De Hackbogado a diputado de Podemos

Cambiando el sistema y la política de drogas

Hace unos años ya, cuando comenzaba a trastear con Twitter, tuve la suerte de toparme con un personaje único –en sentido positivo– bajo el pseudónimo de “Hackbogado”. Era Juan Ignacio Moreno, nombre que no me decía nada a pesar de que nació en mi ciudad, pero que en poco tiempo se volvió omnipresente; le encontraba metido en todos los jaleos posibles, desde el 15M a la lucha contra la manipulación bancaria del Euribor/Libor.

Entrevista de Drogoteca a Juan Ignacio Moreno, “Hackbogado

Desde entonces tuve la oportunidad de hablar en muchas ocasiones con Moreno, sobre todo de política de drogas y derecho. Así que en cuanto vi la oportunidad, le asalté y le pedí una entrevista sobre este asunto. Él aceptó, en el acto, aunque no fue hasta hace unas semanas cuando pudimos encontrarnos para dicha ocasión que incluyó –aprovechando la cita de ese mismo día– una visita a la realidad en funcionamiento de un CSC (el excelente “The High Class” en Madrid) y un encuentro –en el mismo club– con algunos activistas cannábicos, así como con el abogado Bernardo Soriano de la plataforma “Regulación Responsable”.

De ese día salió esta entrevista que –en esencia– cuenta lo mismo que Hackbogado expresó aquella tarde ante todos, y alguna cosita más. Todo muy políticamente incorrecto, como debe ser.

Drogoteca: ¡Al fin estamos aquí! La cosa es que yo ya te conozco, así que podrías empezar presentándote. Lo primero... ¿Por qué el nick de @Hackbogado en Twitter?

Hackbogado, Juan Ignacio Moreno: Me lo puso un periodista un día, hace más de cinco años. Le estábamos contando el desarrollo de una acción legal y cómo se procedía después judicialmente, cuando me dijo: “pareces un hacker con los sistemas legales... ¡¡eres un 'hackbogado'!!”

Nos reímos y seguimos charlando, pero luego lo recordé y me gustó. Me parecía que describía lo que hacía: hackear Derecho, je, je. Siempre entendiéndolo con su nota de humor.

D: Cuéntanos quién es Hackbogado en la vida real, Juan Ignacio Moreno.

H: Soy un tipo medio normal. Cierto que normal del todo no: me caracteriza que no tengo ningún límite en cuanto a qué cosas pueden pensarse, lo que me lleva a meterme –a veces– en asuntos impensables para los demás. Nací en Salamanca, me críe en Villafranca –Badajoz– y después fui a vivir a Sevilla. Estudié Derecho, por costumbre familiar y porque realmente me gusta.

Tras la universidad oposité, y comencé a ejercer –como abogado– con un amigo ya con experiencia. Hubo que levantar la cosa sin padrinos, a pulso: el turno de oficio me encantaba y la oposición te da unos conocimientos enormes. Ello me permitía –siempre con consentimiento del defendido– probar cosas no hechas antes. Eres “más libre” y puedes intentar cosas más arriesgadas, ya que el defendido no suele tener costas a pagar.

Me especialicé en derecho penal –especialmente delitos económicos y delitos contra la salud pública– y en derecho mercantil y civil, sobre todo en lo que hacían los bancos. Mi vida era “normal” hasta 2008. Digo 2008 porque es cuando se produce algo que, para mí, marca un antes y un después: una diputada votó en las Cortes Valencianas por Internet. A partir de ahí comprendo que la legitimidad de todo el sistema democrático, y del mismo “Estado de Derecho”, ya no tiene validez.

En 2010 inicié lo que terminó destapando la manipulación de los índices Euribor y Libor, desembocando en la imposición de la mayor multa de la historia de la UE, 5.000 millones de euros a ocho bancos. Ahora, que los ciudadanos me eligieron diputado –en marzo de 2015– soy miembro de la Mesa del Parlamento de Andalucía. Lo que estoy “haciendo ahora” es preparar lo que posiblemente sea el mayor cambio político desde 1789: reconocer y establecer el derecho de voto de todos los ciudadanos.

