13 Asesinatos macabros

Entramos de lleno en es siglo XX y analizamos cómo la sociedad ha ido transformando  su visión del consumo de marihuana lentamente hasta llegar a casos como los que nuestro colaborador © Isidro Marín Gutiérrez ha recopilado para vosotros. Sorprendente.

“Considero a la Marihuana el peor de todos los narcóticos, peor incluso que la morfina o la cocaína. Bajo su influencia los hombres se han vuelto bestias. La Marihuana les ha destruido sus vidas. No tengo ninguna simpatía por aquellos que venden esta cizaña” Juez J. Symes, Denver 1937.

Esta vez, he viajado en el tiempo, a un momento muy concreto en la historia. Allí pude observar unos hechos macabros de los que se culpó injustamente a la marijuana. Viajamos en nuestra nave del tiempo…

El lugar de los hechos...

El pueblo de Tampa se encuentra en la zona pantanosa y en las playas del Oeste de Florida. Se encuentra en el condado de Hillsborough y sus playas están bañadas por la aguas del golfo de México. Una zona bulliciosa que en 1930 contaba con 100.000 habitantes. Otros habitantes de Florida la llaman “La deseada” por sus playas. Cuenta con kilométricas dunas donde se junta un clareado mar con el nítido cielo azul y su aire puro. Las vistas al mar son maravillosas. La comunidad italoamericana es tan grande que sus templos católicos son visibles mucho antes de que los caminantes lleguen hasta ellos.

La calle más bulliciosa de Tampa es Franklin Street, donde se encuentra su ayuntamiento y los grandes comercios. Un lugar alegre donde pasar los días estivales. El acento de sus habitantes tiene un regusto a sureño, y la forma de vestir en muchos de ellos son los pantalones ajustados con sus tirantes, los sombreros de ala ancha y las botas de tacón afilado.

Hasta que una mañana de mediados de octubre de 1933 los norteamericanos escucharon la palabra Tampa con otro sentido. Como la explosión de un volcán, como un grito desgarrador en la noche, como el ruido de una manada de ñus al trote seguida de leones; algo atemorizó a la pequeña ciudad. En las primeras horas de esa mañana de octubre algunos sonidos graves interfirieron con los ruidos normales de Tampa, el sonido del mar del Golfo, el ruido de los coches antiguos, el caminar de las personas por el acerado. En ese momento, ni un alma oyó a esa familia en la ciudad dormida… Los golpes del hacha, gritos y lamentos que, en total, acabaron con la vida de cinco vidas humanas. Poco después, la gente de Tampa, hasta entonces suficientemente confiada como para salir de noche,  descubrió que su imaginación recreaba el crimen una y otra vez; el hacha subiendo y bajando.

Los problemas de una familia

El señor Licata tenía 42 años y estaba en excelentes condiciones físicas. Seguía siendo una persona joven, sus hombros eran anchos, su pelo conservaba el color oscuro, su cara era de mandíbula cuadrada y sus dientes estaban aún intactos. Pesaba 68 kilos. No tenía un trabajo fijo, pero no era una mala persona. Aún llevaba en el dedo ensangrentado el anillo de oro, símbolo, desde hacía casi un cuarto de siglo, de su boda con la mujer con la que había deseado casarse: su prima hermana, la chica buena y un poco tímida que quería con una profunda dedicación a todos sus hijos. La pareja tenía 5 hijos, cuatro chicos y una chica.

Con respecto a la familia, el señor Licata sólo tenía un motivo de preocupación. La salud de dos de sus hijos, Felipe y Víctor que, al igual que dos primos suyos, tenían problemas psíquicos. Víctor, el mayor, era muy nervioso y tenía sus rachas. Los problemas de Víctor no eran ningún secreto. Todo el barrio sabía que el año anterior las autoridades intentaron encerrarlo en un psiquiátrico ya que intentó hacer daño a su familia. Sus padres, a pesar del peligro que encerraba, pensaban que estaría mejor cuidado en familia y que podría mejorar. Pero, aún en esas zonas oscuras de la mente, había brillado últimamente un rayo de sol. Víctor no tenía rebrotes y estaba muy integrado en la familia y en la comunidad. Si seguía la cosa así el padre de Víctor podía rezar una plegaria de gratitud por su familia. En la mesita de noche había todavía una Biblia con un marcador de cartón que tenía escrito “Atiende, ora y vigila, porque no sabes cuando te llegará la hora”.

