo en tierras marroquíes. Para componer su obra pictórica, Las Mujeres de Argel, llega a colarse en un harén para inmortalizar a las mujeres en su intimidad. En esta obra, pueden apreciarse los útiles de fumador, casi en un primer plano. ¿Qué mejor lugar se puede visitar en el siglo XIX si te apasiona el exotismo y el hachís?

Además del consumo de hachís, por lo que son más conocidos, les hashishins también experimentaron con el consumo de opio. En definitiva, su labor ha posibilitado que el uso del cannabis se asocie al prestigio de las élites culturales, hecho que incluso ha influenciado la visión que de ello poseemos en nuestro tiempo. Luis Antonio de Villena, en su Diccionario esencial del fin de siglo, comenta a propósito de la afición de las élites decimonónicas por las drogas:

“El uso de las drogas, o su tema, era señal de refinamiento, elegancia mundana, modernidad exquisita, (...) al tiempo que un medio para acceder a estados espirituales sublimes, (…) que aunque cuesten la vida o la salud del protagonista (...) suponen esa muerte refinada, lánguida, extenuadora y de algún modo ultraespiritual que los exquisitos anhelan.”

Para el momento en que Las Confesiones de Quincey se hubieron publicado, el opio resultaba más barato que la cerveza y el vino. El siglo XIX es históricamente importante por ser el momento por excelencia del Imperialismo, es decir, el momento de mayor colonización, y que tiene como una de sus consecuencias la Primera Guerra Mundial. Las potencias económicas preponderantes se afanaban en la conquista de territorios y en la explotación de sus recursos. Nuevas y ricas rutas comerciales estaban abiertas y el tráfico de mercancía no se redujo a telas o especias. Gran Bretaña, por su parte, se hizo con el monopolio del opio y, aun sorteando grandes obstáculos, como la aparente política prohibicionista china, introdujo el opio en Europa y Estados Unidos. Durante el siglo XIX, entre un 80% y un 90% de la importación de opio en Gran Bretaña provenía de Turquía y esta sustancia, junto al algodón, se convirtió en la moneda de cambio inglesa en sus transacciones comerciales.

La Primera Guerra del Opio ocurrió entre 1839 y 1842, cuando Gran Bretaña se dio cuenta de que el opio cultivado en la India podría ser vendido en China. A pesar del prohibicionismo que caracterizaba al gobierno chino, pronto el emperador se vio sometido al poder del ejército inglés y todos los sucesos desembocaron en la firma de un tratado para levantar la prohibición de la venta del opio y permitir su libre comercio. Mientras las restantes potencias económicas e imperialistas preponderantes se veían obligadas a pagar en plata sus importaciones, el gobierno de Gran Bretaña era el dispensario principal de opio, existiendo tal excedente que llegó a comercializarse entre la gente de a pie gracias a las boticas y grandes distribuidoras.

fusslifussliCuando Quincey se hizo opiófago, ya habían comenzado a sintetizarse la cafeína, la cocaína y la quinina, entre otros; todo ello como producto del avance científico que se produjo de la mano de Friedrich Sertuerner de Paderborn, cuando obtuvo morfina del opio. Esto conllevó un aluvión en masa de científicos afanados en sintetizar otras sustancias y estudiar las plantas alcaloides. Además, la morfina pasó a ser considerada como la “medicina propia de Dios”, y era habitualmente usada en la vida diaria. El láudano y la morfina pronto se convirtieron en remedios para los males más comunes; medicamentos que ayudaban al descanso, eran analgésicos y se utilizaban para combatir la ansiedad y la tos, por ejemplo. Como dato curioso: en el año 1925, el láudano se vendía en las boticas españolas a 30 céntimos el gramo.

Samuel Taylor Coleridge, escritor considerado precursor del Romanticismo inglés fue un famoso consumidor de opio. Lo utilizaba con fines analgésicos, lo cual por aquel entonces, como decíamos, era muy común, así como su distribución en boticas, ya que la estigmatización actual de la droga no existía en tal época. Llegó a escribir su poema Kubla khan, reflejando los sueños fantásticos que le había provocado el opio. Era íntimo amigo del artista multidisciplinar William Blake, del cual aunque no se han hallado pruebas de que consumiera, sí que ha supuesto un referente para los artistas psicodélicos por sus poemas ilustrados. Lo que sí se conoce, sin embargo, es su predisposición a la alucinación y visiones que han marcado su hacer artístico. Y es que el polifacético artista defendía una vida sin los límites impuestos por el mundo físico, sino en la libertad infinita de la imaginación. Como buen romántico que se preciara, su espíritu era revolucionario y su ideología, expresada de forma recurrente, aludía a menudo a los mecanismos de control de los que hacían uso las instituciones mundanas, que no eran otra cosa que el miedo y el poder que destilaban sus presuntas verdades, expuestas de forma categórica.

Fue un fragmento de la obra de Blake El matrimonio del cielo y el infierno el escogido para bautizar el libro de Aldous Huxley (Las puertas de la percepción) y al grupo musical psicodélico The Doors: “Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito”. Sus poemas marcaron a los músicos psicodélicos, llegando al punto de labrarle a su arte el título de visionario.

El consumo de drogas estuvo a menudo ligado a enfermedades psiquiátricas, aunque no porque fueran su origen. Richard Dadd, por ejemplo, pintor inglés durante el avanzado siglo XIX, sufría de un trastorno bipolar. Su obra estaba compuesta por un imaginario plagado de fantasía y onirismo, y se considera entre lo que comúnmente se denomina “Pintura de hadas”, ya que eran habituales en su hacer imágenes de gnomos, elfos, hadas y duendes. Su obra The fairy feller’s master-stroke ha alimentado la curiosidad de muchos e incluso el grupo Queen le dedicó una canción. Dadd fue adicto al opio. Su historia es dramática puesto que su adicción agravó su enfermedad y durante un viaje realizado a Egipto tuvo una crisis y acabó creyendo que el dios Osiris le había nombrado su sacerdote. La mayor parte de sus trabajos, de gran atención por el detalle, fueron realizados en la institución psiquiátrica en que fue recluido tras haberse vuelto contra su padre.

Como observarán, el opio estaba a la orden del día y el cloral y el láudano eran igualmente consumidos de forma popular. John Anster Fitzgerald, otro pintor de hadas de la época victoriana, hacía uso de la fantasía que potenciaban estas sustancias para sus obras. Son famosas sus ilustraciones, entre las que se encuentra Alicia en el País de las maravillas.

Todo parece estar ligado y no es baladí que todos estos artistas se inspiren en obras literarias que comparten su afición a las sustancias y encuentran en ella su inspiración o el resorte que ponía en funcionamiento sus mecanismos creativos. No debiéramos dejar de valorar su labor de investigación y documentación de los procesos que genera el consumo, y agradecer sus esfuerzos por desmitificar y naturalizar las sustancias. Su creencia en la libertad de decisión individual es, en última instancia, una de sus mejores aportaciones, y su espíritu revolucionario y reivindicador de ello, un gran legado.

 

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