D: Antes de ser diputado por Podemos, estuviste en Partido X. ¿Cómo es eso? ¿Eres un comunista metido a socialdemócrata?

H: Formé parte de la acción más avanzada de los últimos años en este país. Un partido político, desde la nada –con cero euros– pero con inteligencia e imaginación, que proponía soluciones e ideas adaptadas a nuestro tiempo. Se le llamó “partido del futuro” pero no era correcto: Partido X estaba en el presente, pero todo lo demás está y estaba aún en el pasado. En Partido X no se “estaba”: se trabajaba en el proyecto y en las acciones. No había afiliados, se era parte de él trabajando para lograr los objetivos propuestos. Dijimos que teníamos las soluciones, que las exponíamos para que fueran copiadas y que, si nadie lo hacía, no tendríamos más remedio que presentarnos a las elecciones. Al final terminamos presentando una candidatura que realmente era una declaración de principios: un candidato en España, nacido en otro país y residente en otro y que –ni más ni menos– había destapado la mayor red de evasión de impuestos conocida hasta la fecha: Hervé Falciani.

Hubo alguien que sí tomó en serio las ideas de Partido X y las mejoró en su divulgación y expansión: Podemos. Partido X soltaba cosas que en dos semanas estaban en la página de Podemos, explicadas de manera más sencilla y llegando a más gente: significaba que habíamos logrado encender la mecha para que el cambio se desatara. Partido X nació en torno a una idea muy simple: el derecho de voto de los ciudadanos. Perseguíamos la transparencia absoluta –en materia de gestión de lo público– aprovechando la inteligencia colectiva para buscar soluciones a problemas comunes. Y en eso sigo.

D: Vamos, que lo de cambiar de partido no te ha cambiado –esencialmente– la agenda...

H: Mi vida se complica cuando en 2012 el colectivo “15MpaRato” me llama y me contrata para presentar una querella contra Rodrigo Rato y la cúpula de Bankia. Una paliza tremenda junto con el resto de asuntos del despacho, ya que el precio del trabajo para 15MpaRato fue simbólico. Llegar a Podemos fue una cuestión curiosa. Lo que ha pasado (a mi modo de ver, no quiere decir que sea así y puedo estar equivocado) es que –en los últimos años– de Sevilla han salido las ideas, en Barcelona se ha montado la logística y en Madrid se ha puesto la gente, aunque dicho así puede parecer muy bruto. El 15M ha provocado que nos hayamos conocido muchas personas que antes ni siquiera sabíamos que existíamos y, como consecuencia, se han producido muchas cosas buenas desde 2011 intentando cambiar las cosas. Así que cuando se convocan las elecciones en Andalucía alguien pensó en mí, me propusieron unirme y acepté.

Y no, no soy un comunista reconvertido en socialdemócrata como me preguntabas: desde siempre me ha parecido que hace tiempo que las ideologías sólo sirven para encubrir la idiotez en muchos aspectos. Se trata de justicia, simplemente. No es que el capitalismo esté mal, es que lo que hay no es capitalismo sino crimen organizado. No se trata de ideologías, en estos momentos se trata de ideas: soluciones a problemas que vienen acompañadas de un reloj de arena y o las ponemos en marcha o vamos a pasarlo muy mal. No se trataba de una crisis, sino de un sistema que es una completa estafa.

D: Me sorprende –gratamente– ver a alguien explicar que el capitalismo no es “esto que vivimos”. ¿Puedes ampliar esa idea?

H: Claro, la definición básica de capitalismo es poner pasta juntos –capital– para hacer algo. En realidad, eso que nace con las compañías de buques, de seguros marítimos y de ferrocarriles, es decir, con la sociedad anónima, no era mala idea. Una cooperativa es un ejemplo de conjunción de capital para algo. El problema no está en eso. El problema está en que el dinero al final conlleva propiedad, base de todo, y esa propiedad supone concesiones enfrentadas: desde la negación, pasando por la limitación del derecho, su utilidad social, hasta la libre de toda carga.