El cuarto de Providence

El dormitorio de Providence, de 22 años de edad, era la habitación más pequeña y personal de la casa, femenina y tan frívola como un tutú de bailarina. Las paredes, el techo, la puerta… Todo menos una cómoda y una escribanía, era de color rosa, azul o blanco. Su cama, blanco y rosa, cubierto de cojines azules, estaba presidido por un oso de peluche rosa y blanco, ganado por su hermano Víctor en el tiro al blanco en una feria del lugar. Un tablón de anuncios, de corcho, pintado en rosa, colgaba sobre el tocador de faldones blancos y colgaban de él unas rosas secas, que en su día llevó como adorno del vestido, recetas recortadas del periódico, instantáneas de sus hermanos pequeños.

La habitación de Providence quedaba exactamente arriba. Sus vecinos la llamaron y subieron los escalones. El ruido de sus pasos asustaban más que nada: sonaban tan fuertes y todo estaba tan silencioso... La puerta de la habitación de Providence estaba abierta. Las cortinas no habían sido corridas y el cuarto estaba lleno de sol. Cuando llegó la policía y la vio no gritó; estaba ya acostumbrada. Sólo recuerdan el osito de peluche de Providence que los miraba. Y Providence… Y no echaron a correr... la taparon con una manta.

Los vecinos que entraron, desde luego, estaban en pleno ataque de histeria. Si quieren que les diga lo que pienso, uno de ellos nunca se recobró del todo. Su vecina era de poca salud; siempre estaba nerviosa. No dejaba de decir, claro, yo no entendí de qué se trataba hasta mucho después, hasta que volví a mi época, no dejaba de decir: “Oh, Providence, Providence, ¿Qué ha ocurrido? Pero si estabas tan contenta, si me dijiste que todo había terminado y que tu hermano no volvería a estar malo”. Y cosas así. El vecino estaba también muy alterado; hablaba por teléfono como loco con la policía. El vecino comentaba:

“Bueno, era una cosa horrenda. Aquella maravillosa jovencita... Me hubiera sido imposible reconocerla. Le habían machacado la cara. Yacía sobre un costado, cara a la pared y la pared estaba cubierta de sangre. La ropa de la cama la cubría hasta los hombros. La policía la destapó y vieron que llevaba puesto un albornoz, el pijama, calcetines y zapatillas, como si en el momento del hecho, no se hubiese acostado aún”.  La policía preguntó:

“—¿Es ésta Providence?”

Y los vecinos contestaron:

“—Sí. Sí. Es Providence.”

La señora Licata

Mi grabadora digital escondida tras mi chaqueta seguía recogiendo información sobre mis informantes:

“Salimos otra vez al corredor y miramos alrededor. Todas las demás puertas estaban cerradas. Abrimos una, era un baño. Había algo raro allí. Decidí que sería la silla, una silla del comedor que parecía muy fuera de lugar en un baño. La puerta contigua... estuvimos todos de acuerdo en que debía ser la habitación de los hermanos. Estaba llena de cosas propias de muchachos. Reconocieron hasta unos cromos que estaban en un estante para libros que había junto a la cama. Pero la cama estaba vacía aunque parecía que alguien hubiera dormido en ella. Así que fuimos hasta el final del corredor y al abrir la última puerta encontramos, allí en su lecho, a la señora Rosalia Licata. La encontraron con las manos por delante, de modo que parecía estar rezando y en una mano tenía, agarrada, un pañuelo”. Mi mente vuelve a los hechos una y otra vez como si fuera un bucle. Sigo grabando aunque por mi frente corren ríos de sudor:

“¡Pensar el tiempo que habría requerido machacar todos esos cráneos! Y mientras tanto la mujer allí, loca de terror... Bueno, pues llevaba puestas algunas joyas, dos anillos (y esa es una de las razones por las que yo siempre descarté el robo como motivo), una bata, camisón blanco y calcetines blancos. Tenía los ojos abiertos. De par en par. Como si todavía estuviera mirando a su asesino con un profundo asombro. Porque no pudo dejar de verlo mientras la machacaba”. Nadie dijo nada. Estábamos demasiado aturdidos. Recuerdo que la policía buscó por allí para ver si podía encontrar el arma homicida. Pero quienquiera que hubiese sido, parecía demasiado listo y precavido para dejar tras de si semejante pista.

