Adrenocromo (VI)

Se dice, se cuenta, se comenta que el adrenocromo no existe, que existe; que produce efectos psicoactivos, que no los produce; que esto, que aquesto y lo de más allá; que ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario…. ¿Qué será... será, pues, y qué hará o qué dejará de hacer esta sustancia? Sigan ustedes leyendo y, muy pronto, lo sabrán.

Por Eduardo Hidalgo

Sexto y enésimo artículo sobre el adrenocromo. Llegó el momento de las catas y, con ellas, el final de esta enloquecida y rocambolesca historia.

A decir verdad, la primera cata ya la habíamos realizado en el momento de recibir el antiguo botecito farmacéutico made in Spain. En su interior, como ya les dijimos en su momento, venían 8 viejas pastillas; y en el exterior, una etiqueta en la que, simplemente, ponía: Adrenocromo, 12 comprimidos, Porriño (Pontevedra). Sea como fuere, el caso es que el día 7 de septiembre de 2011, a las 13:16 horas decidimos administrarnos uno vía sublingual. No notamos absolutamente nada. De modo que, a las 13:50 nos tomamos otro y nos dimos un baño, tras el cual nos encontramos un poco más despejados y animados, aun cuando tampoco percibimos nada fuera de lo normal, salvo que, en determinado momento, al salir de la habitación, vimos un pequeño trocito de plástico en el suelo y nos dio por recogerlo y tirarlo a la papelera (lo cual nos resultó un tanto desconcertante). Posteriormente, comimos y, como está mandado, nos echamos una pequeña siesta, después de la cual procedimos a recoger nuestra habitación, algo que, ahora sí, más que desconcertante, resultaba verdaderamente inusual. A continuación, pensamos en tomarnos 4 comprimidos del tirón, para ver qué pasaba, pero al no conocer la dosis, nos pareció una gilipollez. Así que decidimos hacerlo. No obstante, finalmente, se impuso la sensatez y no lo hicimos. Punto.

La primera semana de octubre recibimos el adrenocromo semicarbazona, y tan pronto como llegó el fin de semana procedimos a consumirlo (día 8 del 10 de 2011). Sacamos nuestra balanza de precisión para calcular la dosis apuntada por Gottlieb -100 mg- pero, una vez más, demostró carecer de la tan cacareada precisión, nos hicimos un lío de cojones y, al final, decidimos apañárnoslas a nuestro modo, tirar por lo alto, y terminamos administrándonos lo que calculamos que vendrían a ser unos 300 mg vía sublingual. Los dientes se nos quedaron rojos como la sangre y rezamos a Saturno para que dicha coloración se esfumase pronto, pues, de lo contrario, íbamos a tener un pequeño problemilla. Afortunadamente, tras un enjuague bucal con agua, los dientes volvieron a su habitual coloración amarillo-mayonesa. De nuevo, nos dimos un baño, y al poco rato, exactamente como dice Adam Gottlieb, nos sentimos físicamente estimulados, de forma sutil o ligera, nada que ver con la metanfetamina, pero estimulados, a la vez que percibimos cierto grado de embotamiento mental (bastante marcado y evidente en algunos momentos). Y la cuestión es que, de nuevo y de forma sorprendente, nos vimos haciendo la colada (¡lo nunca visto!); después de lo cual, comimos y nos echamos una siesta en toda regla. Punto.

Conclusión personal a partir de nuestra experiencia de primera mano con el adrenocromo semicarbazona: se trata de una droga que parece situar al consumidor en el estado idóneo para realizar labores domésticas, no mostrando, además, incompatibilidad alguna con las siestas. Por nuestra parte, nada más que reseñar al respecto de esta sustancia (salvo comentar que, una vez catada, la metimos en una caja más pequeñita, aunque dio igual, ya que, diez días después nos llegó el otro adrenocromo en su enorme caja y volvimos a tener el congelador petado).

El día 18 de octubre de 2011, como ya hemos apuntado, recibimos el otro adrenocromo, no el que tomaba Gottlieb sino el que tomaba Osmond, es decir, el bueno, el de verdad, el auténtico, el que, supuestamente, hace que se te vaya la pinza. Por cuestiones de logística no pudimos tomarlo hasta el día 31 de octubre. Es decir, estuvo en el congelador casi 13 días a la temperatura recomendada por el fabricante (-20º), de tal manera que sus propiedades debían mantenerse inalteradas.