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Hoy día la tecnología está cambiando el mundo y los intermediarios están desapareciendo. La información fluye sin cesar y eso lo cambia todo: se compra directamente, se vende directamente y se trabaja de la misma manera. Si la política no lo entiende, la política también desaparecerá. Un partido político no es más que un conjunto de posiciones comunes –sobre cuestiones a decidir– y no siempre coincides en todas.

Las ideologías están muy bien para charlar pero, para resolver problemas, prefiero ideas concretas: el concepto de justicia social lo tenemos –básicamente– todos y todas, pero un consenso sobre cómo alcanzarla, no. Yo persigo lograr que, todas y todos, contemos a la hora de decidir las soluciones. Y absolutamente todas y todos tengamos la posibilidad de participar en la decisión de cualquier asunto u obligación que nos afecte: de lo contrario, el acuerdo al que se llegue, carecerá de legitimidad y será algo impuesto por quien se crea superior a los demás.

D: ¿Crees en la bondad innata del ser humano? ¿Y en la del estado? ¿Necesita "el estado" a "los políticos" para su existencia de forma vinculante?

H: En el ser humano sí. No en todos; hay gente buena y gente mala, con ética y sin ella. Sí creo, porque seguimos vivos y porque –por ahora– hay seres humanos que hacen cosas “porque sí”. No soy nada religioso, pero sí me llama la atención el mensaje de personajes como Jesucristo o Buda: “oye ¿habéis probado a 'hacer el bien' cada vez que podáis? Te sientes de puta madre después. Hasta es bueno para la salud y el alma”.

En el estado, no. El estado es malo por definición. Ojo, no lo común y lo público, sino el “estado Leviatán”: ese ente monstruoso que puede aplastarte en su inmenso poder y estructura. Su diseño ha perdido un poco la fe en el ser humano; cuenta con que este no tiene bondad y, por tanto, él tampoco la tiene. Por ahora –mientras no seamos más inteligentes– creo que vamos a necesitar políticos. Pero vamos, que sí: esto es transitorio hasta que los robots y los algoritmos tomen el mando, jajaja.

D: ¿Por qué Podemos ha tardado tanto en prestar atención al asunto del cannabis y la política de drogas? ¿Por qué ahora y por qué tú?

H: Porque Podemos es en realidad un milagro inimaginable hace dos años. No hay una estructura gigante. Somos –por ahora– un conjunto de gente que está haciendo un trabajo enorme para intentar llegar a todo lo que se pueda. Y eso –inevitablemente– supone que hay cosas a las que por ahora no se ha podido llegar, todavía. En relación al cannabis imagino que, desde la organización en Madrid –ya que supongo que te refieres a eso– no se consideró una prioridad teniendo en cuenta la emergencia en otras áreas. Aunque Podemos no es algo centralizado, no es sólo Madrid: somos todos. Hace más de un año me pedisteis una entrevista, y en cuanto he podido, he venido.

Así que el ahora, en realidad, es una disculpa por el retraso: debió de ser antes. El porqué yo, supongo que porque no tengo ningún problema en tratar un asunto que conozco en profundidad, y porque he sido un consumidor –durante muchos años– que no tiene ningún problema con ello.

D: ¿Qué sabes tú de esto de las drogas y del marrón de meterte con su política?

H: No lo considero un marrón: siempre me he posicionado en contra de la represión y de la consideración como delito –contra la salud pública– de todo esto. Debe ser delito cuando lo que me vendan no se corresponda con lo que creo estar comprando, o cuando obligas a alguien a consumir lo que no quiere o no sabe. Pero si voluntariamente y con conocimiento alguien quiere colocarse... ¿quién es nadie para decirle lo que puede o no puede hacer? Si queremos superar este descarrilamiento económico, vamos a tener que, entre otras muchas cosas, normalizar el consumo de sustancias psicoactivas, por parte de adultos mayores de edad.

Toda nuestra legislación se basa en unos tratados que –en el caso de los firmados por la comunidad internacional en los años setenta– ni siquiera cumplieron los requisitos legales para tener validez en España. Existe un instrumento de ratificación pero no la publicación del Tratado, tal y como requerían primero la propia legislación franquista sobre tratados internacionales, después el Código Civil y, finalmente, cuando entró en vigor nuestra actual Constitución.