El señor Licata

Como es natural, nos preguntábamos dónde estaría el señor Mike Licata. La policía dijo: “Miremos abajo”.

“La primera habitación en que entramos fue el dormitorio principal, la habitación donde dormía el señor Licata. La cama estaba abierta, y allí, a los pies de la cama, había un billetero con un montón de tarjetas esparcidas, como si alguien hubiera andado en ellas buscando algo en particular, una nota, un pagaré, ¿Quién sabe? En el billetero del señor Licata nunca había nada; él no llevaba dinero encima. Otra cosa que también sabía era que el señor Licata no podía ver un burro sin las gafas. Y las gafas del señor Licata estaban allí en su escritorio. De modo que imaginé que, dondequiera estuviesen, no sería por propia voluntad. Miramos por todas partes, y todo parecía tal como debía estar: ningún signo de lucha, nada fuera de su sitio.

Al poco rato, la casa empezó a llenarse de gente. Llegaron ambulancias, el juez de instrucción, el sacerdote católico, un fotógrafo de la policía, la policía del estado, individuos de la radio y de la prensa. ¡Oh, un montón de gente! No hacían ruido, hablaban en un susurro. Era como si nadie pudiera creerlo. Un policía del Estado me preguntó sí estaba allí por razones oficiales, y dijo que si no era así lo mejor que podía hacer era marcharme. Decidí irme no fuera que acabase en los cuartelillos y no pudiera volver a mi época.

La horrible información anunciada desde los púlpitos de las iglesias, difundida por los cables telefónicos, publicada por la estación de radio, (“Increíble tragedia, indescriptible con palabras, se ha abatido sobre cinco miembros de la familia Licata a última hora del sábado o en la madrugada de hoy. La muerte, brutal y sin motivo aparente...”) provocó en el oyente común una reacción de estupor teñido de consternación, una sensación de vago horror que las heladas fuentes del miedo individual se encargaron rápidamente de hacer más profunda e intensa.Víctor sobrevivió, su hermano Phillip de 14 años quedó malherido pero finalmente murió. Josepht murió en el acto y su hermana Providence también la encontraron destrozada. Los servicios fúnebres se oficiaron en el cementerio italiano.

La versión de los medios de comunicación

El Asesino del Hacha fue Víctor Licata. Su delito fue asesinar a toda su familia. Fue detenido el 17 de octubre de 1933 en Florida. Era un chico de 17 años que apareció, según informaciones periodísticas, en una sala de billar con síntomas de haber fumado un porro. Cuando llegó a su casa creyó que su familia había estado conspirando para desmembrarlo. Para anticiparse a lo que él creía que iba a hacer toda su familia cogió un hacha y asesinó a su padre, a su madre, a su hermana y a sus dos hermanos cuando estaban durmiendo (esta información apareció en la revistaCollier’s en junio de 1949).

En otra revista se afirma que era un chico de Tampa, Florida, que se fumó dos porros. Esa noche él consiguió un hacha y aplastó los cráneos de su familia cuando estaban dormidos. Me recuerda al asesino de la katana que asesinó a toda su familia en España. José Rabadán Pardo, el llamado “asesino de la katana”, que a los 16 años, en el año 2000, mató con ese tipo de espada japonesa a sus padres y a una de sus hermanas con cruel saña. Nadie en España le achacaría su esquizofrenia al cannabis (esta información apareció en la revista True Store Magazine en diciembre de 1948).

Cuando fue arrestado explicó a la policía que su familia estaba intentando cortarle los brazos y las piernas y tan sólo se estaba defendiendo. Su padre era vendedor ambulante y había estado utilizando a su hijo para vender Marihuana en las escuelas  (según información en la revista The Christian Century29 junio 1938)

En Health Magazine de octubre de 1938; la revista para dar más trama afirma que cuando los funcionarios llegaron a la casa encontraron al joven tambaleándose sobre el matadero humano. Se encontraba abstraído. No tenía ninguna reacción ante tal magnicidio.

