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De los vikingos «colocados» de hongos a la metanfetamina nazi: las drogas secretas de la historia

Lukasz Kamienski publica un estudio de la relación entre las drogas y lo bélico, cuyos vínculos han sido cuidadosamente ocultados por la historiografía más convencional. «Siento rabia de que no haya casi referencias a la metanfetamina en los libros sobre Segunda Guerra Mundial, cuando la invasión de Polonia fue un gran experimento de campo sobre el uso de “speed”», afirma el autor de «Las Drogas en la guerra»

Cuenta Homero que en la guerra de Troya los héroes griegos ahogaban en «la bebida del olvido» (el opio) la pena y el dolor por los compañeros caídos. Los vikingos parecían insensibles a todas las heridas e inmunes a todos los golpes cuando entraban en estado berserker, que no era sino el efecto del consumo de hongos. Y puede que los conquistadores españoles contasen con la pólvora como ventaja tecnológica frente a los guerreros incas, pero estos eran capaces de combatir sin fatiga durante días gracias a las hojas de coca. Por no mencionar que los combatientes nazis no fueron los únicos que usaron la metanfetamina en cantidades industriales durante la Segunda Guerra Mundial: la pervitina («speed») obró milagros entre los soldados de élite finlandeses.

Los pueblos de la Antigüedad, tales como los griegos, los asirios, los persas, las tribus siberianas, los vikingos, los indios americanos y otros, hicieron un prolongado uso de una gran variedad de estupefacientes. Otra cosa es que los historiadores, pocos dados a los detalles técnicos, hayan pasado de puntilla sobre la presencia de las drogas en la historia. «Los historiadores marginalizan cosas que no consideran cruciales o son muy técnicas. Mientras que para las autoridades resulta muy incómodo proclamar que el nacionalismo, la religión o la ciudadanía no son suficientes motivaciones para que los soldados arriesguen sus vidas», justifica Lukasz Kamienski, autor de «Las drogas en la guerra» (Crítica, 2017).

«Se da la hipocresía de que mientras se empieza a restringir el consumo en la sociedad; en los campos de batalla se hizo imprescindible la cocaína»

 

El estudio de este profesor y analista de ciencias políticas pretende ahora enmendar el descuido historiográfico sobre un consumo que se remonta, prácticamente, al origen de las guerras y se hizo masivo, más allá del alcohol, durante el siglo XX. En la Primera Guerra Mundial, los franceses se jactaban, al igual que los ingleses con su coñac, de que el vino les había hecho triunfar sobre los alemanes, que bebían el «brebaje primitivo» de la cerveza. Los médicos recomendaban una generosa dosis de alcohol como única cura demostrada contra los trastornos mentales derivados de la fatiga de combate.

No obstante, si lo que que se pretendía era saltar a la trinchera enemiga o mantener un duelo aéreo lo mejor era la cocaína. Las fuerzas armadas suministraban coca a sus hombres para recuperar el espíritu combativo. «Se da la hipocresía de que mientras se empieza a restringir el consumo en la sociedad; en los campos de batalla se hizo imprescindible la cocaína», relata Kamienski.

La revolución de la metanfetamina

Fue en el siguiente conflicto mundial, padre de las peores barbaries, cuando se disparó el consumo de drogas duras en todos los ejércitos. «Como polaco siento rabia de que no haya casi referencias a la metanfetamina en la Segunda Guerra Mundial, cuando la invasión de mi país fue un gran experimento de campo sobre el uso de “speed”. Es algo que puede cambiar la percepción sobre las atrocidades nazis», apunta el profesor polaco. La Werhmacht estaba «colocada» durante algunos episodios de la guerra, pero no eran los únicos ni la fuerza que abusó más de esta droga. Los ingleses tomaron 72 millones de pastillas de anfetaminas, cifras cercanas a las de los japoneses, los estadounidenses o, especialmente, los finlandeses. Solo la URSS, fiel al vodka, se mantuvo ajena a esta locura química.

 

Tras la guerra quedaron largos regueros de veteranos mutilados, neuróticos, marginados y enganchados a las drogas, principalmente morfina y cocaína. El uso masivo estaba creando ejércitos de toxicómanos. Nada comparado con la bomba narcótica que fue para EE.UU, la considerada como la «primera guerra farmacológica»: el infierno húmedo de Vietnam. Según el Departamento de Defensa, en 1968 la mitad de los soldados estadounidenses desplegados en el país asiático tomaban algún tipo de droga. Dos años después la tasa aumentó hasta el 60 por ciento y, en 1973, año de la retirada, alcanzó el 70 por ciento. La heroína destruyó desde dentro a los americanos.

Hoy en día los ejércitos convencionales han renunciado, al menos de forma oficial, al uso masivo de sustancias tóxicas como arma de guerra. El testigo lo han recogido las fuerzas irregulares, con un empleo salvaje, como en el caso de Daesh, calificados por Kamienski de «yonquis yihadistas». «Muchos ataques suicidas se producen bajo los efectos de la droga llamada “captagon”. Están intoxicados por la religión, pero también por agentes químicos», concluye.

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