Conozco el sistema de “prohibición”, absolutamente contrario a los principios más elementales del Derecho. Conozco el funcionamiento, tanto de la parte que trafica con las sustancias, como de la parte que se dedica a su persecución, y todo es un disparate. Un enorme porcentaje de la población reclusa lo es por condenas relacionadas con la materia que nos ocupa. ¿Tiene algún sentido todo esto? ¿Qué se protege, la salud pública o unos cuantos intereses inconfesables, que necesitan de la prohibición para hacer un negocio increíble?

Que “el Estado” pueda decirle a los ciudadanos qué pueden –o no– hacer con su cuerpo y con su mente, equivale a que te digan qué puedes pensar y qué no: es inadmisible. Sé de “drogas” porque he estudiado, como cualquiera que sabe de cualquier cosa. Al menos un poco de la parte química, otro poco de la parte práctica y bastante de la parte jurídica o legal. Así de simple.

D: Otro activista –abogado también– me dijo que, harto de tratar con políticos que no tenían ni idea del tema, eras toda una excepción.

H: No hace falta ser nadie raro. Lo que hace falta es estudiar, conocer los datos, manejar la información real, pensar con dos dedos de frente y enseguida te das cuenta de que nada tiene sentido. Cuando te pones con el asunto y tu interlocutor comienza con sus creencias sobre “las drogas” y tú no le dejas pasar ni una estupidez, ni legal o jurídica, ni médica, ni de salud y ocio, acabas haciéndole entender que está equivocado, para terminar poniéndose colorado y reconociendo que para él es una cuestión moral. Y ahí es cuando le preguntas que por qué se cree con derecho a prohibirle a los demás que hagan algo que él ni conoce.

D: ¿Cómo crees que percibe el votante “promedio” de Podemos la prohibición de las drogas?

H: El votante promedio de Podemos –si es que tal cosa existe– creo que no percibe “la droga” como un problema grave. La sociedad española sabe que lo que no ha funcionado es la prohibición. Creo que el votante de Podemos no tiene miedo y, sobre todo, exige mucho más que el resto: no le vale lo que han contado hasta ahora.

Alguna vez me dicen: ¿es que tú quieres que le vendan droga a tus hijos en la puerta del colegio? No, claro. ¿Tú eres tonto o piensas que lo soy yo? ¡Eso ya pasa!

Mis hijos no tienen ningún impedimento real para adquirir cualquier cosa en la puerta del colegio o tres calles más abajo. Lo que quiero es que mis hijos, cuando crucen la puerta del colegio o instituto, reciban formación para que sepan –con seguridad– qué tienen delante y las consecuencias que tiene todo abuso (drogas, televisión, móvil o consola de videojuegos), de manera que si van a hacer algo, sean conscientes de lo que van a hacer.

D: ¿Por qué ningún partido que pasó por el poder trató el tema salvo para reforzar la prohibición? ¿Por qué aún estamos así en el año 2016?

H: Electoralismo, en el sentido peyorativo de la palabra. Los chicos no votan, los padres y los abuelos sí suelen ir a las urnas. Todos han pensado: “si cambio de política –aunque ésta no tiene sentido ninguno– dejan de votarme”. Nadie ha probado a pensar: “oigan, esto no es un asunto menor, nos cuesta muchísimo y los resultado siguen –tras décadas– igual de malos que el primer día”.

Cobardía, mentiras e hipocresía. Si pillásemos a todos los diputados –un día por sorpresa– y les hiciéramos pruebas de drogas en sus cuerpos, con precisión de unos meses, nos íbamos a reír un rato.

D: ¿Conoces UNGASS 2016? Si la ONU no sirve ni en emergencias para corregir –décadas tarde– políticas prohibicionistas de drogas, ¿qué hacer como país? ¿Insumisión?

H: Sí, sé qué es UNGASS y qué hacen. Ya reconocieron que, a lo mejor, la política de drogas estaba desencadenando, precisamente, lo que pretendieron evitar. ¿Cómo hacer caso a quienes, sabiéndose equivocados, siguen provocando muertes con su error? A ver si nos creemos que la gente se mata por la venta de flores. No, joder: se mata porque hay una cosa que, si la prohíbes, se convierte en un negocio accesible a cualquiera y muy rentable. No hay más.