Lo cierto es que habíamos programado la toma para el día 31 por la mañana, en casa de nuestro editor, que actuaría como observador externo por si hubiera falta de insight al respecto de la experiencia, y para que hiciera las labores de “babysitter” en caso de que las cosas se torcieran (para lo cual, por lo demás, habíamos hecho acopio de vitamina B3 –usada por Hoffer y Osmond como antídoto frente a las malas experiencias adrenocrómicas-; y de Risperdal flash®, un antipsicótico de última generación por si las megadosis de vitaminas no hicieran efecto). En otras palabras, que lo teníamos todo atado y bien atado. La vía que habíamos escogido para esta primera administración fue la endovenosa, por la sencilla razón de que, tanto o más que yonkis, nosotros somos profesionales de la vieja escuela, personas como –salvando las distancias- John C. Lilly o los propios Osmond y Hoffer, psicólogos y psiquiatras que primero se administraban ellos mismos las sustancias y, luego, si eso, se las daban a los demás; no como los drogabusólogos al uso hoy en día, que hablan y hablan de todo tipo de drogas vanagloriándose, al mismo tiempo, de no haber probado jamás ninguna de ellas. En fin, sea como fuere, la cuestión es que si los estudiosos de los años 50 habían empezado por emplear esta vía, nosotros pensábamos hacer exactamente lo mismo. Únicamente que, si teníamos preparada la toma para el día 31 por la mañana, resulta que, al final, los acontecimientos se precipitaron y acabamos haciéndola ese mismo día, sólo que a las 0:10 horas en lugar de a las 12, es decir, por la noche y a solas, sin babysitter ni demás florituras. El motivo de que el experimento se adelantase inesperada y precipitadamente no fue otro sino que el día 30 por la tarde, a eso de las 20 horas, nos dio por tomarnos unas cervezas (y un miligramo y pico de trankimazin), luego, cenamos con un par de copas de vino, y al terminar la cena llevábamos tal colocón que no nos pudimos contener y, apenas indicó el reloj que había llegado el día señalado, nos abalanzamos sobre el adrenocromo y procedimos a inyectárnoslo (no lo duden, J. C. Lilly hubiese hecho lo mismo).

Sea como fuere, a continuación les obsequiamos con el preceptivo trip report. Ahí va:

Sumario del relato de un ensayo con 25 mg de adrenocromo administrados vía intravenosa (octubre, 2011), 20-30 horas aproximadamente, condensadas en notas hechas por el sujeto (E. Hidalgo Downing… si, Downing, como el guitarrista de los Judas Priest).

0:10 horas. Euforia. Eso es lo que siento. Pienso, «¡joder, esto si que coloca!». Me da un claro subidón –no comparable a los chutes de coca, jako, M, o speed, pero subidón-. Eso si, no tengo alteraciones visuales, ni me llaman la atención las lámparas, ni las alfombras, ni las pollas en vinagre. Todo está tan normal y me parece tan normal. Todo menos yo, que me siento acelerado, eufórico, colocado como un puto reptiloide después de haber disfrutado junto al Papa y a Barak Osama de un pantagruélico ágape de glándulas suprarrenales de bebés y bebesitas subhumanos (nos ha jodido mayo, con lo que he privado, como para no estarlo, ja, ja, ja, ja; y con lo que me ha costado conseguir materializar el sueño de chutarme adrenocromo de Sigma Aldrich, ya ni te cuento… por lo que no descarto la posibilidad de que la euforia no fuera más que fruto de las birras bebidas y de la alegría y la satisfacción derivadas de haber logrado culminar con éxito una misión imposible. -Quién sabe… Estaba demasiado borracho como para, ahora, poder discernirlo con absoluta certeza-).

La cuestión es que, visto el percal: acelere, euforia, buen rollo, colocón y ausencia absoluta de alteraciones perceptivas, decido irme a la cama. Total, en razón de los testimonios de Hoffer y Osmond, el efecto de la sustancia es tan largo y prolongado como la sombra del ciprés, de modo que concluyo que más me vale echarme un rato a dormir y esperar a ver qué pasa al día siguiente, cuando, como estaba previsto, acuda a casa de mi editor para que cumpla con lo pactado: invitarme a una paella y, de paso y por si acaso, hacer de niñera y de observador externo e imparcial (¡Ja!).