Los que le conocían lo tomaban por un joven sensato, bastante callado. El culpable había sido los “muggles” que era la Marihuana (según el Internacional Medical Digest de septiembre de 1937).

Cientos de medios de comunicación se hicieron eco de la noticia durante años y años. Como pueden observar la noticia se repitió en las revistas y periódicos americanos hasta 15 años después de los hechos dantescos sucedidos, y no he querido poner más periódicos, pero he encontrado hasta una veintena de artículos. Harry Anslinger, el zar antidrogas americano, afirmó que Víctor se había entregado al consumo de cannabis, que fumaba desde hace más de 6 meses.

La verdad sobre el caso de Víctor Licata

Por qué en el momento en que su familia comenzaba a disfrutar de la vida a Víctor le dio por asesinarlos? ¿Por qué ese desprecio por la vida de sus seres queridos? Una posible conclusión era que su felicidad eran el origen de su frustración y su resentimiento. Pero esas ideas son terribles enemigos que llevaba dentro de sí... Con el tiempo serán mortíferos, como virus que resisten al tiempo, que no matan al individuo sino que dejan en su modo de ser el estigma de una criatura desgarrada y retorcida; dejan el fuego en su interior pero avivado por rescoldos de desprecio y odio. Víctor era su propio enemigo; su mayor enemigo.

Pero según todos los informes psiquiátricos, Víctor no era consumidor de cannabis, ni su padre era vendedor de Marihuana.

En el Hospital Psiquiátrico circulaban varios asesinos u hombres que se jactaban de haber cometido asesinatos, o de sus ganas de cometerlos; pero el Doctor H. Mason Smithllegó al convencimiento de que Víctor Licata era ese ejemplar único, el “asesino nato”, absolutamente cuerdo pero sin conciencia y capaz de llevar a cabo, con o sin motivo, los mayores crímenes con la máxima sangre fría. Sobre el caso Licata no hubo un atestado policial ni un examen psicológico del asesino. Víctor pensaba que su familia le había olvidado porque no venían a visitarle. En 1945 Víctor escapó temporalmente del Hospital estatal de Florida y se suicidó el 4 de diciembre de 1950 tras asesinar a otro interno.

Los asesinatos más macabros, según el gobierno de los Estados Unidos y los medios de comunicación, eran por culpa del cannabis. La causa de los asesinatos múltiples de su familia era que Víctor era un usuario muy conocido de cannabis (Kaplan, 1972:98). En el estudio psiquiátrico se descubrió que Víctor era un demente y que existía un historial de locura en su familia, e incluso antes del asesinato Víctor iba a ser internado en un manicomio pero su familia no lo permitió. Víctor padeció una psicosis duradera y en 1950 se colgó. Harry Anslinger utilizó este caso y muchos más como ejemplos de la peligrosidad del cannabis. Veía necesario una nueva ley anticannabis común a todos los estados de Estados Unidos. La actitud de Anslinger fue siempre la misma: “La maría es una droga asesina y de asesinos” (Anslinger, 1960:38).

El examen psiquiátrico, del doctor H. Mason Smith, concluyó que su locura de Víctor era probablemente hereditaria. Sus padres eran primos hermanos y dos primos del padre estaban en un manicomio. Al hermano más joven de Licata se le había diagnosticado demencia precoz.

La historia de Licata indica que la causa de sus crímenes era una psicosis duradera. El hospital estatal Mental de Florida le diagnosticó una demencia precoz unida a tendencias homicidas. Se le diagnosticó como psicópata. Los archivos del hospital no culpan de los crímenes cometidos ni  de toda su enfermedad mental al cannabis. De hecho, la Marihuana no se menciona en todo su historial. Anslinger falseó los datos para que pareciese que Víctor era un asesino por consumir Marihuana. Durante más de 15 años Anslinger estuvo aterrando a la población norteamericana con los asesinatos de Víctor.

Anslinger presentó 200 casos que, supuestamente, estaban directamente relacionados con el consumo de cannabis. En realidad, en 198 esta relación era totalmente inexistente.

 

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