Y como país, efectivamente, insumisión. La solución es fácil. Preparas un buen plan de contención –ya que una vez iniciado, al menos estarás dos años en tensión– previendo todas las contingencias posibles y sus “remedios rápidos”. Anuncias internacionalmente que abandonas los tratados y esperas a que el resto se den cuenta de que no pasa nada.

D: Cuéntanos tu propuesta para terminar con la actual y fracasada prohibición de las drogas.

H: Una vez que conoces el asunto, lo primero que te pasa es que no estás ni a favor ni en contra de “las drogas”. Es tan tonto como estar a favor o en contra de los cuchillos. Cuando comprendes eso, analizas qué puñetas pasa y por qué la humanidad ha convertido en problema su relación con drogas –que nunca antes fueron un problema– para descubrir que en el momento en que alguien decide hacer de esto una cruzada moral y prohibir, empezaron los problemas.

¿Acaso de no estar prohibidas “las drogas” íbamos a estar todo el día “fumaos” o “puestos”? Es una idea absurda, una fantasía. Jamás ha pasado, por la sencilla razón de que no nos lo podemos permitir: ya nos gustaría. Tenemos trabajos o estudios, hijos, pareja, familia, responsabilidades...

¿Qué encontramos? Un sistema que provoca que un cuarto de la población reclusa lo sea por condenas relacionadas directamente con delitos de drogas, que los grandes traficantes no puedan siquiera ser controlados, que mucha gente vea afectada su salud –porque, efectivamente, venden porquerías en vez una dosis determinada de lo que sea– o que de un hipotético problema de salud derivado del consumo se vaya a un problema mucho peor por la prohibición y no por otra cosa.

¿Cómo enfrentarlo? En primer lugar, hacer estudios serios sobre las drogas. Del mismo tipo que los que se hacen para cualquier fármaco y en las mismas circunstancias. Ya que te acoges a la Farmacia para prohibir, vamos a comprobar si es verdad toda la leyenda. Vamos a ver por qué la mayoría de los consumidores, de la mayoría de las sustancias, no presentan problemas.

La idea sería comenzar a facilitar la distribución y adquisición de las sustancias en dispensarios públicos –con toda la protección de la intimidad posible– y con dos garantías: control sobre pureza y calidad del producto, y que su coste para el público haga inviable la rentabilidad de un mercado negro, ya que sin prohibición el coste de producción es mínimo. Supongo que esto puede escandalizar, pero si las drogas de uso común no costaran más de un euro la dosis –incluyendo impuestos– no habría problemas con “las drogas”.

¿Y si en vez de volver loca a la gente –haciendo ingeniería jurídica para cumplir las sentencias y poder fumarse un porro en paz– hacemos una Ley del Cannabis, regulando todo de manera sencilla y clara en busca del beneficio de todos? ¿A qué esperamos? Ese es el plan. Una buena ley –empezando por la sustancia más usada y segura de todas como es el cannabis– votada con la participación de todos (sobre todo de los usuarios) y con toda la información posible. Tal vez nos encontremos con una agradable sorpresa: un problema menos.

D: ¿Por qué algo tan obvio como que necesitamos usar las arcas públicas para problemas de verdad y no para generarlos, no está dentro de la estrategia básica de cualquier político?

H: No me lo explico. Desde que empecé a comprender esto, y a estudiarlo después, me parece que es un negocio montado al revés. ¿Para qué quiero emplear recursos en controlar algo que no necesito controlar? Destina los recursos de las fuerzas de seguridad –tiempo, medios y personal– a otras cosas más peligrosas, urgentes o dañinas, y ya habrás ahorrado una pasta.

D: Ha sido un placer ver que hay alguien que se toma muy en serio la política de drogas y la prohibición del cannabis, para cambiarlas de una vez. ¿Volveremos a vernos en la lucha por los derechos de todos?

H: Estoy aquí para hacer cosas; creo que ya estoy haciendo algunas. Espero que los nuevos políticos vean –todos de una vez– que lo que hay no tiene sentido. Se avecinan cambios importantes, así que espero estar en ellos.

 

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