3:10 horas. Me voy a dormir. Y me duermo.

A las 8 de la mañana suena el despertador. Lo apago. Remoloneo en la cama. ¿Qué pasa? Me gusta remolonear y puedo permitírmelo.

Vuelvo a dormirme (con dos cojones).

Al rato me despierto; descojonao (no me acuerdo de qué).

Me levanto a las 9 y 13 minutos. De muy buen rollo, aunque con dolor de cabeza, resacoso. Hago cuentas de lo que he bebido: 2 latas de 33 cl de Voll Damm negra; 2 litros de Amstel, 2 latas de 33 cl de Mahou clásica, 1 lata de medio litro de Mahou cinco estrellas, un doble de cerveza en un bar, una copa o dos (vamos, dos o tres) de vino, 1 mg y un cachito de trankimazin. Esto desde las 8 de la tarde a las 3 de la madrugada. Es decir, que, como variables contaminantes del bioensayo hemos de tener en cuenta la posible –sólo posible- influencia del alcohol y del alprazolam (pecata minuta con la más que probable interferencia que el consumo de heroína, cocaína, anfetamina, alcohol y trankimazin hubiese ejercido sobre el mismo experimento apenas unos días antes, tan sólo que, en dicha ocasión, a pesar del esparramo, conservé la lucidez suficiente para abortar la operación).

Una vez en pie, lo primero que veo es el envoltorio de plástico del adrenocromo despedazado a mordiscos. Me descojono vivo recordando la voracidad a la hora de hincarle el diente a la sustancia. ¿Tijeras? ¡Qué coño tijeras! Abrí el embalaje a bocaos, con el ansia de un caníbal, con la misma avidez y falta de contención y de modales que dicen que muestra la Reina de Inglaterra cuando tiene a mano lo que yo tuve en aquel momento de aquella aciaga noche (ja, ja, ja, ja).

La verdad es que estoy de muy buen rollo y muy jocoso.

Me doy un baño. Veo que tengo tres dedos manchados de rojo. Ese inequívoco color a sangre no se me quita ni siquiera después de estar media hora en el agua. Me descojono. Me viene a la mente un sueño recurrente que tengo hace tiempo y que gira alrededor de un fiambre que guardo escondido en un sitio recóndito. Es un sueño que casi lo tengo concluido, la ultima vez estaba a punto de deshacerme del cuerpo y no sé cuantas cosas mas echándolo en un compactador, pero en el ultimo momento me desperté o me despertaron. Ahora me parto de risa, pero otras veces me he desvelado todo preocupado y he tenido que hacer memoria y auto-convencerme de que no he matado a nadie ni tengo ningún cadáver escondido por ahí -que yo recuerde, vamos-. De todos modos, por si a alguien le interesa (y, si no, lo mismo da) he de decir que el sueño sigue inconcluso. Desde que escribí las primeras notas de este relato hasta que me he puesto manos a la obra con la redacción final he vuelto a soñar otra vez con el tema. En esta última ocasión tuve la feliz idea de juntar todas las pruebas acusatorias sobre el crimen (cosas escritas por mí y no sé qué más datos y objetos inculpatorios) y, cuando me iba a deshacer de ellas –de nuevo, en el compactador-, un agente del orden va y me pilla con todo el marrón: un crimen, del que nadie sabía absolutamente nada, explicado con pelos y señales por el propio autor de los hechos. ¡Hay que ser gilipollas! ¡Gilipollas perdido! Como yo. En un tris el puto asesinato del que nadie antes había sabido nada es la noticia del momento. Tengo a toda la pasma detrás de mí –porque, a pesar de los pesares, he conseguido escaquearme del susodicho guardián del orden y la ley-. En apenas unas horas hasta el último jureta del Metro conoce mi careto. Tengo los minutos contados. Hago una llamada telefónica. Me voy al aeropuerto, rumbo a Colombia. Vuelven a despertarme: «Edu, ¿curras hoy?»

¡¡¡No, joder, no curro, lo único que quiero es dar por concluido el tema este del fiambre y entre pitos y flautas no hay manera, carallo!!!

Continuará…

 

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